Thais: un enlace de fuego y plata

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Summary

Roveros 1907 Emilie lleva tres meses como ama de llaves en La Fortaleza, una antigua construcción amurallada. El propietario, Eleazar Eyrzek, la contrató después de ayudarla cuando llegó a la ciudad casi al borde de la muerte. A pesar de la amabilidad y simpatía de su jefe, Emilie está convencida de que tras la fachada perfecta se oculta algo trascendental y está dispuesta a descubrirlo.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Del futuro que persigue

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De el futuro que persigue



El jardín que rodeaba la casa de gobierno tenía un árbol que había crecido a su antojo, tanto que sobrepasaba los más de quince metros de altura del edificio de tres pisos. Era una planta de magnolias que estiraba sus ramas como manos curiosas a los ventanales de la construcción. Así un par de ellas llegaban cómodas hasta casi el interior de la oficina de la Gobernadora.

La mujer en la ventana abierta estiró su mano hasta rozar una de las pocas flores que aún quedaban resistiendo el final del verano. Bajó sus yemas la textura aterciopelada se arrugó y la rama que la llevaba hasta allí se volvió de un color negruzco hasta desprenderse de en polvo de cenizas. Parpadeó y la flor estaba intacta nuevamente. Nada era real y aun así todo lo sería en algún momento.


Blanca Bernal ejercía su tercer mandato, no consecutivo, como gobernadora de uno de los estados más importantes de la península SAZA: la ciudad de Roveros. Y por ello aunque los años le pesaran más de lo que podía admitir debía de encargarse de los asuntos más complicados de su ciudad. Porque era aquel pedazo de mundo un lugar que amaba incondicionalmente y que protegería sin importar costo alguno.


Volvió hacia el interior de su oficina y en el sillón individual la esperaba quizás el más delicado de sus problemas que aparecía allí el tercer jueves de cada mes, la principal amenaza para sus ciudadanos.


Eleazar Eyrzek era un joven terrateniente de Roveros, de familia amiga, ampliamente conocida entre los habitantes de la ciudad. Atractivo en su propia forma, de cabellos cobres y ojos de un marrón rojizo.

Sentado allí con la luz del día reflejándose en su silueta bien vestida no inspiraba miedo alguno, pero él sabía bien lo que provocaba en Blanca y en su verdugo que pronto aparecería también.


Miró de vuelta a la Gobernadora cuando se sintió observado, la vio acomodar la hebilla de media luna en su cabello canoso, reliquia familiar. Él también tenía algo así en su hogar. Todas las familias de Roveros tenían un objeto preciado que los había acompañado en la huida hasta encontrar el refugio de la ciudad.


–¿Cómo se está desarrollando tu poder?

Eleazar se acomodó en su asiento, con aquella pregunta comenzaba el suplicio, el interrogatorio inútil y la tortura que aborrecía. Se mostraba aburrido de aquella rutina aunque no lo estuviera. E intentaba recordar sus razones y lealtades para no ceder a la tentación de esfumarse, era aquella después de todo su única opción de ganar calma. Su mano se alzó y un par de sus dedos rozaron su barba para después caer sobre el apoyabrazos en su interpretación más displicente.


—No ha cambiado lo suficiente desde el jueves veinte de diciembre como para justificar mi presencia aquí —dijo en un tono perfectamente balanceado, con un fugaz rastro de seguridad inquebrantable.


—Te saltaste un análisis, no creo que dos meses después tus poderes sigan igual ni que tú puedas asegurarlo con tanta soltura.


—Sigue sin ser una amenaza —arriesgó y creyó ver en Blanca una inclinación a creerle.


—Eso no podemos saberlo, será Bacco quien nos diga en qué punto estamos.


Pareció invocarlo porque en ese momento se abrió una de las hojas de la puerta de la oficina. El rostro de ella se dirigió hacia allí pero él mantuvo su mirada al frente, era suficiente con escuchar el andar lento y las pisadas toscas para saber quién había llegado.

Bacco Mithwer llevaba encima unos años menos que la gobernadora pero su cabello era mucho más canoso. Un hombre robusto de ojos rasgados y negros que brillaban cada vez que su sonrisa se elevaba para enmarcar un costado de su nariz prominente. Eleazar se reconocía parcial pero podía jurar que llevaba consigo una pesadez insoportable, agriaba el aire con solo su presencia.


Blanca recibió a su funcionario con una sonrisa inmerecida y él se sentó a su lado.


—Lamento llegar tarde pero el mensaje no me llegó a tiempo, me sorprendió el cambio de horario.


Eleazar odiaba como arrastraba las palabras y no podía evitar considerar que detrás de cada una de sus frases sus verdades estaban lejos de ser dichas.


—Eleazar tiene asuntos que tratar y necesitaba que la reunión fuera más temprano, pensé que no sería un inconveniente para ti —explicó Blanca.


—En lo absoluto, y supongo que los asuntos de Eleazar estarán relacionados con el aniversario de la muerte de mi tío, su bisabuelo —pronunció como una acusación velada y agregó después mirándolo fijo—. Espero verte ésta noche en el homenaje.


—En mi familia los aniversarios de muerte no son algo que nos convoque —refutó rápido y tuvo que morderse la lengua para no soltar cuán aborrecido había sido aquel pariente entre los suyos.


—Por supuesto, con tantas tragedias se hace insoportable.


Tembló el suelo y fue aquel su primer tropiezo. Bacco sabía cómo alterar sus reacciones, tentar sus buenas formas. Había comenzado ya y él cayó como el más estúpido en la primera de sus trampas.


—Será mejor que continuemos —pidió Blanca en un bruto intento por calmar los ánimos— ¿Han aparecido nuevos dones?


Eleazar se removió incómodo en su traje bordeaux y cruzando las piernas se inclinó hacia uno de sus costados hasta descansar su mentón en su mano.


—Los mismos viejos conocidos—repitió la mentira que les decía cada vez que podía, de un mes a otro solían creerle pero sabía bien que había abusado demasiado de su suerte.


La paciencia de Bacco era escasa pronto sintió que intensificaba su don, con el fin de acorralarlo. El viejo Mithwer era capaz de alterar el organismo de las personas con poderes de una forma que él poco comprendía pero que lograba, entre otras cosas, impulsarlas a mostrar sus dones. Para la mayoría era una picazón molesta que solo se iba cuando liberaban energía a través de algún poder. Sin embargo, para Eleazar, aquel don alcanzaba límites tortuosos. El hormigueo se convertía en un dolor rampante que nacía en su espina dorsal y se distribuía a cada músculo, a cada hueso de su cuerpo. Se explayaba sobre su piel hasta capturar a su cabeza en una presión indomable. Era un doble tormento porque también perdía el control sobre sus inestables poderes y éstos se manifestaban en las reacciones más exageradas posibles.


—¿Qué puedes hacer ahora que antes no? —apuró Bacco.


—En este momento podría matarte—sentenció con su rostro aparentando la tranquilidad que no tenía y que se rompía en aquellas palabras.


Blanca suspiró con pena y supo con la sonrisa de Bacco que iba perdiéndose una vez más.


—Lo sé, pero eso lo has podido hacer desde siempre. Yo me refiero a algo nuevo. Algo que antes no podías hacer.


—Sé cómo prepararme una taza de té —dijo genuinamente orgulloso de un acto tan simple y agregó con un retazo de recuerdo divirtiendo su memoria— ¿Cuenta? Me lo ha enseñado mi nueva ama de llaves.


Se arrepintió al instante de su picardía, la punzada de dolor presionó su espalda y el asiento en el que estaba vibró en respuesta. Inquieto buscó una postura que calmara los efectos pero solo revelarse podía salvarlo.


—Puedo… manipular la imaginación de otras personas, pero no es muy duradero —aceptó reticente.


—Muéstranos.


La orden estimuló su resentimiento y el hambre por lanzar sus poderes se regodeó en la oportunidad.

En las paredes aparecieron grietas verticales que interrumpieron su continuación como si solo el papel las constituyera, se ampliaron hasta dejar pasar la luz del sol casi por completo. Y el suelo de madera se chamuscó ante el paso de llamaradas de fuego azul que se alzaron por sobre la mitad de la habitación.

Los vidrios estallaron en el momento en que Blanca intentó hablar y Bacco estiró su mano a las llamas avivadas.


—Se está saliendo de control —gritó la gobernadora, su frente arrugada por el pánico.


Bacco negó con una sonrisa vanidosa y dejó que una de sus manos rozara el fuego. Pronto en su rostro se notó el dolor que le provocaba y Eleazar tuvo que luchar contra su impavidez para no soltar una carcajada satisfecha.


—Es increíble —murmuró junto con un quejido de dolor.


—¿Qué significa todo esto? —suplicó Blanca todavía intranquila.


—Se siente el calor, el dolor y claramente podemos verlo todo pero… esto no está pasando de verdad. —Volvió su vista hacia Eleazar y lanzó la orden como si fuera un escupitajo en su contra—. Suficiente, termínalo ahora.


El hambre de su poder por expresarse y el antagonismo contra Bacco se fundieron y juntos alzaron las llamas hasta alcanzar el techo y recién cuando vio el pánico de la gobernadora contagiado a su colega Eleazar terminó con la ilusión.


—Como ordenes —dijo entre dientes y volvieron a estar entre paredes intactas.


—Es demasiado peligroso—sentenció Blanca mirando a su alrededor, aun sin creer lo que acababa de presenciar. Con su propio pie rozó la alfombra comprobando que estaba igual que antes, sin ninguna señal de destrucción.


—Puedo controlarlo —defendió Eleazar, pero su respiración levemente agitada no pasó desapercibida y viendo los rostros de los ancianos supo lo poco que lograba convencerlos.


—Otro don que se suma a la larga lista. —Bacco llevaba demasiado bien la cuenta—. Muestra cada uno de tus dones —ordenó severo antes de mirar de reojo a Blanca.


—Transportación, por favor —indicó ella.


Eleazar inclinó su rostro en un asentimiento leve, parpadeó y estuvieron los tres en una explanada rodeada de bosques profusos, a los pies de los cerros que anticipaban la frontera de Roveros. Se percató pronto del recelo en la mirada de Bacco, los había llevado a los tres, ninguno había tenido que moverse de su posición en el sofá. El aire mucho más fresco allí los hizo temblar y antes de que pudieran quejarse los regresó al edificio en el centro de la ciudad.


—Transportación colectiva, ha cambiado —dijo Bacco.


Eleazar se reprochó su olvido llevaba meses ocultando aquel desarrollo.


—Manipulación —pidió después.


Uno de sus menos favoritos pero no podría nunca negar el placer que le causaba usarlo en contra de Bacco. Bajó su mirada y fue suficiente para que el viejo Mithwer cayera de rodillas hacia su dirección. Como un suplicante frente a una deidad.


—De…deten…lo —pidió con la garganta cerrada y Blanca lanzó su mirada más reprobatoria.


—Neutralización —soltó y Eleazar tuvo que recordar que había mentido sobre ese don, Blanca creía que lograba apagar todos los dones que estaban en funcionamiento a su alrededor por pocos segundos, no era así exactamente pero a él le beneficiaba su ignorancia.


Bacco pudo volver a su asiento, con el rostro rojo en furia y la voz carraspeando volvió a ordenar:

—Parecencia.


Ambos miraron a Eleazar con sobrada atención, vieron entonces como su cabello pelirrojo se rizaba y se oscurecía hasta alcanzar el color negro y sus ojos se aclaraban en un azul profundo. Sus facciones mutaron, su nariz se afinó y su rostro rejuveneció un poco más. Su sonrisa antes cubierta por su característica barba ahora mostraba una piel lampiña y mucho más pálida. Con su nueva imagen se giró a Bacco y habló con su voz cambiada.

—Hola, Bacco deberías reconocerme, soy o seré de tu familia después de todo, dentro de algunos años —dijo con una risa que le daba un aire de soberbia contenida algo que le faltaba en su aspecto original.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó anonadado Bacco perdido en los ojos azules, ni su hijo ni su nieto tenían esa característica.

Eleazar alzó su mano y señaló el dedo del anciano donde descansaba el anillo de zafiro y plata, su propia reliquia familiar.

—Tenía ese anillo cuando lo vi y supe muy bien que era un Mithwer —aclaró casi escupiendo el apellido.

—¿Premonición? —cuestionó Blanca súbitamente alterada.

Era la premonición uno de los dones más raros, imposibles de controlar, pero Eleazar la tranquilizó pronto, no importaba cuán poderoso fuera estaba seguro de que nunca llegaría a desarrollar un talento así.

—Mis sueños astrales se han modificado, ahora también son retazos vividos de posibles futuros, pero no hay orden, no hay ninguna visión clara. Solo rostros, voces de personas muy distantes y nada inmediato.

—¿Sabes cómo se llama? —preguntó Bacco con una sonrisilla en su arrugado rostro, seguramente producto de verificar que su familia seguiría en pie años en adelante.

—No, solo lo he visto por un par de segundos.

Terminó con la demostración y volvió su apariencia normal para seguir con el resto de dones: moveo referido a cambiar objetos de lugar, la creación de cosas usando materiales cercanos bajo el nombre de figuro. Con el fuego quemó parte de su antebrazo y cicatrizó su piel usando el don de sanación, así también evitó el dolor con su capacidad de anestesiar pequeñas zonas de su cuerpo.

Bajo el permiso de los ancianos se reservó el hiatus pues no le apetecía a ninguno que abriera un abismo en el medio de la oficina. Se levantó de su asiento y destruyó la alfombra hasta desarmar cada hilo y dejó los pedazos esparcidos en el suelo, minúsculos, terminaron en polvo. Pero la reconstruyó pronto recordando el cuidado que Blanca le tenía a ese tejido que más de una vez casi había arruinado.

La gobernadora se levantó también, una de sus manos arrugó el algodón tejido de la falda gris de su vestido, y lo miró directo con un rastro lastimero.

—Trece dones.

Eleazar supo que llegaba la hora del discurso de siempre, intentó evadirse pero el tono de Blanca mucho más preocupado que otras veces llamó demasiado su atención.

—En este mundo lo anormal, lo imposible, somos personas como Bacco, yo, y algunos habitantes de Roveros, quienes poseemos un don en particular. Un talento que no podemos desarrollar con facilidad, diría que es poco probable convertirlo del todo en un poder. Y luego estás tú, un ser con la capacidad de dominar trece dones hasta el momento, capaz de desarrollarlos por completo e incrementarlos sin esfuerzo, en solo meses. Eres un peligro, porque además, no puedes contenerlos. La simple influencia del don de Bacco hace que llegues a casi destruir mi oficina. Evolucionan más allá de tu control ¿hasta cuando podrás soportarlos? ¿cuánto esfuerzo te suponen ya limitarlos?

—No sucederá —prometió sin bases con la voz desesperada por sonar convincente—. Encontraré el modo…

—No es así. —La vio bajar la mirada con pena—. No según lo que he visto.

Cerró sus ojos al recordar la visión de la que ya bien conocía. Blanca poseía el don de la predestinación, aunque no completamente desarrollado, podía ver retazos ambiguos de lo que ocurriría en el futuro cercano si las condiciones actuales se mantenían.

—Mi visión de tu futuro, no ha cambiado.

Eleazar recibió la sentencia imperturbable, con el recuerdo del contenido de aquella visión agriando su boca, la sabía de memoria muy a su pesar: él destruiría por completo el centro de la ciudad en la que vivía, desataría catástrofes naturales sin precedentes y luego de matar a Blanca y Bacco se enfrentaría a las cinco personas más poderosas de entre los habitantes. Al final esos cinco jefes, como se llamarían después, lograrían destruirlo. Pero no era eso todo, su poder estaba destinado a trascender su muerte y se convertía en algo mucho más peligroso, creador de un vacío tan embriagador que ni siquiera Blanca sabía de qué trataba ni sus consecuencias.