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Tokio.

Summary

Cada año, Harry y Draco emprenden un viaje a un país diferente por Navidad, una manera de tener una excusa para pasar las navidades a solas, lejos de conflictos familiares. Este año, han decidido ir a Japón, y allí Draco descubre algo de la cultura japonesa que lo deja completamente fascinado, para desesperación de Harry. Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling y no me pertenece. Yo sólo escojo algunos de sus personajes y los hago bailar al son de mi música.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo único.

Desde que la guerra terminó, la navidad era una época dura para Draco. La mansión que tanto había amado de niño se había vuelto un lugar hostil, demasiados recuerdos horribles pintaban sus paredes. La situación con su familia tampoco era la mejor, no perdonaba a sus padres por haberlo metido en esa guerra, por obligarle a ser un niño soldado del bando perdedor. Y ellos tampoco terminaban de aceptarlo a él y a la forma de vida que había elegido. Aún así, eran una familia, y por eso, cada navidad, recibía una invitación para pasar las fiestas en Malfoy Manor, para vivir una burda parodia de lo que una vez fueron unas vacaciones felices en familia.


Draco lo odiaba.


Harry lo sabía, y por eso, para esas fechas, siempre procuraba tener planeado algún viaje. Si durante la época navideña, ellos casualmente estaban fuera del país, los padres de Draco no podían echarle en cara que no fuera a pasar las fiestas de Yule con ellos y participara en esas rocambolescas tradiciones de los sangre pura que tanto desconcertaban a Harry.


El año pasado habían estado en Roma, el anterior en El Cairo y el anterior a ese lo habían pasado en Estocolmo. Para este año, Harry tenía pensado llevar a Draco a Tokio, suponía que la capital de Japón tendría bastantes distracciones para que Draco no pensara en lo disfuncional que se había vuelto su familia.


Y funcionó. Vaya si funcionó. Draco se lo había pasado genial en Tokio. Maravillado con la cultura muggle de allí. Al principio se quejó, por supuesto, todo estaba demasiado abarrotado para su gusto, la comida era demasiado extraña, le frustraba no entender el idioma... Draco hablaba tres lenguas con una fluidez que Harry envidiaba, pero, por suerte o por desgracia, el japonés no se contaba entre ellas.


Durante los primeros días del viaje, Harry lo arrastró de una punta a otra de la ciudad, visitando esto o aquello. Harry no hacía las cosas a medias, se había informado concienzudamente de todos los lugares de interés que había en la ciudad, de cuáles eran los restaurantes más prestigiosos, y de todas las curiosidades de la cultura japonesa que podían experimentar allí y que creía que resultarían interesantes a Draco.

Todo esto lo hacía con intención de mantener al rubio distraído, en constante estimulación por el entorno. Así no pensaba tanto en las navidades que pasaba de niño con su familia y que en el fondo Harry sabía que echaba de menos.


Y para ser sinceros, a Harry tampoco le venía mal desconectar. Su recuerdo infantil de la Navidad se traducía en una tortura constante, los Dursley nunca estuvieron especialmente felices de tenerlo en su casa, y en esas fechas menos aún. No, Harry no quería pensar en eso.


Las cosas mejoraron una vez que empezó en Hogwarts, por supuesto, las navidades en el castillo, o arropado por la familia Weasley, formaban algunos de sus mejores recuerdos, pero ya no era un estudiante, con veintiséis años cumplidos, sería raro que se apareciera en el castillo solo para celebrar la Navidad.


Y los Weasley habían quedado descartados desde que su relación con Ginny se fue a pique. No es que tuvieran una mala relación, pero con Ginny la cosa nunca volvió a ser igual que cuando solo eran amigos, siempre estaban tensos cuando se encontraban, con sonrisas forzadas en sus rostros y fingiendo una camaradería que estaba claro que ya no tenían. Estaría muy feo por su parte imponerle a Ginny su presencia, bajo el techo de su familia, en unas fechas tan señaladas.


De cualquier forma, Draco no celebraría la navidad con los Weasley ni aunque su vida dependiera de ello, y Harry no pensaba dejar a Draco a solas con sus desquiciados padres. Así que la excusa de irse de viaje les venía a los dos como anillo al dedo, celebraban la nochebuena juntos y a solas, generalmente en algún sitio romántico y exclusivo, para gusto de Draco y exasperación de Harry.


Exasperación que siempre quedaba compensada con creces gracias a las mañanas de navidad, en las que siempre amanecía con el ardiente cuerpo de Draco enredado con el suyo, y desayunaba besos y gemidos. Sin duda las mañanas de Navidad eran mucho más divertidas si comenzaban así.


Pero ese año comenzaba a tener serías dudas de que algo así fuera a pasar.


Todo había empezado aquella mañana. Era un día de lluvia. De lluvia torrencial. Tenían planeada una larga excursión que duraría todo el día y que fue cancelada debido al mal tiempo. Harry le propuso a Draco salir a hacer algo por su cuenta, pero el rubio se negó, alegando que llovía demasiado y que si salían solo se mojarían y congelarían de frío. Así que finalmente se quedaron en el hotel, tirados en la cama con un montón de chucherías japonesas.


Al principio todo fue tal y como esperaba. Acababan de terminar una ronda de sexo especialmente intensa y Harry se encontraba en el baño cuando escuchó el sonido del televisor.


Harry tenía una televisión en la casa que Draco y él compartían, había conseguido instalarla allí pese a sus protestas, pero no la había conectado a ninguna antena, solo tenía un DVD que Draco y él usaban para ver películas de vez en cuando, casi siempre por insistencia de Harry. Pensó que Draco debía estar realmente aburrido si se habia rebajado a hacer algo tan muggle como ver la televisión.


Terminó en el baño y volvió a la habitación, con una sonrisa burlona bailando en sus labios, dispuesto a burlarse un poco del estirado de su novio por estar viendo programas muggles, pero la burla quedó en el olvido cuando vio a Draco, aún desnudo, sentado sobre la cama con las piernas cruzadas al estilo indio observando fijamente la pantalla con el ceño fruncido.


— ¿Que es esto? — Le preguntó Draco sin apartar los ojos del televisor al tiempo que lo señalaba.


Harry se giró para ver lo que se estaba reproduciendo y ahogó una risilla al darse cuenta de que lo que su novio estaba observando tan detenidamente era un programa infantil.


— Se llaman dibujos animados. Es un programa para niños — Aclaró dividido entre la diversión y la ternura.


— Ah... ¿Y por qué nuestro televisor de casa no tiene esto?


— Es diferente. Lo que estás viendo es la televisión japonesa, por eso hablan en su idioma, la televisión de casa no está conectada a ninguna señal, solo pongo películas en el DVD que puedo reproducir, pausar, rebobinar y todo eso. Es difícil de explicar.


Draco hizo un gesto despectivo con la mano, dándole a entender que nada de eso le importaba. El rubio nunca trataba de averiguar cómo funcionaban las cosas muggles que Harry tenía en casa, solo juzgaba si le parecían lo suficientemente útiles como para usarlas y actuaba en consecuencia, dejándole a Harry la tarea de entender su funcionamiento y reparación si fuera necesario.


— ¿Y puedes hacer que se escuche en cristiano?


Ahí Harry ya no pudo aguantar más y se echó a reír. El heredero de los Malfoy embobado con un programa infantil, si lo contaba nadie le iba a creer.


— ¡Draco! ¿Me estás diciendo que te gustan los dibujos animados? ¡Es para niños!

El aludido frunció el ceño en su dirección al verlo reírse, apartando por fin los ojos de la pantalla.


— Tú desayunas todos los días cereales de colorines como si tuvieras ocho años y yo no te digo nada. ¿Puedes hacer que se oiga en nuestro idioma o no?


— Esos cereales están deliciosos ¿Como iba a preferir la insípida avena teniendo la posibilidad de desayunar Froot loops? Además, si yo actúo como un niño resulta adorable, si lo haces tú es escalofriante.


El ceño fruncido de Draco se acentuó.


— ¿Y en qué te basas para creer semejante estupidez?


— Bueno ya sabes — El brillo burlón regresó a la mirada de Harry — Tú siempre eres tan serio, tan correcto, siempre con tus modales de estirado haciendo cosas importantes aquí y allá, con tu actitud de "Soy el heredero de los Malfoy así que arrodíllate a mis pies"... Y sin embargo, yo soy más...


— Más imbécil. — Lo corto Draco de raíz — ¡Deja de decir tonterías y pon esto en inglés de una vez!


Le lanzó el mando a distancia y se recostó cómodamente en la cama, dando por sentado que comprender los complicados aparatos japoneses, plagados de botones que no tenía ni idea de para que servían, estaba completamente dentro de las capacidades de Harry.


Batalló un rato con el mando, tratando de hacerlo por sí mismo, antes de rendirse definitivamente y llamar a la recepción del hotel.


Una amable chica le explicó en un precario inglés pronunciado con un fuerte acento que aquello no era posible, no se podía traducir un programa en emisión, aunque le explicó como poner los subtítulos en inglés para al menos así entender lo que decían.


Draco pareció conformarse con eso, aunque refunfuñó durante un rato, quejándose de que se perdía lo que estaba pasando en la pantalla por estar leyendo.


Harry no podía dejar de reír. A pesar de lo que le había dicho antes, la imagen de Draco fascinado con un programa de dibujos animados si que era adorable. Se recostó en la cama tranquilamente y pasó un brazo por debajo de los hombros de Draco, atrayéndolo hacia sí para que se rescostara sobre el, disponiéndose así a pasar el resto de la tarde viendo dibujos con un interesado rubio, que miraba la pantalla como si aquello fuera lo más interesante que había visto en su vida.


★ . • ° • . ☆ . • ° ✾ ° • . ☆ . • ° • . ★


No supo bien en qué momento se quedó dormido, pero cuando despertó era noche cerrada. Se sobresaltó un poco al encontrarse con la cara de Draco prácticamente encima de la suya, llamándole por su nombre de manera insistente.


— ¿Que pasa? ¿Qué hora es?


— La tres de la madrugada — Comentó tranquilamente, haciendo un gesto desdeñoso con la mano como si aquello no tuviera la más mínima importancia. — Ya sé lo que quiero por Navidad.


Harry, aún con el cerebro nublado por el sueño, lo miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.


— Draco... ¿Me has despertado a las tres de la mañana para decirme lo que quieres que te regale por navidad?


— Si — Contestó con impaciencia. — Es que no sé cómo de difícil será de conseguir, ni dónde pueden comprarse ni nada, pero lo quiero, quiero uno y quizás tengas que ponerte a buscarlo de inmediato.


Harry se incorporó de la cama, restregándose los ojos con gesto cansado, conteniendo las ganas de mandar a su novio a la mierda, sabía por experiencias pasada que cuando Draco se ponía así era mejor seguirle el juego si quería volver a dormirse lo antes posible. Se fijó en que el televisor seguía encendido, reproduciendo aún los dibujos con los que Draco se había quedado tan embelesado.


— Vale. Hemos venido a jugar. — Contestó con sorna. — ¿Que es lo que quieres por navidad?


— Quiero un Pikachu.


Harry parpadeó un par de veces.


— ¿Que quieres un qué?


— ¡Un Picachu! — Draco señaló la pantalla de forma impaciente — Es un Pokémon, el mejor de todos, el animalillo amarillo ese ¿Lo ves? — Volvió a señalar la pantalla donde, efectivamente se veía un dibujo de un bicho amarillo que parecía estar lanzando rayos a otro bicho que le recordaba vagamente a una tortuga — Siempre los vence a todos en los combates, yo quiero uno de esos.


Harry miró a Draco con estupefacción. Aquello tenía que ser una broma.


— Draco... Cariño.... ¿Tú sabes que nada de eso es real, verdad?

El rubio le devolvió una mirada confusa.


— ¿Que quieres decir con que no es real?


— ¡Son dibujos! — Exclamó incrédulo. — Es televisión, es... Dios, no puedo creer que esté explicándote esto, están pintados, Draco, como los cuadros parlantes, pero en versión muggle. No existen en el mundo real, no se pueden comprar.


— ¿Como que no? — Draco dibujó un puchero en sus labios — Cuando vemos películas en casa la gente que sale es real, me has enseñado a los actores, me explicaste que interpretan  papeles, como en el teatro, pero que son personas reales. ¡Tú me lo dijiste! ¡Me acuerdo perfectamente de esa conversación!


— ¡Pero eso son películas! — A estás alturas, Harry ya tenía serios problemas para aguantarse las ganas de reírse a carcajadas, la situación era surrealista, y aunque tenía sueño y ansiaba volver a dormirse cuanto antes, la carita confusa de Draco, como si fuera un niño que no entiende que su super héroe favorito en realidad no existe, era un espectáculo que bien merecía la pena el desvelo. — Esto son dibujos, están pintados y animados digitalmente, no son actores ni nada parecido, no se pueden comprar, de verdad.


— ¿Como qué no? — El gesto decepcionado de Draco le provocó tanta ternura que le dieron ganas de abrazarle — ¿Entonces por qué dejan que los niños vean esto? Los muggles son crueles, ¿Por qué consienten que sus hijos se ilusionen para nada?


Llegados a ese punto, Harry ya no se contuvo y abrazó a su infantil novio, tirando de él para que se recostase de nuevo en la cama, envuelto entre sus brazos.


— Los niños saben que no son reales, pero igualmente lo pasan bien viendo los dibujos.


— ¡Pues no es justo! ¡Yo quiero un Pikachu! ¿Crees que podría conseguirlo con magia? Se parecen a los conejillos de indias, quizá pueda modificar alguno con una poción o hechizo para transformarlo en lo que quiero... Quizás cruzandolo con alguna criatura mágica previamente modificada...


La voz de Draco se fue apagando mientras su mirada se volvía ausente y Harry se alarmó. Conocía esa expresión, tenía la cara de estar planeando algo, haciendo cálculos mentales de todo lo que podría necesitar para lograr sus fines. Tenía que cortar eso de raíz antes de que la idea anidara en su cerebro.


— Draco no. No puedes jugar a ser Dios.


— No es jugar a ser Dios — Se apresuró a replicar — Solo es un sencillo experimento...


— Un experimento que no saldrá bien — Lo cortó en tono inflexible. — Y en el que además tendrás que torturar y sacrificar a un montón de animalillos en el proceso. No, Draco, no vas a hacer eso.


Draco se cruzó de brazos, enfurruñado como un niño pequeño.


— Odio no conseguir lo que quiero.


Harry se rió bajito, rogando porque su risa no molestara aún más a ese chico tan complicado, pero que le traía la cabeza loca desde siempre. Depositó un pequeño beso en su frente y apretó aún más el abrazo en el que lo tenía envuelto.


— Lo sé amor, pero no te preocupes, me aseguraré de conseguirte algo que te encante para navidad, tanto, que te olvidarás de la idea de tener un... ¿Cómo has dicho que se llamaba?


— Pikachu.


— Eso, un Pikachu.


— Está bien... — Suspiró resignado. — Anda, vuelve a dormirte, siento haberte despertado.


— En realidad... Ya me he desvelado, podríamos hacer algo más interesante que dormir, ya que estamos los dos despiertos...


Sonrió de lado, levantando las cejas de forma sugerente, dejando claro lo que quería.

Draco le devolvió la sonrisa y se acercó a él en un beso que Harry correspondió gustoso. Rodó sobre sí mismo para quedar encima, y marcó una línea de besos descendentes desde su cuello hasta su clavícula.


Las manos de Draco le acariciaban la espalda, al mismo tiempo que sus caderas se elevaban, presionando una incipiente erección sobre su pierna.


Harry se dedicó a besar lamer y succionar la pálida piel al tiempo que sentía como las manos que le acariciaban se quedaban estáticas en su espaldas y el cuerpo debajo de él se mantenía inmóvil....


Un momento.


¿Inmóvil?


Elevó la cabeza que tenía enterrada en el cuello ajeno, extrañado por la repentina pasividad, Draco no solía estar tan quieto.


Lo observó un segundo, con una pregunta bailando en la punta de la lengua, Draco tenía el rostro inexpresivo, con la mirada localizada en algo situado detrás de su espalda.


— Draco, ¿Qué pa...? — Y de golpe lo entendió. — ¡No me jodas! ¡Estás viendo los malditos dibujos!


— ¿Qué? — Draco parpadeó un segundo, mirándole con las mejillas ligeramente sonrojadas. — ¡Claro que no! Sigue con lo que estás haciendo, si me encanta...


— ¿En serio? ¿Es necesario que insultes mi inteligencia de esa manera? ¿De verdad vas a fingir que no te has quedado en babia viendo los dibujos mientras yo intentaba acostarme contigo?


— ¡Es que está en la parte más interesante! — Se excusó abandonando ya el teatro. — Si pudieses esperar diez minutos...


— Mira, déjalo. Ya no me apetece — Bufó quitándose de encima y rodando por el colchón hasta quedar tumbado de espaldas a Draco, sin ganas de mirarle en absoluto.


— Mañana por la mañana ¿Vale?


Un gruñido por respuesta.


Draco le apretó cariñosamente el muslo, dejando una caricia suave en él, aún sin apartar los ojos de la pantalla.


— No te enfades, ¿Vale?

Harry se dió la vuelta en la cama y lo miró ceñudo.


— No me enfado. — Se alejó de su contacto, se incorporó y salió de la cama. — Voy a solucionar el problema por mi mismo.


Y dicho esto, se encaminó hacia el baño pisando fuerte y despareció tras un sonoro portazo.


Draco miró hacia la puerta dudando, pero un fuerte grito proveniente del televisor le avisó de que se estaba perdiendo la parte más importante del capítulo, regresó su vista a la pantalla y los pensamientos que tenía acerca de disculparse con Harry se fueron diluyendo en las brumas de su mente, atrapado entre ataques con rayos y olas gigantes de agua.


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Desde que decidieron empezar su propia tradición navideña de viajar todos los años por esas fechas, el tema de los regalos había cambiado. Antes de eso, solían pasar meses buscando algún regalo especial para el otro, ambos eran difíciles de regalar. ¿Que le regalas a alguien que ya lo tiene todo? ¿Y a alguien que nunca quiere nada? Ese era el problema al que se enfrentaban año tras año.


Por suerte, habían llegado a un acuerdo que, aunque les dejaba poco margen al planeamiento y mucho a la improvisación, a ambos les resultaba satisfactorio. Nada de pasar meses buscando el regalo perfecto, nada de andar de un lado para otro por las calles de Londres y tener que cargar con cualquiera que fuera el obsequio al país que hubieran elegido ese año, no. Desde hacía tiempo, compraban los regalos en el país que estuvieran en ese momento, y lo hacían durante la mañana del 24 de diciembre, ambos chicos salían por separado a recorrer la ciudad, buscando algo que fuera representativo del país o que les trajera algún recuerdo en particular de ese viaje, era como llevarse un Souvenir, pero mucho más personal.


Y aquel año, Harry tenía claro que era lo que iba a regalarle a Draco.


Se había enterado de que los dibujos que le gustaban a Draco se llamaban Pokémon, que era una especie de serie, y que se podía conseguir completa en DVD. Ahora, recorría las calles de Tokio buscando algún lugar donde vendieran la serie completa en Inglés, para que Draco pudiera verla en casa cuando le diera la gana, y sin necesidad de andar leyendo los subtítulos. Conociéndole, sería capaz de aprender japonés solo para entender los malditos dibujos. Para su desgracia, Draco era de esas personas que cuando encuentran algo que les gusta, se obsesionan, y lo exprimen hasta el punto de aborrecerlo.


Ya tenía asumido que tendría esos dibujos hasta en la sopa, al menos durante unos meses.


Encontrar la serie no había sido demasiado complicado, lo difícil fue hallarla en inglés, ya que, obviamente, la demanda allí era de su versión en japonés. Pero al final, pudo dar con ella en una tienda situada dentro de un centro comercial en plena zona turística.


Iba muy contento con su regalo, sabía que a Draco iba a gustarle, y cumplía con el requisito de ser un recuerdo de su viaje, ya que desde que descubrió los malditos dibujos, Draco no había querido hacer otra cosa que pasarse el día tirado en la cama, viendo la televisión y hartándose de esas extrañas chucherías y dulces japoneses que contra todo pronóstico también le habían encantado. Decidió parar por el camino y comprarle también una caja de los dulces de melocotón que habían estado devorando durante toda la semana, se los llevaría también como detalle y podrían comerlos mientras hacían un maratón de dibujos animados, se rió interiormente cuando se le cruzó el pensamiento de que parecía más que estaba organizando un cumpleaños infantil que una velada con un adulto de 26 años.


Cuál fue su sorpresa cuando, al entrar en la tienda de comestibles y ponerse a buscar los dulces de melocotón en las estanterías, descubrió la cara del animalillo ese que tanto le había gustado a Draco, el que decía que quería, Pekachu creía que se llamaba. Los enormes ojos del animalillo le miraban desde una caja que parecía contener galletas, se rió divertido y cogió la caja para llevársela, pero al girarse descubrió que también  había una especie caramelos masticables con la imagen del Pokemon, se los llevó también.


Un breve vistazo a su alrededor le bastó para comprobar que la serie debía ser muy popular entre los muggles japoneses, porque había de todo, desde peluches hasta latas de refresco, todo con la imagen del maldito dibujo animado al que estaba empezando a coger manía. Suspiró resignado, decidió ser un buen novio, y se llevó una cosa de cada.


De vuelta al hotel, iba cargado hasta los topes de comidas y accesorios divertidos, todos con la imagen del bicho amarillo, más la serie completa en DvD que también pesaba lo suyo. Así que, decidió refugiarse en un solitario callejón, asegurarse de que no había nadie mirando ni cámaras de vigilancia cerca, y encoger todas sus compras para llevarlas en el bolsillo y no echar a perder la sorpresa si Draco había vuelto al hotel antes que él y ya lo estaba esperando.


Entró a la habitación, muy satisfecho con sus compras, pero no pudo evitar negar con la cabeza y soltar una risa resignada cuando comprobó que, no solo Draco había vuelto antes que él, si no que ya estaba tumbado en la cama, con el televisor encendido y viendo los malditos Pokémon. Menuda le esperaba.


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Draco estaba muy satisfecho con como se había desarrollado la tarde de la compra de regalos. Había tardado como diez minutos en conseguir el regalo de Harry.


Durante su segundo día en Tokio habían visto un partido amistoso de quidditch, la selección Japonesa contra la selección Argentina. No es que el partido hubiera sido particularmente interesante, ninguna de las dos selecciones podía compararse a las estrellas como Irlanda o Bulgaria, pero lo destacable del aquel encuentro no había sido el partido en sí, si no el estadio.


El campo de juego de Tokio era, a falta de otra palabra mejor para describirlo, una maravilla.


Construido a la sombra de un enorme castillo Sengoku y rodeado de cerezos que se mantenían mágicamente en flor durante todo el año, era ya de por sí todo un deleite visual. Las gradas, formadas por un entramado de torres tipo pagoda ofrecían a los espectadores una vista sublime del juego. El estadio era tan increíble que hasta él tuvo que admitir a regañadientes que era mucho mejor que cualquier estadio de Inglaterra. Aunque — Pensaba con malicia — No es que eso les sirviera para algo, los equipos japoneses estaban formados prácticamente en su totalidad por estudiantes recién salidos de Mahoutokoro, la escuela mágica de Japón, no durarían ni dos minutos frente a cualquier equipo inglés.


Si el curioso estadio había conseguido despertar el exigente interés de Draco, para Harry había sido como descubrir la octava maravilla del mundo. La palabra Fascinado se quedaba corto, había estado más pendiente de todos los detalles de la construcción que del partido mismo, llegando incluso a perderse la captura de la snicht porque se había quedado observando embelesado como el sol se ponía tras los cerezos florecidos, tiñéndolo todo de un tono rojizo. Incluso después, una vez finalizado el partido, le había insistido hasta el hartazgo para que se quedasen a recorrer el estadio por dentro una vez que este se hubiera vaciado. La capa invisible, que Harry seguía portando a todas partes, había sido de gran ayuda en este menester. El resultado, un día entero perdido admirando un estadio de quidditch.


Desde ese día, había tenido claro cuál sería su regalo de navidad para Harry. Solo había tenido que tirar un poco de contactos en los momentos en los que Harry estaba distraído, para enterarse de quién era el mejor carpintero mágico de Tokio, una buena bolsa de galeones para contratar una traductora que le permitiera entenderse con el artista, y otra bolsa de galeones aún más grande para que el carpintero priorizara su encargo por encima de los demás, tenía lo que quería, una réplica exacta del estadio en miniatura, incluso había añadido muñecos de madera pintada que representaban a los jugadores y volaban encima de sus escobas, sin salirse de los límites del campo. Era una pasada. Estaba seguro de que iba a ganar la Navidad este año.


Esa tarde solo había tenido que ir a la carpintería a recogerlo, si, tener el regalo planeado con antelación era hacer trampa en su acuerdo, vale. Pero lo que Harry no supiera tampoco le haría daño, y estaba seguro de que el regalo iba a encantarle tanto que no se pararía a pensar en cómo lo había conseguido.


Y lo mejor de todo, es que su inteligente previsión le había brindado una tarde a solas frente al televisor del hotel, viendo lo que ya consideraba como su programa favorito, por mucho que Harry se burlase. Esas cosas no podían ser solo para niños, era demasiado entretenido, no entendía como era posible que los magos no tuvieran algo similar. Si él hubiera crecido viendo... ¿Cómo lo había llamado Harry? ¿Dibujos alterados? Lo que sea, si él hubiera tenido esos dibujos durante su infancia, estaba seguro que ahora no hablaría tantos idiomas ni se sabría los nombres de todas las constelaciones.


Quizás era mejor no haber tenido eso de pequeño, se habría convertido en un adulto mucho menos preparado de haber sido así.


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La mañana de Navidad, Harry despertó aún sintiéndose pesado. La noche anterior habían comido hasta reventar. Draco seguía resistiéndose al sushi, insistía en que comer pescado crudo era cosa de bárbaros, pero Harry le había encontrado el punto, sobre todo al sushi de salmón. También había desarrollado una insana obsesión por los onigiri, una especie de bola de arroz rellena de atún, se había asegurado de aprender a elaborarlos para poder seguir comiéndolos cuando volvieran a casa.


Draco sin embargo, había disfrutado sinceramente de algo llamado Gyoza, una especie de empanadillas rellenas de carne, col, jenjibre y no sé cuántas cosas más. Y prácticamente había devorado una cosa que le dijeron que se llamaba Momiji Manju, que básicamente era masa de hojaldre rellena de chocolate y pasta de judías, horneado con forma de hoja de arce. A Harry le había parecido estéticamente muy bonito pero nada especial en sabor. La predilección de Draco por el dulce no opinaba lo mismo.


Pero el plato estrella que había encandilado a ambos había sido el Fugu, o pez globo. Harry se había mostrado reticente a probarlo en un principio. Aunque Draco le insistía en que era una de las cosas más exquisitas que podrían comer en Japón, él no le veía la gracia a comer algo que podía matarte si estaba mal cocinado. Por suerte, al final claudicó y lo probó, total, había sobrevivido a cosas más inverosímiles. Se había alegrado enormemente de ello al comprobar que su sabor era delicioso.


Habían comido tanto y estaban tan llenos, que al llegar al hotel ambos se habían dejado caer en la cama, y se habían quedado dormidos prácticamente al instante, arrullados cada uno en el calor del cuerpo del otro.


Somnoliento, se frotó un ojo con pereza y giró la cabeza hacia la izquierda, para comprobar que, contra todo pronóstico, Draco seguía dormido. Que Harry fuera el primero en despertar era algo que solo pasaba una vez entre un millón, realmente debía estar cansado.


Se levantó con cuidado de no despertarlo, fue al baño, se echó agua fría en la cara para terminar de espabilarse y se lavó los dientes.


Cuando regresó a la habitación, descubrió que Draco ya estaba despierto, sentado en la cama, con una sonrisa en los labios y una mirada impaciente.


— Buenos días. ¿Que tal dormiste?


— Horrible. — Sentenció Draco pasándose una mano por el cabello que sorprendente amanecía perfectamente peinado cada día. Harry lo odiaba, él nunca consiguió dominar su cabello, mucho menos por las mañanas. — Definitivamente estoy viejo para cenas tan copiosas, no he parado de soñar cosas extrañas en toda la noche.


— ¿Que has soñado? — Comentó Harry interesado, sentándose en la cama y dándole a su novio un beso en la mejilla.


Para su sorpresa, la mejillas de Draco adquirieron un suave rubor rosado.


— Nada, nada, solo... Un montón de tonterías.


— ¿Algo erótico? — Pinchó Harry al notar que el rubio se entontraba avergonzado. — ¿Por eso te has puesto rojo como un tomate?


— ¿Por qué iba a darme vergüenza soñar con porno? Esos son los mejores sueños — Le guiñó un ojo pícaramente, gesto que Harry interpretó como una invitación a algo más. Esbozó una sonrisa pícara, rodeó su cintura con un brazo y lo atrajo hacia así, trató de robarle un beso, pero una mano de piel pálida le tapó la boca antes de poder hacer ningún avance. — No, ahora no. Quiero mi regalo primero.


— ¿Como sabes que tú regalo no es precisamente esto?


— Pues espero que no, porque esto — Le agarró juguetonamente el miembro por encima del pantalón del pijama. — Puedo tenerlo cuando a mí me dé la gana.


— Muy seguro te veo de eso. ¿Que pasa si a mí no me apetece?


Draco arqueó una ceja y le brindó una sonrisa burlona.


— Sinceramente Harry, ¿Eso ha pasado alguna vez?


Se encogió de hombros.


— Podría pasar.


— Lo creeré cuando lo vea. Ahora, quiero que abras primero tu regalo. Estoy seguro de que este año he ganado la Navidad.


— Cariño... Sabes que la navidad ni se gana ni se pierde ¿Verdad? No es una competición.


— Todo es una competición conmigo, Potter. — Elevó el mentón con aire de suficiencia — Y yo siempre gano.


Harry reprimió las ganas de decirle que podían jugar un partido de quidditch para demostrarle que no necesariamente eso era siempre así y simplemente se rió y negó con la cabeza.


— Está bien, está bien. Como tú quieras, dame mi regalo.


Draco se inclinó sobre la cama y levantó el faldón para buscar algo debajo de esta. Harry lo vio tantear el suelo con la cabeza escondida bajo el somier hasta dar con lo que buscaba. Sacó una caja cuadrada, perfectamente envuelta en papel satinado de color verde con un pequeño moño plateado. Contuvo sus ganas de rodar los ojos, podías sacar a la serpiente de Slytherin, pero no podías sacar Slytherin de la serpiente.


Se lo tendió con una sonrisa que Harry correspondió mientras deshacía con cuidado el lazo para poder retirar el papel.

Los ojos se le abrieron como platos cuando levantó la tapa de la caja y vio lo que contenía.


— Ohh... ¡Es el estadio de Tokio!


— ¡Si! Se lo mucho que te gustó y pensé que querrías tener una réplica de él. Es una pieza única, está hecho a mano y he pensado que quedaría genial expuesto en la vitrina del salón


— ¡Me encanta! ¿Cómo has conseguido esto en tan poco tiempo?


Draco enrojeció, había tenido la esperanza de que Harry no hiciera esa pregunta.


— Cuestión de suerte — Respondió cripticamente — ¡Venga! Ahora dame el mío! — Exigió tratando de desviar la atención.


Por suerte, Harry no se percató de su pequeña estrategia de distracción, y se levantó para abrir el armario y sacar de allí un paquete bastante grande y otro que definitivamente era enorme. Ambos envueltos en un papel claramente infantil, dorado con dibujitos de renos.


Draco arqueó una ceja.


— ¿Dos regalos? Eso es trampa, Potter.


— No son dos regalos exactamente, digamos que uno complementa al otro. Toma — Le tendió el paquete más pequeño.


— Abre este primero.


Draco rompió el papel sin muchas ceremonias y casi estuvo apunto de soltar un gritito nada digno de un sangre pura educado en el decoro y la contención como él.


Eran los dibujos que le gustaban, la serie completa y en inglés. No tendría dejarse los ojos leyendo subtítulos y podría verla tranquilamente sin perderse una sola escena.


Sacó una de las carátulas y la abrió, dentro había un CD como los que Harry tenía en casa que reproducían películas. Eso significaba que podía verlo cuando quisiera, todas las veces que quisiera, en Japón o en Inglaterra. Le encantaba.


— ¡Harry esto es genial! ¡Me gusta! ¡Me gusta mucho!


— Me alegra que te guste, toma — Le tendió el otro paquete — Ahora abre este.


Draco rasgó el papel de nuevo sin demasiada delicadeza y soltó una carcajada cuando vio lo que había en el interior.


— ¿Que es esto? ¿Has comprado todo el merchandisin que existe de Pokémon? — Preguntó divertido.


— Puede que si — Bromeó — Pero la mayoría son galletas, caramelos o patatas fritas. Te gusta comer comida basura mientras ves la tele y he pensado que ésta era la ideal para meterte en ambiente con esos dibujos.


— Muy acertado, sin duda. Creo que al final esta Navidad ha quedado en empate.


Harry rodó los ojos.


— ¡Que no es una competición!


— Cállate, si que lo es, y el año que viene ganaré. Ahora pon esto, — Le lanzó la primera carátula de la colección — vamos a ver el primer episodio.


— ¿Que? ¿Ahora? — Preguntó Harry confundido. — ¿No prefieres que salgamos y hagamos algo?


— ¿Me regalas todo esto y pretendes que lo deje aquí y me vaya a hacer turismo? Tú deliras.


— ¿Estás seguro? Nuestro traslador sale mañana temprano, hoy es nuestro último día en Tokio ¿Seguro que quieres pasarlo asi?


— ¿Has visto el frío que hace fuera? ¿Por qué querría salir a congelarme pudiendo quedarme aquí viendo mi serie favorita mientras como un montón de cosas con forma de la cara del protagonista de la serie?


Harry se rió sin poder evitarlo.


— Está bien, está bien. Haremos lo que quiera el niño mimado.


Ahora fue el turno de Draco de rodar los ojos. Y por toda respuesta, le señaló el televisor, indicándole con un gesto que pusiera de una vez el DVD, y se tendió en la cama, agarrando en el proceso la primera bolsa de galletas que encontró.


★ . • ° • . ☆ . • ° ✾ ° • . ☆ . • ° • . ★


El viaje en traslador había dejado a Harry bastante mareado. Un viaje transoceánico de esa magnitud era demasiado hasta para los sangre pura, que llevaban toda la vida acostumbrados a viajar así, para Harry era una tortura. Había tenido serios problemas para no vomitar en cuanto sus pies tocaron el suelo.


Solo tenía ganas de tumbarse y dormir un rato. Ambos estaban cansados y tenían Jet Lag, pero sabía que eso no era posible. Andrómeda llegaría con Teddy en cualquier momento, protestando como siempre por el hecho de que se iban y no pasaban la navidad con ellos.


Se habían asegurado de comprar el regalo de Teddy antes de marcharse y encargarse de que Andrómeda lo ponía bajo el árbol de parte de ellos. La verdad es que por muy cansado que estuviera, tenía ganas de ver que opinaba Teddy acerca de la nueva escoba de carreras que le habían conseguido.


La escoba era una maravilla, una nueva edición mejorada de la antigua Nimbus 2000 que había sido la primera escoba que Harry poseyó en su vida. No había podido evitar comprarla y sentir un ramalazo de nostalgia por su vieja escoba y el trágico final que tuvo a manos del sauce boxeador. Esperaba que a Teddy le gustase, habían conseguido que grabaran su nombre en el mango y todo.


Andrómeda había protestado hasta la saciedad diciendo que un niño de 8 años era demasiado pequeño para tener una escoba de carreras que era casi profesional, pero Draco había cortado sus protestas de raíz alegando que a él le regalaron su primera escoba a esa edad y que Teddy era medio Black y los Black siempre tenían lo mejor del mercado.


Andrómeda había claudicado ante eso. Harry sabía que aunque ella hubiera renegado de su familia en el pasado, ahora que era el último miembro vivo de la familia Black que portaba el apellido, se alegraba de saber que alguien se encargaría de hacer sentir orgulloso a su nieto de quien era cuando ella ya no estuviera, y que precisamente Draco, que había nacido en el seno de una familia cargada de prejuicios, aceptara a Teddy como si nada, a pesar de no ser realmente un sangre pura, la conmovía, aunque no esperaba que lo admitiese en voz alta jamás.


Efectivamente apenas habían tenido tiempo de deshacer las maletas, cuando el repiqueteo de la red flu les anunció que había alguien tratando de acceder al hogar.


Se giró hacia Draco con gesto cansado, esbozando una muda queja.


— Lo sé, cada año vienen más temprano.


— Debe ser cosa de Teddy, ya sabes que no es muy paciente que se diga. — Suspiró con resignación — Bajemos, hay que abrir la chimenea para que puedan pasar.


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Aunque estaban terriblemente cansados, la tarde con Teddy y Andrómeda estaba siendo muy entretenida. Harry se divirtió mucho charlando con la mujer sobre los pormenores de su viaje mientras Draco y Teddy se entretenían probando la nueva escoba en el jardín, y se rió especialmente al relatarle como Draco había regresado de Tokio completamente enganchado a unos dibujos animados japoneses. Se extrañó al ver que Andrómeda no parecía en absoluto sorprendida por esa información, al menos hasta que la mujer le explicó que las personas como Draco y ella misma, habían sido educados de un modo en el que casi no se les permitió ser niños y que, los que lograban escapar de ese yugo, tendían a fascinarse muy a menudo por las cosas infantiles, ya que no habían tenido una niñez como tal.


Harry sintió un ramalazo de lástima por ellos, él tampoco había podido ser un niño normal y aunque si bien los dibujos animados no le atraían demasiado, si que disfrutaba de muchas cosas que no podían considerarse muy adultas, como aquellos cereales repletos de azúcares que Draco detestaba.

Se prometió a sí mismo no burlarse más de él por su obsesión con los dibujos animados, y se reafirmó en su decisión cuando él y Teddy regresaron de su vuelo por el jardín y oyó como Draco le sugería al niño que fueran al salón a ver los dichosos dibujos.


Sabía que Draco había tenido ganas de sentarse a verlos desde que habían puesto un pie en Inglaterra, pero había refrenado su deseo en aras de pasar tiempo de calidad con Teddy y Andrómeda.


— ¡Ah sí! — Escuchó hablar a la vocecilla cantarina de Teddy desde el salón. — Conozco los Pokémon, me gustan mucho.


— ¿Los conoces? — Oyó a Draco preguntar sorprendido — Creía que tu abuela se negaba a tener un televisor.


— Así es... — Refunfuñó el niño. — No sabía que también los había para la tele, yo lo que tengo es el videojuego.


Harry se levantó de un salto de su silla de la cocina ante una muy sorprendida Andrómeda y se precipitó a irrumpir en el salón, dispuesto a taparle la boca  a Teddy con sus propias manos si era necesario. Si existía un videojuego de esos dibujos Draco no podía enterarse o ya podía ir asumiendo que su novio no volvería a prestarle atención jamás.


Lamentablemente, para cuando llegó al salón, Teddy ya había abierto su mochila y sacado lo que parecía ser una consola portátil. Se la estaba mostrando a Draco que miraba alternativamente a la máquina y al niño que le explicaba su funcionamiento, con tal avidez que cualquiera diría que acababa de hacer el descubrimiento del siglo.


— Me lo regaló la tía Hermione por mi cumpleaños. — Explicaba el niño, muy contento de que alguien se interesara en su juego favorito. — Se juega en esta máquina que como es pequeña te la puedes llevar a todas partes. Se llama Nintendo DS, a veces se le acaba la batería si juegas mucho y si estoy en casa de tío Ron y tía Hermione se recarga conectándolo a las paredes, pero cuando estoy en mi casa la abuela tiene que hacerlo con magia.


— ¿Me enseñas a jugar? — La pregunta de Draco fue un clavo más en el ataúd de Harry. Había llegado demasiado tarde, ya no había nada que hacer.


— ¡Claro! ¡Si te compras una tú también podemos jugar juntos e intercambiar objetos y Pokémon raros!


— ¿En serio?


Harry suspiró rendido, sabiendo que en cuanto sus invitados se marcharan Draco lo arrastraría al Londres Muggle en la búsqueda de una consola y un videojuego igual al que Teddy tenía.


Volvió a la cocina dándole vueltas a aquella frase de "si no puedes con el enemigo, únete a él" y pensando si quizás no debería conseguir otro juego de esos para él también, aunque sólo fuera para poder charlar con Draco sobre el tema, porque algo le decía, que los dichosos Pokémon iban a ser el único tema de conversación en aquella casa durante los próximos meses.


FIN.

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