Capítulo 1
Alex.
—No puedo descansar ni un maldito segundo… —murmuré enfadado mientras caminaba mirando la tablet— Sólo pido 5 minutos para ir al baño… —me quejé entre dientes.
Negué frustrado y suspiré; no tenía solución. Los viernes eran el peor día de la semana sin lugar a dudas.
Me acerqué a comprobar el cierre de seguridad del sector 3 y en ese momento escuché a unos pasos de mí un lloriqueo leve.
Giré mi cara para asegurarme de que lo que había oído era correcto y entonces me di cuenta que venía de una chica a apenas dos o tres metros de mí.
La miré un par de veces y tragué saliva. Su larga melena naranja me cautivó por completo… hasta el punto que mi mente me pedía a gritos que no me acercase. Hasta respirar el mismo aire que una persona como ella estaba fuera de mi liga.
Aunque, tal y como creía haber oído, estaba llorando. La pálida piel de su rostro estaba ahora tintada de un tono rojizo a consecuencia de las lágrimas y se frotaba los ojos en un intento de recomponerse.
Cogí aire y caminé hacia ella, todavía dudoso de mi decisión. Ayudar a la gente no es lo mío. Soy un torpe en todos los aspectos, incluso en el emocional.
A escasamente un paso de ella me caí. Pero no una caída cualquiera, la más patética que te puede pasar en público: porque el suelo esté mojado.
Ahora no sólo me había caído en un sitio como este, repleto de gente y delante de una extraña, sino que también me había empapado el pantalón. Vamos, que si me hubiera hecho pis encima no se notaría la diferencia. Joder, ¿dónde están los malditos carteles de suelo mojado aquí?
—¡Oh dios! ¿Estás bien? —preguntó la chica en cuestión mientras me ayudaba a levantarme.
Asentí, pues las palabras no salían de mí a causa de la vergüenza. La miré fugazmente y recogí la tablet del suelo. Espero que no esté rota porque sino me va a caer una buena bronca… —Gracias… —murmuré deprisa y desaparecí a toda velocidad.
No mentiré si digo que volé en dirección al baño y que me encerré allí más de 10 minutos. Tenía unos ojos azulados impresionantes.
No Alex, nada de “ojos impresionantes”, céntrate en lo que tienes que hacer que aún te queda mucho trabajo.
Me revisé el pantalón y bufé profundamente cuando sentí la humedad en mi piel. Hasta la ropa interior estaba mojada, fantástico. Por suerte me quedaba algo menos de una hora para salir.
Cuando mi orgullo estaba algo más recompuesto salí del baño —aunque bajo de moral— y terminé con la ronda habitual por el acuario.
Pero por suerte no volví a ver a esa chica, al menos no haría más el ridículo hoy.