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EL DESIGNIO DE LAS REINAS

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Summary

"La bastarda del rey y un guardia deciden unirse para proteger a una mujer del actual monarca. Juntos iniciarán uno de los múltiples destinos que las estrellas anunciaron hace mucho tiempo atrás". Kelleia Demni Nox siempre ha odiado que la llamen bastarda, como si serlo, tuviera menos valor como persona. Pero ha odiado mucho más que no le permitieran reinar cuando ella es la primogénita del difunto rey. Y ha odiado cada minuto del reinado de su medio hermano porque está segura que arruinará todo... Drian Reng es un Kheam, un guardia real, que ha aceptado el trabajo para proteger a quién más quiere. Si fuera por él, la familia real se podría ir al mismísimo Averno. El rey Tomhasei Nox solo quiere que sus medidas económicas demuestren lo diferente que es de su difunto padre. Por eso necesita la ayuda de La Alianza, una mancomunidad política. Y cuándo parece que lo ha logrado una simple mujer podría arruinarlo todo... ¿Recuerdan qué no quiere parecerse a su padre? Tampoco quiere seguir su ejemplo de traer bastardos que solo arruinan su existencia. ⋆┈⊰ ★ ⊱┈⋆ ALERTA DE CONTENIDO: ESCENAS DE VIOLENCIA, ACOSO, BULLYING

Status
3yrs ago
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

La competencia empezó con seis personas entrando a la fosa, pero ahora solo quedaban la mujer del tatuaje en el párpado y ella. Kelleia Nox estaba cubierta de sangre y arrodillada debajo del palco real pensando en su siguiente movimiento.


Estaba insegura de dar el primer paso y caer en una trampa de principiante, además, le costaba concentrarse debido a los gritos de la multitud en las gradas. Era imposible ignorarlos cuando clamaban violencia y muerte. Hizo un ruido con la lengua cuando su rival le dio una sonrisa maliciosa y comenzó a alentar a la multitud en éxtasis. La soberbia no era una actitud que alguien debía permitirse en un lugar como este.


Permitió que la mujer siguiera perdiendo el tiempo y bajó las mirada hacia su manos; frunció los labios cuando se dio cuenta de la uña arrancada y luego cubrió la herida con un pedazo de tela blanca de su camisa. Le dolía al igual que el resto de magullones y lesiones que cubrían su cuerpo.


Kelleia se levantó de un salto y ajustó la colita de pelo a pesar de que varios mechones le quedaron sueltos. Escaneó la mirada por la arena entre los cadáveres de los hombres asesinados. Dudó entre ir por la espada que había abandonado al principio o si sacaba la saga metida en la cabeza del pelinegro. Cómo nadie se dignó en tirarle un arma extra no tenía muchos movimientos para hacer. Le tomó un segundo descartar la espada porque estaba al otro lado de la arena y corrió hasta el cuerpo del hombre y sin pensar demasiado en las consecuencias le sacó la daga de la cabeza. Tragó saliva cuando la sangre roja y espesa comenzó a salpicar por todos lados. Se refregó las manos contra el pantalón y guardó la daga en la funda que colgaba de su cinturón.


Arqueó una ceja cuando su rival se colgó de la cerca alambrada que separaba las gradas de la arena y comenzó a gritar que sería ella quien le daría fin a la

bastarda

del rey Oleck.

Era cierto, ella era una hija extramatrimonial, pero no estaba dispuesta a morir.


Kelleia decidió que la mujer siguiera perdiendo el tiempo mientras recordaba los consejos que le dieron sus múltiples entrenadores. Merrick, el luchador de artes de contacto, siempre le aconsejó dejar al adversario más difícil para el final y eso había hecho; Jalira le recalcó que controlara ese maldito pie chueco suyo a la hora de pelear y el mejor de todos sus maestros, su propio padre, le dijo que debía encontrar la debilidad en su rival para poder ganar. Y ella le había prestado atención a todos, en especial a la mujer del tatuaje extraño. Se había percatado que algo le pasaba en el hombro izquierdo porque hacía muecas de dolor cada vez que alguien la golpeaba o rozaba.


—¿Ya estás lista para morir? —le gritó su oponente cuando se cansó de jugar con el público. Se soltó de la grada y aterrizó en la arena.


Kelleia sonrió en respuesta y asintió con la cabeza.


La mujer pareció estar satisfecha con la respuesta, sacó la daga de su funda y comenzó a correr hacia ella. Kelleia esperó hasta el último momento antes de lanzarse hacia un costado y aprovechó la sorpresa de su contrincante para lastimarle el hombro con el puño cerrado. Golpeó dos veces más antes de que la mujer del tatuaje soltara la daga y luego la empujó con todas sus fuerzas al suelo.


Kelleia miró de reojo hacia las gradas rogando para que nadie tirara un arma extra. Estaba adolorida y cansada de estar horas peleando, pero cuando nadie hizo un movimiento se percató que el público también estaba cansado.


La soberbia que su rival había tenido desapareció y el terror transformó su rostro cuando ella sacó la daga de su funda.


Comenzó a arrastrarse por la arena a pesar de que su brazo colgaba inerte a un costado.

—No —suplicó con la voz entrecortada.


La mujer no quería morir y ella no estaba orgullosa de lo que estaba por hacer, pero cuando se trataba de su propia vida no lo pensaba demasiado. Mató una vez, y otra vez, y una vez más para sobrevivir y esta lucha no sería la excepción.


—Lo siento —murmuró cuando se arrodilló ante la mujer y luego empujó la da sobre su corazón.


Kelleia miró hacia otro lado cuando la sangre comenzó a brotar de la herida. No pudo evitar sentir repugnancia por sí misma al ver como la mujer del tatuaje perdía la vida frente a ella. Se levantó del suelo e intentó limpiar la sangre fresca, pero se dio por vencida enseguida, tendría que bañarse varias veces para quitarse toda la sangre y mugre que tenía.


Giró hacia la entrada dispuesta a irse de ese lugar inmundo, pero los altavoces que colgaban en las esquinas de la fosa comenzaron a zumbar.


—¡Kelleia ha vuelto a ganar! —gritó Aeneas Kalos desde algún lugar—. Por eso Su Majestad, el rey Tomhasei Nox, pidió que nuestra campeona se presente ante él.


Kelleia apretó la mandíbula. Nunca salía nada bueno cuando se encontraba con su medio hermano, el bendito rey de Eldreck, ya que no perdía la oportunidad de humillarla y maltratarla.


La multitud en las gradas gritó “Eternidad al bendecido por las Reinas“ y comenzó a desplegarse. Ninguno miró hacia los cuerpos desperdigados por la arena ¿y por qué lo harían? si ya tenían a su campeona.


Kelleia buscó a su madre con la mirada en aquellos que se estaban retirando. La encontró en una esquina cubierta con una capa de lana marrón y a pesar de estar medio escondida, algunas personas la reconocieron y se acercaron a ella para insultarla. Gruñó cuando Marlina se cubrió un poco más con su abrigo y comenzó a caminar hacia la salida ignorando a aquellos que la insultaban.


Su madre era una

Impura

: una doncella convertida en la amante de un aristócrata. Y no una común, ella y el rey Oleck tuvieron su historia y esa relación la convirtió en la Impura más conocida del reino.


Los súbditos consideraban a las Impuras la peor paria de la sociedad y por eso debían ser castigadas. Si no había una ley que lo hicieran, entonces ellos estaban en la obligación moral de hacerlo. Para Kelleia, no eran más que un par de hipócritas ignorantes. Odiaban a Marlina porque para ellos era culpable de la desdicha de la reina Corel, la madre de Tomhasei. Todos esos mergios enfrentaban a dos mujeres y dejaban afuera del asunto a su querido rey.


Ella deseaba enfrentarse a aquellos que molestaban a su mamá, pero la puerta que daba a su propia salida se abrió de par en par y entraron dos guardias reales. Detrás aparecieron dos personas con una camilla para sacar los cuerpos de la fosa y entregarlos a su respectivas familias.


Kelleia suspiró y miró a Marlina una vez más. Se miraron con intensidad y su madre le mostró la daga que llevaba escondida dentro de su abrigo. Quizá no tenía un entrenamiento como el suyo, pero sabía defenderse.

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