La Depredadora

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Summary

Las brujas se remontaban a muchas generaciones. Se decía mucho de ellas; que comían personas, que vivían en los bosques, e incluso que podían cambiar de formas. Catrina había escuchado de esas leyendas, y tenía una clara opinión sobre ellas: no eran reales. Pero sus creencias se verán transformadas luego de una gran revelación por parte de su abuela Belinda, sobre una peculiar herencia familiar que Catrina nunca se había imaginado. Ahora, no solo deberá enfrentarse a la traición de sus mejores amigos, y a la muerte de su madre. Sino también, a un peligroso enemigo. Una vida normal, ya no será una opción para ella.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Introducción: El Parto


Los gritos de dolor de la mujer eran espeluznantes, iguales a los de un cerdo en agonía. Se retorcía sin poder quedarse quieta, sus brazos se doblaban y sus piernas se cerraban. Sus ropas estaban húmedas por el sudor, a pesar de habérsela cambiado por tres veces. 

Por la ventana de la casa, se podía vislumbrar la luna llena, hermosa y brillante como ninguna otra. La mujer la observaba, intentando que su belleza nublara el dolor. 

Nada parecía funcionar. 

La partera jamás había visto a ninguna otra mujer sufrir tanto para dar a luz, no era normal. O el niño era demasiado grande o venía muerto.

“No sobrevivirá”, pensaba. “Esta mujer morirá en el parto”. Pero no lo decía en voz alta, por temor a alterar a su marido.

— ¿Sucede algo? ¿Por qué no escucho al niño gritar? —pregunta el hombre, asomándose por las cortinas.

Alfredo Qtaluna era un hombre de casi dos metros, de tés oscura y largas extremidades. Imponía miedo a donde fuera que baja por la tonalidad de su voz y la braveza de sus puños.

—Aún no nace, señor Qtaluna.

—Ayúdame, por favor. Ya no puedo más —le suplicaba la mujer, entre sollozos. 

Se lanzó de la cama y se arrastró por el suelo, llegando hasta donde su marido para sujetarlo de los tobillos. Tan menuda y pequeña como era, imponía nada más que lástima.

—Quítamelo, por favor…

—Cálmate, mujer —le dice sacudiendo la pierna para sacársela de encima, como si de una muñeca de trapo se tratara. —ya debe faltar poco. 

—No… no… ya no lo aguanto. Duele demasiado. Es ese maldito pacto, me voy a morir…

—Cierra la boca —le espeta el hombre, viendo a su mujer encolerizado.

—Señor Qtaluna, por favor salga de aquí. Solo consigue alterarla más —le pide la partera.

El hombre le lanza una mirada de furia, pero accede a su petición. Lo que sea por su amado hijo. 

La partera toma a la mujer por los hombros, alzándola del suelo. La lleva hasta la cama y la recuesta, abriéndole las piernas. 

Da la vuelta para traer un poco más de agua, cuando el hombre se le acerca por la espalda y le susurra: 

—Si tienes que salvar a alguno de los dos, salve al niño. 

Luego se aparta, dejando a la partera hacer su trabajo.

***

Fue una labor de parto que parecía no tener final. Pasaron la noche en vela, en medio de la desesperación. 

Lo único permanecía en calma, era la luna, que parecía burlarse del sufrimiento de la mujer. 

La partera intento muchas posiciones para que a la mujer se le facilitara que la criatura saliera de su vientre.

La mujer casi se desvanece del alivio, en cuando el niño terminó de salir de sus entrañas. 

Sin embargo, la pesadilla no había terminado.

— ¿Qué es? ¿Es una niña o un varón? —preguntó la madre, al no escuchar a su hijo llorar.

La partera sostuvo a la criatura, cubriéndola con una manta blanca. Sus brazos temblaban, sus ojos lloraban, sus rodillas se tambaleaban.

El padre corrió las cortinas y se acercó a la partera, para poder ver a su tan esperado hijo.

—Y entonces, ¿cómo está mi quer… —se detiene en cuando mira la expresión de la partera—. ¿Qué sucede? —mira a su mujer, que está desplomada en la cama; sin fuerzas para levantarse. Y luego vuelve la vista hacia la criatura. 

El hombre palidece, retrocede apresuradamente lo que lo hace tropezar y caer. Se golpea la cabeza en la silla de madera, en donde pasó la noche. Y con la sangre chorreando por su frente, comienza a gritar:

— ¡Alejen esa bestia! ¡Esa cosa no es hijo mío! 

Levantándose, toma su sombrero y sale de la casa; cerrando la puerta con un gran golpe.