¿Venganza o perdón?

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Summary

En un mundo pagano y perdido, donde el espectáculo y la avaricia van de la mano, en un reino donde la depravación ha tocado su puerta; entre muchas de las ofrendas llevadas a los dioses, una joven bruja de aspecto desdeñoso ha dejado un regalo muy peculiar que promete ser la salvación, la perdición, o una mera posesión de aquel rey codicioso. Aquella pequeña criatura pálida de ojos esmeralda y cabellos platinados resulta un completo enigma en la tierra de piel morena, donde los desiertos son áridos y el sol es imponente. Nunca se imaginaron que aquel muñeco de feria traería las desgracias que bien se merecían. "Qué dulce es vengarse y qué difícil perdonar, pero una vez que la luna se torna roja, es donde comienza realmente la pesadilla".

Status
Complete
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Ofrenda divina

Año 27 d. C. Grecia.

Una celebración se realizaba en aquel poblado, gentes de diversos lugares había venido a ofrendar lo mejor que tenían a sus dioses y al rey de aquel lugar.

Grandes caravanas y música se escuchaba, los colores y las joyas era algo que se veía en casi todos lados.

Las diversas comarcas presentaban sus mejores obsequios al rey, el cuál decidía si eran dignos para los dioses.

Su hermana, una jovencita de cabello ondulado y sedoso, portaba un hermoso vestido carmesí que venía acompañado de su amplia joyería.

Sus ojos cafés brillaban al posarse sobre los hermosos tesoros que traían de las regiones, pero luego su expresión cambió a desagrado al ver a una mujer harapienta entrar al lugar con una cesta en brazos.

—Hermano —Musitó empalagosa y en un tono delicado—. Se acaba de colar una mendiga al lugar —Le señaló al rey a aquella mujer y aprovechó de mirarla con desprecio—. Pide a los guardias que la saquen de mi vista.

El rey observó con sorpresa y desdén a aquella mujer, pero de repente la curiosidad le invadió, ¿Qué llevaba en la cesta que quería ofrendar?

—Mi rey —La chica se le acercó y tanto el rey como su hermana se inclinaron hacia atrás. Les desagradaba esa mujer—. Le he traído un obsequio enviado por los dioses —Le mostró la cesta y el rey frunció el ceño al ver su contenido—. Creo que usted es quien debe tenerlo.

—¿Qué es eso, hermano? —Preguntó la princesa mientras le jalaba las mangas de la ropa—. Te veo muy sorprendido, ¡Dime qué es!

—Un bebé...

—¿¡Un bebé!? —Exclamó la chica con desdén.

—Pero es diferente —La chica finalmente se dignó a ver su contenido y quedó atónita con lo que vieron sus ojos.

Era el bebé más blanco y puro que había visto.

Su cabello era amarillo, radiante como el sol, y sus ojos parecían piedras preciosas, brillaban en un verde esmeralda precioso que a cualquiera hubiese encantado.

—¡Es hermoso! —Habló la chica, cubriéndose la boca con ambas manos—. ¿Será un semidiós? —Miró a su hermano y éste parecía anonadado—. ¿Y si nos trae suerte?

—Puede ser —El rey aprobó aquella ofrenda y pidió a los sirvientes que llevaran al bebé a una recámara aparte.

Continuaron con la ceremonia y luego decidieron indagar sobre el bebé.

Fueron a consultárselo a un oráculo, querían saber si aquel niño se trataba de alguien grande o si de lo contrario sería su verdugo.

—Aquel pequeño niño sí tiene sangre divina —Habló la intérprete del oráculo solicitado—. Pero, su poder será tan grande que se encargará de juzgar a todo el reinado, llevándose uno a uno a quienes tengan sangre real. Es la desdicha de los reyes.

Tanto el rey como su hermana quedaron atónitos con lo que escucharon, no podían permitir que aquel chico creciera y los acabara, necesitaban mantenerlo controlado, someterlo y alejarlo de toda actividad militar que pudiera hacerlo fuerte.

—Pero... —El rey estaba nervioso y su hermana permanecía con la mirada fría, pensando en por qué los dioses les mandarían una desgracia—. ¿Por qué los dioses permitirían tal cosa?, si nosotros les hemos sido fieles, ¿¡Por qué!? —El rey no podía concebirlo, era algo ilógico.

—Los dioses han guardado silencio —La intérprete sólo dijo eso y luego procedió a retirarse—. Buenas noches.

Ambos hermanos se quedaron solos en aquel templo oscuro por la noche, no entendían nada y querían explicaciones.

—¿Qué vamos a hacer? —Preguntó la princesa.

—No lo sé...

—¡Eres el rey!, ¡Debes saberlo!

—¡Pero no sé, Adara!, ¡No sé! —Su hermano se molestó y luego se pasó ambas manos por la cara, moviendo sin querer la corona que portaba.

—¿Y si lo matas? —La sugerencia diabólica de su hermana menor le erizó la piel de pies a cabeza, si bien él tenía el poder y por su mano habían muerto millones en las guerras, no tenía el valor de empuñar un cuchillo contra un recién nacido.

—¿Estás loca? —Seguía estupefacto ante tal declaración y su hermana sólo le sonrió con malicia.

—Así nos deshacemos del problema y la profecía jamás se cumple —El rey negó instintivamente con la cabeza, eso era demasiado extremista, no le parecía tal decisión.

—Adara —Tomó una postura firme y lo pensó mejor—. Si no puedo controlarlo no puedo llamarme rey, y esa sólo es una solución cobarde —Su hermana lo miró con odio y él continuó—. Si jamás se entera de su potencial jamás se hará fuerte —Adara volteó los ojos y vio cómo su hermano se paseaba por el templo—. Esta es una prueba y debemos superarla.

Regresaron al palacio y Adara se encerró en su habitación, estaba molesta e insatisfecha, su hermano no le había cumplido el capricho.

El rey por su parte fue a ver al bebé, el cuál había sido arreglado para que se viera como un niño de la corte real.

Portaba vestiduras púrpuras de lino y dormía plácidamente a la luz de la luna llena que irrumpía su ventana.

—Eres un enigma, pequeño —El rey se apoyó de la cuna mientras detallaba sus facciones, se veía tan frágil e inocente que aquella profecía parecía una mentira—. Sólo espero que no me des problemas, pequeño semidiós —Recordó que el bebé aún no tenía nombre y no le llamaría semidiós por siempre—. Pareces salido del mismo Olimpo, ¿Cómo te llamarás? —Pensó en un nombre y jugando con las palabras finalmente se decidió—. Skailor, porque los dioses te enviaron y vienes de allí —El bebé se movió un poco y abrió los ojitos por un segundo, pero eso bastó para terminar emanando un brillo que no era común en ningún ser existente—. Me perdonarás pero no puedo permitir que te vuelvas un peligro, así que sólo serás un fiel sirviente alejado de la milicia y las guerras o todo aquello que desencadene violencia, serás simple y no tendrás poder, no te lo permitiré, servirás a tu rey y serás leal a la corona hasta que tu vida se apague, con suma obediencia y sumisión —Dejó al bebé solo en la habitación y salió del lugar—. Sólo espero que la ira de los dioses no recaiga sobre mí.