Café para dos

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Summary

‹‹¿Quién dijo que el amor no puede venir en una taza humeante?››

Genre
Romance
Author
Mel
Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo : La última vez

Hay algo paradójico en el hecho de que el amor puede destruirnos. Se supone que es una de las mayores fuerzas de la humanidad, capaz de mover montañas, pero pocas veces se quiere hablar de que también puede agrietar corazones y romperte en miles de pedazos. 


Existen personas que lo anhelan durante toda su vida. Otras lo encuentran en los lugares más recónditos. Y por último, está este tipo de persona, grupo donde califico, que le teme como si fuera una enorme bestia feroz que lo acecha para arrancarle el alma a zarpazos.


Aprecié sus efectos colaterales durante toda mi adolescencia. Margo, mi mejor amiga, se enamoró tantas veces que su corazón debe estar llenito de quistes. Sin embargo, sigue saliendo y enamorándose una y otra y otra vez como si fuera un deporte. Supongo que califica en ese tipo de personas que necesita amor para respirar, y a veces no se da cuenta de que la calidez del amor no sólo se puede encontrar en los brazos de un amante.


Me entretiene observar las parejas por la calle o en redes sociales y preguntarme qué porcentaje de la felicidad que proyectan es real. 


Justo en eso pienso mientras cruzo la calle 76, rumbo a la cafetería del señor Williams.


El local abrió el verano pasado. Se trata de uno donde el aroma a crema y cafeína se respira, donde las paredes son de una tonalidad marrón claro y las baldosas brillan a pesar de los miles de tropiezos con tazas llenas que los camareros deben sufrir.


Apenas entro, puedo notar que los meseros parecen de mi edad. Van de un lado a otro con bandejas sobre las que reposan platos con tostados y tazas humeantes.


Quizás se pregunten cómo llegué y por qué estoy aquí. O no; da igual. De cualquier forma, lo contaré, porque esta es mi historia —mía y de Gale, pero no importa. La protagonista soy yo—. 


Resulta que hace unos días me propuse encontrar un trabajo. Había decidido tomar un año sabático, porque el dinero para pagarme la universidad me era insuficiente y necesitaba ahorrar. Mis padres odiaron la idea, como era de esperar, pero ya soy una adulta y soy responsable de mis propias acciones.


Fue un jueves que pasé por la puerta de la cafetería y me topé con un cartel que decía SE BUSCA PERSONAL. Volví un día con mi atuendo más presentable y mi curriculum y, tras ser contactada por teléfono tiempo después, me pidieron que asistiera hoy, así que salí de casa 15 minutos antes.


Empujo las puertas. El dueño se halla detrás de la caja registradora y me sonríe cuando me ve llegar. Si me esperaba, no lo demuestra. Por un momento temo que halla olvidado que hoy me presentaría y hacer el ridículo.


—Buenas tardes, señorita.


—Buenas tardes.


—¿Cómo está?


—Muy bien. Un poco nerviosa. —¿Debía decir eso? No lo sé. Ya es tarde. —¿Y usted, señor Williams?


—De maravilla. Aunque el día es un poco ajetreado, la verdad. Puedes tutearme, por cierto. 


Aquella es mi confirmación de que me recuerda. Dejo salir el aire que estaba conteniendo.


—Gracias.


—Ahora mismo Gale te dará el recorrido y te explicará todo lo que tienes que saber.


Ese nombre me sabe amargo en la lengua. Solía conocer a alguien que lo lleva, y ese alguien no es muy agradable.


—¿Quién es Gale?


—Tu compañero. Uno de los camareros. —Cuando me giro para analizar las caras nuevas en busca de un cartelito con dicho nombre, me aclara; —Seguro llega tarde, como siempre. No te preocupes. No creo que tarde tanto.


Otra cosa en común que este Gale y mi Gale tienen en común. Genial.


No es tu Gale, Mérida, me recuerda mi consciencia. Lo ha dejado de ser hace un año.


Pero, ¿y si fuera…?


No. La ciudad es enorme. Mi suerte es mala, no obstante, no puede serlo tanto.


Estoy un buen rato sentada detrás de la barra, esperando al dichoso Gale, pero nunca llega. Veo al señor Williams caminar de un lado a otro. Sospecho que está insultándolo entre dientes, hasta que se acerca y mis sospechas son confirmadas.


—Este maldito irresponsable. ¡Siempre hace lo mismo! Lo despediré. Juro que lo despediré —masculla. Pronto parece recordar que no está solo y me dedica una sonrisa llena de simpatía. —Bueno, parece que Fiona va a darte el recorrido. —Levanta la cabeza hacia la puerta de la cocina entreabierta, donde una rubia está secando vasos. No parece muy concentrada. Más bien, parece que está navegando entre los mares de su mente. —Fiona, ven aquí.


Para mi sorpresa, atiende al instante. Deja lo que está haciendo y me regala una sonrisa de dientes maravillosamente blancos. 


—Gale era el encargado de darle el recorrido pero, oh, sorpresa, no ha llegado. Así que lo harás tú.


—Será un placer. Soy Fiona. Es un placer conocerte. Bienvenida a la cafetería Williams.


—El placer es mío.


—Debes ser Mérida, ¿no? —Engancha su brazo con el mío y se encamina hacia la cocina. —Me gusta tu nombre. Es como el de la princesa. ¡Hasta tienen el mismo cabello! Salvo que el tuyo es negro…


Sí, mi cabellera esponjosa no es algo de lo que esté orgullosa. Es por eso que la llevo en un rodete.


—Sí, me lo dicen seguido.


—No hay mucho para explicar. Esta es la cocina. —Señala a los cocineros y al muchacho en la bacha. —Ellos son los dueños de este imperio.


—¿De la… cafetería? 


—Nah. Solo de la cocina. Está un poco sucia, pero lo que importa es lo de afuera.


—Creo que el dicho no era así… —bromeo. 


A Fiona se le achinan los ojos con una risa. Me recuerda un poco a Margo, tanto por la forma de ser como por sus facciones.


Abre una puerta oxidada que, para mi asombro, da hacia un callejón. Una brisa agradable de verano me recibe.


—Y este es el lugar al que venimos para fumar en nuestro descanso. También puedes comer aquí si no quieres hacerlo en la cocina. Y te preguntarás; ¿por qué alguien preferiría comer en el callejón? Porque Henry, el bachero, lo devora todo. Las sobras siempre desaparecen.


—Es bueno saberlo.


—En fin. Ya conoces la barra. Debajo de ella hay algunos suplementos. Tazas, por ejemplo, las cuales solemos romper muy seguido. No las descuentan de tu sueldo. Y hacer enojar al señor Williams es muy gracioso, pero deja de serlo en exceso. Así que no seas como Gale, que todos los benditos días llega tarde. Jodido Gale. ¿Quién sabe qué estará haciendo?


Desconecto de la conversación cuando me doy cuenta de que está divagando. Se queda mirando a la nada durante un instante y, cuando vuelve en sí, me sonríe.


—Eso es todo. Pídele a Williams tu delantal y tu cartel.


—Gracias por el recorrido.


—No es nada. —El irritante sonido del acelerada de una moto la interrumpe. —Hablando de Roma…


Me giro para descubrir al dueño del vehículo y me topo con un muchacho alto bajándose de una moto. Un conocido tatuaje de una rosa con sus espinas significativas le recorre el brazo, y una calavera, su cuello. Además, lo conozco lo suficiente como para saber de la existencia de la serpiente que tiene en su vientre.


Gale se quita el casco y sacude la cabeza para apartarse el flequillo rubio de la cara. 


—¿Estás bien? Te pusiste pálida —me susurra Fiona, poniéndome una mano en el hombro. —Sé que es guapo, pero tampoco para tanto…


—Estoy bien.


La garganta y la lengua se me secaron. Es como si de repente todo el aire en mis pulmones y mi saliva se hubiesen evaporado junto con mi alma para dejarme vacía, sin nada. Mi lengua se siente pesada como una virulana, y mi corazón también.


Los ojos de Gale tardan en conectar conmigo. En conectar de verdad. Primero me dirige una mirada superficial, como quien va observando ropa de las vidrieras, pero su expresión sufre una leve distorsión cuando entiende quién está parada frente a él.


Y lo odio. Lo odio tanto porque me duele el pecho como la última vez que lo vi, que nuestros labios se encontraron, que nuestros brazos se entrelazaron. 


Lo odio porque sabe cuánto me está doliendo. Lo odio porque lo conozco tanto como me conoce, pero aún así, soy incapaz de decir si también le duele.


—Eh… momento incómodo. —Fiona ya no sabe cómo romper el hielo. Pobre chica. Nos hemos quedado como dos idiotas parados a mitad del callejón, mirándonos fijo. —¿Se conocen?


—Éramos viejos amigos —respondo, pero no me muevo.


Hay otro momento de silencio en el que Fiona se retuerce la costura del delantal. 


—Bueno… nos vemos adentro. Gale, no tardes. Williams está a punto de matarte.


No me volteo cuando escucho el sonido metálico. Sin embargo, cuando lo veo abrir la boca para decir algo que probablemente mis oídos no quieren escuchar, esa boca que tantas veces besé, me giro en redondo. Una mano en mi muñeca me detiene. No lo miro.


—Mérida.


—Así me llamo. 


Quiero que mi voz suene tan irónica como lo hace en mi mente, pero no me sale. Me duele.


—¿Qué haces aquí?


—Aquí trabajo.


Me rodea para pararse frente a mí y no me queda más remedio que enfrentarlo. Su altura sigue siendo tan imponente como la recordaba: tengo que alzar la cabeza para poder mirarlo a la cara.


—No es cierto. No lo haces.


—Sí, sí lo hago. ¿Me puedes soltar?


—Sí, perdona. —Lo hace. —Es que… no esperaba verte. Ha pasado mucho tiempo.


—No tenemos por qué hablar. Me dejaste muy en claro que no querías verme nunca más la última vez.


Clavo la vista en su pecho porque me siento incapaz de seguir observándolo. Lo oigo suspirar.


—Supongo que cada uno puede hacer su camino sin interferir en el del otro.


Escuchar eso me duele. Una parte de mí esperaba que se opusiera, que dijera lo arrepentido que está por lo que dijo la última vez, pero en cambio lo único que hace es darme el gusto, y lo odio. Lo odio. Lo odio tanto.


—Sí. Supongo.


—De todas maneras… Quiero que sepas que es agradable verte después de tanto.


Noto la amargura en sus cuerdas vocales. Ahí va otra punzada en mi pecho.


—No tienes que mentirme. No a mí.


Cuando entro a la cocina, no me sigue. Intento disimular las lágrimas que quieren saltar de mis ojos y busco al señor Williams para recibir mi delantal y mi cartelito de identificación.


Un idiota no va a arruinar mi ingreso a la universidad.


Un idiota no va a arruinar mi año.


Un idiota no va a arruinarme la vida.