Pequeñas asesinas

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Summary

La belleza puede ser un arma de doble filo, y esta es doblemente letal. Cristal era una sobreviviente del mundo en el que le tocó nacer, y en su corazón solo habia lugar para un deseo. En un atraco común encuentra las respuestas a sus plegarias dentro de una vieja mochila La mochila del hurtado David esconde un oscuro secreto.Se han creado rumores y leyendas alrededor de su posible contenido.Por azar o destino la mochila cambiará de propietario y su contenido de propósito.Pero una cosa es segura,la mochila solo trae consigo sangre y destrucción.

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30
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18+

Capítulo 1

Cristal

Siento que el corazón se me sale del pecho y me escondo en el callejón más oscuro que puedo encontrar. Mi respiración empieza a normalizarse, casi no puedo sentir las piernas. El chico ha dejado de seguirme y ahora su mochila es mía. Debería regresar a casa, lo que sea que haya aquí adentro pesa lo suficiente para saber que me dará de comer para un par de días.

Hogar dulce hogar, o mejor dicho: semiácido hogar. ¿Qué haría yo sin este olor a humedad que destroza mis pulmones? Me lanzo sobre el colchón que rechina al sentir mi peso y alguno de sus oxidados muelles se encajan en mi espalda. Lanzo las viejas botas fuera de mis pies para que estos también tomen un respiro, hoy han sido particularmente útiles. Mi vista cae en el botín y la curiosidad por saber su contenido me provoca. «Dios, tengo hambre, espero que lo que sea tenga una salida rápida».

Fallo las dos primeras veces en intentar insertar la correa entre los dedos de mis pies.

—¡Te tengo! —La acerco de forma lenta, elevando la pierna y retrayéndola hacia mí—. Dinero, que sea dinero. —Cruzo los dedos de una mano mientras con la otra deslizo la cremallera y el gastado zipper hace su propio esfuerzo por no trabarse.

No doy crédito a lo que veo. ¿Quién demonios carga con una colección tan grande de muñecas Barbies? Lanzo con rabia el paquete lejos. Libros hubieran sido mejor libros para hacer una fogata tan siquiera. Con razón el chico me persiguió tanto, no quería que descubriera tan aberrante secreto. Tal vez fuera un fetiche, o solo las coleccionaba, o puede que sean muñecas valiosas. ¿No?

—Dinero —susurro para mí misma, porque definitivamente eso es lo único que me importa.

Me preocuparé de eso mañana, mis neuronas se están apagando, justo ahora los ojos se me cierran y un bostezo me recuerda lo tarde que es. Bueno, al fin un descanso de este infierno de vida. No es que mañana sea mejor.


Despierto sobresaltada. La oscuridad me consume y solo un hilo de luz de luna se atreve a entrar por la ventana. «¿De quién es esa voz?». Es débil y cuchicheante.

«¿Alguien habrá entrado?». Miro a todas partes pero no hay ninguna figura, ni silueta visible. «¿Qué creen que pueden robar en esta pocilga?». Tomo la navaja bajo la almohada y se abre a mi orden con un clic siniestro. Me separo con cuidado del colchón esperando que no rechine —cosa que es casi imposible—. Mis pies, cautelosos y hábiles, caen en el frío y polvoriento piso para avanzar. Mi espalda se encorva en señal de alerta y esa rara y fina voz me pone los bellos de punta, sin embargo, no dejo que el temor me aseche y continúo buscando su procedencia.

—David, ¿dónde estás, David? —Se escucha de forma más clara y me fuerzo a tragar saliva para poder continuar.

Repite una y otra vez entre susurros la misma frase interrogativas y entrecierro los ojos al caer en cuenta de que proviene de la mochila. Me acerco con cuidado, cubierta de miedo y curiosidad. Lo segundo es lo que me mantiene firme a la causa, y lo primero es lo que me tiene a tres pasos de largarme por la puerta antes de averiguarlo. Todos muis sentidos están en alerta. Tomo aire una última vez y finalmente...

«Tranquila Crista, lo estas imaginado, seguro las muñecas tienen pilas y estás confundiendo las palabras repetitivas que escuchaste hace unos segundos». Me intento convencer con argumentos que bien podrían calmarme.

Abro con recelo la cremallera, esta vez el zipper se mueve con suavidad facilitando mi entrada. Conservo mi afilada amiga en la mano y la empuño con una única idea en la mente: que sea lo tenga que ser.

«Mier-da».

«Mi-er-da».

«¡Mierda».

—¡¿Pero qué rayos!? —exclamo con un salto que me hace caer casi de culo al piso.

El inquietante silencio me llena de valor para levantarme y volver la mirada al interior de la mochila, dónde permanecen las malditas muñecas con rastros de vida. Las miro nuevamente y ellas me ¿miran?

—Creo... cre... creo que me voy a desmayar —suelto llevándome una mano a la frente.

«¿Por qué siguen mirándome? ¡Demonios! ¿Por qué sigo yo mirándolas? ¿A caso no es suficiente para gritar y salir corriendo como alma que se la lleva el diablo? ¡Vamos Cristal, vete!». Mi conciencia me exige pero yo continúo en el mismo lugar petrificada.

«Tranquila nena que esto debe ser un sueño. ¡Despierta Cristal, despierta antes de que esto se ponga peor!». Me pellizco un brazo y el dolor me lo confirma: ¡Estoy despierta! ¡Esto es real!

—¿Dónde está David? —me pregunta una de las, Barbies, Almas satánicas, Demonios de plástico, o lo que sean las cosas raras que parlotean frente a mí.

Sus labios no se mueven al hablar y eso es suficiente para pensar que: Sí, estoy loca. ¡Y de qué manera!

El miedo me paraliza, la voz se niega a salir de mi garganta y no distingo las sensaciones que me revisten, porque fuera de toda esta extraña y aterradora situación, no hago más que permanecer a merced de ellas, no me esfuerzo siquiera por salir de mi pocilga a pedir ayuda.

—¿Quién eres tú? —pregunta otra macabra voz.

«¡Di algo Cristal!». Creo que la habitación me da vueltas.

—Yo... —titubeo, tragando en seco—. Las he encontrado, no sé quién es el tal David que nombran —miento y mis palabras vibran.

—¡Falso! —espeta una y doy un salto en mi lugar—. David no nos abandonaría.

Las miradas acusadoras de las muñecas parlantes me hacen asentir rendida y digo la verdad: —Yo... Robé esa mochila a un chico y...

«Ahora que lo he dicho pasará lo peor. He visto películas sobre esto, ya falta poco para que una de ellas saque un cuchillo y me degolle, o para que me mutilen con una sierra eléctrica».

—¿Saben qué? No voy a correr, mátenme, si total, seguro en la otra vida soy menos desgraciada que en esta —admito encogiéndome de hombros.

Se miran unas a otras y asienten con la cabeza. Sonríen y ahora sí me dejan más confundida de lo que estaba.

—Entonces ahora eres nuestra ama.

«¿Su qué? ¿Y yo por qué?». «No te quejes y gradece que por lo visto no te van a mutilar». Me tranquilizo mentalmente y lamo mis labios pensativa.

—Dinos. ¿A quién quieres muerto?

Sí, definitivamente me he vuelto loca. Esto no puede ser real. A ver Cristal piensa: no has consumido drogas, y tampoco has bebido. ¿Hace cuánto te tumbaste a dormir? ¡Oh, imposible que esté soñando despierta!

Doy vueltas por la habitación que nunca me ha parecido tan grande. Ellas siguen mirándome esperando que responda. Digamos que esto es real, por un segundo imaginaré que esto es real.

—Me estáis diciendo que —pronuncio dirigiéndome a una de las muñecas, esa que ha hablado más que las otras. «Ya es oficial, estoy loca».—. ¿Me estáis diciendo que ustedes me pertenecen? —finalizo mientras mi cabeza intenta ponerle un orden a todo esto. La muñeca susurra un “sí“—. ¿Pero cómo podéis hacerle daño a alguien? ¡Sóis muñecas! ¡Eso solo pasa en las películas!

Se miran unas a otras y escucho risas malévolas que me hielan la sangre. ¿He dicho algo tonto? Espero no acabar emparrillada por ello.

—Pruébanos. Dinos a quien quieres muerto —me reta la rubia. Sin duda es la más aterradora, con esos ojos completamente blancos.

Siempre he sido una ladrona. No me considero una asesina aunque al salir a hacer de lo mío vaya dispuesta a todo con tal de regresar con algo a casa.

Por otra parte uy, cuanta gente, cuanta gente que tantas veces he deseado muerta: padres alcohólicos, tutores abusivos, hombres repulsivos.

—Quiero que roben... —comienzo a decir, con la idea de que puedan ayudarme en aquello que se me da mejor.

— ¡No! —me interrumpe—. No robamos.

«Vaya moral tienen las muñequitas». Matar es bueno, robar es malo.

Lo pienso un poco y... ¿Qué tal ese chico? David, así se llama. Querrá a sus muñecas de vuelta, y creo que no se tomará muy bien el hecho de que se las haya quitado. Una persona que controle un mini ejército de pequeñas asesinas no debe ser alguien que se dedique a organizar fiestas de cumpleaños.

—¿Qué tal si empezamos con David? —sugiero.

—Tus deseos son órdenes —contestan a coro y una de ellas salta fuera de la mochila.

La rubia empieza a retorcerse y a metamorfosearse. Me alejo del sobresalto al ver como su cabello crece, se encrespa y tiñe de rojo; su cabeza se agranda y salen dos nuevos brazos de su torso; sus dedos se alargan y surgen uñas en las puntas; como un arácnido se apoya con sus extremidades en el piso. Su rostro ha cambiado, ahora tiene una sonrisa espeluznante y los ojos como los de un gato. La piel se me pone de gallina al verlos. Comienza a caminar por las paredes y desaparece debajo de la puerta.

—Rosalind cumplirá con su tarea, pero debes ser paciente, David es un objetivo de gran nivel —me dice la rubia que ha demostrado ser la jefa del grupo.

Deben conocerlo bien.

—Está bien —contesto. Todavía estoy aturdida por el cambio que acabo de presenciar.

«Agua, necesito agua». Avanzo hacia el goteante fregadero y me sirvo un poco en un vaso. Torciendo lateralmente el cuello me siguen con la vista.

—¿Y cuál es el nombre de nuestra Reina? —la rubia sale de la mochila para acercarse a mí. Intento controlar mis ganas de llamar a un exorcista.

El resto de las muñecas se ayudan una a otras a salir de la mochila, me recuerdan a las hormigas cuando escalan una pared.

—Soy, soy Cristal —respondo cuando me saca de mis pensamientos—. ¿Y tú eres?

—Soy Anabel, para servirle a mi señora.

«¿Es en serio? ¿Igual que la muñeca diabólica? ¿Será que se les ha escapado a los Warren y armó su propio equipo homicida?».

—¿Eres Anabel, esa que debería estar en una urna de cristal en el museo de la pareja Warren?

—No tengo idea de quién es esa, pero te aseguro de que yo soy peor... Nosotras somos peores —proclama clavando su blanca mirada en mis orbes.

—Oh, vaya —musito y me quedo pensativa.

—¿Qué piensas? —cuestiona.

Arrastro una de las viejas sillas hechas de vigas de metal oxidado hasta mí. Necesito sentarme.

—En qué voy a hacer con ustedes...

«Si no termino en el psiquiátrico, claro».

Trepa por otra de las sillas y salta a la mesa con una impresionante agilidad. Se sienta en el borde de la raída madera, de frente a mí. Es tan bonita como letal, tan perfecta y a la vez tan peligrosa. La envidio de cierta manera.

—¿Qué es lo que más deseas? —me pregunta.

«¿Qué es lo que más deseo?». Lo primero sería salir de este basurero y no tener que comer de las sobras nunca más.

—¿Puedes conseguir lo que sea? —Ella niega con la cabeza. ¿Qué esperaba? No es el genio de la lámpara mágica.

—No podemos hacer que ocurra por arte de magia, pero sí que ocurra.

Como pase no me interesa, mientras pase. Y entre menos detalles tenga mejor.

—Dinero, mucho dinero.

Eso resolvería mis problemas.

—Se me ocurre cómo ayudarte —contesta con una tenebrosa sonrisa y vuelvo a erizarme.

David

—¡Maldita niñata, me las pagará! —escupo a medida que mis pasos se vuelven aplastantes.

Golpeo con fuerza una pared, pero mi sangre hierve tanto que no siento dolor. Tengo que reconocer que es rápida, así que me encargaré de que tenga una muerte lenta. La ironía es poética.

Fuerzo la llave en la cerradura ¡Maldita sea! Finalmente cede y puedo entrar al apartamento. Saco una botella de wisky de uno de los armarios del salón y me sirvo un trago.

— ¡Agh! —gimoteo.

El calor del alcohol quemando mi garganta mientras baja es reconfortante. Me lanzo en uno de los sillones y presiono los párpados de mis ojos.

Ya puedo oír las burlas de Olivia, vaya fastidio va ser aguantarla. Pensarlo me hace levantarme a servirme un poco más en el vaso antes de regresar a la suavidad de la esponja. Esa niña va a dejarme en ridículo. La sangre me hierve y lanzo el vaso contra la pared y se hace añicos.

Esto es mucho peor, no ganaré ni la mitad de la pasta sin mis bebés.

Me empino directamente de la botella y al afirmarla contra la pequeña mesa el cristal tiembla ante la violencia del contacto.

—¡Tengo que recuperarlas!

Bueno, la verdad dudo que sea difícil, solo seguiré el río de sangre que se producirá en manos de una amateur. Niña idiota. Trago de forma rápida el contenido del frasco de cristal hasta dejarlo vacío. Mi vista se nubla y dejo que el alcohol me lleve a un mejor lugar, un lugar donde imagino como torturaré a mi atracadora.

Ese sonido ¿viene de afuera? Me despierto sobresaltado al sentir como crujen las paredes. «¡Mierda! Chica inteligente, las ha mandado a por mí». Reconozco sus actos aunque no pueda verlas. Así que me propongo ser rápido, pero el alcohol consumido me roba el equilibrio.

Apoyándome con dificultad en los muebles llego casi a tientas a la cocina. Abro uno de los cajones de la encimera y lo revuelvo intentando distinguir la figura metálica y oscura de mi arma. Cargo el revólver y retiro el seguro. Debo lograr que mi vista enfoque, si no… si no, no habrá un después.

—David, David —me llama la voz. Me tambaleo pero uso la isla de la cocina como punto de apoyo.

Controlo mi respiración para enmascarar mi posición. Las luces se apagan, es hora.

—Oh, cariño no es personal —susurra.

Me mantengo firme, la adrenalina se apodera de mi cuerpo y ayuda a fulminar los efectos de la embriaguez: —Te quiero David —repite una y otra vez y sigo el movimiento por el crujir en las paredes huecas de madera. Estoy esperando. Un pedazo del papel de la pintura cae sobre mi cabeza y al mirar hacia arriba la veo.

Se lanza hacia mí y doy tres disparos que desaciertan el objetivo. Sus uñas se aferran a mi rostro, mi piel se desgarra y duele, pero aguanto las ganas de gritar. Lucho contra ella y logro arrancarla lanzándola lejos, pero sus uñas se agarran contra la pared, gira la cabeza y me mira a los ojos. Se prepara para atacar otra vez, se impulsa y salta, pero mis disparos que suenan de forma seca la alcanzan antes de que pueda llegar a mí. Como una cucaracha la veo retorcerse.

— ¿Dime donde está ella? —intento obligarla a contestarme, aunque presiento que no lo dirá nada, si ha venido hasta mí es porque han cambiado de bando.

—Larga vida a la reina —contesta buscando la fuerza para levantarse.

Doy un golpe de gracia, un último sonido sale del cañón de mi arma. Se hace el silencio y ella vuelve a ser solo una muñeca. Debo estar preparado, debo encontrarlas pronto, la próxima vez puedo no correr con tanta suerte.

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