LA SALA
En algún lugar del mundo
La llave para abrir el salón de incubadoras no era una llave en sí, era un lector óptico y solo unos cuantos seleccionados podían ingresar. Gabriel observó con atención el entorno. No podía calcular cuántas incubadoras había en el lugar, porque se perdía la cuenta de tantas que eran. Todas, absolutamente todas, ocupadas por embriones humanos —al menos en apariencia— en las últimas semanas de gestación, suspendidos en un líquido semitransparente. Se preguntaba para qué querían todos esos embriones, qué pretendían hacer con ellos y cuál, además de la obvia, era la diferencia entre ellos y un niño normal. ¿Acaso estaban manipulando su información genética? ¿Poseían algún superpoder? ¿O solo estaban programados para seguir ciertas órdenes? Cómo entró ahí no era lo importante, aunque apostaría a que todos querrían saberlo. Un fallo en el sistema. Uno que creyeron era infalible, pero ahí estaba y si lograba salir, el video que estaba capturando ahora, circularía pronto en todo internet y la gente sabría de la fábrica de bebés más grande y siniestra del mundo.
El Vaticano
En medio de risas y cordialidad fingida, obispos, cardenales y el mismísimo Papa, devoraban exquisitos platillos. Lo más selecto y costoso que el mundo podía ofrecer. Una ofensiva opulencia se respiraba en forma de costosos perfumes personalizados; de joyas, hechas con oro puro y diamantes incrustados, que adornaban los dedos de los «representantes de Dios sobre la tierra», dejando en evidencia qué, eso de la humildad y los votos de pobreza, se la dejaban a los bajos estratos de su congregación. Sor María Inmaculada fungía en ese momento como mesera, sirviendo a los altos mandos de la iglesia católica qué, en su calidad de fémina, era considerado su deber. Carnes, quesos, vegetales y hasta hijas de oro comestible, disfrutaba aquel grupo de ancianos asquerosos, pervertidos y diabólicos. Pero Sor María Inmaculada del Divino Corazón de Jesús, no podía ni debía rebelar nada de lo que ahí se hablaba, se planeaba y hasta se deglutía. Primero, porque su vida estaba comprometida al servicio, al sacrificio, y a un voto de silencio eterno, qué, para evitar qué se rompiera, se le habían retirado quirúrgicamente la lengua y las cuerdas bucales. Segundo, porque nadie le creería, la tacharían de loca y de traidora y era difícil saber cuán largos eran los brazos del poder de la Santa Sede. Y tercero, lo que sabía era tan horrible, tan nauseabundo, tan monstruoso, qué acabaría con la inocencia de mucha gente. Así como esos vejetes inmundos se habían dedicado por siglos a acabar y consumir la de miles de criaturas indefensas alrededor del planeta. Si tan solo esa gente que se reunía los domingos para la misa, supiera lo que estaban comiendo ahora... Dios no estaba ahí, nunca lo estuvo y a ellos, les convenía que así fuera.
Algún lugar de Latinoamérica
La joven señora sacó los treinta pesos qué costaba la soda de cola de tres litros y se lo dio a su pequeño hijo de ocho años para que fuera por ella para acompañar la comida del medio día, en lo que ella acababa de cocinar. Las tortillas de maíz se inflaban ya sobre el comal y era tiempo de voltearlas. El niño corrió contento abrazando el envase retornable hasta la tiendita de la esquina. Solo eran unos pasos los que debía caminar hasta el puestecito de doña Lupe...pero nunca llegó. Un sujeto en un vehículo lo interceptó, cubrió su boca y lo subió a la fuerza en una van repartidora. Estaban cerca de una tienda, nadie sospecharía de la camioneta de un proveedor de golosinas, aunque si lo hacían, poco importaba; estaban preparados para abrir fuego en contra de quien se opusiera, en cualquier momento. Era una colonia de las llamadas «populares», llena de gente pobre, qué ganaba el salario mínimo o menos, y de niños a los que, por más qué buscaran o chillaran por la ayuda del gobierno, jamás volverían a ver.








