Brazas de amor

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Summary

En los sórdidos callejones de la ciudad, un joven de moral altamente dudosa se encontró atrapado entre las garras de la corrupción y la violencia. A su alrededor, dos mafiosos despiadados acechaban con sonrisas maliciosas en sus rostros. Le habían encomendado una tarea, una misión que prometía alterar el curso de su vida para siempre. Pero, ¿seria para mejor? El destino estaba a punto de tejer una red de decisiones y consecuencias, envolviendo al joven en un juego peligroso donde cada paso podría desencadenar su perdición o su redención.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

ᕙ✧*.✿.*✧ᕗ


Primavera de 1845



Las palabras susurraban ominosamente desde las sombras, envueltas en el humo viscoso de un habano consumido con avidez. El aire espeso se enredaba en torno a ellos, oscureciendo la tenue luz que se filtraba entre los pliegues de sus siniestros trajes. El hombre corpulento, cargado de exceso, pronunció lentamente cada sílaba con un tono que resonaba como una advertencia velada.


— Tenemos una encomienda para ti, muchacho —su voz se deslizó, envuelta en un halo de misterio y amenaza, mientras exhalaba el humo viciado que se desvanecía en el aire. Miró a su lado, el hombre más delgado, una figura espectral quien permaneció en silencio, sus ojos penetrantes parecían sondear los rincones más oscuros del alma. El traje que lo envolvía parecía una segunda piel, ajustado y amenazante, como si fuera una armadura destinada a ocultar secretos inconfesables.


La atmósfera se espesaba, impregnada de una inquietud palpable, mientras el eco de aquellas palabras ominosas resonaba en el ambiente. No había escapatoria, la sombra de su encargo se cernía sobre el muchacho, aprisionándolo en una telaraña de intrigas y peligros que amenazaban con desentrañar su existencia. Las siluetas tenebrosas se alzaban ante él, guardianes de un destino incierto y aterrador. La encomienda estaba tejida con hilos invisibles, envuelta en el velo del misterio. Y así, el joven quedó atrapado en el embrujo de dos hombres que parecían ser marionetas de una fuerza oscura, cuyas intenciones permanecían ocultas, esperando su momento para manifestarse.


— ¿No se supone que ustedes tendrían que hacer eso? Digo, ese es trabajo de mafia —replicó el joven de veintitrés años, tenían cabellos castaños ondeaban como llamas inusuales, mientras sus ojos de la tonalidad de la miel resplandecían con una intensidad inquietante. Encogiendo los hombros con desdén, parecía inmune a la oscuridad que se cernía sobre la conversación— No voy a hacerlo, me niego rotundamente a derramar la sangre de los inocentes —bramó con una indiferencia desafiante, sus palabras llenas de una determinación imperturbable mientras se preparaba para levantarse de la sombría mesa del tétrico bar.


El ambiente se tornó tenso, como si la realidad misma temblara ante la negativa audaz del joven. El silencio se endureció, suspenso en el aire enrarecido por el aroma a peligro que flotaba a su alrededor. Los murmullos clandestinos parecieron congelarse, mientras el joven desafió se erguía, un bastión de rebeldía contra el destino impuesto. La mirada de aquellos que lo rodeaban se deslizó sobre él, mezcla de asombro y advertencia. El resplandor en sus ojos revelaba una pasión inquebrantable, un fuego interno que se negaba a ceder ante los oscuros designios de la noche. Enfrentaba a la sombra de la violencia sin titubear, desafiando a aquellos que esperaban su sumisión.


Antes de que el joven pudiera liberarse de la mesa, el hombre delgado, ágil como una sombra, se abalanzó sobre él, asiendo su hombro con una fuerza inesperada. Sus dedos parecían garfios helados, clavándose en la carne del joven como recuerdos de una sujeción implacable. Con una mirada lúgubre, sus ojos penetrantes irradiaban un aviso silencioso de las consecuencias que aguardaban. El hombre corpulento, ahora en posición de autoridad, se acomodó en su asiento con una majestuosidad ominosa. Su presencia pareció llenar el espacio, su figura inflada por el poder y el peligro que emanaban de cada uno de sus poros. Los pliegues de su traje oscuro se tensaron, como si la propia tela estuviera a punto de reventar bajo la opresión de sus ambiciones siniestras. El aire se enrareció, cargado de una tensión palpable, mientras el hombre delgado tiene su firme agarre sobre el joven, inmovilizándolo contra la superficie de la mesa. El silencio se adueñó de la estancia, solo interrumpido por la respiración entrecortada y los latidos acelerados que resonaban en los oídos de todos los presentes.


El hombre gordo se preparó para hablar, su voz reverberando con una autoridad intimidante. Cada palabra era una sentencia en sí misma, susurrada con la frialdad de un verdugo que conocía muy bien su oficio.


— No es tu decisión negarte —ruñó, su voz se arrastró como un viento gélido a través de un cementerio abandonado— La sangre debe ser derramada, y tú, muchacho, eres una pieza clave en nuestro juego sombrío. Tu rechazo solo mejora la factura que deberás pagar y... Dudo mucho que tu hermana merezca tal destino ¿Cierto? —Las palabras se deslizaron como serpientes venenosas, volviendo al joven en una telaraña de fatalidad. Era prisionero de un destino que no había buscado, atrapado entre las garras implacables de aquellos que habían decretado su papel en esta macabra danza.


El rostro del joven se desvaneció de color en un parpadeo, su tez adquiriendo un tono pálido y cadavérico. ¿Qué diablos tenía que ver una niña en sus asuntos oscuros? Apenas contaba con diez años, una inocencia que yacía en las profundidades de su mirada. Maldijo el fatídico momento en que había ingresado a aquel sombrío bar, atrapado en las redes siniestras de una encomienda de la mafia. La promesa tentadora de riquezas futuras se desvanecía, despojada de todo valor ante la grotesca realidad que se reveló ante él. La niña, un ser frágil y vulnerable, se cernía como un espectro inoportuno en medio de la trama oscura. ¿Cómo había llegado a este punto? Los hilos de su destino se habían enredado de manera retorcida, y ahora estaba atrapado en una telaraña mortal de la cual no podía escapar.


El joven sintió un nudo en su estómago, una mezcla de repugnancia y desesperación. El sabor amargo del engaño se instaló en su boca, y la traición envolvía cada pensamiento. Se había dejado seducir por las ilusiones de poder y riqueza, cegado por la codicia que serpenteaba en su corazón. Pero ahora, mientras la niña inocente emergía en su tormento, las ganancias prometidas se convertían en cenizas en su boca. Las pautas impuestas por la mafia eran grotescas y macabras. Las líneas que habían cruzado se extendían hacia un abismo tenebroso, demasiado profundo para que su conciencia soportara. El precio que tendría que pagar por sus acciones estaba lejos de ser justificable, y su alma se estremecía ante la oscuridad que se cernía sobre él. En lo más profundo de su ser, el joven sabía que no había escape. Estaba atrapado en la telaraña de la mafia, y cada paso que diera hacia la luz solo lo sumergiría más en la oscuridad implacable que lo rodeaba.


—E-está bien... —susurró el joven con voz entrecortada y renuente, su rostro mostrando una mueca de disgusto mientras su entrecejo se fruncía con furia contenida. Cerró sus manos en puños apretados, sintiendo la tensión acumulada recorrer cada uno de sus músculos, era como si las cadenas de su destino se estrecharan aún más, aprisionando su espíritu en una jaula de desesperación.


Una sonrisa retorcida se perforó por los rostros de los hombres, como una manifestación perversa del alivio que los embargaba. Sus labios se curvaron en una expresión siniestra y tétrica, revelando dientes afilados como navajas ocultas en la oscuridad. Aquella sonrisa, más que un gesto de satisfacción, era un reflejo macabro de los deseos más viles y perturbadores que habitaban en sus almas corrompidas. El destino del joven se sellaba en ese momento, teñido con tintes carmesíes y envuelto en un velo de desesperación. El alivio de los mafiosos era el presagio tenebroso de un sufrimiento inminente, una ejecución maquinada por mentes retorcidas y corazones corrompidos. La sonrisa siniestra se desvaneció, pero su huella persistió en el aire, impregnando la escena con una oscuridad inquietante. Los hombres habían encontrado en aquel joven una marioneta dispuesta a bailar al son de su malicia, y ahora, la tragedia se desplegaría en un macabro espectáculo de terror.


—No te preocupes, chico... —susurró el hombre delgado con una voz rasposa y ronca, que resonaba como el eco de un lamento eterno que estremecería a cualquiera— Vas a tener tu merecida parte de la fortuna Campbell —era una promesa tentadora, envuelta en el velo seductor de una riqueza ilícita, pero la sombra que acechaba detrás de ella era indiscutible.


El joven sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras contemplaba al hombre delgado. Sus ojos, como pozos sin fondo, destilaban una astucia maligna, una astucia que jugaba con las almas y se regocijaba en la desgracia ajena. La mención de la fortuna Campbell, cargada de un poder oscuro y un destino torcido, despertó tanto la codicia como el temor en lo más profundo del joven. La promesa de riquezas era un canto de sirena, tentándolo hacia un abismo desconocido. ¿Qué precio tenemos que pagar por su supuesta parte de la fortuna Campbell? ¿cuántas almas perdidas y actos abominables se ocultaron tras aquel legado maldito? La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta, pero la mirada penetrante del hombre delgado lo invitó a descubrirlo por sí mismo.


El joven se vio atrapado en un dilema sin salida, una encrucijada donde su voluntad era aplastada por la presencia amenazante de su hermana menor, su único lazo de sangre en aquel mundo despiadado y miserable. La vida de la pequeña pendía de un hilo, un hilo que se desvanecería si él se atreviera a desafiar a aquellos oscuros poderes. La carga de proteger a su hermana, de ser su único salvavidas en un océano de crueldad, se hundía en su pecho como una losa de desesperación. Había pensado en sacrificarse, en ofrecer su propia vida para salvar la de ella, pero el frío abismo de la soledad que la esperaría era demasiado doloroso de contemplar.


El robo en la mansión Campbell y el asesinato de la joven heredera, así como cualquier alma que se cruzara en su camino, marcarían el clímax de los pecados que el joven cometería en su existencia. La oscuridad se cernía sobre su conciencia, amenazando con devorar la última brizna de su inocencia y arrastrarlo a un abismo de culpabilidad insondable.


Ambos hombres se acercaron al joven con una mirada penetrante y siniestra. Sus instrucciones, pronunciadas con un tono gélido y despiadado, resonaron en sus oídos como una sentencia dictada por fuerzas malignas. La voz del hombre delgado, rasgada y amenazadora, delineó el macabro plan que debía ejecutar, las indicaciones eran claras y escalofriantemente específicas. El joven tenía exactamente una semana para infiltrarse en la mansión Campbell y arrebatarles la fortuna a aquella familia. Pero no solo eso, también debía entregarles el cuerpo inerte de la joven heredera como una prueba inquebrantable de su éxito. El silencio de la muerte se convertiría en la garantía de su cumplimiento. La mansión se alzaba como un sepulcro majestuoso, guardando en su interior los secretos y las esperanzas marchitas de aquellos que habían habitado sus muros. Segun decían los rumores, la joven, abandonada por sus hermanos años atrás, había quedado atrapada en el desamparo, cuidando de la casa como una guardiana solitaria, esperando en vano el regreso de quienes habían dejado atrás.


El joven sintió un nudo en el estómago mientras absorbía cada detalle de las instrucciones. La semana que se extendió ante él se convirtió en un abismo de tiempo, donde cada segundo sería una prueba de su valía y una condena a su humanidad. El peso de la responsabilidad aplastaba sus hombros, pero sabía que no podía permitirse flaquear. Las imágenes de la joven heredera y sus hermanos danzaban en su mente, recordándole la tragedia de sus vidas entrelazadas. La víctima y los verdugos, todos atrapados en un destino marcado por la traición y la desesperación. Mientras el joven se preparaba para adentrarse en aquel sombrío reino, una duda asaltó su conciencia: ¿qué había llevado a los hermanos a abandonar a su propia sangre?


La noche envolvió su figura como un manto oscuro mientras se acercaba sigilosamente a la mansión Campbell. Cada paso que daba resonaba con el eco de su propia intranquilidad, una melodía disonante que solo los culpables pueden percibir. Sus ojos escudriñaron cada rincón, cautelosos de cualquier mirada indiscreta que pudiera acechar en la oscuridad. El portón, majestuoso y amenazante, se erguía como un guardián silente entre el mundo exterior y el reino de pesadilla que aguardaba más allá. El joven tomó un instante para asegurarse de que ningún par de ojos curiosos observara su intrusión. La paranoia se enredaba en sus pensamientos, sus sentidos agudizados por el temor de ser descubierto. Con una destreza nacida de la necesidad, escaló la reja que custodiaba la entrada, sus manos temblando por la combinación de adrenalina y temor. Un salto calculado lo llevó a un sendero de guijarros que serpenteaba entre la espesura de la noche. Cada paso que daba en ese camino incierto era un pacto con la sombra, un compromiso con la oscuridad que lo rodeaba. La angustia se mezcló con su determinación, convirtiendo sus pasos en una danza macabra sobre la línea que separó la vida y la muerte. Cada susurro del viento se convertía en un eco siniestro, como si las propias sombras lo observaran con ojos malévolos.


No podía negar la belleza inquietante de la mansión que se alzaba frente a él, una joya arquitectónica envuelta en misterio y elegancia. La gran puerta de la mansión Campbell parecía desafiarlo, como un guardián implacable que custodiaba los secretos más profundos de la familia. El joven, con manos temblorosas, exploró los contornos de la fachada en busca de una entrada más accesible, un punto débil en la fortaleza que tenía ante sí. Las ventanas, con su vidrio opaco y sus marcos envejecidos, parecían llamarlo en un susurro seductor. Eran las invitaciones ocultas a un mundo de sombras y pesadillas, los ojos abiertos hacia el interior de la mansión. Sin embargo, aquella belleza lúgubre ocultaba la promesa de un peligro inminente. Con habilidad y sigilo, el joven, de complexión delgada pero atlética, se erguía imponente en su altura de poco mas del metro ochenta. Había perfeccionado su destreza en el arte del robo, convirtiéndose en una sombra ágil y sigilosa que se deslizaba por el abismo de la noche. Sus músculos tensos y trastornos eran testigos de innumerables hazañas en las que la discreción era su aliada más fiel. Escaló hasta alcanzar la ventana más accesible. Sus manos se aferraron al marco con una intensidad casi desesperada, mientras se preparaba para adentrarse en ese abismo en miniatura. Un último vistazo al exterior, donde la luna se escondía tímidamente entre las nubes, y se lanzó hacia adentro, dejando atrás la seguridad del mundo exterior.


Con manos hábiles y dedos que bailaban con maestría, abrió la ventana con una precisión quirúrgica. Como un felino acechando a su presa, se deslizó sin hacer el más mínimo ruido hacia el interior de la habitación, asegurándose de cerrar la ventana tras de sí con la delicadeza de un suspiro sepulcral. La oscuridad reinante en la estancia se convirtió en su manto protector, ocultando sus movimientos y envolviéndolo en un abrazo tenebroso. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, alerta ante cualquier indicio de peligro que pudiera surgir. Sus sentidos se agudizaron, captando el más mínimo sonido o indicio de movimiento en el ambiente. Con pasos silenciosos como el vuelo de una lechuza nocturna, el joven avanzó por la habitación, sorteando muebles y sombras con una destreza innata. Cada movimiento estaba imbuido de una coreografía mortal, ejecutada con precisión milimétrica para evitar ser descubierto.


El joven, inmerso en la oscuridad, intuyó que había evitado a la servidumbre, un giro de fortuna a su favor. Con paso decidido, se aventuró aún más en las entrañas de la mansión, abrazado por las sombras que danzaban a su alrededor. Fue entonces cuando, en medio de la penumbra, una figura se perfiló ante sus ojos, acercándose a él con cautela. La silueta, de baja estatura y aspecto infantil, parecía haber emergido de un mundo de pesadillas.


El corazón del joven se detuvo por un instante, y una ráfaga de escalofríos recorrió su columna vertebral.


— H-hola, niña —murmuró el joven con un tono entrecortado al vislumbrar en la penumbra a una misteriosa figura femenina, de semblante juvenil que parecia no tener mas de quince años con cabellos dorados que caían suavemente sobre sus hombros— No deseo moles...


La joven, con una destreza sorprendente, se abalanzó sobre la figura de cerámica que yacía como adorno en la estancia. Sin titubear, la agarró con fiereza y la hizo estallar en mil pedazos contra la cabeza del joven. Un sonido sordo y macabro resonó en el aire, mezclándose con el gemido del dolor que escapó de los labios del muchacho, quien cayó al suelo en un torbellino de aturdimiento.


— Siempre es igual, esos vagos tratando de robarnos —dijo la joven, sumida en una mezcla de enojo y determinación, dejó escapar un suspiro frustrado mientras arrastraba con esfuerzo al individuo por el suelo. Sus palabras resonaron en el aire con una furia contenida, revelando una profunda animosidad hacia aquellos que intentaron arrebatarles lo que les pertenecía— Estoy segura de que este maldito va a volver.


No tardó en despertar, con un gran dolor en sus partes nobles. Se incorporó con una mueca de dolor en su rostro y las manos tapando sus gónadas y no tardó en notar que estaba donde había empezado, fuera de la mansión.


El joven, emergiendo de las profundidades de la inconsciencia, luchó contra la marea del dolor que lo invadía. Su rostro contorsionado reflejaba el tormento que afligía su cuerpo maltrecho. Con un esfuerzo sobrehumano, se reincorporó, tomando por completo desprevenida a la joven que lo arrastró sin tregua. Un destello de determinación y desafío iluminó sus ojos, atravesando la neblina de agonía que lo rodeaba. Como una fiera herida que se levanta para enfrentar a su cazador, el joven alzó su figura con una fuerza recobrada. Sus músculos tensos y su mirada desafiante transmitirían una determinación que desafiaría todas las expectativas.


La chica, sorprendida por la rápida recuperación del joven, retrocedió un paso vacilante, sus ojos amplios reflejando una mezcla de sorpresa y cautela. No esperaba tal resiliencia en su atacante, y se vio momentáneamente desarmada ante su repentina resistencia.


— ¿Acaso tienes eres de piedra? deberías estar inconsciente —bramó la chica, tratando de mantener una fachada de fortaleza, aunque en su interior se encontraba sumida en un mar de temor y angustia.


El joven captó en la voz de la chica un atisbo de vulnerabilidad oculta tras su máscara de bravuconería. Sus palabras ásperas resonaron en el aire, pero él fue capaz de percibir la fragilidad que yacía en el fondo de su ser.


— ¡Me han golpeado con cosas mucho más duras, niña! —exclamó el joven de cabellos castaños con una mezcla de enojo y desaprobación en su mirada— ¿Que mierda te pasa?


La chica, con su semblante desafiante pero con un brillo de vulnerabilidad en sus ojos, se vio impactada por la respuesta del joven. Aquellas palabras impregnadas de rabia no lograron ocultar por completo el destello de compasión y entendimiento que asomaba en su interior.


En medio de la tensión y el choque de voluntades, se desató una extraña conexión entre ambos. El enojo y la desaprobación se transformaron en una danza delicada entre el fuego del desacuerdo. Sus miradas se encontraron en un instante eterno, revelando una chispa de entendimiento más allá de las palabras pronunciadas.


— No espero que individuos como tú comprendan —le reprochó, su voz cargada de enojo, mientras posaba ambas manos en sus caderas, adoptando una postura desafiante— Sal de mi vista en este preciso instante.


La energía tensa que flotaba en el aire parecía dar forma a una danza de rivalidad y fascinación. La chica, con su mirada llena de fuego y su postura desafiante, buscaba afirmar su autoridad y protegerse de cualquier amenaza externa. El joven, aunque desafiado por su actitud, no pudo evitar notar el destello de valentía y fortaleza que se ocultó tras su aparente dureza. A medida que la observaba, una chispa de curiosidad y admiración comenzó un arder en su interior pero no podía sacarse de la cabeza a que habia ido allí realmente.


El joven se detuvo un instante y reflexionó sobre la situación en la que se encontró. Sabía que debía analizar cada detalle cuidadosamente si quería llevar a cabo la encomienda que le habían asignado. Había arriesgado demasiado y no podía permitirse el lujo de fracasar. Con determinación en sus ojos, comprendió que era imperativo para él trazar un plan meticuloso. Necesitaba alejarse temporalmente de aquella chica y encontrar un espacio donde pudiera tener y trazar estrategias para completar su misión.


— Bueno... —susurró el joven con voz entrecortada, sintiendo cómo la incertidumbre se aferraba a sus palabras.


La chica lo miró estupefacta, sus ojos reflejaban sorpresa y desconcierto. No esperaba aquella respuesta y no sabía cómo interpretarla. En ese instante, el tiempo pareció detenerse, creando un silencio abrumador entre ellos. El ambiente se cargó de una tensión palpable, como si el destino estuviera suspendido en el aire, esperando una decisión que podría cambiarlo todo.


La chica rompió el silencio, su voz temblorosa pero llena de curiosidad:


— ¿Cómo que "Bueno"? Que osadía el mentirme en mi propio territorio.


— No, soy honesto —le dijo con una sonrisa en su rostro, pero sus ojos reflejaban una tormenta interna.


La chica quedó paralizada por un instante, mirando su figura alejarse con desconcierto y una mezcla de desilusión. Trató de encontrar una explicación en sus ojos, en su expresión, pero todo lo que vio fue la determinación de alguien que se alejaba de algo peligroso. El joven avanzó con paso firme, tratando de mantener la compostura.


— ¡Espera! —exclamó la chica, su voz temblorosa pero llena de determinación, llamando la atención del joven alto y haciendo que él se detuviera. Sus ojos se encontraron en un instante cargado de interrogantes y anhelos—. Respóndeme, ¿quién eres?


— ¿No lo había dicho? Soy un vago —le respondió con desinterés y calma, dejando entrever una pizca de oscuridad en sus ojos— Pero tú, niña, ¿quién eres?


— Yo no soy una niña. Me llamo Madelaine —replicó con firmeza, desafiando la condescendencia impuesta en la palabra "niña" mientras se aferraba a su propia identidad.

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