Capítulo 1
Para Scorpius los veranos siempre eran aburridos. Pasar largas jornadas dorándose al sol en los jardines de Malfoy Manor con la única compañía del estirado de su padre, estaba bien un día, dos a lo sumo. Dos meses era demasiado tiempo.
Prefería mil veces estar en Hogwarts, en su habitación de Slytherin, rodeado de compañeros y compañeras. Scorpius era un animal social, necesitaba hablar con la gente, rodearse de personas que le dieran juego, algo que hacer... Cuando estaba solo se moría de aburrimiento, necesitaba compañía y la de su padre no contaba. Últimamente sus "charlas" más bien eran rimbombantes sermones sobre lo sumamente decepcionado que estaba con su comportamiento, su actitud nada digna de un Malfoy, lo inaceptable de su aspecto, etc, etc, etc. Desde que decidió que no quería ser la versión miniatura de su padre, todo habían sido reproches.
Empezó por llevar ropa muggle, a pesar de las continuas protestas de su progenitor y sus diatribas sobre lo poco apropiado que era eso para un sangre pura. A Scorpius le daba igual, los vaqueros desgastados y las camisetas negras le sentaban de muerte, mucho mejor que las holgadas túnicas que cubrían su esbelta figura, era un desperdicio esconder un cuerpo como el suyo bajo tantas capas de tela. Además, esa ropa era mucho más cómoda, y podía colgar pequeñas cadenas de las trabillas de sus pantalones, que brillaban y le hacían tintinear mientras andaba, justo el toque extra que le faltaba a su vestuario.
El siguiente reproche vino por su cabello. Vale, quizás se había pasado un poco, pero cuando Albus le retó a pintar la bandera arcoíris en su cabeza no pudo resistirse a aceptar. Iba a ser solo cosa de unos días, pasearse por Hogwarts, dar un poco el cante y volver a su cabello rubio habitual, pero su padre se cabreó tanto, montó tanto en cólera, que Scorpius lo dejó así solo para molestarle.
Aunque nada fue peor que cuando se perforó la lengua.
Había tratado de esconderlo por todos los medios, pero era jodidamente difícil. Tenía la lengua hinchada como si le hubiera picado una abeja, había tomado una poción antiinflamatoria, pero no había servido de mucho, y no podía usar un hechizo sanador porque la gracia era que el agujero no se cerrase. Así que se pasó una semana huyendo de su padre y evitando hablar con él. Hasta que un preocupado Draco Malfoy decidió irrumpir en su habitación para exigirle respuestas sobre el por qué de su ley de hielo. Se dió cuenta de lo que pasaba en cuanto abrió la boca, y la bronca fue monumental. No habían discutido así en años, su padre le gritó que era una vergüenza para la familia y para su apellido y que si no se quitaba "esa cosa obscena y asquerosa de la boca" lo desheredaría. Lo peor fue cuando se atrevió a nombrarle a su difunta madre, señalándole lo decepcionada que estaría ella si pudiera ver su comportamiento. Ahí Scorpius había perdido completamente el norte, odiaba, odiaba con toda su alma cuando alguien se atrevía a hablarle de su madre, asumiendo lo que ella habría dicho respecto a cualquier asunto, no creía que nadie tuviera derecho a hacerlo, ni siquiera su padre, y mucho menos para usar su recuerdo contra él. Le había gritado hasta desgañitarse, le había maldecido a él y a todos sus ancestros y había soltado más palabras hirientes de lo que era capaz de recordar.
Cuando se quedó sin voz y sin fuerzas, simplemente huyó de la mansión, y de la mirada dolida de su padre.
Después de aquello Scorpius tuvo que refugiarse en casa de los Potter durante unos días. Y aunque eso era mejor que estar con los gritos y reproches de su progenitor, tuvo que aguantar a Albus burlándose de él todo el tiempo por su lengua hinchada, y diciéndole que ya se estaba pasando con su necesidad de llamar la atención.
Scorpius no entendía que tenía de malo querer llamar la atención. Era agradable que todo el mundo se volteara a verlo pasar, era estupendo salir de fiesta y convertirse en el objetivo de todas las miradas en cuanto ponía un pie en el local. Albus solo tenía envidia, nadie le miraba si él estaba al lado.
Al final su padre claudicó, siempre lo hacía si lo presionaba lo suficiente. Le dijo que volviera a casa, que podía quedarse con "esa maldita aberración en la lengua" si quería. Scorpius volvió a casa, pero antes, solo para molestarle, se perforó una ceja.
Se rió sin poder contenerse al recordarlo. Puede que acabara matando a su padre de un infarto un día de estos.
— ¿Hoy también vas a salir? — Scorpius se giró para encarar a su padre que, apoyado en el marco de la puerta de su dormitorio, lo miraba con desaprobación, como siempre.
— Si. — Respondió escueto, cuanto menos pie diera a iniciar una conversación, mejor.
— ¿Con Mini-Potter de nuevo?
— Su nombre es Albus. Y si, es mi mejor amigo, claro que saldré con él.
Draco se separó de la puerta y avanzó hacia él con cautela. Hizo ademán de levantar el brazo para acariciarle el cabello, pero la retiró antes de llegar a rozarle. Scorpius supuso que no estaba seguro de que el gesto fuera a ser bien recibido. Hacía bien, desde luego no lo sería, la única que alguna vez le había acariciado así era su madre, y ella ya no estaba. Que su padre tratara de suplir su ausencia de formas tan evidentes solo le provocaba lástima y repulsión. Era patético.
— ¿No podrías quedarte en casa esta noche? No te veo en todo el año y durante el verano desapareces cada vez que puedes. Me gustaría pasar algo de tiempo con mi único hijo.
— Otro día. — Respondió Scorpius, seco y cortante. No entraría en el juego de chantaje emocional de su padre, lo conocía bien y sabía perfectamente de que pie cojeaba y cuál era el motivo por el que intentaba retenerlo en casa.
Draco suspiró resignado y se sentó sobre la cama con movimientos elegantes, una pierna cruzada por encima de la otra y sus manos entrelazadas sobre la rodilla.
— ¿Y no podrías salir con otras personas? Hace mucho que no ves al hijo de los Zabinni, seguro que le agrada salir contigo. — Ahí estaba. El meollo de todo el asunto.
— Papá, ¿Puedes decirme que tienes contra Albus? — Preguntó ya harto de jueguecitos. — Que yo sepa, él nunca te ha hecho nada.
— No tengo nada contra ese niño — Contestó Draco sin poder evitar una mueca de desagrado. — Pero su familia... Los Potter son una fuente inagotable de problemas, Scorpius. No quiero que te arrastren a sus dramas y que acabes metido en algo que no puedas manejar. Los Potter atraen a los líos como la miel a las moscas.
Scorpius se tomó su tiempo para responder mientras terminaba de marcar su párpado con delineador negro, haciendo destacar el gris de sus ojos. Añadió un poco de purpurina sobre sus prominentes pómulos para que resaltasen aún mas. Escrutó su imagen en el espejo, estaba satisfecho con el resultado, aunque quizás iba demasiado discreto. Volvió a tomar el delineador y se dibujó con él un conjunto de tres estrellas negras bajo el ojo derecho, justo encima del pómulo, así, ese era el toque extra que le faltaba. Sonrió satisfecho con su obra de arte y se giró para encarar a su padre.
— Albus no es su padre, papá. — Draco abrió la boca para replicar, pero Scorpius lo cortó rápidamente. La conversación terminaba ahí, no tenía ninguna intención de meterse en una discusión sobre la integridad de los Potter. — Me voy, llego tarde.
Se dió la vuelta dejando a su padre con la palabra en la boca, salió rápidamente de la habitación, bajó las escaleras a paso rápido hasta llegar a la sala de estar y sin dudarlo agarró un puñado de polvos flú y se dejó envolver entre las llamas verdes mientras gritaba "Casa Potter".
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— Buenas noches, Scorp. — La voz del padre de Albus lo saludó nada más puso un pie en el hogar de su amigo.
— Buenas noches señor Potter. ¿Donde está Albus? — Se fijó en como el hombre le miraba de arriba a abajo, examinando su indumentaria con una sonrisa burlona.
— ¿Tu padre te ha visto salir así de casa?
Scorpius miró hacia abajo instintivamente, como si no recordara lo que llevaba puesto. No era nada inusual, una camiseta negra de rejilla, jeans negros desgastados, cargados de cadenas y ceñidos a su cuerpo todo lo posible, rematando el look con unas botas de piel de dragón. Su estilo habitual cuando iba a un club.
— Si que me ha visto.
Harry se echó a reír ante un desconcertado Scorpius que no veía donde estaba el chiste.
— Casi me da pena el pobre Malfoy, sin duda el karma es algo que no se puede eludir. — Scorpius miró al padre de su amigo alzando una ceja de forma inquisitiva, pero el señor Potter le respondió con un gesto de su mano, quitándole importancia a lo que acababa de decir. — Albus está en su habitación.
Scorpius asintió con la cabeza y subió por las escaleras directo hacia la habitación de su amigo pensando en que los adultos eran demasiado raros como para quebrarse el cerebro tratando de entenderlos.
Abrió la puerta sin molestarse en llamar, nunca lo hacía, seis años compartiendo dormitorio con Albus durante todo el curso escolar les había quitado todo resquicio de privacidad o pudor que pudieran tener.
Se encontró a Albus tirado tranquilamente sobre la cama, con un libro entre las manos, su largo cabello negro recogido en una coleta baja, una camiseta blanca sencilla, unos jeans azules y unas deportivas negras. Bufó exasperado, ¿Acaso Albus había olvidado que se suponía que iban a salir?
— ¿Todavía estás así? — Preguntó de forma despectiva a modo de saludo.
— ¿Así como? — Le devolvió la pregunta su amigo sin apartar los ojos de su libro.
— Así vestido, idiota. ¿No recuerdas que esta noche íbamos a ir al Fairies?
— No se me ha olvidado, voy a ir así.
— ¿En serio? — Scorpius no pudo evitar lanzarle una mirada desdeñosa. Su amigo era un chico bastante guapo, pero no se sacaba partido en absoluto. — El Fairies es un sitio muy exclusivo, allí se va a mirar y a que te miren, la gente se viste de manera espectacular y hasta un tanto estrafalaria. Tu look está bien para una cerveza en Las Tres Escobas, ¿Pero para el Fairies? Completamente inaceptable.
— Vete a la mierda, Scorp. — Bufó Albus — Aquí el que está necesitado de atención eres tú, no yo.
Scorpius no pudo evitar molestarse por ese comentario. Albus lo decía como si fuera algo malo querer ser admirado y envidiado, a todo el mundo le gusta que le miren y que lo adoren, y si Albus se burlaba tanto de él por ello era simplemente porque él no podía lograr lo que Scorpius si.
— Ya, claro. — Respondió venenoso. — Supongo que has asumido que estando yo por allí cerca nadie te mirará dos veces y ya ni siquiera te molestas en intentarlo. Es bueno que sepas aceptar la derrota, supongo.
Albus arrojó el libro al suelo y se levantó de la cama de un salto. Lo miró con los ojos entrecerrados. Scorpius se limitó a sonreír de manera burlona.
— Vale. Hasta aquí ha llegado tu actitud de diva. Ya me he cansado de aguantarte. ¿Quieres competencia? La tendrás. Esperame aquí. — Salió del cuarto como una exhalación. Scorpius se recostó tranquilamente a esperarlo sobre la cama. Quizás no debería haberle dicho esas cosas a su amigo, pero si su pataleta le inspiraba a vestirse de un modo más decente para una noche de juerga, pues bien estaba. El fin bien justificaba los medios. Lo hacía por él, nadie se iba a fijar en Albus en el Fairies si iba así vestido. Era el local de ambiente más exclusivo de todo el Londres mágico, su clientela iba a allí a lucirse, con los atuendos más estrambóticos posibles, de hecho, Scorpius iba bastante discreto para lo que sabía que se iba a encontrar allí, pero no importaba, él destacaba por su carisma allí donde fuera y si eso no funcionaba, siempre podía hacer algo radical, como desnudarse en mitad de la pista.
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Scorpius empezaba a impacientarse, llevaba más de media hora esperando en la cama de Albus a que el señorito se dignara a volver. Estaba por ir a buscarle cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe.
La visión de su amigo le dejó de piedra. Era Albus, él lo sabía, pero la persona que tenía delante no se parecía en absoluto a su mejor amigo, amante de las camisetas holgadas y las deportivas viejas.
Había soltado su cabello, que ahora caía en suaves bucles negros como el ébano hasta por debajo de sus hombros. Usaba un delineador color dorado que resaltaba sus ojos verdes, sus mejillas estaban adornadas con diminutas piedras adhesivas de color blanco y oro, los labios pintados de negro y un suave rubor oscuro debajo de sus pómulos
Iba vestido completamente de blanco, con una camisa ceñida en la cintura, destacando la estrechez de la misma, se había dejado abiertos demasiados botones para lo que podía considerarse apropiado, su piel morena asomando entre tanto blanco era todo un espectáculo, los pantalones ceñidos no dejaban nada a la imaginación y remataba todo el look con unas impresionantes alas de plumas blancas que se movían sutilmente como si tuvieran vida propia.
Si no hubiera sido por el cabello negro, Scorpius habría jurado que se encontraba delante de una Veela.
— ¿De dónde has sacado esas alas? — Pregunto resistiéndose a admitir que el atuendo de su amigo era mucho, muchísimo más de lo que habría esperado por su parte. No sabía que pensar, había querido que Albus se arreglara, si, pero algo en toda esa situación no le convencía.
— Son de Lily, de su disfraz de Halloween del año pasado.
— ¿Se disfrazó de veela?
— No, de ángel.
— ¿Que es un ángel?
—Nada, una cosa muggle. ¿Nos vamos o qué?
— ¿De verdad vas a ir así? — No sabía que era exactamente lo que le molestaba. Pero de repente sentía la necesidad de volver atrás en el tiempo y no decirle a Albus que se cambiara, prefería mil veces al Albus de coleta despeinada y camiseta vieja.
— ¿De verdad, Scorp? — Bufó Albus enfadándose. — ¿Que problema hay ahora? ¡Querías que me arreglara! ¡Pues ya está, me he arreglado! ¡No puedes decirme que no voy lo suficiente llamativo! ¡Lo único que me falta son unas luces de navidad colgadas del cuello!
— No, no — Se apresuró a contestar levantando las manos en gesto de paz. — Está muy bien... Estás genial, de hecho. Es solo... No sé... Es que no pareces tú. Es extraño.
Albus compuso una mueca soberbia.
— Esa es la gracia ¿no? Era justo lo que querías.
— Sí, no, no sé. No está bien, no sé. No me gusta que vayas así.
Albus se rió sin disimulo y miró a su amigo con un brillo retador en los ojos.
— Entiendo que esto es nuevo para tí, mi querido, soberbio, narcisista y ególatra amigo, pero eso que estás sintiendo se llama envidia. Puede que no lo hayas sentido hasta ahora, pero créeme, está noche te familiarizarás con el sentimiento.
Scorpius frunció el ceño.
— Yo no te tengo envidia. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Tú me has visto? ¡Como si pudieras competir conmigo! ¿Crees que unos pantalones ajustados y una alas ridículas serán suficiente para hacerme sombra? Pues ya te voy diciendo que no va a funcionar. Lo siento, Al, pero tú y yo jugamos en ligas distintas.
Las palabras de Scorpius hicieron a Albus tensarse automáticamente. Ya sabía cómo se las gastaba su amigo, estaba más que familiarizado con su lengua venenosa, pero cuando todo ese veneno iba dirigido contra él, no le gustaba en absoluto.
Su primer instinto fue mandarlo a la mierda, decirle que se largara de su casa y se buscase otro idiota para que lo acompañara a esa mierda de club pijo y elitista al que se había empeñado en ir. Pero se contuvo, respirando hondo un par de veces. Él era inteligente, sabía mantener la cabeza fría y pensar antes de hablar. Mandar a Scorp a paseo solo le proporcionaría una satisfacción momentánea, harían las paces en uno o dos días como mucho, nunca lograba estar demasiado tiempo enfadado con Scorpius, esa era su cruz y su maldición, todo volvería a la normalidad en seguida y Scorpius no habría aprendido nada. No, era mucho más inteligente ganarle en su propio terreno y de paso darle una lección que estaba claro que se merecía.
— Muy bien. Vámonos a ese club que tanto te gusta y demuestra tu teoría.
— ¡Por supuesto que lo haré! Scorpius se levantó de un salto de la cama y salió de la habitación de Albus sin molestarse en comprobar si este le seguía.
Albus ahogó una risita y salió detrás de su amigo. Al final la noche iba a ser divertida.








