Señal de emergencia
Solo tres palabras fueron necesarias para desestabilizar mi vida.
Y ni siquiera hablamos de una vida muy estable, todo lo contrario, llevaba dando pasos en falso desde que obtuve mi diploma universitario hace dos años. Sí quisiera destacar aquellos aspectos estables de mi vida serían tres: mi amistad con Kelly, mi buena relación con mi nana y mi trabajo de seis horas diarias en la revista Impactus .
Este último, al parecer, estaba comenzando a temblar como si de una falla geológica se tratara y esta hubiera comenzado bajo mis pies.
En realidad, era algo que sabía podía ocurrir, Impactus era una revista de moda relativamente nueva en el mercado, y si bien tenía una competencia muy difícil, se defendía. Por eso, y porque me había encaprichado por empezar con una revista pequeña, había creído que trabajar allí sería el plan ideal al terminar la universidad.
Mi plan era muy simple: mudarme a Nueva York y trabajar como columnista en una revista pequeña, hacer mis primeros pasos allí para crecer de a poco, y cuando estuviera lista, pasaría a las grandes ligas. Como me gusta llamar a las revistas de mayor peso dentro del mercado.
Claro que el plan era solo trabajar un año y este se había extendido a dos.
Sabía muy bien que no debería haber permanecido tan tranquila, que debería haber buscado otro empleo, porque lo que ganaba de forma mensual no era suficiente para llevar una vida razonablemente buena. Es decir, no me quejaba, pero vivía con lo justo y sabía que tarde o temprano eso podía acarrear muchos problemas.
Pero decidí dejarlo estar, cuando en la oficina comenzó a correr el rumor de que la revista no se encontró en su mejor momento y de seguro habría algún cambio significativo no me desesperé, en cambio puse todo mi esfuerzo en pensar de forma positiva. Eso a mi mejor amiga no pareció gustarle, se encargó de dejarlo en claro mientras cenábamos dentro de mi pequeño apartamento en Brooklyn.
—Estás cometiendo un grave error, Tiff.
La miré por encima de mis palillos chinos y asentí mientras metía un dulce bocado de sushi en mi boca. ¿Qué podría decir? Yo sabía que era un completo error no preocuparme por una situación que era preocupante, pero a lo largo de mis veintiséis años he cometido muchos errores. Entonces, uno más a la lista no sería el fin del mundo, ¿verdad?
O al menos eso creí hasta la reunión que estaba presenciando en aquel momento, todos los lunes nos reunimos para organizar las tareas de la semana y hablar sobre la próxima publicación. Quizás debí darme cuenta que sería diferente cuando mi jefa junto al director ejecutivo estaban tan serios que parecían pinturas del renacimiento. No dejaban entrever ninguna emoción aparente.
Pero, en lugar de entrar en pánico, me concentré en saborear mi delicioso frappuccino de caramelo, quizás así el golpe sería manejable.
Me equivoqué.
—… por eso una de las próximas medidas a tomar es reducir el personal.
Reducción de personal.
Reducción
De
Personal
Reducción-de-personal.
Por Dios, iba a soñar con esas tres malditas palabras.
A partir de ese momento fue como si mi alma abandonara mi cuerpo y comenzara a escuchar y ver todo en tercera persona, dejé de oír el discurso que daba el director ejecutivo mientras mi jefa permaneció aun con su máscara inquebrantable sin mostrar emociones, y me concentré en mis compañeros de trabajo.
Pasé la vista por cada uno, todos nos encontrábamos iguales, porque no necesitábamos un espejo para saber que ahora estaba tan pálida como una hoja de papel. Sostenía el vaso reciclable de mi café con tanta fuerza que por un momento creí que podría destrozarlo.
Al parecer, nadie se esperaba el rumbo que había tomado la típica reunión del lunes pero allí estaban, escuchando “medidas” que no beneficiaban a nadie. Era imposible seguir abusando de mi positivismo tras escuchar aquello pero intenté hacerlo, una vez más. Después de todo, era columnista y no podía quedarse sin columnista en una revista, al igual que necesitaban de un editor y un diseñador gráfico, por lo que las áreas más afectadas serían otras que no tenían que ver conmigo.
Pero lejos de sentirme bien o tranquila, me imaginé lo horrible que sería para los afectados. Intenté ponerme en su lugar y en definitiva enterarte que tu puesto peligraba no era nada bueno.
Claro que el sentimiento de sentirme a “salvo” duró menos de cinco minutos porque luego de anunciar la reducción de personal también dijeron que habría un recorte en el presupuesto y las ganancias mensuales de cada trabajador se verían afectadas.
Tragué saliva al darme cuenta de una cosa: si con suerte mi sueldo alcanzaba para vivir con lo justo, ahora que ganaría menos estaba más que claro que no podría vivir sola. Y dudaba encontrar un apartamento mucho más chico que él ya tenía, la alternativa quizás sería tener un roommate y eso estaba lejos de entrar en discusión.
—¿Sabes? Ahora que lo pienso, vivir con alguien no seria tan malo. Dividirías gastos e incluso podrías conseguir un mejor lugar que… esto.
Kelly observaba mi piso con una arruga en su frente.
Había salido del trabajo tan pronto como el reloj dio las cuatro de la tarde, después de escuchar fragmentos del discurso del director ejecutivo había dejado a mi mente divagar en diferentes posibilidades que servirían como una alternativa a mi ahora problema de pocos ingresos.
No había dejado de pensar en eso sin que una idea se atravesara en mi camino, por lo que había pedido refuerzos: mi mejor amiga se apareció en mi apartamento con un pack de cerveza y allí estábamos. Una frente a la otra en el pequeño desayunador que funcionaba también como mesa para almuerzo y cena, mi piso era tan pequeño que no había espacio para una mesa y cuatro sillas normales.
—¿Accederás a ser mi compañero de piso entonces?
—Por supuesto que no.
—Que buena amiga, gracias —suspiré—. Salvo que tengas otra idea o conozcas a alguien tan desesperado que quiera compartir piso, no es de ayuda.
—Podríamos poner un anuncio en el periódico, ya sabes. Algo cómo: “Chica atractiva de veintiséis años busca compañero de piso” —dijo divertido.
La fulminé con la mirada.
—No me estaría ayudando.
—Bien, entonces… ¿algún otro plan para obtener dinero extra? ¡Ay, sí!
—Juro por dios que si dices de nuevo algo referido a Only Fans te asesinaré —la señalé con un dedo acusador y se limitó a alzar ambas manos en señal de inocencia.
—Claro que no. Solo pensaba en…
—Lavar coches semidesnuda tampoco es una opción, Kelly.
Rodó los ojos con frustración.
—¡No estás abierta a muchas opciones!
—¡Esa ni siquiera debería ser una opción!
Nos sostuvimos la mirada por un segundo antes de ambas rendirnos y beber un trago de cerveza, mientras sopesamos las pocas alternativas que me quedaron.
—¿Hablar con tus padres? —me tensé—. No lo sé, podrías comentarles la situación, quizás estarían preparados para ayudarte…
-No. No. No y no.
—Tiffany…
—Kelly la última vez que hablamos fue hace siete años. Antes de que ellos decidieran apartarme de la familia.
—Malditos —murmuró.
Me encogí de hombros, intentando restarle la importancia que de verdad tenía todo el asunto.
—Ya sabes, así funciona el orgullo herido de los Hamilton.
—¿Tu nana?
—No quiero decepcionar a la única persona que creyó en mí cuando todos se alejaron.
Kelly suspiró.
—¿Entonces qué? ¿Te rindes y ya?
—No se trata de rendirse o no, se trata de que no tengo dinero para vivir. —acerqué mi mano a la pila de papeles que había a un lado, entre ellos estaba el aviso de renta que debía pagar. Se lo enseñé y mi amiga lo leyó atenta—. El recorte de presupuesto empieza ahora, no en uno o dos meses. Si no puedo pagar este mes de renta estaré en la calle.
Fue en ese momento que mi amiga tomó noción de lo que decía, apartó los ojos del papel y los fijó en los míos antes de apretar los labios en una fina línea, negó con un gesto de cabeza demasiado efusivo.
—No pueden hacer esto.
—Claro que pueden —presioné las palmas de mis manos sobre mis párpados intentando pensar, en ir más allá de la última alternativa que me queda. De nada servía intentarlo, sabía muy bien lo que debía hacer—. Debo hablar con mis padres.
Kelly me descubrió con la botella de cerveza en sus labios y alzó una ceja.
—¿Les pedirás ayuda…?
—No, regresaré a casa. Viviré con ellos, admitiré que tienen razón…
—Espera, espera. Alto ahí —me dije con un dedo—. Ni se te ocurra siquiera pensar eso.
—No tengo otra opinión, Kelly. —acepté derrotada—. Debo disculparme, admitir mis errores y ya.
—Ay, sí. ¿Y qué es lo que admitirás, exactamente? ¿Qué no quisiste seguir sus pasos? ¿Qué creer que podrías vivir tu vida como tu la quieres y no como ellos la planearon fue un error? ¿Qué no puedes vivir sin su ayuda?
—¡Al parecer no puedo si terminaré en la calle!
Presionó los labios en una línea y me observó con los ojos entrecerrados, yo sabía que era una idea terrible pero era la opción única que me quedaba. Esta vez, Tiffany Hamilton no tenía alternativa más que regresar donde sus padres y admitir su derrota, prepararse para la sonrisa cínica de su madre y el “te lo dije” que de seguro estaba ansiosa por pronunciar.
No había ningun as bajo la manga.
—No harás eso.
—Claro que sí, no hay más opciones.
—Si las hay, tiene que haber.
—No las hay, Kelly. Ya no hay tiempo.
—Pero…
—Está bien, no es tan malo, después de todo —lo dije más para convencerme a mí pero era algo muy difícil— ¿Sabes? A mi hermano mayor parece que le está yendo, siguió el plan de vida de los Hamilton y ahora tiene su propio bufete de abogados.
—No es su propio bufete de abogados si tu padre lo consiguió.
Aparte la vista por la verdad de sus palabras. Mis padres habían planeado nuestra vida desde el primer momento, era una vida cómoda y de lujos, de seguro sin problemas de dinero, pero el precio a pagar era alto: dejar de lado nuestros sueños.
Cuando decidí seguir los míos tuve que aceptar las consecuencias.
—Ya está decidido, Kelly.
—No, no lo está.
—Kelly…
—No regresarás donde tus padres, Tiffany.
—¿Tienes alguna idea en mente acaso? ¿Hay algún plan del que no esté al tanto?
-Si.
La miré con desconfianza mientras una sonrisa se extendía en sus labios.
—¿Me dirías cual es?
Ahora sonreía como el gato Cheshire.
—Una cita a ciegas.