Prólogo
La prisión era rústica y fría, no había luz, aunque el chico estaba acostumbrado a la oscuridad, era parte de él y no le temía. Perdió la cuenta de cuantos días habían pasado desde su encierro. Recordaba sus días en la tierra, las atrocidades del ser humano, los sacrificios, la maldad...
—Seré un gran príncipe, madre. Castigaré aquellos corazones malvados, a los ladrones y aquellos que ofenden a los dioses. Usaré mis poderes para que la tierra prospere—. Le dijo el niño a su madre con entusiasmo.
Ella sonrió y acarició su cabello. Ellos no poseían luz, nunca podrían traer prosperidad. La magia negra consumía y destruía. El niño poseía un sueño imposible de realizar.
El castillo fue asediado tiempo después, los dioses del Thuatha De Dannan los traicionaron. La luz derramó sangre. Su madre y sus hermanos corrieron una peor suerte. Dana le aplicó un castigo más dócil al ser tan solo un niño.
El muchacho trató de recordar sus voces, sin embargo, con el tiempo quedaron en el olvido. Maldijo a cada uno de los dioses. Él juró que tomaría venganza por su familia, y los próximos años se dedicó a planificar la caída del Panteón de los dioses y su tan preciado mundo. Su ira caería en los descendientes de la luz, la sangre derramada le otorgaría el poder absoluto.
Su única compañía era Dante, una criatura monstruosa creada de su propio poder. Al pasar los años, comenzó a liberar pequeñas fluctuaciones de su poder a la tierra, con la esperanza de corromper algún incauto.
Lo logró siglos más tarde, le enseñó y pudrió su alma a su manera. La sangre de inocentes corrió por la tierra que alguna vez pisaron los dioses, la oscuridad profanó una vez más el mundo y los corazones débiles cayeron.
Ese día la diosa lloró, lloró por sus hijos caídos, por las vidas inocentes que fueron tomadas.
El dios de la magia negra, el dios de la oscuridad, ahora caminaba libre por el mundo. ¿Su propósito? Regresar a su reino para recuperar por completo su poder y acabar de una vez por todas con la luz.