CapĂtulo 1
Taemin
Supe desde el momento en que nacĂ que era normal. No estaba ni gordo ni flaco. No era alto ni chato. No era varonil ni afeminado. Ni siquiera era demasiado musculoso o frágil. TenĂa el pelo castaño básico. No cabello castaño claro miel o castaño oscuro. Solo marrĂłn. TambiĂ©n tenĂa ojos marrones. No eran de color marrĂłn chocolate intenso o marrĂłn caramelo claro. Solo eran marrones. Todo en mĂ era de color marrĂłn excepto mi piel, la cual era simplemente suave.
No habĂa nada espectacular en mĂ, excepto tal vez mi nombre. Mi nombre de nacimiento es Lee Taemin, pero todos me llaman Taemin. Bueno, todos los que me conocĂan.
Estos chicos no me conocĂan.
Lo que me confundiĂł por completo cuando vi a dos hombres golpearse entre ellos por mĂ. Al menos, creo que se estaban peleando por mĂ. Esa parte todavĂa estaba un poco incompleta. Estaba parado bebiendo una cerveza cuando un chico de cabello oscuro, que estaba a punto de recibir un puñetazo en la cara, se acercĂł a mĂ, se inclinĂł y olfateĂł, luego gruñó. De repente saliĂł volando de la nada un chico de cabello rubio y derribĂł al tipo de cabello oscuro al suelo, y asĂ la pelea habĂa comenzado.
Me quedĂ© allĂ con mi cerveza en la mano y la mandĂbula colgando mientras los dos hombres bastante musculosos rodaban por el suelo, mordiĂ©ndose y arañándose entre golpes.
Realmente fue muy raro.
No conocĂa a ninguno de estos hombres. Ni siquiera los habĂa visto antes. Tal vez no estaban peleando por mĂ. Tal vez acababa de quedar atrapado en el fuego cruzado, por asĂ decirlo.
SĂ, probablemente fue eso.
Simplemente no podĂa imaginar a alguien peleándose por mĂ.
No me malinterpretes. No me consideraba feo de ninguna manera, y habĂa tenido mi parte de citas, y una relaciĂłn espectacular que se habĂa incendiado por completo despuĂ©s de tres meses. Pero no estaba sentado en casa llorando en el cereal del desayuno por mi falta de vida amorosa.
Además, me quedé sin cereal.
Peleen o no peleen, los dos hombres estaban montando un gran espectáculo. Era obvio incluso para el hombre más estĂşpido, y nunca pretendĂ ser estĂşpido. Aburrido, sĂ. EstĂşpido, no, que ambos hombres estuvieran en muy buena forma. Los mĂşsculos se desbordaban por todas partes.
Cuando comenzaron a rodar en mi direcciĂłn, agarrĂ© mi bebida y saltĂ© sobre la barra. SabĂa que deberĂa irme, pero no habĂa forma de que me fuera antes de que terminara la pelea. No era tanto que quisiera saber por quĂ© estaban peleando, sino más bien que me costaba apartar los ojos de toda esa hermosa piel bronceada.
Fueron realmente espectaculares.
GemĂ cuando mi telĂ©fono vibrĂł. QuerĂa ignorarlo, pero sabĂa que serĂa una muy mala idea. Lo saquĂ© de mi bolsillo y mirĂ© la pantalla. Maldita sea, lo sabĂa. Se suponĂa que hoy era mi dĂa libre, pero no parecĂa que fuera a suceder.
MirĂ© mi bebida por un momento antes de dejarla en el mostrador. Nada me gustarĂa más que tragarme lo Ăşltimo, pero si me dirigĂa al trabajo, tenĂa que estar sobrio. No estaba seguro de por quĂ© necesitaba volver al trabajo, pero la naturaleza de mi trabajo exigĂa una mente clara.
Miré a los dos hombres peleando por última vez, deseando poder quedarme y felicitar al ganador y tal vez consolar al perdedor, luego salté de la barra y me dirigà a la puerta.
Me agarraron antes de dar dos pasos. MirĂ© hacia abajo a la mano en mi antebrazo y luego al hombre al que pertenecĂa esa mano. Era uno de los tipos que habĂa estado peleando. El rubio se parĂł detrás de Ă©l.
El hombre me lanzĂł una sonrisa.
—No te irás tan pronto, ¿verdad, dulzura? La fiesta recién comienza.
Saqué mi brazo de su fuerte agarre.
—Lo siento, tengo que ir a trabajar.
FruncĂ el ceño ante el tono de la risa divertida del hombre. RetrocedĂ cuando levantĂł una mano hacia mi cara. No conocĂa a este chico. No tenĂa derecho a tocarme.
—¿Y qué hace un niño bonito como tú?
ÂżEn serio?
—Apuesto a que tienes un sugar daddy en alguna parte, ¿no?
RetrocedĂ un paso solo para chocar con otro cuerpo. Supe sin mirar que era su amigo. Por quĂ© los dos habĂan estado peleando, no tenĂa idea, y en este punto, ya no me importaba. Ambos estaban perdiendo rápidamente su atractivo.
Me hice a un lado y tratĂ© de caminar alrededor del hombre frente a mĂ. FruncĂ el ceño cuando se moviĂł frente a mĂ.
—Disculpe.
—No te vayas, dulzura, dijo el chico de cabello marrón. —Las cosas se estaban poniendo interesantes.
—Como dije, tengo que ir a trabajar.
HabĂa algo en esta situaciĂłn que no entendĂa. No era el tipo de hombre por el que dos tipos se peleaban. Como dije, no me creĂa feo. Esto no tenĂa sentido.
—Por favor, muevete.
—Hmm, me gusta la forma en que dices por favor.
ÂżEn serio?
—No me interesa.
LevantĂ© la voz para que todos me escucharan. QuerĂa que quedara claro que estos tipos no tenĂan nada que yo quisiera. Bueno, lo tenĂan. Era una lástima que su actitud viene con sus hermosos cuerpos.
—Por favor, muévete para que pueda irme.
—No.
El chico de cabello castaño se rió entre dientes.
—Esperábamos conocernos un poco mejor.
Tan pronto como comenzĂł a enegizarse, de improviso arremetĂ contra Ă©l. Una patada en las bolas y un fuerte golpe en la garganta, y fui liberado, solo para ser agarrado por el rubio detrás de mĂ. Le clavĂ© el codo en el estĂłmago. EscuchĂ© su aliento salir en una rápida ráfaga de aire. LevantĂ© mi pierna mientras giraba en una casa redonda rápidamente y lo clavĂ© en un lado de la cabeza.
AsĂ, Ă©l termino en el piso.
El chico de cabello marrĂłn rugiĂł con indignaciĂłn cuando se acercĂł a mĂ. DisparĂ© con mi mano, dos golpes rápidos. JadeĂł mientras se agarraba la garganta y caĂa de rodillas.
—No significa no, imbécil.
Rodeé a los dos hombres y salà por la puerta principal. Corrà por la calle hasta la parada del autobús.
DespuĂ©s de verificar que no me habĂan seguido, usĂ© mi telĂ©fono para registrarme y asegurarme de que no me llamaran al trabajo por algo que amenazaba mi vida. Eso requerirĂa un taxi y no un viaje en autobĂşs.
Nada parecĂa demasiado evidente, pero las apariencias podĂan ser engañosas, y a menudo lo eran, como acababan de descubrir los dos hombres que estaban en el bar. Yo era pequeño, pero era luchador. Mi padre me habĂa estado enseñando defensa personal desde que estaba en pañales. SabĂa cĂłmo cuidarme.
Solo deseo que todas las demás personas en la faz de la tierra que midan más de 1.70 tambiĂ©n se den cuenta de eso. Mi madre medĂa 1.60. Mi padre medĂa 1.77 cm. No tuve ningĂşn chance de ser más alto.
Me sorprendiĂł que los muchachos del bar no hubieran salido cuando llegĂł el autobĂşs. A decir verdad, esperaba que vinieran a buscarme, queriendo un poco de venganza por ponerlos en el suelo. Los matones grandes y musculosos tendĂan a actuar asĂ, sin importar lo hermosos que fueran. No les gustĂł que un jovencito los dejara tendidos.
Casi pensĂ© que eso era ridĂculo. El tamaño de un hombre no era equivalente a lo bien que podĂa luchar. Muchos hombres habĂan aprendido esa lecciĂłn por las malas, y por lo general de mi padre. No le quitaba una mierda a nadie.
Cuando el autobĂşs se detuvo, esperĂ© a que la viejecita que estaba delante de mĂ subiera y luego subĂ los escalones. Le mostrĂ© al conductor del autobĂşs mi pase de metro y luego fui a buscar un asiento cerca de la parte de atrás. Me deslicĂ© en mi asiento y luego llevĂ© mis rodillas a mi pecho, apoyándolas en el asiento vacĂo frente a mĂ.
Saqué mi teléfono nuevamente cuando el autobús se puso en marcha y me registré en mi estación de trabajo. No era fanático del uso del acceso remoto, pero a veces era necesario. Revisé rápidamente mis correos asegurándome de no haber recibido ninguno del consejo shifter.
No habĂa ninguno, pero habĂa uno interesante de Kyungsoo, quien era el concejal de las panteras y el alfa de su propia manada. Siempre me pareciĂł interesante. El hombre no solo estaba en una silla de ruedas, sino que ni siquiera era un cambiaformas felino. Él era una hiena. El explicĂł que las hienas en realidad estaban más cerca de la familia de los gatos que de los caninos.
Como sea.
Aparentemente, era un gran secreto que Ă©l era una hiena. Solo lo supe porque Ă©l me lo dijo y luego me hizo jurar que guardarĂa el secreto. Las hienas, por regla general, tenĂan la reputaciĂłn de ser astutas, pĂcaras e incapaces de ser leales a nadie. Kyungsoo dijo que eso era un mito. Que las hienas eran cambiaformas solitarias hasta que se apareaban y luego su pareja se convertĂa en su manada. Lamentablemente, tan pocos encontraron a su pareja que habĂa cientos, tal vez incluso miles, de hienas deambulando en busca de problemas. De nuevo, como sea.
No era un cambiaformas, pero tampoco era exactamente humano. Yo era ambos. Mi padre era un shifter pantera y mi madre habĂa sido una humana.
Nunca he cambiado.
Kyungsoo querĂa hablar conmigo sobre una prĂłxima tarea. No pude evitar preguntarme si esa era la razĂłn por la que me habĂan llamado a trabajar en mi dĂa libre. Debe ser algo grande que se está produciendo. A menos que fuera una emergencia, siempre tenĂa libres los miĂ©rcoles.
TomĂ© el autobĂşs hasta mi parada, que estaba a dos cuadras de mi linda casa estilo bungalow, y luego me bajĂ©. Me encantĂł mi casita. No era grande, solo un dormitorio en realidad. Una cocina, comedor, sala, baño y mi oficina, que era la parte más importante. Trabajo desde casa. MirĂ© a mi alrededor cuando un coche pasĂł a toda velocidad por la carretera a mi lado. Era un gran todoterreno negro. Probablemente no me habrĂa dado cuenta si no hubiera estado acelerando por el vecindario. El lĂmite de velocidad aquĂ era veinticinco millas por hora, no sesenta.
AĂşn asĂ, me dio un escalofrĂo.
Cuando doblé la esquina de mi calle, jadeé, y luego rápidamente volvà a dar la vuelta a la esquina. Tres todoterreno negros estaban parados frente a mi casa. Hombres con equipo táctico negro merodeaban por todas partes, incluido mi porche delantero.
Di media vuelta y corrĂ rápidamente por la cuadra hasta que lleguĂ© al estrecho callejĂłn que discurrĂa entre las hileras de casas que se encontraban frente a la mĂa. Me apresurĂ© por el callejĂłn hasta llegar a la casa de la Sra. Walter. SaltĂ© la cerca y luego me dirigĂ al costado de su casa. SabĂa por sacarle la basura que su puerta trasera miraba directamente a mi patio delantero.
Me asomĂ© por encima de la puerta. Pude ver a tres hombres de pie en mi porche delantero y una pareja en el patio, pero nada más allá de eso. Bueno, además del hecho de que la puerta de mi casa estaba abierta de par en par. No la habĂa dejado abierta cuando me fui, y estaba seguro de que no se habĂa abierto por accidente. TenĂa tres cerrojos en la maldita cosa.
Cuando uno de los hombres simplemente entró a mi casa, me escondà detrás de la cerca y saqué mi teléfono celular. Escribà una frase simple de una palabra.
Una palabra clave.
Rojo.
Hice una mueca cuando presionĂ© enviar y vi cĂłmo se iluminaba el pequeño Ăcono que mostraba que el mensaje habĂa sido enviado. El rojo lo borrarĂa todo, el amarillo simplemente dificultarĂa el acceso a mi computadora a cualquier persona que no tuviera un alto grado de talento como hacker, y el verde lo dejarĂa tal como estaba.
De acuerdo, todo se borrarĂa tan pronto como trataran de pasar mi computadora por la puerta principal, que tenĂa un fregador incorporado en el marco de la puerta. Solo querĂa asegurarme de que no pudieran acceder a nada mientras estuvieran dentro de la casa.
Mi corazĂłn se hundiĂł cuando vi que el pequeño icono dejaba de parpadear y se ponĂa verde. Todo en mi computadora fue borrado. Todo estaba respaldado en una nube segura porque no era estĂşpido, pero volver a ponerlo todo en mi computadora serĂa un gran dolor de cabeza, uno que realmente no necesitaba en este momento.
Cuando volvĂ a mirar por encima de la puerta y vi a los hombres sacar mi computadora de mi casa, supe que habĂa hecho bien en enviar el cĂłdigo de borrado. No encontrarĂan nada, excepto mi historial de bĂşsqueda, un par de libros que habĂa descargado, algunas fotos y mi colecciĂłn de pornografĂa. Prácticamente cualquier cosa que encontrarĂan en la computadora de cualquier otra persona.
Lo que sea que esperaban encontrar, no lo harĂan.
MirĂ© un poco más, pero no sacaron nada más de mi casa. DespuĂ©s de un tiempo, todos salieron de mi casa y cargaron antes de irse. Me bajĂ© hasta el suelo y me apoyĂ© contra la valla. La Sra. Walter estaba visitando a su hermana en Seattle. Se irĂa por un tiempo.
Me sentarĂa aquĂ y esperarĂa.
Me habĂan llamado para trabajar, asĂ que le enviĂ© un mensaje de texto rápido a Kyungsoo para informarle que tenĂa una emergencia y que no podĂa llegar y que hablarĂa con Ă©l sobre eso cuando lo viera. No querĂa hablar por una lĂnea abierta, sin importar cuán seguro pudiera ser mi telĂ©fono.
Apagué mi teléfono justo después de que terminé.
EsperĂ© hasta que oscureciĂł antes de girar y salir por donde habĂa entrado. UsĂ© el callejĂłn para caminar dos cuadras, luego crucĂ© la calle y bajĂ© al callejĂłn que iba detrás de mi casa.
No estaba seguro de si alguien estaba vigilando mi casa o no, pero no iba a correr ningĂşn riesgo. TodavĂa no tenĂa idea de quiĂ©n habĂa estado en mi casa o por quĂ©. Necesitaba saber eso antes de poder proceder con un plan.
Me gustaban los planes.
Empecé a bajar por el callejón, necesitaba caminar las dos cuadras de regreso a mi casa. La primera cuadra transcurrió sin incidentes, pero justo cuando llegué al final del callejón, un sedán oscuro modelo más antiguo dobló la esquina y se detuvo en el camino angosto detrás de mi casa.
Me acerquĂ© a la lĂnea de la cerca y me agachĂ©, escondiĂ©ndome detrás de uno de los botes de basura de mi vecino. El automĂłvil se detuvo antes de llegar a mi casa y se detuvo lo más cerca posible de la cerca, y luego simplemente se apagĂł. Nadie entrĂł, nadie saliĂł. Fue raro.
La Ăşnica razĂłn por la que sabĂa que habĂa alguien en el auto era porque los autos no se conducĂan solos, no los Ăşltimos modelos como este de todos modos, y el idiota en el asiento del conductor encendiĂł un cigarrillo.
Él simplemente se sentĂł allĂ.
No parecĂa que fuera a entrar en mi casa pronto. Me mantuve agachado mientras avanzaba por el callejĂłn hacia la calle. Tan pronto como lleguĂ© al final, doblĂ© la esquina, saltĂ© y echĂ© a correr tan rápido como mis pies me permitieron. No tenĂa ni idea de a dĂłnde iba, pero no me quedarĂa aquĂ.
No era seguro estar aquĂ.









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