Chapter 1
"—Por favor, te lo ruego. —imploró en un hilo de voz. Ése fue el punto de quiebre, la noche los hacía lentos pero no inofensivos, y por la mañana sería aún peor.
Detuvo momentáneamente su búsqueda y el silencio reinó en aquél cuartucho ahogando cualquier sonido externo.
—Tú y esos tres adolescentes sois un lastre. —su tono despectivo se acentuó y siguió de espaldas, buscando aceite para lubricar las herramientas.
Bill no tuvo el estómago de alzar la vista, si no lograba convencerle morirían, o puede... puede que esta vez hiciera de tripas corazón y admitiera que sí podía ofrecerle algo a cambio."
Once meses antes.
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Bill puso atención a la televisión y le subió el volumen, en la pantalla, la primera ministra de Inglaterra ofrecía un discurso de lo más ensayado sobre el nuevo estado de alarma nivel amarillo. "Otra puta pandemia" pensó el pelirrojo retomando su cena. Con esta, ya serían tres en quince años y tocaría recluirse, adoptar medidas de protección y aguardar a la próxima vacuna con la consabida histeria de mortandad. La económica mundial no iba a soportar otra debacle de éstas características. Él necesitaba trabajar para costear su piso de estudiantes y la matrícula de la universidad, sus padres no podrían hacer frente a tantos gastos.
Al principio, los protocolos establecidos se asemejaron a las antiguas pandemias; Cerrar fronteras, equipar hospitales, evitar el traslado innecesario de ciudadanos a otras partes del país y evitar las reuniones masivas. Luego, el protocolo se endureció y acabaron recluidos en sus casas, Bill hablaba casi a diario con su familia, pero por suerte ninguno estaba infectado. Se establecieron servicios básicos, toque de queda y finalmente cuarentena. Sin embargo, Bill sintió que esta pandemia era diferente, no se hablaba de las víctimas, ni de la cifra de muertos, ni circulaban escándalos sobre la incapacidad del gobierno para sobrellevar esta crisis o posibles incidentes de ingleses que no obedecían las normas. La prensa internacional no se hacía eco de lo sucedido en otros países y la información dada era escasa y restrictiva.
A dos meses del estado de alarma, la red se inundó de noticias bizarras y teorías conspiratorias sobre la ocultación de la verdad de los gobiernos. Las imágenes cedidas eran siempre de aficionados y tras varias horas, estos archivos desaparecían de la red global. Bill sintió vergüenza ajena y mucha, mucha pena por aquellos locos que hablaban de ataques zombies. Él había sido un friki en el colegio, de esos que visten de oscuro, que pasan el tiempo con videojuegos y que gustan de leer y ver películas sobre apocalipsis. Pero una cosa era la ficción y otra bien distinta la realidad.
Un mes después y tras ver al ejército aéreo y terrestre apoderarse de las calles de Londres, sintió verdadero pavor. Ningún infectado volvía, los familiares no les daban sepultura, no se les permitía visitarlos ni grabar o hablar por teléfono. Silencio, auténtico silencio no solo dentro de las fronteras sino fuera. Bill contactó con su familia, todos estaban bien pero muy nerviosos y preocupados. Por primera vez no hubo prioridad en sus estudios, trabajo o futuro, su único objetivo fue poder volver a casa.
Ahora, el ejército se encargaba de reorganizar a la población y realizar exámenes de comprobación para ver si se era portador del virus, con ello, logró paso libre para volver con los suyos. Lo que no esperó tras recibir el desesperado abrazo de su madre, fue la noticia devastadora de que Ron, su hermano menor, seguía atrapado junto a su novia y amigo Harry en el internado escocés. Por lo visto, allí la pandemia era mucho más extensa y se habían cerrado fronteras.
Todos aguardaron las órdenes y obedecieron ciegamente con la esperanza de volver a reunirse sanos y salvos. Pero un día, la comunicación se cortó, la red global de internet cayó y la electricidad desapareció. En tan solo veinticuatro horas, el ejército abandonó las calles e Inglaterra se sumió en la oscuridad... y el caos.
Un mes antes.
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Bill quería descartar el bate con pinchos, se necesitaba muchísima fuerza para arrancarlos del cráneo de esas criaturas. Servía para destrozarlos, pero el tiempo que se gastaba en desatascar los clavos suponía una línea delgada entre la vida o la muerte.
"El cuello" sopesó, más difícil en cuanto a destreza y puntería pero más certero y seguro. Agitó la cabeza para despejar los mechones de pelo que se habían escapado de su coleta y respiró por la nariz agotado, afianzó el agarre sobre el mango a dos manos y atacó; más impulso y capacidad. Bateó gruñendo por el esfuerzo y aunque no lo decapitó, el estado deplorable del cadáver putrefacto hizo el resto del trabajo.
Solo quedaba uno al cual retenía con el pie en alto contra el pecho y sirviéndose de la protección de un árbol para cubrir sus espaldas. Sacó un machete y lo hundió por debajo de la mandíbula, justo en el tejido blando de la papada dándole impulso hacia arriba. La punta del arma chocó con el cráneo y al sacarla resopló arrodillándose. Observó el machete y lloró. La punta rota y el filo inservible tras varias heridas con hueso. Necesitaba urgentemente nuevo arsenal o algo que le sirviera para afilar, él no tenía ni idea de recurrir a objetos aleatorios para sacarle provecho. Limpió el acero con su ropa para evitar la oxidación y se lo guardó. Le ardían los brazos y con cada respiración, un punzón ácido le atravesaba el lado izquierdo entre las costillas.
Mareado por no comer en dos días, una herida en el muslo debido a su torpeza que no curaba bien, el labio roto, bastante sed, sudoroso y sucio, los músculos destrozados, calambres en las piernas y débil, Bill iba a colapsar y eso que aún no había pasado lo peor. Tenía que buscar refugio, y pronto.
Veinte días antes
. ☣️
Arrastró los pies despacio y con los sentidos alerta. Avanzó bajo la sombra de un pueblo en apariencia deshabitado. Necesitaba agua potable, medicinas y descanso urgente. Llevaba al menos diez días con debilidad muscular, escalofríos y dolor de cabeza. La herida del muslo dejó de dolerle pero se puso más fea, con hinchazón al rededor de un corte de aspecto rojizo y rezumando pus por más que él limpiaba y drenaba. La pierna le pesaba y comenzó a adoptar una postura de arrastre leve. Por las noches un hormigueo intenso sacudía su cuerpo y tiritaba, luego se despertaba sudado y ardiendo. La boca le sabía a hierro y a rancio, Bill no era estúpido, no estaba bien.
Cojeó por la acera intentando enfocarse en el horizonte. Tendría que haber aceptado la propuesta de su hermano Charlie para acompañarlo, pero en casa estaban sus padres, su hermanita pequeña y el inútil de Percy, se necesitaba a los gemelos y a Charlie para protegerse de los cadáveres andantes. Pensó que cruzar Inglaterra a solas sería pan comido, y que en cuestión de quince días estaría en el internado para recoger a su hermano y saber qué fue de él. Pero no contó con una travesía escarpada, repleta de carreteras cortadas, hundidas, puentes inservibles, enjambres de zombies y grupos de gente armada y peligrosa. Unos meses sin control ni tecnología volvió al ser humano una bestia. Se rio internamente del chiste antropológico. La civilización era un caos, en las películas, al menos tenían la decencia de tardar un par de años o cinco pero la vida real era peor... Mucho peor.
Bill tuvo que presenciar multitud de barbaries, y tras intervenir la primera vez y huir por patas con la muerte soplando su nuca, comprendió que no le serviría de nada a su familia si lo dejaban tirado en cualquier parte muerto por hacerse el héroe. La travesía se estaba alargando casi dos meses, dos meses agónicos de esquivar coches blindados, cadáveres, grandes urbes, de desplazarse de noche, de buscar refugio, de abastecerse, de ser un fantasma y de simplemente sobrevivir peleando.
No hacía calor, pero una ola inesperada sacudió su cuerpo y se agobió estirando del cuello de su raída camiseta. Sudaba profusamente y sin embargo, mil hormiguitas se arrastraron por todos los músculos. Frío, ahora frío. Enfocó la vista a lo lejos: Divisó el símbolo de la farmacia y rezó porque hubiesen dejado algo de utilidad. Tras el abandono del ejército y la desconexión global, la población inundó las calles y saquearon todo sin control, sin racionamiento o un mínimo de consideración humanitaria.
Sentía los oídos repletos de algodón, la cabeza pesada y un incipiente mareo. Se arrastró a paso lento y rodeó la farmacia para cerciorarse de que estuviera libre de zombies, o de gente peligrosa sin ganas de compartir.
"Despejado" puso la mano en el picaporte y apretó los párpados por el escalofrío desagradable. Al abrirlos, la vista borrosa le devolvió el reflejo de una figura que emitía un ruido roto y gutural. "Mierda" sacó su machete y se giró, podría con uno y entraría dentro para guarecerse, necesitaba descansar.
"Dios mío no..."
Uno de frente, dos a los flancos que no había escuchado y otro tras la maldita puerta acristalada que empujaba para salir al exterior. Sus sentidos le habían traicionado y en cuestión de segundos los tuvo encima. Pese al insufrible agotamiento muscular blandió el arma y utilizó la mochila para proteger su derecha. El instinto siempre le pedía bloquear con el antebrazo, pero eso era un error, justo ahí era a dónde primero mordían. Bloqueó con la pierna en alto y le asestó un machetazo de lado, atravesando los oídos: Uno menos. Pero tenía a dos y el de la izquierda lo derribó.
"No no no no no..." estar en el suelo suponía una clara desventaja.
Los brazos le dolían, el cuerpo le pesaba yapenas podía hacer frente a uno de esos, por lo que cuando tuvo a los dos encima y sufriendo otro repentino mareo, Bill lloró en silencio desencajando su rostro en una mueca de dolor y aceptación. Apartó su cabeza esquivando un mordisco y se dobló para retener con el arma al otro. No podía, no podía más. Bill oyó un silbido cortar el viento y sus ojos registraron sendos golpes brillantes enterrarse en el asfalto. Por inercia cerró boca y ojos ante las salpicaduras de sangre y carne putrefacta.
Silencio.
Despegó los párpados recibiendo la luz cegadora del medio día y trató de incorporarse. Se tumbó de nuevo agotado y temblando. Unos pasos pesados se aproximaron hasta él y la enorme figura de un hombre eclipsó el Sol. Bill lo observó aliviado y le sonrió débilmente.
—Gracias. —expresó con dificultad.
El desconocido permaneció serio, lo examinó a conciencia y frunció el ceño contrariado. Se agachó para recuperar sus hachas de los cráneos de los cadáveres y le habló.
—Estás enfermo, te he salvado para nada. —su voz gruesa preñada de fastidio le arrebató la esperanza a Bill.
—Por favor... —le rogó en un hilo de voz. Alzó la mano temblorosa sintiendo la humedad en sus mejillas— por favor... no me abandone aquí.
Sus labios tiritaron de terror, angustia y frío. El desconocido cuadró los hombros tensando la mandíbula y frunció más el ceño. Parecía muy molesto, maldijo en voz baja y gruñó. Se guardó las hachas vigilando el perímetro y se inclinó.
—¿Qué coño haces solo aquí? —lo ayudó a incorporarse pero Bill se dejó vencer por el extraño agotamiento.
—Busco... a mi hermano... —se aferró al hombre sabiendo que bien podría matarle o que fuera una trampa. Notó unos labios en su frente y como lo cargaban al hombro con insultante facilidad.
—Pues sintiéndolo mucho tendrás que esperar para hacerte el héroe otro día.
Bill sonrió, no estaba a salvo, para nada, pero era mejor morir en un recinto cerrado y acompañado que devorado por los zombies. Y lo que llevaba amenazando todo el día sucedió, perdió el conocimiento.
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Navegó entre la vigilia y la inconsciencia durante varios días en los que el hombre le ladraba preguntas que exigían respuesta; alergias, como se había hecho la herida, cuánto tiempo llevaba así, si era diabético o con alguna enfermedad crónica... Bill se esforzaba en darle toda la información posible pese al desfallecimiento. Cuando finalmente se despertó del todo, estaba más limpio, con ropa nueva y un vendaje grueso en el muslo; la herida le dolía a rabiar.
El desconocido se apodaba "Lobo" y era un ex militar que sobrevivía solo, toda su familia había muerto para convertirse en esos seres y él mismo acabó con su agonía. "Te he reabierto la herida y limpiado, no soy médico pero tengo experiencia en campo, más no puedo hacer" le dijo al quinto día tras hacerle tragar unas pastillas: Eran antibióticos y antiinflamatorios según Lobo. Durante una semana estuvieron confinados en aquella farmacia y Bill fue abastecido con alimentos enlatados, agua embotellada y medicamentos. El militar lo dejaba encerrado cuando salía por protección y volvía a las horas con suministros.
—Si en dos días no vuelvo —se dirigió a él desde su posición, era un hombre enorme y musculoso que nunca sonreía—, carga lo básico en tu mochila y huye por la rendija de ventilación.
—Vale, gracias.
Bill observó el techo, le costaría la maniobra, pero era su única salida si Lobo lo encerraba por dentro. Lo vio salir y se quedó allí tumbado entre las mantas. Aquél hombre era hosco, de pocas palabras y siempre parecía enfadado. Dedujo que su tiempo como militar terminó al comienzo o antes de la pandemia debido a su cabello de mata gruesa castaño. No podía quejarse de la compañía, no le abandonó, de hecho le había cuidado, protegido y mantenido más allá del deber y lo esperado. Dormían dentro de la habitación auxiliar de la farmacia en dos sacos que Lobo consiguió al tercer día y se aseaban en el lavabo minúsculo. Bill observó la pared recostado en su saco de dormir con cierta inquietud, el militar le generaba sentimientos contradictorios de confianza y recelo. ¿Y por qué? Porque en más de una ocasión lo pilló mirándole con intensidad mientras se cambiaba de ropa o se limpiaba, sus ojos oscuros brillaban hambrientos, o esa fue la sensación que le atravesó por la espina dorsal la última vez. Aquellas miradas de lascivia le ponían nervioso y se preguntó si Lobo sería de esos... de los que se vuelven una bestia sin escrúpulos capaz de forzarse en un malherido, pero una vez más, esa idea la descartó. El militar nunca se había propasado, nunca le había tocado o se le había insinuado de ningún modo. Tampoco le había dado a entender que sus cuidados serían retribuidos más adelante con sexo. De hecho, se mantenía la mayor parte del tiempo en silencio y alejado de él, y sin embargo, siempre que se descuidaba, interceptaba de refilón esas miradas de deseo imposibles de ocultar.
Bill no supo si confiar o ponerse alerta frente a Lobo.
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Dormían lado a lado en el saco, mañana seguirían su camino y Bill lo convenció de acompañarlo hasta Inverness pues coincidía muy de cerca con el destino de Lobo. Por fin se había curado y ya no sentía ni mareos, fiebre o debilidad, de hecho su pierna era prácticamente funcional siempre que no la llevara al límite por un tiempo. No podía conciliar el sueño pues su mente se quedó enganchada en un suceso de hace dos días, Lobo apareció con tabletas de chocolate y se las dio todas a él.
"—¿No quieres? —dijo ofreciendo la tableta mordida.
—No me gusta el chocolate.
—Gracias entonces.
Lobo gruñó una respuesta, se sentó en el suelo recargándose en la pared y comenzó a limpiar sus hachas y a afilar.
El joven se encogió de hombros y mordió una onza de delicioso chocolate belga. Soltó un gemido sonoro de placer ante la invasión de tan exquisito sabor en su lengua y paladeó con los ojos cerrados. Al querer guardar el resto en el envoltorio, abrió los ojos de sopetón y se encontró otra vez con la mirada del militar sobre él, más concretamente sobre su boca. Sus ojos oscurecidos de anhelo, hambre y lujuria. La sensación penetrante de su deseo oculto envió un escalofrío a la columna vertebral de Bill y se inquietó. Lobo retiró la vista presta y continuó a lo suyo sin emitir palabra. Bill guardó el chocolate carraspeando y se tumbó en silencio."
Y pese a su preocupación, Lobo no hizo ningún movimiento. No tendría que haberle insistido en acompañarlo hasta el internado, pero por otra parte ya se había acostumbrado a él y le daba pena separarse.
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—... Un antiguo compañero del ejército.
Bill asintió mientras caminaban.
—¿Y si no lo encuentras? —le preguntó curioso el pelirrojo.
—No lo sé. —Lobo nunca perdía el paso ni la vigilancia. Sus arrastres firmes y pesados hacían juego con su imponente altura y musculatura, así como su agrio carácter.
—Bueno... espero que lo encuentres. —apretó el asa de su mochila sin saber cómo sentirse al respecto.
Pese a todas esas miradas extrañas y de deseo, Bill no conseguía aborrecer su compañía ni desconfiar. Era impensable ya que Lobo seguía en su dinámica parca de palabras y gestos.
"Soy un puñetero prejuicioso y muy injusto, no porque Lobo me desee significa que va a hacer algo malo contra mí" pero por más que intentaba poner en un segundo plano tal hecho, salía a flote muy a menudo por insistencia de su subconsciente.
—Lobo —llamó cortando el silencio, recibió un gruñido bajo en respuesta— ¿Eres homosexual?
El militar detuvo su paso y le dirigió una mirada profunda y concentrada, de esas que utilizaba cuando blandía su hacha contra los zombies.
—¿Importa acaso? —dijo en cambio con tono amenazante.
—No, solo es curiosidad. —se disculpó, parecía muy molesto.
—¿Eres heterosexual? —rebatió el militar alzando una ceja, el primer gesto real en días.
—Sí.
—Pues ya están hechas las presentaciones. —continuó caminando e ignorando al pelirrojo.
—No era una ofensa, Lobo, no te enfades.
—Calla y pon atención al entorno, polluelo. —su voz áspera no logró opacar el ligero tono jocoso del apodo.
—¡No me llames polluelo!
—Un polluelo de fuego... como una cría de Fénix...
Aquella fue la primera conversación sustancial y larga desde que se conocieron.
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El famoso Internado Hogwarts se erigía majestuoso sobre una colina y muy cerca de un lago que bien parecía un mar. Una valla electrificada y reforzamiento en muros y pilones de vigilancia dio a entender que los profesores habían hecho un buen trabajo, eso y que el castillo se hallaba rodeado de zombies pero a nadie parecía importarle.
—No sé ni cómo acercarme. —arrugó la frente enfocando la vista en los prismáticos y haciendo equilibrio sobre la rama de un árbol.
—Eres como un Indiana Jones pero joven y pelirrojo, lánzate con una liana y canta la banda sonora.
Bill se ahogó de la risa y le golpeó con el codo, el movimiento hizo a Lobo reafirmarse en la rama que pendía sobre sus cabezas.
—Hablo enserio. —susurró sonriendo.
—Y yo también. —respondió bromista acercando los labios a su oído por detrás, el militar era quien los mantenía en equilibrio.
Bill sintió un escalofrío placentero y se encogió, su oreja era muy sensible. Notó la repentina lejanía del militar y el abandono del calor de sus manos en la cintura. No supo cómo sentirse, sobre todo porque en el momento en que bajase del árbol y se dispusiera a entrar, Lobo se marcharía. Por eso llevaba media hora postergando la incursión, y porque era una maldita trampa de la muerte. Al final claudicó y decidió que lo mejor sería escalar uno de los pilones, allí habían menos cadáveres y podría alertar a los de dentro por ayuda.
—Gracias por todo, de verdad. —Bill le estrechó la mano sintiéndose abandonado de pronto. Era una tontería pero no concebía no volver a ver a Lobo.
El militar sacudió la mano en el saludo con fuerza, se le veía mortalmente serio y amenazante.
—No hagas estupideces.
Bill le sonrió en respuesta. Tardó unos segundos en separarse y se giró rumbo al internado.
Fenrir le dio la espalda no queriendo ver nada y repitiéndose una y otra vez que lo dejara estar de una vez.
"No te gires, no te gires, no te gires joder" se repitió como una letanía mientras caminaba ladera abajo. Ese muchacho pelirrojo era un peligro para él. Fenrir supo cuál sería su vida en el momento en que Inglaterra se sumió en el caos y tuvo que matar a su propia familia; Soledad. Nada de cargas inútiles, nada de confraternizar con personas que tarde o temprano morirían y nada de anteponer la vida de nadie a la suya propia.
Fenrir obvió durante su trayecto el auxilio de varias personas, hasta Bill. Su mirada vidriosa azul cielo, sus labios cuarteados temblando y su voz de ruego hizo estragos en su estómago. No pudo abandonarlo a su suerte y tampoco después. Cada día se decía que éste sería el último y se iría, pero se vio volviendo a él una y otra vez sin poder remediarlo. No tendría que haberle acompañado hasta el internado tampoco, pero su voz de ruego le apretó la garganta, el estómago y la polla. Ese maldito universitario pelirrojo era un pecado andante. De esos que aunque atractivos, ni lo demuestran ni lo van presumiendo. Él creía ser muy discreto en sus miradas furtivas, no reunía suficiente fuerza de voluntad como para no deleitarse con ese bendito cuerpo fibroso plagado de pecas y blanca piel. No se sentía capaz de ignorar sus labios generosos ni su sonrisa limpia, de esas que ya no ves. Le era impensable no sucumbir al movimiento de su pelo escapando de la coleta y resaltando su color vivo gracias a la luz del sol. "Hasta Hogwarts" se dijo y se obligó. Debía dejarlo marchar y seguir su camino, tenía que desligarse de una carga, aunque el polluelo le había demostrado ser un decente luchador, era imperioso no crear lazos que lo volvieran débil y susceptible.
"No mires, no mires, no mires..."
No pudo, el latigazo de terror le sacudió el alma entera cuando oyó su grito en la lejanía y se volvió con los prismáticos en alto. Bill había conseguido sortear la marabunta de cadáveres y se aferraba al pilón a duras penas, un par de zombies lo sujetaban del tobillo forzando su caída. Maldijo en voz alta escuchando unos disparos provenientes de las torretas y almenas y corrió blandiendo sus hachas.
Se hizo paso con cada hachazo y utilizando a uno de esos engendros como escudo. Los disparos le despejaron el camino hasta llegar a Bill y tras una oleada suicida de ataques logró escalar hasta el pelirrojo y desengancharlo. Lo sujetó de la cintura gruñendo de rabia y esfuerzo y terminó de trepar la columna hasta el otro lado. A lo lejos se veía salir un coche blindado hasta ellos y varios estudiantes armados.
—Lobo...
—¡Eres un imbécil! —le ladró enfurecido.
Bill le sonrió y se abrazó a él.
"¡Mierda y más mierda!" se fustigó por dentro el soldado.
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Aquél internado era un fuerte liderado por cuatro estudiantes. Los profesores, o habían muerto a manos de los zombies u obedecían al nuevo orden. Bill se reencontró con su hermano Ronald frente a centenares de adolescentes y niños.
—... y con las cuatro facciones y nuestro liderazgo ya no hay apenas sublevaciones o luchas internas...
Cedric se llamaba, era el pomposo líder de una facción y se empeñaba en darle conversación. Luego estaba un rubio platino con cara de estreñido que no paraba de convencerle para unirse a sus filas, Draco le dijo. Otro de los líderes.
—He venido a por ti hermano.
—¿Están bien? ¿Papá y mamá?
—Todos bien. —Bill lo abrazó de nuevo.
Ahora existía un problema, la novia de su hermano, Hermione, era la líder de otra de las facciones. No era asunto de Fenrir así que se sentó en uno de los asientos de las largas mesas de aquél fastuoso comedor y rápidamente le sirvieron comida.
Se hartó de comer y beber hasta que Bill se acercó a él y se sentó a su lado.
—Hoy dormiremos aquí y mañana nos marcharemos —el pelirrojo le miró suplicante—. Una cama en condiciones, baños funcionales y de todo.
Fenrir asintió. Mañana se separaría de él definitivamente.
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Al final, de aquél internado y custodiados por varios grupos armados y un coche, salieron Bill, su hermano, la novia y el amigo. Fenrir se dijo que hasta que bajasen del coche en zona segura y entonces se iría. Le había sentado de maravilla esa noche de sueño reparador y el baño caliente, así como la cena y el delicioso desayuno. Un lujo lo de esos niños. Hermione estaba en el regazo de Ron, Harry en medio y luego Bill. Delante se sentaba Fenrir y el conductor era una rubia poco habladora pero sonriente; La líder de la cuarta facción, Luna.
—Puedo dejaros en Hogsmeade, en un principio sigue despejado, pero hace tiempo que no limpiamos la zona por falta de suministros.
—Estará bien, habéis hecho ya mucho por nosotros, gracias.
Bill y Fenrir se miraron a través del espejo retrovisor.
El pueblo se veía completamente despejado y libre de peligro así que se apearon tras una calurosa despedida para la rubia. Fenrir miró a su alrededor y sacó un mapa.
—Lobo —lo llamó Bill acercándose—. Desde aquí podemos caminar juntos unas horas hasta que te desvíes hacia tu destino.
Fenrir gruñó un asentamiento y guardó el mapa malhumorado.