PARTE1: BANQUETE DE GUERRA: 1
El viento ruge fuera de la habitación, y, mientras observo las llamas ardientes en la chimenea, me doy la libertad de dejar escapar una lágrima.
Es minúscula, como la punta de una cerilla, pero en ese momento me encuentro bajo tanta tensión, que llorar se siente irreal. Es lo único que me permito hacer. Aun así, incluso aunque me doy esa libertad, ya estoy pensando en qué decir si la doncella que me acompaña advierte mi reacción.
Le diría una excusa estúpida como «debe ser el fuego» y ella se acercaría a la chimenea para atizar un poco las llamas por mí.
Esta lágrima que desciende silenciosa bajo mi mejilla la siento como el filo de una navaja. Si rompiera mi mejilla, y la sangre goteara, caería sobre mi vestido, que tomó algunos días en preparar porque no es cualquier vestido. Por lo mismo, porque no es cualquier vestido, la doncella me dirigiría una mirada de reproche mientras intenta limpiarme lo más rápido que puede para que la fibra no absorba la sangre y manche la tela de forma permanente. Por supuesto, habría que quitarme el vestido, y el trabajo de la modista se iría por la borda. Mi doncella se vería en la obligación de preparar otro vestido en unos pocos minutos.
Por supuesto, ignorarían el corte profundo en mi mejilla por completo. El reproche de mi doncella, la rabia que debe contener porque su estúpida señorita no ha podido evitar cortarse, los nervios en que la he puesto mientras limpia mi vestido mientras el tiempo transcurre más rápido de lo que ella desea, y más tarde la frustración de la modista… No puedo permitirme los efectos de esa reacción en cadena.
Llevo mis dedos hacia mi mejilla, y me sorprende encontrar que solo toco piel suave, tibia y seca. La lágrima se ha secado.
La puerta hacia el salón de ceremonias se abre, y otra doncella se asoma por el espacio. Anuncia que todo está listo. Cuando me pongo de pie, y me volteo hacia ella, no hay rastro de lágrimas. Evito demostrar cualquier sentimiento a través de mi rostro.
Mientras avanzamos por el salón de ceremonias, mi doncella intenta tranquilizarme diciéndome al oído «Tardará muy poco, ya verá». Cuánto tarde, o en qué consista, o cómo terminaré después es lo que menos me importa. No la miro de vuelta porque sé que me observa con esa mirada expectante, como de admiración y envidia, y a pesar de que se ha portado excelente conmigo y ha sido más paciente que cualquier otra doncella que me ha servido, sé que es porque puede que también sienta lástima por mí. Ella sabe lo difícil que soy. Todas saben —o creen saber, o, más bien, creen entender el concepto— lo difícil que soy hasta que pierden la paciencia, y la lástima desaparece porque se ha convertido, quizás, en una amarga mezcla de ira y frustración.
La silueta alta e inclinada hacia la derecha de mi madre me espera en el ábside. La luz azulina que cae de la cúpula choca en su espalda, y no puedo ver su rostro. Cuando se mueve para indicarme que me recueste, las líneas de luz que se crean en su silueta me parecen una ironía. Ella es una imagen sagrada, lista para disecarme.
Al recostarme, siento la piedra fría del altar y me altero un poco. Por un momento, mi mirada se dirige hacia las imágenes que decoran la cúpula: una mujer con una cofia de terciopelo negro y cejas tan rubias y finas que se vuelven una mera sombra sobre sus ojos bajo esa luz, toma la mano de otra mujer mientras le dirige el camino, ángeles con mirada alegre y brillante que sobrevuelan un cielo rosa pálido, moteado de blandas y mullidas nubes——
—¿Todo bien?
El rostro de mi madre se inclina sobre el mío, entre mi vista y las imágenes. No respondo. Ella me acaricia el rostro con sus dedos fríos.
El ritual comienza.
Para ello, no debe haber nadie en el salón excepto mi madre, que actúa como el proxy, y yo, la receptora. Mi doncella se ha marchado, seguro aliviada de que no intenté nada, a simple vista.
¿Puedo participar en este ritual incluso si mi rostro presentase un corte en una mejilla? Definitivamente sí. Un corte no cambiaría nada, pero es la belleza, antigüedad y perfección del ritual, y el orgullo que trae a nuestra familia lo que se vería arruinado. Poco importaría que yo estuviese a pasos de la muerte, mientras que ese ritual se llevase a cabo, sin ningún error, de principio a fin.
Supongo que es mi propio instinto de supervivencia el que me hace comportarme de este modo. Ya que no sentí la verdadera presión de la guerra sino hasta este momento, esta noche, me permití hacer y pensar cosas estúpidas y poco sensatas. Pero ahora, aunque no he tenido el tiempo para sentir su real importancia, sé que lo es. Sin este ritual, en verdad no tendríamos ninguna ventaja en absoluto. Nadie sabe qué esperar de esta guerra, de modo que no un hay método seguro que nos certifique la victoria. Sin embargo, por supuesto, puede haber una serie de caminos alternativos que podemos seguir como familia, similares a los que nuestros antepasados han seguido y han resultado ser más o menos efectivos. Aunque ninguna de ellas experimentó lo que yo estoy a punto de experimentar esta noche.
En simples palabras, en este ritual mi madre es el proxy que ha de desmaterializar por mí el arma motivo de esta guerra—el Lightning Scepter—, lo insertará en mí, y este me protegerá a lo largo de la guerra, ya que esa parece ser la voluntad de la Diosa.
Mi madre ha desaparecido por una de las puertas laterales, pero luego de un momento regresa, y trae con ella el Lightning Scepter envuelto en una manta de terciopelo azul marino.
Esta arma es tan significativa que incluso al mirarla uno no puede creer que esté compartiendo habitación con ella. La sensación de irrealidad es tan intensa que a uno le da escalofríos.
El cetro mide más o menos un metro ochenta de alto, está hecho de plata, y está decorado de manera tan exquisita que parece un sueño. Hacia la punta, se desprenden unos hilos de plata que se tuercen en espiral, y estos, a su vez, se abren un poco a mitad de camino, dejando el espacio suficiente para albergar en su interior una brillante bola de cristal, en cuyo interior debería resguardar la pieza clave del Lightning Scepter: el Ópalo del Poder.
Sin embargo, el Ópalo no está. Ha estado desaparecido por alrededor de veinticinco años y ese es el motivo de nuestra guerra: es nuestro deber encontrarlo antes que la Fuerza Oscura lo haga. Si la Fuerza Oscura lo obtiene primero, es posible que cree un caos inimaginable.
Mi madre se acerca con el Lightning Scepter, y lo acuesta con delicadeza en una mesa junto a mí.
Ella activa su círculo de magia, y dice sus líneas de encantamiento para conectar su energía con la fuente de poder en completa solemnidad y concentración.
«Invoco a Adelheid, la Diosa más poderosa de la creación. Para satisfacer tu Voluntad, digna de victoria, te ofrezco a esta guerrera. Guíala en tu Voluntad y permite que la fuerza, la valentía, y el honor de la Legión de los Ángeles esté de su lado».
Una vez dichas las líneas de encantamiento, el círculo de magia se activa y se pone en movimiento. Los símbolos grabados con la energía más pura existente comienzan a girar lentamente como los engranajes de un reloj, y, poco a poco, la energía se intensifica hasta levantarse, y la luz azulina salta como llamas de fuego. Los vellos de la piel se me erizan, pierdo la conciencia de todo lo que me rodea y permito que la energía de la magia de mi madre me invada y me proteja. Acompañado del rugido del poder, escucho la voz de mi madre mientras desmaterializa el cetro y lo instala en mí.
«Círculo de magia, protege a esta guerrera hija de la Diosa Adelheid, toma su poder y manipúlalo sin ninguna contención. Si es la Voluntad de la Diosa, que esta arma todopoderosa tome posesión de la magia pura de esta guerrera, la guíe, y realice su voluntad».
Poco a poco, el cetro que flota sobre el círculo de magia de mi madre se vuelve transparente, y las pequeñas llamas de luz azulina que saltan del círculo de magia alimentan la renovada silueta del cetro.
Transcurren un instante antes de que podamos contemplar este cetro semitransparente completado. Apenas puedo quitar la vista del hermoso cetro, pero aparto la vista por un momento para observar a mi madre. Ella tiene sus ojos fijos en el arma, y sus pupilas van de izquierda a derecha observando el objeto con la más profunda devoción. Es casi una mirada desquiciada.
Mi madre extiende sus manos hacia el Lightning Scepter y, una vez que lo toca, la energía la invade a ella como una descarga de adrenalina en su cuerpo. El círculo de energía que flota sobre mí se desvanece, y entonces, mi madre acuesta el cetro encima de mí.
Aquí está.
La misma energía que invadió a mi madre ahora me invade a mí. Mis sentidos se vuelven más fuertes. Por un momento, puedo oír el rugido del viento que había olvidado desde que entré en el salón, los minúsculos ecos a través del salón, y puedo saborear mi boca seca.
Pero eso dura un momento. Enseguida, la reconexión que debe realizarse entre mi energía y la energía del cetro para albergarlo es tan intensa que me siento desfallecer, y me oigo a mí misma musitando por mi madre ante la alerta de un desconocido peligro inminente. La energía que emana mi cuerpo es tan fuerte que logra que el cetro flote de forma horizontal unos centímetros sobre mí antes de instalarse en mi interior.
Mi vista se ha vuelto borrosa. Puedo distinguir la silueta de mi madre junto a mí, pero no puedo distinguir la expresión de su rostro. ¿Está sonriendo? ¿Está preocupada por mí? Busco mi propia mano para poder tocar a mi madre, pero antes de que pueda conseguirlo, todo se vuelve negro y pierdo el conocimiento.