Capítulo I
Entre las profundidades de un bosque, cada noche, una figura se adentraba con un estuche de violín. Su capa negra tocaba la tierra humedecida y la capucha le cubría toda la cara, sus pies desnudos se hundían en la tierra cada vez que daba un paso.
Unos ojos neblinosos la seguían desde la rama de un árbol zigzagueante, deforme, que parecía hecho de huesos en vez de madera. Las plumas del ave brillaban entre la oscura y fría noche. La silueta, oscura y difusa, se detuvo a través de la noche vacía siendo vigilada por la ave, un cuervo.
El cuervo voló sobre su cabeza y se posó en uno de los árboles grandes. La silueta sacó un reloj de bolsillo, que parecía de oro, las manecillas apuntaban a las once cincuenta, con tan sólo unos minutos antes de que llegase el momento. Miró fijamente a la cuerva.
—Ya es la hora—su voz era suave y cálida. Se quitó la capucha dejando ver su cabellera negra y sedosa, y sus ojos color chocolate brillantes y penetrantes; su pálida piel parecía de porcelana. Dejó en el suelo el estuche de un color como el carbón y sacó su violín, de una madera oscura, con el tronco del árbol todavía visible, tenía el atractivo de un instrumento musical, pero al mismo tiempo de algo mucho más antiguo y desconcertante.
Cerró los ojos y empezó a tocar, la suave melodía hacía eco entre los árboles. Los sonidos delicados del violín la sumergían en un mundo de sensaciones. Las líneas oscuras de las sombras se contorsionaban como si la atraparan. Cada nota se hacía eco, como si toda la naturaleza se uniera a la melodía del violín. A medida que tocaba, las emociones de la joven se elevaban con el sonido del instrumento.
A lo lejos de donde se situaba, gritos de furia hacían eco entre las ramas de los árboles y sonidos de cascos azotaban la tierra con prisas. El cuervo graznó llamando la atención de la joven, la melodía cesó al instante.
Después de unos instantes, un joven a lomos de su caballo cabalgaba todo lo rápido que podía. Frenó a los pies de la chica y se bajó de un salto. La joven se quedó perpleja.
—Déjame tu capa —habló el joven con tono apresurado. La muchacha pudo observar varias cicatrices en su rostro, había una justo debajo de su ojo izquierdo—. ¡Rápido, por favor!
La chica dejó el violín en el estuche y se desprendió la capa con manos temblorosas, los gritos eran cada vez más fuertes. El chico se la arrancó de las manos y se la puso rápidamente tapándose el rostro; solo dejó ver sus ojos, los tenía de un verde oliva muy claro.
Ruidos de cascos se aproximaron hacia la pareja. Varias personas salieron de la oscuridad montados en los caballos imponentes. La joven vio como el chico que tenía al lado se había acercado más a ella.
—Disculpen, ¿han visto a esta persona? —un hombre se adelantó varios pasos más que el grupo y de su bolsillo sacó un retrato de un joven, el que estaba parado justo al lado de ella. Dedujo que podría ser el líder.
—Exactamente… ¿De qué se le acusa, señor oficial? —el joven forzó su voz para que no le descubrieran. Miró de reojo al ojiverde—. Discúlpenme, es que estoy un poco resfriado pero a mi chica le apetecía salir y a alguien tan hermosa como ella no se le puede decir que no, ¿Verdad? —se apresuró a decir al ver sus caras de extrañeza al escucharlo.
—Se le acusa de robar bastantes cosas, llevamos varios meses intentando capturarlo. Es un cleptómano codicioso —explicó el hombre. Ninguno de ellos bajó de su temido corcel—. ¿Ha pasado por aquí, lo han visto?
—No, lo lamento. No lo hemos visto —dijo el muchacho apresurado. Apretó las riendas de su caballo, nervioso.
—¿Y tú, señorita? —preguntó el jefe a la joven. Abrió los ojos desconcertada. Su labio inferior tembló nerviosamente. Negó con la cabeza lentamente. Escuchó un suspiro de alivio que provenía del joven.
—Discúlpala. No suele hablar mucho, y mucho menos con desconocidos —comentó el joven acercándose más a la muchacha.
—Entiendo… Curiosamente el caballo es parecido al del ladrón, idéntico diría yo… —comentó el jefe observando al animal del joven que se aferraba a él con disimulo.
—Que puedo decir, todos se asemejan, incluso el de su compañero es parecido al mío. No creo que con el caballo vaya a lograr mucho, señor oficial —se mofó el ojiverde viendo al compañero más joven de aquel grupo. El hombre miró a la pareja y al instrumento de la joven.
—Sí lo ven, hacérnoslo saber. Además deberían ir ya a casa a descansar, empieza a hacer más frío, no creo que desee que quiera resfriarse, ¿No? —dijo el hombre apretando las riendas de su corcel con la mirada puesta en la joven y en sus pies desnudos—. ¡En marcha!
Los hombres empezaron a galopar distanciándose de la pareja y sumergiéndose en la profundidad del bosque. El joven soltó un suspiro, aliviado. No pensó en que saldría bien el plan, por suerte, para el bien de él, así fue.
La joven guardó el violín con cuidado en el estuche sin mirar al chico que tenía al lado. El silencio hubiera reinado si no fuera por los sonidos de la naturaleza y el relincho del caballo.
—Gracias por ayudarme —habló el joven primero desprendiéndose la capa, se pasó la mano por su cabello castaño que lo tenía alborotado gracias a la capucha. Le tendió la capa. La muchacha se levantó pausadamente sintiendo la mirada ojiverde del muchacho. Recuperó su capa de terciopelo negro, el tacto familiar hizo que entrara en calor. Se dio cuenta de que tenía los dedos helados por el frío—. No te sientas incómoda, pero… ¿Por qué vas descalza?
—¿Por qué robas? —preguntó con inocencia en voz baja, su voz era igual de delicada que parecía su piel. La sonrisa del joven disminuyó un poco, la primera vez que le hablaba y tenía que preguntarle eso.
—¡Guau…! Directa al grano, ¿Eh? —quiso sonreír divertido sin que fuera forzoso. El caballo le dio un empujón en el hombro con el hocico—. No es algo que quiera hablar de ello en estos momentos —se subió al caballo sin ninguna dificultad, la joven alzó la cabeza para verle. Sentado sobre su caballo se veía distinto, pero no supo el porqué—. Quizás si algún día nos volvemos a ver, puede que sea amable y te lo cuente —comentó como si nada, pero en su voz percibió que no sería así—. Por cierto, me llamo Adlen.
—Shirley —no dijo nada más pero tampoco hizo falta, el ojiverde salió cabalgando hacia la oscuridad del bosque dejando a la muchacha con la soledad y la naturaleza y, sobre todo, con la compañía de un ave que no les quitó la vista ni un segundo.
Shirley abrazó el estuche del violín como si le fuera la vida en ello, miró fijamente al ave y caminó por el lado opuesto de donde se había ido Adlen. Cabizbaja mirando sus pies mugrientos y helados, seguida del ave que le llevaba poca distancia.