Chapter 1
Todo estaba oscuro, el olor del humo se le incrustaba en las fosas nasales, seco, ácido, picandole y haciéndole toser. A su alrededor no escuchaba más que gritos, llantos y sonido de maldiciones vociferadas a pura fuerza de desesperación. Destellos luminosos amigos y enemigos pasaban rozándole, todo a su alrededor era una absoluta negrura y Bill avanzó a tientas a través de ella, no sabía dónde se encontraba, donde estaban su familia y sus amigos o si todos seguirían aún vivos.
Hogwarts se estaba derrumbando, cayendo piedra a piedra sobre sus cabezas. Al castillo mismo le indignaba haber sido elegido como campo de batalla y se vengaba de los guerreros de ambos bandos por igual. Ya no importaba quien luchara contra quién, quienes fueron enemigos apenas hacía unas horas, ahora todos tenían una causa común, defenderse de la magia ancestral de un castillo que, al sentirse atacado, ofendido, ultrajado, se había vuelto contra ellos.
El suelo se levantaba bajo sus pies. La misma piedra le impedía avanzar. Las puertas se habían cerrado con el estruendoso sonido de la muerte, y ahora, mortífagos y partidarios de la luz, estaban atrapados como ratas, obligados a corretear de una lado a otro del castillo, huyendo de una muerte que a Bill empezaba a antojársele inevitable.
Había perdido a su familia en la confusión de la batalla. Antes de que todo se volviera negro, le pareció ver, en lo alto de la escalera cercana a su posición, peleando con un mortifago enmascarado, el destello de un cabello pelirrojo que podía pertenecer a cualquiera de sus hermanos. Pero no había sido capaz de llegar hasta él. Sólo esperaba que hubiera conseguido escapar de alguna manera.
Ya no estaban luchando, la confunsión solo había durado unos minutos, antes de que amigos y enemigos comprendiera que era el mismo castillo el que ahora los atacaba, sin hacer distinción entre bandos.
Habían deshonrado la piedra que pisaban, un lugar que jamás estuvo destinado a ser escenario de batalla alguna, si no a ser un erial de paz, un refugio, el lugar seguro a donde todos pudieran ir a lamerse las heridas. Hogwarts siempre debió seguir siendo neutral, fue un error del bando de la luz el tratar de apropiárselo, debieron comprender, que hasta el más cruel de los mortifagos, tenía su alma mater en aquellas piedras, y que para la magia del castillo, todos eran sus hijos, y no defendería a unos frente a otros.
Ahora lo comprendía, como experto en maldiciones debía haberse dado cuenta de esto mucho antes, conocía las magias ancestrales y la caprichosidad de las mismas mejor que ningún otro miembro de la orden, y sin embargo, no se había dado cuenta de que estaban jugando con fuego hasta que ya fue demasiado tarde.
En medio de aquel caos, entre gritos y lamentos, Bill escuchó un aullido que le puso los pelos de punta, sonido agudo, solemne y desesperado, que se superponía a la cacofonía de pánico que lo envolvía. Y lo supo, supo que ese aullido iba dirigido a él y solo a él, que lo estaba llamando, como tantas otras veces lo había escuchado, llamando de forma lastimera mientras rondaba su casa. Nunca pudo entrar, las protecciones se encargaron de eso, y Bill tampoco salió, aunque todo su cuerpo ardiera por hacerlo.
Había aprendido más sobre los licántropos en el último año que en toda su vida. Poco se había escrito sobre ellos, pero mucho se había transmitido de boca a boca, de infectado en infectado, de verdugo a víctima.
Era consciente del vínculo que se crea entre el lobo que transmite la ponzoña y el lobezno recién convertido. Entendió porqué la mayoría convertían a niños en lugar de a adultos, el vínculo creado entre ellos siempre era más fuerte, se establecía como el de un padre y su hijo, tendían a confiar, a necesitar, incluso a querer.
Bill no era un hombre lobo, pero tampoco era un humano completo, había sido mordido, en una noche sin luna, por un lobo sin transformar. Aún así, la maldición envenenó su sangre, dejándolo en tierra de nadie, no era un licántropo, pero tampoco era del todo humano. No se transformaba en una bestia salvaje cuando la luna redonda brillaba en lo alto del cielo, pero sentía la llamada de aquel que le había pasado su maldición, sentía su dolor cuando Bill se negaba a responder a su reclamo, igual que sentía ahora su miedo a no encontrarle, a que aquel traicionero castillo lo matase antes de que pudiera verlo una vez más.
Y esta vez, Bill no se negó. Corrió, saltó, se deslizó y se arrastró por incontables pasillos de un castillo que intentaba matarlo, esquivó escombros, detuvo avalanchas con sus encantamientos escudo, y destrozó armaduras guerreras renacidas con todos hechizos de ataque que conocía, siempre en pos de ese aullido quebrantado, que aunque nadie más lo supiera, Bill sabía que gritaba su nombre.
Su carrera lo llevo hasta puente de piedra, estaba destrozado por la mitad, el castillo se había encargado de que no tuvieran salida alguna, todos los combatientes morirían esa noche, y por la mañana Hogwarts no sería más que ruinas, ruinas vengativas, habitadas por furiosos fantasmas para toda la eternidad.
Lo vio allí, justo al final del puente, subido peligrosamente encima de las rocas tambaleantes que aún quedaban. Un lobo gris, con el pelaje manchado de rojo, teñido de la sangre de todo aquel que se hubiera interpuesto en su camino. Greyback no hacía prisioneros, no dejaba a nadie con vida, al menos no desde que lo dejó vivir a él.
Se acercó sin miedo, sintiendo en su interior que el lobo no le dañaría, que ya no importaba, que todos estaban condenados y no tenía sentido matarse entre ellos cuando ya estaban a las puertas de la muerte.
El lobo avanzó, cojeando, estaba herido, pero no parecía importarle. Llegó hasta él y le gruñó, mostrando unos dientes amarillos afilados cual cuchillos. Bill lo entendió, le recriminaba todas las negativas que había obtenido, todas las ausencias en las noches de luna llena, cuando le rondaba y le llamaba y él se negaba a salir.
Acercó su mano a la cabeza del lobo y la acarició con infinito cariño, como se acaricia el cabello de un amante cuando duerme, el lobo cerró los ojos y dejó de gruñir, perdiéndose en la caricia, en el gesto, en todos sus significados.
Bill sintió el vínculo a medio hacer, el lazo deshilachado que los unía, y lo odió con todas sus fuerzas, lo odió por no estar completo.
Se arrodilló frente al lobo y extendió su brazo, en una muda invitación. Si iba a morir, no pasaría sus últimas horas en tierra de nadie, sin ser un lobo ni un humano. No había forma terrenal ni mágica de volver a ser el hombre que una vez fue, pero si que podía ser el lobo en el que no llegó a convertirse.
El lobo gris avanzó un paso, su mirada era dura, seria, demasiado solemne. Le preguntaba, le daba sin palabras la oportunidad de echarse atrás, de no pasar sus últimas horas en agonía, solo para sentirse completo durante unos instantes. Pero Bill no se movió de donde estaba, convencido de que ya nada importaba, de que antes de que su vida se extinguiera, merecía la pena caer en la tentación a la que llevaba un año resistiéndose.
Y allí, en el puente de piedra que le había visto corretear innumerables veces de niño, con su uniforme de Gryffindor y su sonrisa perenne, sobre el que ahora brillaba la luna llena, burlona en un cielo estrellado, Greyback le mordió.
La agonía fue instantánea, su brazo comenzó a arder, y con él el resto de su cuerpo. Sintió cada hueso romperse y cada músculo desgarrarse, envuelto en el aullido constante del lobo a su lado, ese que, conforme los minutos iban pasando en agonía, cada vez comprendía mejor.
Sintió despertar a la bestia dormida, a la que había llevado dentro durante un año. Antes sosegada y sumisa, ahora se erigía cual torreón, imponiendo su presencia, reclamando su cuerpo y exigiendo su dominio. Y Bill, cansado ya de luchar, la dejó tomar el control.
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Niños, ancianos y mujeres embarazadas fueron lo que en su mayoría acudió a lo que quedaba del castillo de Hogwarts a la mañana siguiente. Solo aquellos que no habían estado en condiciones para luchar habían sobrevivido, y ahora se ocupaban de la tarea de sacar los restos de sus seres queridos de los escombros.
La guerra había terminado, más ninguno de los dos bandos había resultado ganador.
Se recuperaron cientos de cadáveres, y se denunciaron otras cientos de desapariciones, algunas se resolvieron y otras no.
Las desapariciones de Bill Weasley y Fenrir Greyback se contaron entre aquellos casos que jamás pudieron cerrarse. Nadie pudo confirmar que fue de ellos, pero cualquiera que sea lo bastante imprudente, o lo bastante estúpido, para acercarse a las ruinas de la que un día fue la escuela de magia más antigua y prestigiosa de Reino Unido, contará, a todo el que quiera escucharle, como dos lobos campan a sus anchas por las restos del castillo, como si este mismo les perteciera. Uno es enorme y gris, el otro más pequeño y de pelaje rojizo, a veces se les ve jugar como cachorros y otras cazar como asesinos, todos saben que no deben perturbar su existencia, pues los lobos de Hogwarts, como fueron conocidos en los años venideros, solo atacan a aquellos que intentan separarlos.
FIN.









Rowling es tan mala?
sip