Más grande que tu arrogancia ⭐ISP⭐

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Summary

Lester Gay Veccio busca la perfección, Mónica defiende sus curvas con orgullo. Él es arrogante y calculador, ella auténtica y apasionada. El destino los enfrenta en el mundo de la moda, entre desfiles y prejuicios. Lo que comienza como rechazo se convierte en atracción irresistible. Un romance lleno de tensión, glamour y deseo que desafía los límites de la belleza.

Status
Complete
Chapters
33
Rating
4.6 10 reviews
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16+

Capítulo 1

Nada mejor que seleccionar tu mejor auto deportivo, subir lentamente mientras admiras y disfrutas de todos los detalles, justo antes de encenderlo… porque nunca te cansarás de hacerlo.

Dejándote seducir por el poderoso y sensual rugido de ese motor capaz de emocionar hasta a la más insensible de tus fibras, sintiéndote como el mejor corredor de la Fórmula Uno mientras ves las luces y los edificios pasar a ambos lados, con tal rapidez que, si no conocieras la ciudad, recorriéndola en este vehículo… tampoco la conocerías.

Porque lo que menos te interesa es ver a tu alrededor cuando la brisa fría choca y juguetea tan descaradamente con tu cabello, brindándote esa sensación de libertad y grandeza que no conseguirías nunca con nada más, ni siquiera con la más experimentada noche de placer.

Quizás, él solo estaba exagerando, lo cierto es que esa magnífica sensación podía experimentarla cómo, cuándo, dónde y por el tiempo que le diera la gana, sin sentirse atado a nada, sin responsabilidades añadidas, sin tener que esperar ni ir al ritmo de nadie. Puede que solo era un maldito egoísta, también un poco fetichista, pero hasta hoy esa era una de las muy escasas formas que Lester Gay Veccio conocía para sentirse vivo, dueño y señor de su propio universo.


Estacionó a su amado bebé de cuatro ruedas en su lugar privado, mientas ingresaba al club del cual era propietario, otro más de sus preciados juguetes en el que podía despejar su mente de todas las obligaciones que conllevaban ser el heredero de Grandness, el máximo emporio de joyas de lujo del país. De hecho, su club también llevaba el mismo nombre.

—¡Hi, Lester! —al entrar, y como siempre sucedía, no pasó mucho tiempo en que su imponente presencia fuera aclamada por quienes le conocían y envidiada por sus detractores, algo que le divertía.

—¿Qué tal una partida de pool? —escuchó a Fabián, uno de sus amigos… de sus muy pocos amigos en realidad, pero hasta ahora de los más confiables, invitándolo a lo único que consideraba era su talón de Aquiles porque, mientras otros jóvenes acaudalados, como él, preferían invertir sus millones en deslumbrantes casinos, inmensos clubes de golf o clásicos clubes de hipismo. Y los más aventureros, se arriesgaban a viajar por todo el mundo practicando deportes de alto riesgo, él se decantaba por lo que reconocía, su único derroche de nimiedad, su debilidad por el aludido juego de mesa en el cual su amigo lo invitaba a participar.

Y no se negaría porque justo a eso era a lo que venía, a despejarse, olvidarse de una importante decisión que pronto le tocaría tomar. Bernard, su padre, aún no había sido frontal con el tema, pero tal como se estaban dando las cosas y con Lance, su hermano mayor, enojando al viejo por todo… Conocía el frágil suelo sobre el que caminaba, lo suficiente, como para saber dónde pisar fuerte y dónde ir sobre puntillas.

Sonrió ladino y caminó en dirección al área del pool, la sección que más amaba de su íntimo y exclusivo club, porque era obvio que todo el lugar había sido ambientado a su imagen y semejanza.

Las imponentes mesas eran su máxima expresión, siempre tan atractivas con sus elegantes y macizos bordes de madera pulida, ofreciéndole el máximo confort y disfrute cada vez que Lester decidía demostrar a sus contrincantes cuán rápido podía vencerlos, haciendo alarde de su poderosa concentración, rapidez de cálculo y especialmente de sus nervios de acero.

Y si algunos ya lo odiaban con solo verlo llegar. Verlo partir satisfecho, con el triunfo entre las manos mientras se divertía pateando el orgullo de sus oponentes derrotados, digamos que… esa actitud le había garantizado un sitio en aquel infierno al que tantas veces sus detractores solían mandarlo.

—Hola, guapo. ¿Me extrañaste? —detalló a la mujer que se acercaba seductora mientras él, en completo silencio, recubría la suela del taco con tiza.

Ni siquiera la recordaba, ni hablar de extrañarla.

Para Lester era una fórmula sencilla: Recordar algo era inversamente proporcional a quedar impactado por ese algo. Si eso no sucedía, era mejor borrar el anterior ejercicio, cambiar la estrategia e intentar volver a realizarlo porque, sin dudas, había un error en los cálculos.

—No —respondió cortante, dejando a la fémina sin habla por un instante mientras él volvía a concentrarse en la mesa.

«No», una palabra tan simple, pero tan útil que, de un zarpazo, le quitaba de encima todo el desfile de interrogantes que de seguro venían detrás de esa estúpida pregunta.

«¿Por qué algunas personas no entendían que si alguien de verdad las extrañaba haría hasta lo imposible por buscarlas?».


Al otro lado de la ciudad.

—¿Qué le pasó? —fue lo primero que Mónica preguntó a la mujer llorosa y con ropas ensangrentadas que entró corriendo a su consultorio mientras sostenía entre sus brazos a un pequeño cachorro de rottweiler.

—Se escapó de mi jardín y otro perro más grande lo atacó. ¡Por favor, Doctora! ¡Salve a mi cachorrito!

—¿Hace cuánto sucedió el ataque? —sin perder tiempo le señaló la camilla para que depositara allí al paciente.

—Como 15 minutos, doctora, vivo cerca de aquí.

—Esther, el ultrasonido —indicó a su auxiliar al mismo tiempo que evaluaba el pulso y la dilatación de pupilas del agónico paciente, revisaba externamente en busca de traumas y preparaba una línea para administrarle oxígeno.

Luego se dirigió a la afligida propietaria del cachorro.

—Voy a sedarlo para proceder a una revisión más exhaustiva, debemos descartar hemorragias internas, será mejor que espere afuera —la mujer, en medio de su conmoción, dudó en dejar a su pequeña mascota, por lo que Esther intercedió para tranquilizarla.

—No se preocupe, el cachorro está en las mejores manos, le informaremos de cualquier eventualidad.


Por suerte, la dueña del rottweiler logró movilizarlo rápidamente hasta la clínica, por lo que sus heridas fueron tratadas con la premura y profesionalismo necesarios para salvar la vida del pequeño cuadrúpedo.

Una vez estabilizado el paciente, Mónica se dirigió a la mujer que esperaba ansiosa, caminando de un lado para otro.

—Hemos tratado todas las heridas, la mayoría de ellas no generaban un mayor riesgo, excepto una, muy penetrante, que comprometió algunos vasos sanguíneos. La hemorragia ya fue controlada, pero debemos mantenerlo en observación por al menos 24 horas mientras le aplicamos un tratamiento con antibióticos para evitar cualquier posible infección, pero puede estar tranquila, estimo que su mascota se repondrá muy pronto.

La mujer al fin pudo relajar su semblante, no sin antes agradecer varias veces a la eficiente veterinaria y a su simpática auxiliar.

—Por favor, acompañe a Esther para que levante la historia clínica y reporte el ingreso del paciente.


Una vez que en el consultorio veterinario todo volvió a la normalidad, Mónica recibió una llamada que le hizo dar saltos y, de haber podido hasta volteretas, de toda la felicidad que le invadió.

—¡¡GayVeccio!! —gritó tan cerca de los oídos de su asistente que por poco la deja sorda— ¡¡No lo puedo creer!!

—Cálmate, por favor —replicó Esther, rodando sus ojos, de lo más lacónica e incrédula posible.

—¿Me has escuchado? ¡Asistiré a un casting para un desfile de GayVeccio! —repitió enfatizando palabra por palabra, como si de verdad hiciese falta— ¡Dios, siento que me va a dar algo! —abanicaba su rostro con ambas manos, sin dejar de saltar ni de sonreír.

—¿Recuerdas lo que sucedió en el último casting? —la pregunta borró de un zarpazo la gran sonrisa que se había dibujado en el rostro de la joven veterinaria.

—Bien lo dijiste… Último casting, del tiempo pasado, perdido y olvidado. Estoy hablando de un nuevo casting, una nueva oportunidad… mañana, futuro. ¿Eh? ¿Si lo captas? —Esther suspiró mirándola con un claro gesto de «¿cuál es la diferencia? El resultado será el mismo de siempre».

Mónica le dio la espalda para ir al baño, adoraba a su amiga y asistente, pero algunas veces era tan cerrada, una mujer de tan poca fe que pecaba de negativa. Se detuvo unos segundos frente al espejo, mirándose completa, detalle a detalle, lo había hecho tantas veces que juraba que podía dibujarse a sí misma hasta teniendo sus ojos vendados. Sentía que podía replicar cada lunar de su cuerpo, cada pequeña marca de nacimiento, alguna que otra marca dejada por las travesuras de su niñez, el color exacto de su piel, sus pupilas, su cabello, sus medidas.

Eso último, su mayor dolor de cabeza, sabía que no correspondían con el estándar del mercado en el que ella ansiaba incursionar desde que era una niña, pero no sería ni la primera ni la última en intentarlo. Podía recitar de memoria los nombres y nacionalidades de muchas mujeres valientes, con sus mismas proporciones corporales, que habían triunfado en la industria del modelaje.

«Entonces, ¿por qué tendría que ser diferente con ella? ¿Qué le faltaba? ¿Osadía? ¿Pasión? ¿Dedicación? Ella poseía todo eso y hasta un poco más». No se consideraba una mujer fea o desproporcionada, para ella no existían tales términos. «¡Por Dios! Si el mundo estaba tan lleno de formas, colores y esencias. ¿Por qué conformarse con solamente un poco de ellas?».

No lo entendía y en el fondo tampoco le interesaba hacerlo. Lo único que Mónica tenía claro, lo único que le importaba en ese momento, a pesar de la poca fe que tenían muchas personas a su alrededor, era que ella mañana asistiría al casting de GayVeccio. No había poder humano que la hiciera desistir y cambiar de opinión.

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