Prólogo
Vivir en otra dimensión está bien, tener una realidad y una forma de ver las cosas diferentes al resto es bueno, todas las personas tienen alma, pero algunos carecen de ella, no tienen esa chispa que los hace brillar, o mejor dicho, no se permiten a si mismos mostrar todo su esplendor, de lo que son capaces.
Muchos se encierran, dejan que la oscuridad los consuma, y no intentan salir de ella, o al menos seguir avanzando hasta encontrar una pequeña y hermosa luz en medio de tanta oscuridad.
A veces a tu vida puede llegar alguien que, te haga demostrarle a todos o mejor dicho, a ti, el resplandor que llevas dentro. Tu resplandor.
Muchas veces ambas partes pueden hacer que el otro conozca y admire su resplandor, o ser el resplandor del otro. Ser esa luz cegadora, esa luz que destaca entre las demás cosas, algo único y raro.
En el mundo hay abundancia de todo, hay muchas cosas que se parecen, pero el resplandor que llevas dentro, joder, ese no se compara con ningún otro, es como una huella dactilar, es reconocida por ser tuya, nadie más la tiene, eso mismo sucede con tu resplandor.
Nadie tiene la capacidad de brillar con igual intensidad que tu.
—¿Estas bien? —le preguntó mi yo de siete años a la niña que se había caído a mi lado.
Ella no respondió estaba abrazando una pequeña caja morada, pude notar que algo se movía dentro de ella, sentí curiosidad por saber qué llevaba dentro. Soltó un suspiro aliviada, tal vez lo que llevaba dentro era muy importante para ella.
Estaba de vacaciones con mi familia, habíamos decidido venir aquí para pasar un rato diferente y por si fuera poco, hoy era nuestro último día aquí. Mientras mis padres y mi hermano jugaban cerca de la orilla de la playa; yo seguía mirando con mucha curiosidad a aquella niña que llevaba una pequeña caja morada, que por cierto, acababa de arruinar mi lindo castillo de arena cayendo encima de este.
Ella me miró, sus mejillas estaban un poco sonrojadas. Lo cual la hacía lucir muy tierna.
—Lo siento...—parecía apenada.
—Tranquila, puedo hacer otro, ven, toma mi mano, te ayudaré a levantarte—sonreí y la ayudé a levantarse.
Ella me agradeció y luego siguió su camino hacia la orilla de la playa. Sentía mucha intriga, así que la seguí.
—¿Qué hay dentro de esa caja?
Ella dio un respingón al darse cuenta que iba a su lado.
—Son...unas tortugas marinas—abrió un poco la caja y me las enseñó—son hermosas ¿cierto?
—Sí, ¿Dónde las conseguiste?
—Se las compre a un hombre que se dedica a vender ilegalmente animales...—dijo en un tono melancólico—en ellas tres se fue toda mi mesada...
—Ellas merecen ser libres, como los otros animalitos.
—Por eso no me arrepiento—sonrió—ahora, Maia, Lina y Sol serán libres.
Reí al escuchar eso, ¿en verdad les había puesto nombre a esas tortugas?
Ella comenzó a sacar a cada tortuguita y las fue liberando, me dio una de ellas para que yo mismo la liberara, al principio sentía miedo, nunca en mi corta vida había agarrado una tortuga.
—Adiós, lindas, sean libres, crezcan fuertes y hermosas—les dijo.
Caminamos de regreso a donde nos encontramos.
—Es muy lindo lo que haces, te deben de gustar muchos lo animales ¿cierto?
—Sí, cuando sea grande pienso ayudar creando fundaciones para animales en peligro de extinción y ayudar a todo animalito que lo requiera, además....—sus palabras quedaron en el aire porque se resbaló, y cayó justo en el mismo lugar de antes, esta niña era muy torpe. Tuve que reprimir una carcajada. Ella suspiró frustrada—soy torpe, lo sé, es parte de mi naturaleza pero, también soy inteligente, se por lo que estoy luchando y no voy a cansarme, no me rendiré hasta lograrlo—dijo eso ultimo refiriéndose a lo que hablábamos.
Le ofrecí mi mano y la ayudé a levantarse. De nuevo.
—No tengo ni la menor duda de eso, lo lograras, serás una excelente persona—la vi a los ojos, eran los ojos más bonitos que había visto en mi corta vida, tenían un brillo muy hermoso, como si fueran una hermosa lucecita—tienes unos ojos muy lindos.
La niña se sonrojó un poco al igual que yo, nunca le había dicho un cumplido a una niña, cuando iba a decir algo, alguien la llamó desde una camioneta.
—Lucecita, ven, ya nos vamos—dijo la mujer.
—¿Ese es tu nombre?
Ella negó.
—Espero volver a verte, podríamos ser buenos amigos—me dijo.
—No creo que nos veamos de nuevo, no soy de aquí. Pero...—me quité mi collar, era un collar dorado con un colgante en forma de estrella de mar, y se lo coloqué—ahora tienes algo mío, si alguna vez nos llegamos a ver de nuevo cuando lo vea te recordaré. También me aseguraré de que me recuerdes cada vez que lo veas.
Ella cogió el dije entre sus manos, lo miró sonriendo, y luego buscó algo dentro de su bolso. Era un collar, uno plateado, tenía un dije de un telescopio color dorado, era muy lindo. Ella me lo colocó y ambos sonreímos.
—Ahora tú tienes algo mío que tiene un significado muy importante para mí, si nos volvemos a ver te lo diré. ¿Seremos amigos?
—Está bien, y sí, sí lo seremos, seremos los mejores amigos. Lo prometo...
Su madre volvió a llamarla.
—Hasta luego, niño de ojos lindos—ella había admitido que mis ojos eran lindos también, sonreí. La niña corrió hacia el auto y entró en el.
—Hasta luego, lucecita.
¿Nos volveríamos a ver?, no lo sabía. Tal vez no o...tal vez sí.
Yo esperaba que sí.