I. La mala música
Era la peor banda de covers que había escuchado en mi vida.
Si el vocalista hubiera podido desafinar más, lo hubiera hecho, aunque era obvio que estaba al límite.
A pesar de eso, Florencia, mi mejor amiga, estaba como hipnotizada mirando al chico que aullaba. Él era su crush desde los trece años, y su devoción por él no había disminuido en cinco años, incluso aunque ninguno había hecho ninguna clase de movimiento para acercarse al otro, sólo unos leves indicadores de “me gustas”, si es que se los podía llamar así.
Pero ahí estaba ella, embelesada, cantando lo que el otro intentaba.
Pienso que el vocalista es lo principal en la banda, porque arruina o mejora todo. En este caso, la batería y el bajo no estaban mal, con un extra en la guitarra, que era lo mejor; pero el cantante, EL CANTANTE APESTABA.
El amor era sordo, sin duda.
Aún así, fui arrastrada a un bar sin oponer resistencia alguna, un catorce de febrero, a ver bandas de octava, pero principalmente a Los pendencieros.
El nombre dejó de tener gracia, porque nunca había reído tanto en mi vida como cuando lo escuché por primera vez.
Era tan absurdo como sonaba. Más porque nunca habían tenido una pelea con nadie.
Los acordes de la guitarra terminaron para dar inicio a otra canción, y entrecerré los ojos cuando comenzó a cantar. Dios bendito.
Me acomodé en mi taburete y jugué con el posavasos de mi bebida. Había renunciado a una cita con mi novio para acompañarla y, a pesar de esos gritos de fondo, no me arrepentía; mejor esto que algo romántico.
—Esos fueron Los Pendencieros —anunció el presentador luego de lo que pareció una eternidad.
Una pequeña risa seguida de un carraspeo se me escapó. Supongo que todavía tenía gracia.
Florencia me dio un leve codazo antes de levantarse, y apuré lo que quedaba en mi vaso.
Hoy era la noche, finalmente le iba a pedir una cita. Ella estuvo juntando coraje toda la semana y prometió —a mí y a todos los dioses— que hoy se animaría.
Es que ya no quedaba tiempo. Las clases de la universidad empezaban el próximo mes y mantener una banda sería algo complicado. Yo no lo haría, al menos.
No es como si Florencia no hubiera tenido oportunidades antes, sólo que las dejó pasar. Y el chico era más tímido que ella, un círculo vicioso.
Por mi parte, quise ayudar, hacer una cita doble con ellos, incluso antes de conocer a mi novio, pero mi amiga se negó. Así que así estaban las cosas.
La seguí, esquivando a los presentes mientras los acordes de la siguiente banda daban inicio.
—Esta bien, Flor —dije a su espalda, casi gritando en su nuca—. Anímate.
Cuando llegamos a un lado del escenario, Los Pendencieros terminaban de guardar sus instrumentos, saludé con el «Hola» más fuerte que pude mientras Florencia se quedaba a mi lado.
Los cuatro levantaron la mirada, pero sólo dos correspondieron: el cantante y el guitarrista; los otros dos eran como ratas, apuraron lo que hacían y se fueron.
Casi se me escapó una carcajada. Siempre hacían lo mismo, no es como si mordiéramos.
El mal cantante también hizo lo típico: dejo lo que hacía y vino hacia nosotras.
Como algo rutinario, di unos pasos al costado, para dejarlos solos y el guitarrista me imitó.
Creo que ambos estábamos acostumbrados a eso. Quizá deberíamos atarlos o encerrarlos, pero creo que tampoco así harían algo.
Nos apartamos un poco, cerca de la pared a un lado de los baños.
—Hola, Casimira —me saludó.
Claro, porque parecía que nunca iba a olvidar el nombre falso con el que me presenté cuando se mudó a la ciudad y se convirtió en nuestro nuevo compañero de clase, en tercer grado.
—Hola, Perico —correspondí, porque yo nunca olvidaría su disfraz de perico en la fiesta de Halloween de sexto.
Sonrió y una gota de sudor corrió desde su oscuro cabello pasando por su mejilla izquierda hasta que la detuvo con el dorso de su mano.
Momento de silencio, porque en realidad no teníamos mucho de que hablar.
Aunque había algo que teníamos en común.
Como una persona que tocaba la guitarra como los dioses —fuera modestia—, podía admitir cuando alguien era bueno, y Benjamín lo era. El sonido, sus dedos y movimientos cuando estaba con la guitarra transmitían más de lo que se esperaba de una banda adolescente, y conocía muchas.
Yo había estado en la banda de mi hermano a los doce años como guitarrista y nunca había visto a alguien que tocara como Perico. Creo que verlo a él era un pequeño porcentaje de la razón por la cual acompañaba a mi amiga.
—Estuviste genial —admití. Y era la primera vez que se lo decía.
—¿De verdad?
—¿Por qué mentiría? Eres lo mejor de la banda.
Sonrió y agachó la cabeza, cuando me miró de nuevo, comenzó a decir algo, pero no terminó.
—Tú... —fue lo único que alcanzó a pronunciar antes de que apareciera mi amiga de repente y me sujetara del brazo.
—Buena presentación —llegué a decir antes de que ella me alejara.
—Vamos, Juli —pidió unos pasos más allá—. Vamos.
—Está bien, ya vamos —intenté calmarla.
Bueno, tal vez tendría otra chance.
De camino a la salida, había un oportuno vendedor: un tipo como a la mitad de los veintes con una vincha de corazones rojos flotantes gracias a alambres, y con el pelo enrulado llegando a su cuello.
—Chicas, lleven su pócima del amor y tendrán a quien deseen —prometió cuando pasamos frente a él. Levantó un dedo y nos señaló—. Sólo tiene que oler esta delicia y será suyo, o suya, pero sólo por un par de horas, eso es lo que dura su efecto.
—No la necesitamos —respondí.
—Oh, ya veo, una rompecorazones —se burló.
Nos detuvimos y estuve por contestar, pero mi amiga se adelantó:
—¿Cuánto? —quiso saber.
Me giré hacia ella para quejarme.
—Sólo 1000 pesos —dijo el vendedor, tomando una con la mano y tendiéndola—. Unas gotas serán suficientes para el romance.
—Flor, mejor invítame un helado —pedí, tomándola del brazo e intentando disuadirla.
Ella miró el pequeño frasco de vidrio con un líquido oscuro y luego al falso Cupido.
—Gracias, pero no —dijo, y continuamos nuestro camino fuera del bar.
Había ganado esa vez frente a Cupido, pero no por mucho tiempo.








