Chapter 1
Lucius caminaba preocupado hacia los dormitorios de Slytherin. El Señor Oscuro quería sangre nueva, el reclutamiento estaba en pleno apogeo y él bien sabía que su padre no dudaría en ofrecerlo como tributo, igual que lo había ofrecido a los Black para ese absurdo matrimonio arreglado con una de sus hijas. Al menos le habían dejado elegir cuál de ellas sería su futura esposa, Narcissa era hermosa, culta y elegante, sería una buena esposa. Se estremecía de solo pensar que hubieran acabado imponiéndole a Bellatrix, esa chica no estaba bien de la cabeza.
Buscaba a Severus. Realmente era el único de todo su curso con algo de cerebro, y también el único al que el Señor Tenebroso quería a toda costa entre sus filas. El chico tenía una habilidad innata para las pociones que combinada con la ferviente pasión que sentía hacia las artes oscuras, lo convertiría algún día en el perfecto mortífago.
Caminó directamente hasta su dormitorio y, al encontrar la puerta cerrada, llamó con mano firme. No hubo respuesta, pero desde el interior le llegaban sonidos ahogados. No se preocupó en absoluto, conocía bien a Severus y era habitual que se enfrascara en la creación de algún hechizo o en la mejora de alguna poción y dejara de ser consciente del mundo a su alrededor. Había confianza entre ellos así que agarró el picaporte y abrió la puerta sin pensárselo mucho.
De todas las ideas que podría haber tenido sobre lo que su amigo estaba haciendo en su habitación, desde luego esa no se le había pasado por la cabeza.
Se quedó helado en el umbral, sin atreverse a cerrar la puerta de nuevo y salir huyendo de allí, ni mucho menos a pasar al interior de la estancia.
Severus estaba completamente desnudo, recostado sobre la espalda de un cuerpo indudablemente masculino, su cortina de cabello negro como el ébano cayendo sobre su rostro, los mechones acariciaban la coronilla del chico que se encontraba debajo de él. Las muñecas del chico estaban envueltas en una corbata de Slytherin, cruzadas sobre sí mismas y atadas al cabecero de la cama, sus puños se aferraban con fuerza a los barrotes del cabecero y de sus labios escapaban suaves gemidos que indicaban que estar en semejante posición sumisa le estaba causando más placer que otra cosa.
La cabeza del chico estaba enterrada en la almohada, así que no podía verle la cara, pero la espesa mata de rizos castaños que quedaba al alcance de su vista le resultaba familiar.
Súbitamente, Severus se incorporó, quedando de rodillas en la cama mientras tiraba de las caderas del otro chico hacia arriba, obligándolo a alzar la mitad inferior de su cuerpo y posicionar las rodillas dobladas debajo de sus muslos, clavadas en el colchón. El chico no podía usar sus manos como punto de apoyo así que se encontraba precariamente sostenido solo por la fuerza de sus piernas y el contundente agarre que Severus ejercía en sus caderas mientras seguía bombeando a un ritmo implacable.
Lucius estaba allí, estático, sabedor de que debía huir y dejar intimidad a la pareja, pero incapaz de moverse y con una incómoda erección a punto de hacer estallar el cierre de sus pantalones. Ninguno se había percatado de que él estaba allí, demasiado inmersos en su nube de pecaminosa lujuria. Y joder, Lucius quería seguir mirando, siendo un espectador privilegiado, con asiento de primera fila para el espectáculo más erótico de la historia.
En ese momento, el chico misterioso giró la cabeza, descubriendo su rostro y exponiendo por fin al excitado voyeur que los miraba. Lucius no pudo evitar dejar escapar un jadeo de sorpresa. Ese chico... Le conocía, era menor que él, un año o puede que dos, era el primo de Narcissa, creía recordar que se llamaba Regulus.
—¡Malfoy! —La expresión alarmada del chico convirtió su angelical rostro en algo más hermoso, más inocente, si es que la inocencia tenía cabida en semejante escenario.
El grito de Regulus alertó también a Severus de su presencia, que se giró para mirarle con una sonrisa burlona bailando en sus labios.
—¿Te gusta lo que ves, Lucius?
Un sonido demasiado indigno para alguien de su alcurnia escapó de sus labios, algo a medio camino entre un gritito y un gemido. El corazón le bombeaba tan fuerte que creyó que se le escaparía del pecho y tendría que acostumbrarse a vivir sin él para siempre. Avergonzado por verse descubierto mirando embelesado el fornicio entre dos hombres, excitado como no lo había estado nunca antes y furioso consigo mismo por lo que las imágenes que veía estaban provocando en él, cerró la puerta de un portazo y huyó de allí como alma que llega el diablo.
Bajó las escaleras de los dormitorios tan rápido que no sabía cómo no se había caído y abierto la cabeza contra los escalones, se internó en la sala común y escrutó a los estudiantes que allí había, hasta dar con la persona que buscaba.
Narcissa estaba allí, elegantemente sentada en un sillón cerca de la chimenea, charlando animadamente con Corban Yaxley. Se dirigió hacia ella y sin mediar palabra, la agarró del brazo y prácticamente la arrastró hasta su dormitorio.
Al terminar, Narcissa le preguntó qué era lo que había pasado para que estuviera tan fogoso, que jamás lo había visto así, y Lucius se sintió aún más furioso consigo mismo. Era un Malfoy, y había sucumbido ante los más bajos instintos que un hombre podía experimentar, había usado a su prometida, una dama respetable, como si fuera una puta. Y aún así no se sentía satisfecho.
Los días siguientes al vergonzoso encuentro, Lucius estuvo tentado de cavar un hoyo en el suelo, enterrarse dentro y no volver a salir jamás, tal vez incluso podía encargar una bonita lápida, con un epitafio que dijera "Aquí yace Lucius Abraxas Malfoy, murió de vergüenza por observar lo que no debía" quizás así pudiera conservar algo de dignidad.
Severus no había borrado esa expresión burlona que le dedicó en el dormitorio durante toda la semana, y por si eso no fuera suficiente, el menor de los Black parecía incapaz de apartar los ojos de él. Lucius lo descubrió mirándolo embelesado varias veces, pero cuando le devolvía la mirada, el chico la apartaba rápidamente, sonrojado hasta las orejas.
Todo eso estaba haciendo estragos en la mente y el autocontrol de Lucius, el lugar de su cerebro donde se gestan las malas ideas trabajaba a toda pastilla, ideando escenarios donde podría volver a coincidir con obscena pareja, y esta vez no huía, se quedaba allí mirando a pesar de haber sido descubierto, se acercaba a ellos, extendía su mano y luego... Y luego...
Sacudió la cabeza para desterrar tan indecorosos pensamientos.
No podía seguir así, no había vuelto a tocar a Narcissa desde aquel día, en que tan bochornoso espectáculo había dado, por suerte ella no tenía ni idea de que era lo que había provocado su inusitada pasión, no podría volver a mirarla a la cara si se enteraba.
Tenía que poner fin a todo eso. No podía seguir con su arreglado noviazgo con la chica mientras fantaseaba con su primo, y con el amante de su primo también, con los dos. ¿Qué mierda le estaba pasando?
El sábado por la mañana, salió a dar una vuelta por los terrenos, necesitaba estar solo y poner en orden sus ideas.
Casi grita de frustración cuando divisó a uno de los objetos de su deseo. Severus estaba allí, sentado bajo el gran haya que bordeaba el lago negro, con la cabeza inclinada sobre el libro que tenía entre sus manos. La cortina negruzca de su cabello cubría parcialmente su rostro, pero sin duda era él.
Si Lucius no hubiera sido educado para ocultar siempre sus sentimientos y emociones detrás de una máscara de indiferencia y altivez, probablemente habría babeado y gruñido como un animal.
Su semblante no cambió en absoluto, pero su interior ardía de frustración. Él había salido solo aquella mañana precisamente para sacar de su mente los inapropiados pensamientos que tenía hacia su compañero, y el universo decidía ponérselo en frente. ¿Dónde estaría el niño Black? Era temprano, tal vez el chico no era una persona madrugada, quizás aún estaba dormido, desmadejado en su cama, con la esponjosa mata de rizos desordenada de cualquier manera, dándole aspecto de querubín. Tal vez estuviese desnudo, mucha gente dormía desnuda, o tal vez anoche estuviera demasiado cansado para desnudarse y se hubiera quedado dormido con su uniforme puesto, o a lo mejor si se lo había quitado todo, todo menos la corbata verde y plateada, que aún luciría anudada alrededor de su cuello, ese esbelto y delicado cuello que podría rodear con una sola mano, lo apretaría mientras observa como la piel bronceada se tornaba violácea y después... Después... —¡Lucius para!— Se amonestó a sí mismo
Miró una vez más a Severus, con la nariz hundida en su libro, ajeno al mundo que lo rodeaba y a todas las cosas que Lucius ya le había hecho en su mente. ¡A la mierda todo!
Caminó con paso decidido hacia el haya y sin mediar palabra se sentó en el suelo, al lado de Severus, cerca, demasiado cerca, sus hombros se rozaban ¿Como podía ese mínimo contacto a través de tantas capas de tela lograr erizarle la piel?
Severus levantó por fin la vista de su libro y le miró arqueando una ceja, pero al ver que Lucius mantenía la vista al frente, en completo silencio, volvió a concentrarse en su lectura, ignorando al rubio.
Lucius se sentía idiota ¿Para qué cojones se había sentado a su lado si no iba a atreverse a hablar con él? Por amor de Merlín ¡Eran amigos! Habían hablado miles de veces, de miles de temas diferentes ¿Por qué de repente todo esto era tan complicado?
Vamos Lucius, dile algo, lo que sea
—Pensaba que después de lo de Sirius no querrías volver a tener nada que ver con ningún Black
Vale, había dicho una estupidez, eso le pasaba por andar haciéndose el Gryffindor y actuando sin pensar las cosas antes. Mencionar al ex de su amigo, después de su tortuosa ruptura, sin duda no era la más brillante de las ideas.
Si Severus se sintió herido por el comentario no lo demostró, tampoco es que Lucius lo esperara, ese chico sabía hacer del hermetismo su estandarte mejor que cualquier sangre pura.
—Digamos que es mi pequeña venganza personal. Una venganza muy placentera, he de añadir. Además, los Black son demasiado hermosos para limitarse solo a uno. Tu eso lo sabes bien, ¿No, Lucius?
—¿Que quieres decir con eso?
—Nada especial. Solo que vas a casarte con una, y te mueres por meterte en los pantalones de otro.
Lucius se alarmó un poco ante ese comentario. ¿Tan evidente era? Aún así, se las arregló para mantener su rostro inexpresivo.
—No tengo ni idea de que me estás hablando.
Severus soltó un bufido de incredulidad.
—Lo que te deje dormir por las noches, Lucius. —Y volvió a enfrascarse en su lectura.
Lucius sabía que esa era su señal para irse. Cualquier persona normal se habría levantado, caminado hacia el interior del castillo y seguido con su vida. Pero Lucius estaba descubriendo que quizás la normalidad no era algo que pudiera aplicársele a él.
—En el caso hipotético de que lo que dices sea cierto... ¿Te molestaría? —Esa era una pregunta que tenía que hacer tarde o temprano, al fin y al cabo Severus y él era amigos, y estaba claro que él tenía algo con el carita de ángel, algo en lo que tal vez Lucius no era bienvenido.
—¿Qué es exactamente lo que quieres, Lucius? —Preguntó Severus ya perdiendo todo rastro de falsa cortesía— ¿A Reg? ¿A mí? ¿O a los dos?
Una serie de imágenes que iban ascendiendo en la escala de la perversión cruzaron por la mente de Lucius ante las palabras de Severus. Tenía claro lo que quería, lo había tenido claro desde el momento en que los vio. Pero no estaba seguro de que algo así fuera viable.
—A juzgar por lo que vi el otro día, no creo que lo que quiero sea algo que tú puedas darme.
Severus le dedicó una sonrisa ladina.
—Te sorprenderías querido amigo, uno puede llegar a suplicar por cosas que nunca creyó que desearía, con la adecuada motivación. —Contestó captando rápidamente el sentido de las dudas de Lucius— Y Reg... Reg es una auténtica ramera.
Lucius no pudo evitar sorprenderse ante el comentario, así como relamerse expectante por todo lo que esas palabras conllevaban.
—Espero que tu amante no se entere de como hablas de él a sus espaldas, quizás decida sustituirte. —Apuntó malicioso, la amenaza implícita en su declaración.
Ante su sorpresa, Severus se rió. Aquello ya era extraño de por sí, su adusto compañero muy rara vez reía.
—¿Acaso crees que Reg no sabe lo que hay? ¿Que está enamorado de mí o algo así? No te equivoques, él está en esto para joder a su hermano, se odian. Y porque le gusta que le aten y le follen duro, eso también influye.
Lucius no supo que contestar a eso, así que se quedó callado. Su mente trabajando a toda velocidad. Estaba claro que, al menos por parte de Severus, él era bienvenido en aquella lujuriosa asociación. ¿Qué pensaría Regulus al respecto?
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, cosa que no podía descartar a la ligera dadas las asombrosas habilidades de su amigo en legeremancia, Severus habló de nuevo.
—Regulus te desea. —Su tono era monótono, impersonal, pero Lucius creyó notar cierto matiz de molestia en sus palabras, aunque fue tan brevemente que bien pudo habérselo imaginado.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
—Él mismo me lo dijo. Más bien me suplicó que te convenciera, ya te dije que es una sucia ramera. No le des muchas vueltas al asunto, ven esta noche a mi habitación, tómate una copa con nosotros, y si te resulta incómodo, siempre puedes irte y no volveremos a hablar de esto nunca más. Te espero después del toque de queda. —Y dicho esto, recogió su libro, se levantó y se marchó hacia el interior del castillo, dejando atrás a un sumamente excitado Lucius con más preguntas que respuestas.
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Lucius caminaba nervioso por el pasillo que daba a las habitaciones de séptimo año de los Slytherin, sin decidirse a entrar en la habitación de Severus o correr a esconderse en la suya propia. Media hora estuvo en ese pasillo, debatiéndose entre el deber y el placer, sin saber que pesaba más, si su fidelidad para con su prometida y su futuro juntos, o su necesidad de liberación antes de que fuese demasiado tarde, antes de que el peso de sus obligaciones le aplastara y hacer una locura como esa se convirtiera en algo realmente implanteable.
Al final llegó a una conclusión. En el momento en que su vida llegara a su ineludible final, se arrepentiría más de lo que no había hecho que de lo que sí.
Así que antes de que nuevas dudas le invadieran, agarró con fuerza el picaporte y abrió la puerta.
Quizás había esperado encontrar una escena dantesca como la última vez, no sabía, pero se sintió algo decepcionado cuando lo que le recibió fue un ambiente cálido y dos compañeros charlando animadamente sentados sobre la cama, aún con sus uniformes de Slytherin cubriendo las sensuales pieles con las que Lucius no había podido dejar de fantasear.
—¡Lucius! Ya creíamos que al final no vendrías —Ronroneó Regulus, con una amplia sonrisa plasmada en su angelical rostro.
Lucius iba a lanzar un comentario sarcástico acerca de la familiaridad que se había tomado el joven Black al llamarlo por su nombre de pila, pero luego pensó que dadas las circunstancias del encuentro que estaban a punto de tener, podía hacer esa concesión.
—Hubo un asunto ineludible que reclamaba mi atención. —Mintió, no admitiría que había estado paseando frenéticamente, nervioso como una doncella en su noche de bodas, ni bajo un cruciatus.
Regulus sonrió ampliamente y Severus enarcó una ceja, dándole a entender que no se había creído una palabra.
—Por favor, amigo, toma asiento. —Severus le señaló el único sillón que había en la habitación, amplio, cómodo y tapizado en verde, muy parecido a los que poblaban la sala común— ¿Puedo ofrecerte una copa de vino?
Lucius asintió mientras se sentaba y se sorprendió mucho al ver que su amigo tomaba una botella de un carísimo vino élfico del escritorio y vertía una generosa cantidad en una copa de cristal.
—¿De dónde habéis sacado eso? —Preguntó sorprendido. En las cocinas del colegio no había alcohol y no era nada fácil introducirlo de contrabando. El director Dumbledore tenía muy poca tolerancia respecto a la ebriedad estudiantil.
—Kreacher. —Comentó Regulus— Es el elfo de mi familia, no me niega nunca nada.
Lucius anotó mentalmente aquella información. Saber que los elfos podían entrar y salir de Hogwarts trayendo artículos prohibidos sin ser detectados era sin duda un terreno digno de ser explorado.
Tomaron una copa, luego otra, luego otra y una más. Regulus reía melodiosamente ante cada comentario, con la sonrisa perenne sobre su rostro. Severus se mostraba casi indiferente, respondiendo escuetamente a cada cosa que se le preguntaba. Aquello parecía una reunión informal, tres compañeros de casa charlando sobre sus clases, nada más. Lucius empezaba a pensar que lo habían invitado simplemente para una primera toma de contacto, una forma de conocerse un poco entre ellos antes de ir a más.
O quizás se estaban arrepintiendo. Se había percatado del cruce de miradas entre ellos, Regulus prácticamente era como una mariposilla que revoloteaba de aquí para allá, riendo y agitando sus sedosos rizos castaños, mientras que Severus más bien parecía un tigre de bengala custodiando a su presa ante la amenaza de otro depredador. Su amigo podía decir lo que quisiera sobre la relación que tenían, pero cualquiera que los observara de cerca vería la verdad, puede que no hubiera nada serio entre ellos, pero si era así, no era por deseo de Severus.
Estaba a punto de levantarse y marcharse, quizás no había sido buena idea entrar en la habitación, no quería pisar el terreno de Snape, por mucho que deseara al carita de ángel, a ambos en realidad. Y si ellos habían cambiado de opinión, no era lógico seguir imponiéndoles su presencia. Si en cambio solo querían un primer encuentro inocente... Bueno, una hora de charla insustancial era más que suficiente.
En su cabeza ya empezaba a fraguarse una excusa que le permitiera salir de allí educadamente cuando percibió como el ambiente cambiaba. Regulus se quejaba de no sé qué trabajo de no sé cual asignatura, nada que no hubiera hecho ya esa noche al menos un par de veces. Severus lo escuchaba con el gesto serio, como siempre, pero sus ojos estaban más oscuros de lo normal... Hambrientos, la palabra era hambrientos.
A Lucius no se le escapó como Regulus dejaba caer distraídamente su mano sobre el muslo de Severus, moviéndola lánguidamente en círculos. No se habían tocado en toda la noche, Lucius había estado muy pendiente de ello, y ese gesto podía parecer algo sin importancia, pero Lucius vio los ojos de obsidiana de su amigo tornarse en negro puro, la sonrisa depredadora formándose en sus labios, el aura mágica que repentinamente se había vuelto más densa, más pesada... Aquella caricia había sido de todo menos casual. Era una señal. No sabía si había sido pactada previamente por ellos dos y sinceramente tampoco le importaba. No cuando la boca de Regulus, tan angelical como el resto de su rostro, estaba siendo invadida por una lengua lasciva, exigente. La garganta del chico fue envuelta por los largos y pálidos dedos de su amigo, pero no apretaba, no buscaba hacerle daño, buscaba reclamarle como propiedad. La letal mirada de Severus se clavó en Lucius mientras sus dedos se aferraban un poco más fuerte a la garganta del pequeño Black. No hizo falta legeremancia, Lucius entendió esa mirada como si Severus le hubiese gritado las palabras que nunca llegó a pronunciar. "Es mío, y tú estás aquí porque yo te lo permito."
Lucius reprimió un gemido ante la oleada de dominación que le fue transmitida. Asintió en gesto de conformidad. Nunca había jugado ese papel, pero lo intentaría, tomaría el lugar que Severus le cedía y no intentaría poseer lo que no le pertenecía. De todas formas, dudaba que esos dos se lo permitieran. La conversación con Severus en el lago fue una farsa. Nada más que un cebo con el que tentarle, y Lucius había picado el anzuelo como un idiota. Entre esos dos había más de lo que pretendían hacerle creer, mucho más. Lo querían, lo deseaban, como un niño desea una escoba nueva, con ferviente pasión al inicio, y desechándola rápidamente cuando surgiera un modelo mejor. Pues bien, aceptaba el trato, era un Slytherin, ellos tomaban lo que sea que se les ofrecía y sacaban el mayor provecho posible de ello. Y justo eso es lo que pensaba hacer Lucius. Además ¿Quién podía ser mejor que él? ¿A quién más podrían desear?
De momento se conformaba con observar. Observar como la mano de Severus ascendía por la garganta del chico hasta llegar a sus sonrosadas mejillas, aferrándose a ellas como un náufrago a un trozo de madera flotante, le obligó a girar la cabeza con brusquedad, haciendo que le mirara, lo que sea que Severus iba a hacer quería hacerlo mientras el querubín le observaba.
El chico le dedicó una mirada suplicante, parecía gritar pidiendo ayuda en completo silencio. Lucius no se tragó esa mirada desvalida ni por un segundo, ese era su juego, así les gustaba hacerlo, Lucius analizaba cada pequeña muestra de su enfermizo juego de rol, buscando donde encajaba él en todo eso. No tardaría en levantarse del sillón y unirse al espectáculo, pero aún no, no era su turno de salir a escena, esperaría, aprendería y luego haría una actuación magistral.
Una mano pálida se aferró a la túnica del chico, tirando de ella hacia abajo, arrancándola de un solo tirón. La exquisita tela negra cayó al suelo de cualquier manera, y con ella cayó también gran parte del autocontrol de Lucius, que muy en contra de su voluntad, dejó que un jadeo de anticipación escapara de sus labios.
Severus sonrió triunfante ante su indigna reacción y con una sola mano comenzó a desabotonar la camisa de Regulus a un ritmo insultantemente lento que provocó que Lucius se removiera inquieto en el sillón, conteniéndose de levantarse y arrancarle prenda por prenda hasta hacerlas trizas. La camisa se reunió con la túnica en un rincón olvidado de la habitación después de lo que pareció una eternidad. La mano de Severus fue directa a la corbata que el joven Black aún portaba, con clara intención de deshacerse de ella también. Y Lucius gruñó como un animal salvaje.
Déjale la corbata
Pensaba frenéticamente. Le gustaba como contrastaba el verde y plata sobre la inmaculada piel bronceada, quería envolver sus dedos con ella y tirar con fuerza, hasta sentir como un gemido de dolor brotaba de la garganta ajena, quería atar con ella esas muñecas tan finas como las de una dama y quería ver cómo la tela se tensaba y crujía ante la fuerza de sus acometidas.
Severus pareció leer su rostro con la misma facilidad con la que leía las mentes de los débiles, porque le sonrió con condescendencia.
—Creo que estoy siendo un mal anfitrión. —La voz ronca, oscura y cargada de pecaminosas promesas de Severus, dirigida directamente a él, recorrió a Lucius como un torrente de magia, entró por sus oídos y viajó directa a su entrepierna, haciendo que se removiera inquieto en el sillón.— Ni siquiera te he ofrecido un trozo del plato principal de esta noche.
No existían capas de ropa suficientes en el mundo para ocultar el bulto que crecía en sus pantalones, su erección ya pulsaba de necesidad antes de que su amigo hablara, y después de oírle, sintió como su ropa interior se humedecía a causa de la ingente cantidad de preseminal que liberó.
Se obligó a sí mismo a no moverse un ápice, a mantener su postura relajada y su máscara de estoicismo, aunque a aquellas alturas su pose ya no engañara a nadie. Al menos a nadie dentro de esa habitación.
Severus atendió su muda súplica y enredó su delgada mano en la dichosa corbata que tantos obscenos pensamientos había provocado a Lucius desde que los descubriera semanas atrás en esa misma habitación, tiró de ella con fuerza, haciendo que su portador cayera de rodillas al suelo con un ruido sordo, apoyado en las palmas de sus manos. Severus tiró de la tela como el amo tira de la correa para hacer avanzar a su perro. Caminó con andares felinos hasta el sillón donde Lucius continuaba sentado, arrastrando a un Regulus que gateaba tras él con una falsa actitud sumisa.
Lucius era un gran observador, en el poco tiempo que había compartido con ellos ya se había percatado de la extraña dinámica que existía entre ellos, tal vez Severus lo dominara en la cama, pero fuera de ella, era el joven Black quien llevaba la voz cantante. Ahora estaba seguro de que si él se encontraba allí, no era por deseo de su amigo, si no por exigencia del menor. Un chico caprichoso, al que al parecer ya no le bastaba con ser complacido por un solo hombre
Lucius se recreaba con la visión del cuerpo pequeño y delgado del chico, demasiado delicado para tratarse de un hombre, demasiado fibroso para ser una mujer. Era una imagen ambigua, como un híbrido de ambos sexos, rasgos dulces y suaves en su rostro enmarcado por sedosos tirabuzones castaños, combinados con músculos ligeramente marcados en un torso lampiño. ¿Que tenía? ¿Quince años? ¿Dieciséis? Aparentaba no poseer edad ninguna, como un ángel asexuado, como el hijo de Afrodita visitando la tierra sin saber los deseos que despierta entre los simples mortales. Ese chico debería estar prohibido.
—Me parece que nuestro invitado aún está algo tenso, Reg —Declaró Severus con esa voz de barítono tan antinatural en un chico de 17 años— Deberías hacer que se relajara un poco.
Parecía una sugerencia, pero todos en aquella habitación comprendieron que era un orden. Regulus no respondió, pero se arrastró de rodillas hasta situarse entre las piernas de Lucius. Le brindó una cálida sonrisa antes de llevar las manos al complicado cierre de su pantalón y desabrocharlo con la maestría de quién lleva años haciéndolo. ¿Con cuánta gente había estado ese pequeño súcubo?
El inesperado conato de celos que empezó a forjarse en sus entrañas quedó completamente olvidado cuando las suaves y delicadas manos de Regulus se colaron dentro de su ropa interior y los pequeños dedos envolvieron su ya más que erecto miembro en una fútil caricia, encadenando una serie de torturadores roces que se convirtieron en nada cuando la cabeza aniñada bajó y una lengua ardiente abrasó su glande con el fuego del infierno.
Lucius no pudo evitar cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, todo su cuerpo tensándose, temblando de pura lujuria. A la mierda sus máscaras, a la mierda su actitud digna y estoica, a la mierda todo menos su polla y esa lengua que parecía destinada a estar unida a ella para siempre.
La delicada boca del joven Black subía y bajaba a lo largo de su tronco, su lengua trazada círculos y espirales a su alrededor. Lucius, tratando de contener unos indecorosos gemidos que en ningún caso serían dignos de salir de la garganta de un Malfoy, se mordió el labio inferior con tanta fuerza que pequeñas perlas de sangre brotaron de su piel desgarrada. Con los ojos cerrados y los sentidos embotados, no notó que Severus se había acercado a él hasta que la punta de una lengua lamió la sangre de sus labios. Ni siquiera lo pensó, no se cuestionó que Severus y él jamás habían hecho nada parecido a besarse, ni que eran amigos, ni qué tal vez aquello pudiera ser incómodo al día siguiente, cuando la embriaguez de la lujuria se hubiera disipado. No pensó en nada, apagó su cerebro y su sentido común y dejó que fuera su cuerpo el que guiara sus reacciones. Abrió la boca lo justo para sacar su propia lengua y enredarla con la ajena, en una burda parodia de un beso con sabor metálico. No tardó en sentir la férrea mano de su amigo levantando su mentón, apretando sus mandíbulas. Abrió la boca casi por inercia y aquel extraño beso se convirtió en algo mucho más sucio cuando la lengua de Severus invadió su cavidad bucal. Lucius no quiso quedarse atrás y empujó con la suya, ambos chicos luchando por controlar el beso, por dominar al otro. Aquella guerra dejó un claro vencedor cuando Lucius se tensó ante un fuerte tirón de su cabello que le obligó a echar la cabeza hacia atrás y romper el contacto entre sus bocas, se le escapó un gemido lastimero cuando sintió una fuerte succión en su polla, al mismo tiempo que los dientes de Severus se clavaron en su garganta, como un animal marcando a su presa. Su amigo no le dejaría tener el control, no sobre él.
Y Lucius lo aceptó, había algo oscuramente morboso en ceder el poder a otro, en dejarse hacer. No tener que pensar, no tener que medir sus palabras y reacciones, solamente sentir y obedecer de manera ciega, sin cuestionarse nada, dejando su voluntad y deseo en manos de otra persona. Nunca creyó que alguien como él pudiera disfrutar de algo así, pero así era, ahí no había expectativas que cumplir ni ideales que respetar, no había necesidad de máscaras ni de sentimientos reprimidos, podía dejarse llevar, hacer lo que quisiera, aunque solo fuera por una vez.
Notó como Regulus tiraba de su pantalón y su ropa interior hacia abajo mientras Severus seguía atacando su cuello. Levantó las caderas para facilitarle la tarea de sacar su ropa, clavándose a la misma vez aún más en esa deliciosa garganta que lo estaba devorando, oyó a Severus reír al percibir las vibraciones en sus cuerdas vocales mientras él trataba una vez más de contener sus gemidos.
—Un gran autocontrol Lucius, tengo que reconocerlo, pero no es necesario, a Reg le gusta escuchar los gritos que su lengua provoca ¿No es así?
Regulus abandonó su miembro durante un instante y le dedicó una sonrisa inocente que contrastaba con la pecaminosa situación en la que se encontraban.
—Me encantaría escucharte. —Con la lengua plana delineó toda la longitud de su miembro desde la base hasta la punta.— ¿Acaso no te gusta lo que te hago, Lucius? Déjame saber lo mucho que lo estás disfrutando.
Volvió a engullir su miembro sin previo aviso y una de sus manos fue directa a sus testículos, masajeándolos delicadamente. Lucius decidió darle al muchacho lo que quería y permitió que los gemidos que hacía rato se agolpaban en su garganta, salieran sin pudor alguno. Sintió como Regulus sonreía aún con su polla en la boca y se aferró con fuerza a los brazos del sillón. Quería levantar las caderas y follarse esa boca hasta sentir como el chico se ahogaba, pero algo le decía que si dejaba que el joven Black hiciera las cosas a su manera, el resultado sería más satisfactorio, al fin y al cabo, ese niño parecía saber muy bien lo que hacía.
Las pálidas manos de Severus le desprendieron de lo quedaba de su uniforme antes de que sus uñas se clavaran fuertemente en su pecho, justo encima del corazón. Caricias demasiado suaves para el hombre que las prodigaba recorrieron su torso durante un instante, antes de que el tacto electrizante de la piel de su amigo le abandonara, Lucius giró la cabeza para observar cómo se alejaba unos pasos y comenzaba a quitarse su propia ropa, doblándola pulcramente y colocándola encima del escritorio. ¿Cómo podía Severus tener tanto autocontrol en una situación así? Sonrió ladino al encontrarse con su mirada embelesada, Lucius no había podido evitarlo, se había quedado observando a Severus quitarse una a una cada prenda del más que conocido uniforme como si fuera lo más interesante que hubiera visto en la vida.
El cuerpo delgado de su amigo le llamaba, la pálida y casi cetrina piel pedía a gritos ser mordida, marcada. Y saber que su dueño jamás le permitiría llevar sus fantasías a término solo le daba más ganas de hacerlo.
Quiso levantarse y tocarle, lamerle, morderle, lo que fuera, quería tener contacto con esa piel. Pero la ardiente boca de Regulus subiendo y bajando a lo largo del tronco de su miembro lo mantenía firmemente inmovilizado en el sillón. Esos dos eran cazadores expertos, ahora se daba cuenta, cada uno jugaba según sus armas, pero el resultado era que lo tenían a su merced. Y no podía decir que eso le disgustase.
Severus avanzó de nuevo hacia ellos e hincó una rodilla en el suelo, al lado del hambriento querubín. Posó una mano sobre los rizados cabellos y empujó su cabeza hacia abajo con fuerza, la cabeza de la polla de Lucius se internó en la garganta del chico que gimió quedamente mientras controlaba una arcada con inusitada eficiencia ¿Cuántas vergas se había comido el joven Black para ser tan experto en el arte de las mamadas? Esa boca se merecía una Orden de Merlín.
Con la mano que tenía libre, Severus bajó de un tirón los pantalones y la ropa interior de Regulus, dejando expuestas unas perfectas nalgas redondeadas que Lucius no podía ver desde su posición, pero que recordaba firmes y tersas. Sin apartar los ojos de Lucius y aún empujando la cabeza de Regulus arriba y abajo, marcándole un ritmo endiabladamente rápido y duro, Severus azotó la tierna carne de forma contundente. El sonido de la piel chocando contra la palma abierta rebotó por la habitación y el quejido lastimero de Regulus vibró a lo largo de la polla de Lucius, casi llevándolo directamente al orgasmo. Apenas si pudo controlarse cuando Severus llevó dos dedos hacia su boca, Lucius los lamió sin pudor alguno hasta que estuvieron completamente embadurnados de saliva.
Cuando Severus introdujo esos dos dedos de golpe en el trasero de Regulus, sin miramiento alguno, y el chico gimió indecoroso aún con su polla en la boca, Lucius supo que no duraría ni un minuto más si seguían así. Su mirada iba de uno a otro alternativamente, el querubín era una auténtica delicia, pero Severus era una pantera. Oscura, misteriosa, letal... Y condenadamente erótica.
Poseído por algún demonio desconocido, enredó sus dedos en los rizados cabellos del joven que lo devoraba y lo apartó sin miramientos, quizás de manera demasiado brusca. No le importó en absoluto.
Se abalanzó sobre Severus como un león se abalanzaría sobre una gacela, tal fue su ímpetu que Severus trastabilló, perdiendo el delicado equilibrio que lo mantenía y cayó al suelo, debajo de su cuerpo. Lucius le besó con furia descontrolada, sus manos recorrieron cada centímetro de piel pálida que estaba a su alcance, hasta que toparon con una verga larga y fina, extraordinariamente dura, y caliente como el infierno. Lucius la envolvió entre sus dedos y le masturbó con todo lo que tenía, observando cada uno de sus gestos. La respiración de Severus se aceleró sutilmente como única muestra de que aquello le resultaba placentero. Ni un jadeo, ni un gemido, ni un solo sonido saliendo de sus hinchados labios. A Lucius eso le frustró, jodido hermetismo de su estoico amigo. Obcecado en su intención de hacerle gemir y retorcerse de placer, reptó por el cuerpo delgado repartiendo besos, lamidas y mordiscos a partes iguales hasta que sus labios toparon con el erecto miembro. Su lengua recorrió todo el tronco desde la cabeza hasta la base, donde se detuvo un momento a jugar con sus testículos. Sintió como Regulus se dejaba caer a su lado y no hizo nada para evitar que otra boca se uniera a la suya en la tarea de dar placer al más frio de sus compañeros. Su lengua se encontraba con la de Regulus en un lascivo beso con sabor a preseminal y su propia polla pulsaba cada vez que esto ocurría, sus manos le picaban por tocarse a sí mismo, pero se contuvo, tenía la impresión de que a esas alturas cualquier mínimo roce le haría correrse y quería aguantar un poco más, aquello no podía terminar tan rápido.
Una de las manos de Severus se enredó en la mata de rizos castaños mientras que la otra aferró la coleta de cabello rubio, se clavó hasta la garganta de Lucius mientras guiaba a Regulus hasta sus testículos que el chico lamió gustoso.
No consiguió su objetivo de oír a Severus gemir, pero entre los dos consiguieron arrancarle un par de jadeos y respiraciones entrecortadas, todo un logro si se lo preguntaban a él.
Un fuerte tirón de su coleta le hizo apartarse de esa polla exquisita, quiso volver hasta ella pero el fuerte agarre en su cabello se lo impedía.
—Trae tu corbata. —La orden dada con la voz rota de deseo fue clara, y Lucius se apresuró a cumplirla.
Rebuscó en el lio que era su ropa tirada en el suelo hasta dar con ella, y cuando se giró para encarar a los otros dos, la imagen casi le corta la respiración. Regulus estaba de espaldas a él, arrodillado en el suelo, a los pies de la cama. Severus le había desanudado la corbata del cuello y había atado con ella una de sus muñecas al poste izquierdo del dosel. Lucius entendió claramente por qué Severus le había pedido que trajera su propia corbata. Avanzó hasta ellos y tomó la muñeca libre del chico atándola también al poste contrario. Se alejó un poco para observar bien su obra, los brazos del hermoso querubín extendidos en cruz, su bronceada piel perlada de sudor, sus rodillas separadas, su cabeza inclinada hacia el suelo, los suaves rizos cayéndole por el sonrojado rostro... Tragó saliva. Tanto erotismo concentrado en un cuerpo tan pequeño no podía ser legal, iría a Azkaban solo por pensar en todas las cosas que quería hacerle, estaba seguro.
—Quiero ver cómo te lo follas. —La voz de Severus contra su oído le sobresaltó, ni siquiera lo había sentido acercarse a él.
Ni por un instante se le pasó por la cabeza contravenir los deseos de su amigo. A esas alturas, sentía que su polla estaba a punto de estallar, no podría metérsela sin correrse al momento, eso era una certeza, así que volvió al nido que era su ropa, sacó su varita de entre los pliegues de su túnica y se aplicó un retenedor a sí mismo. La contención de su propio orgasmo sería más que necesaria para complacer los deseos de sus insaciables compañeros.
Se arrodilló detrás del maniatado chico y poseído por un extraño impulso nacido de la perversión y la lujuria, introdujo la punta de su varita en la estrecha y apretada entrada de Regulus. El joven Black gimió sin contenerse cuando el hechizo lubricador de Lucius le invadió desde dentro. Metió y sacó la varita en el dispuesto trasero varias veces, haciéndola girar entre sus dedos, todo bajo la atenta mirada de Severus.
—¿Cómo quieres que lo haga? ¿Quieres que sea suave contigo? ¿O prefieres que te destroce y me entierre tan profundamente dentro de ti que no puedas olvidarme jamás?
El chico gimió con emoción contenida y tensó sus brazos, haciendo que la tela que lo ataba crujiera ante el exceso de presión. Lucius pensaba tomar esa reacción como respuesta, pero al parecer Severus tenía otros planes. Se subió a la cama y se arrodilló delante del chico, le levantó la cabeza y le propinó una fuerte bofetada que hasta a Lucius le pareció demasiado violenta.
—Te han hecho una pregunta, respóndela. —Severus le había agarrado los cabellos y echado la cabeza hacia atrás tanto, que ahora Lucius podía ver perfectamente la expresión de su cara, no vio miedo, no vio arrepentimiento, no vio dolor. Una expresión de puro deseo en el rostro de la inocencia, un ángel corrompido por el diablo.
—Quiero que me folles tan fuerte que me olvide hasta de mi nombre. —Lucius ahogó un gemido cuando las palabras de Regulus hicieron que hasta la última fibra de su ser se estremeciera. Sacó su varita del interior del chico y la sustituyó por tres dedos que introdujo de golpe. El chico se quejó un poco, pero Lucius no quiso darle tregua, lo prepararía rápidamente y luego lo destrozaría, no aguantaba ni un segundo más.
No duró demasiado, todo su interior ardía en llamas, ansiando enterrarse en el angelical muchacho y follárselo hasta hacerlo gritar de placer. Sin demasiada delicadeza, tomó al chico de la parte inferior de sus muslos y lo alzó ligeramente, inclinándolo hasta que su abdomen quedó sobre el colchón, el torso recto y los brazos tensados hacia atrás. Regulus se removía incómodo, la posición en la que se encontraba debía resultarse algo dolorosa, pero se quedó estático cuando Lucius se clavó en él de una sola y brutal estocada.
El grito de dolor del muchacho quedó ahogado por el beso de Severus, que devoraba su boca como si fuera el más exquisito de los manjares. Lucius aferró con fuerza los rizos castaños y tiró de ellos mientras alejaba sus caderas hasta casi salir del estrecho interior del querubín, embistió de nuevo, aún más fuerte y duro que la primera vez. Severus besaba y acariciaba el cuerpo de Regulus con infinita adoración mientras el vaivén de Lucius se volvía más y más frenético. Las atenciones de Severus distraían al chico, que no dejaba de gemir y retorcerse, de la brutalidad con la que Lucius lo estaba tratando. Consideró suavizar un poco el ritmo, pero la mirada dura de Severus le dijo sin palabras que aquello era una mala idea y cuando los jadeos quejumbrosos de Regulus se convirtieron en inconfundibles gemidos de placer supo que había hecho lo correcto, ese trato violento era justo lo que el joven Black deseaba.
Severus regresó su atención a Lucius en cuanto comprobó que Regulus realmente estaba disfrutando. Besó sus labios, su cuello, sus hombros, pellizcó sus pezones y acarició su cabello. La punta de su lengua trazó un camino a lo largo de su columna vertebral y cuando llegó al final de la espalda, no se detuvo ahí. Aquella lengua pecaminosa siguió bajando por el pliegue entre sus nalgas hasta dar con la sensible piel de su entrada. Lucius se tensó y por un momento detuvo los embistes de sus caderas, pero Severus colocó una mano en cada una de sus nalgas y lo empujó hacia delante, haciendo que su polla se introdujera de nuevo en el interior de Regulus a la misma vez que esa traviesa lengua lo abría a él.
Nunca, ni por un instante, se le habría ocurrido que podía querer asumir un rol pasivo en una relación sexual. En aquel momento recordó las palabras que Severus le dijo en el lago: Uno puede llegar a suplicar por cosas que nunca pensó que desearía, con la adecuada motivación.
Y Lucius lo deseaba, joder que lo deseaba. Dejó que esa lengua lo abriera y lo lubricara con exceso de saliva, dejó que unos dedos se unieran a ella adentrándose en su interior y cuando sintió la erección de su amigo presionar contra su entrada, ni siquiera protestó.
—¿Estás bien con esto? —Lucius simplemente asintió, incapaz de pronunciar palabra.
Severus fue mucho más considerado de lo que él estaba siendo con Regulus. Se introdujo en él deliberadamente despacio, centímetro a centímetro, dándole tiempo para acostumbrarse a sensaciones que hasta ahora habían sido desconocidas para él.
La polla de Severus traspasó los anillos de sus músculos internos mientras Lucius se contraía y retorcía abrumado por la combinación de sensaciones de estar enterrándose en un canal que lo apresaba y ser abierto lentamente mientras su interior ardía y se apretaba alrededor del gentil miembro que le descubría un nuevo mundo de sensaciones.
Para cuando Severus estuvo completamente enterrado dentro de él, Lucius ya gemía con la misma intensidad y descaro con el que lo hacía Regulus. Los movimientos de Severus aumentaron en intensidad y fuerza y Lucius ajustó su propio ritmo al de su amigo para facilitar el movimiento entre los tres. Soltó el cabello de Regulus que había estado aferrando con fuerza mientras penetraba y era penetrado y bajó la mano hasta la polla morena, apenas dos o tres caricias suaves y sintió el cuerpo del chico tensándose, los músculos del recto del joven Black apretaron tanto su polla que creyó que se gangrenaría y sin poder aguantar un instante más, se quitó el retenedor que se había autoimpuesto casi al mismo tiempo en que notó como un líquido caliente y espeso manchaba su mano.
El gemido que se convirtió en un grito saliendo de los labios de Regulus, la profunda estocada en el ahora extremadamente estrecho canal y el contundente empuje de Severus en su interior lo llevaron de cabeza a su liberación, haciéndole estallar en un brutal orgasmo que hizo que su cabeza diera vueltas, se mareó y podría jurar que por un instante hasta perdió la consciencia. Jamás en su vida se había corrido así.
Severus no tardó en seguirlos, con un gruñido que fue más animal que humano y un fuerte mordisco en su nuca con el que sin duda pretendía acallar un gemido que pugnaba por salir de su garganta, clavando las uñas con saña en las caderas de Lucius.
Severus salió de él casi al instante, Lucius se dejó caer de rodillas al suelo, aún temblando por las reacciones posteriores a su propio orgasmo y sintiendo el semen de su amigo escurrir entre sus nalgas. Vio como Severus se apresuraba a desatar las muñecas del joven Black que cayó desmadejado entre los brazos de su amigo, que lo sostuvo con fuerza, antes de arrastrarlo hasta la cama entre besos, caricias y susurros que Lucius no alcanzó a oír.
Se tomó un segundo para recuperar el aliento, para volver a sentirse cómodo en su propia piel, que aún sentía los fantasmas de las manos ajenas que la habían tocado.
Aún arrodillado en el suelo, observó a la pareja que se abrazaba y besaba en la cama, había infinito cariño en sus acciones, una ternura que él no era capaz de expresar ni siquiera con Narcissa. Empezó a sentirse incómodo, lo que sea que sus compañeros tuvieran era algo demasiado íntimo, demasiado personal, ahora que todo había acabado se sentía de más en esa habitación.
Pensó que al menos debería acercarse a la cama, comprobar él mismo que estaban bien, que lo que había pasado era lo que ellos querían.
Se levantó y avanzó hacia ellos un par de pasos antes de toparse con la mirada de Regulus. Se sorprendió profundamente al ver un gesto tan frio y duro en el angelical rostro que hasta hacía un momento había sido todo sonrisas y sonrojos. Ahora sus ojos grises tenían un brillo letal, y sus labios se apretaban en un rictus que Lucius casi podía interpretar como desprecio. ¿A dónde había ido el chico tímido al que le gustaba ser usado? ¿Dónde estaban las provocadoras sonrisas y las palabras obscenas?
—Lárgate. —Fue lo único que salió de sus labios. Lucius desvió la vista hacia Severus, pero este ni siquiera lo miraba, muy ocupado en besar con cariño el hueco entre el cuello y el hombro de su compañero.
Volvió a mirar a Regulus, su expresión seguía siendo fría, casi hostil. Lucius no entendía nada.
—¿Estás bien? Si te he hecho daño, yo...
—Estoy perfectamente. —Lo interrumpió el chico aún con esa expresión tan extraña.— Ya has cumplido con tu cometido aquí, no te necesitamos más, ahora vete.
—¿Estás seguro de que...?
—Márchate Lucius. —Lo interrumpió Severus.— Ha estado bien, pero ya no tienes nada que hacer aquí. Mañana hablamos... Si es que quieres hablar.
Lucius asintió, comprendiendo que su tiempo con la pareja había terminado. Todo había resultado exactamente como pensó al principio. Le desearon, le tuvieron y ya no le necesitaban. Había aceptado esas condiciones en su mente desde el principio, no tenía caso plantearse nada distinto ahora.
Recogió su ropa y se vistió apresuradamente, aún se sentía pegajoso y sus piernas seguían temblando, necesitaba llegar a su habitación y darse una ducha.
Salió del dormitorio de Severus después de echar un último vistazo a la pareja, que seguía haciéndose arrumacos sobre la cama, sin dedicarle a él ni el más mínimo pensamiento.
Quizás su orgullo se sentía un poco herido, pero su parte racional le decía que era mejor así, que eso era exactamente lo que había estado buscando. Un desahogo, una lujuriosa locura que guardar en su memoria y poder revivir en un futuro cuando estuviera definitivamente atrapado en un matrimonio con una mujer demasiado buena, demasiado noble y demasiado altanera como para sucumbir a tan indecentes tentaciones. Se daba por satisfecho con lo que había pasado, no necesitaba nada más. Y en el fondo, muy, muy en el fondo, se alegraba de que esos dos se tuvieran el uno al otro. Se avecinaba una guerra, todos estarían implicados en ella, lo quisieran o no. Y tener un sostén, la seguridad de que alguien te espera, de que alguien llorará tu muerte con genuino dolor... Eso era algo que todos se merecían.
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Diecinueve años después.
Severus salió de la chimenea de Grimmauld place después de una larga semana de trabajo en Hogwarts, estaba deseando que acabara ese infame año para poder abandonar la enseñanza de una vez por todas. Había continuado con su puesto de profesor después de que Voldemort fuera derrotado como favor personal a Minerva, pero ese sería su último año, no veía el momento de perder de vista a esos insufribles mocosos.
Esperaba encontrar el salón vacío, era temprano aún, lo normal era que Regulus siguiera trabajando en su despacho. Por eso se sorprendió al encontrarlo cómodamente repantingado en el sofá, y se sorprendió aún más cuando vio al joven heredero de los Malfoy apartarse rápidamente de él como si quemara, quedando sentado en el otro extremo, fingiendo que había estado ahí todo el tiempo
Miró a Regulus arqueando una ceja, éste solo le devolvió una sonrisa burlona.
—Joven Malfoy —Dijo volviéndose hacia Draco.— ¿Qué le trae por aquí?
Draco intentaba mantener la máscara de indiferencia que a Severus tanto le recordaba a su padre, pero fracasaba estrepitosamente, el chico estaba sonrojado hasta las orejas, y a juzgar por el temblor de sus piernas, estaba teniendo un pequeño ataque de pánico.
Severus sonrió para sí, suponía que había estado haciendo Regulus para sumir al pequeño Malfoy en ese estado.
—Buenas tardes profesor. —Contestó Draco— Vine a tomar el té con mi tío, pero no se preocupe, ya me iba.
Hizo ademán de levantarse, pero Severus le indicó con un gesto que se sentara y Draco obedeció casi por inercia. Puede que ya no fuera su alumno, pero eran muchos años dando clase a ese chico, si daba una orden, él la obedecía.
—No se marche por mí, joven Malfoy. Su presencia siempre es bienvenida en esta casa. —Se giró para mirar a Regulus que seguía observando la escena con una mueca de diversión en el rostro. Los años no le habían cambiado en absoluto, ese hombre seguía siendo el mismo demonio oculto tras la cara de un ángel.— Regulus, ¿Puedo hablar un momento contigo en la cocina? Joven Malfoy, discúlpenos por favor, siéntase como en su casa.
Se dirigió hacia la cocina sin esperar respuesta, sabedor de que Regulus lo seguiría. Cuando oyó la puerta cerrarse detrás de él, se giró para encarar al maquiavélico hombre con el que había decidido compartir su vida.
—¿Qué demonios estás haciendo? —Intentó sonar enfadado, cualquiera se habría echado a temblar ante su tono, pero no Regulus, a él nunca consiguió infundirle el miedo que solía despertar en los demás.
—No me digas que no es hermoso. —Contestó mientras se acercaba a él con los andares gráciles y felinos que lo caracterizaban.— Es todo un caramelito.
—Es un niño.
—Ya es mayor de edad.
—Y es tu sobrino.
—Sobrino segundo. Además soy un Black, el tema del amor fraternal siempre se nos ha ido un poco de las manos, no es para tanto.
Severus resopló frustrado. Regulus ya había decidido que quería al pequeño Malfoy para ellos, y cuando se le metía una idea en la cabeza no había quien se la sacara, por muy loca que fuera.
—Reg... Esto no está bien. ¿Acaso no le viste la cara? Estaba aterrorizado cuando me vio llegar. No creas que no sé lo que estabas haciendo, sé que ya lo tenías completamente encandilado antes de que yo llegara.
Regulus se encogió de hombros.
—El niño me desea.
—Todo el mundo te desea, Reg.
—¿Y tú, Severus? ¿Tú también me deseas? —Se había ido acercando cada vez más a él conforme hablaban y ahora estaba completamente pegado a su cuerpo. Severus lo rodeó con los brazos de manera instintiva, nunca había podido resistirse a los caprichos de Regulus.
—Sabes que sí. —Le dijo resignado.
—¿Y a mi delicioso sobrino? ¿No le deseas a él?
—Por el amor de Dios, Reg, ¡Es el hijo de Lucius!
—¡Precisamente por eso! —Exclamó triunfante.— ¿Acaso no recuerdas como era su padre? ¿Lo mucho que nos divertimos con él? Tienes que admitir que fue el mejor tuvimos, Sev, la mayoría ni siquiera pasaban del sillón. Piensa en cómo nos fue aquella vez con Lucius y ahora mira a su hijo... Es como su versión mejorada, aún más hermoso que su padre, es tan delicado, tan bonito... Imagina como será tenerlo debajo de ti, como se verá su carita con la mejillas sonrosadas por la excitación, a qué debe saber esa piel de nácar... ¡Vamos, Sev! Estoy seguro de que lo deseas tanto como yo.
—Te estás adelantando a los acontecimientos, Reg. Puede que el niño te desee, es comprensible, cualquier persona que te mire te desearía. Pero no sabemos si estará de acuerdo con estar con los dos.— Severus sabía que Regulus jamás haría nada con nadie sin su presencia en la escena, pero a veces olvidaba con quien estaba, no comprendía que no todo el mundo aceptaba de buena gana lo que ellos ofrecían.
Regulus sonrió de manera siniestra, esa sonrisa perversa que era la antesala de infinidad de perversiones que pasaban por esa cabecita cargada de rizos, y que volvía literalmente loco a Severus.
—Te subestimas. ¿Crees que hay uno solo de tus alumnos que no desearía una noche de lujuria y desenfreno con su misterioso, oscuro y poderoso profesor de pociones? Eres el morbo de lo prohibido personificado, Sev, y ni siquiera te das cuenta de ello.
Severus suspiró resignado. No había nada que hacer cuando Regulus se ponía así. Los años no le habían cambiado en absoluto, seguía siendo un niño caprichoso, y Severus jamás fue capaz de negarle ningún capricho.
—Está bien, maldito súcubo insaciable, tú ganas.
Severus salió de la cocina con paso decidido, escuchando la carcajada triunfante de Regulus a sus espaldas
Draco dio un respingo al ver entrar a los dos hombres de nuevo en el salón. Regulus caminó con paso confiado hasta el sofá y se sentó al lado del chico, muy cerca, lo suficiente para hacerlo sentir incómodo bajo la atenta mirada del profesor de pociones que observaba la escena con el semblante inexpresivo, apoyado en el quicio de la puerta.
—Creo que debería irme. —Anunció Draco, nervioso, haciendo ademán de levantarse de nuevo. Pero Regulus puso una mano en su rodilla y se lo impidió.
—¿Por qué tanta prisa, señor Malfoy? ¿Acaso Regulus no está siendo un buen anfitrión? —Preguntó Severus mientras caminaba hacia el sofá y se sentaba elegantemente al otro lado de Draco.
—Yo... No quisiera molestarle, profesor. —Titubeó el chico.
—Oh, Draco, no te preocupes por eso. Tu querido profesor está encantado con tu presencia aquí. ¿No es así, Severus?
—Por supuesto.
Draco miraba alternativamente a uno y a otro con gesto confundido.
—No entiendo nada... —Musitó el chico.— ¿Qué es lo que queréis de mi?
Regulus le dedicó a Severus una mirada cómplice que hizo que el profesor de pociones le sonriera con malicia, antes de volver su atención hacia Draco.
—Verá, Joven Malfoy, tenemos una propuesta que hacerle.
FIN.