1
"¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú."
Arrastró los pies, porque esa alma fragmentada no podría, se deslizó silencioso por la piedra húmeda del calabozo. Su envergadura proyectó sombras por las paredes sudadas de sangre y agua putrefacta del pozo. Manejó la varita en una pobre representación de director de orquesta, porque tampoco tenía sentido de la música y compás, pero tenía algo mejor, mucho mejor que todo lo ambicionado desde su infancia desdichada.
—¿Y tú me lo preguntassss? —se cernió sobre el cuerpo desnudo del muchacho y partió su cadavérico rostro en una suerte de sonrisa afilada—. Por el poder, el arte y la maessstría que te conduce al poder. Que de él extraigo resspeto y temor, ssabiduría y complacencia. De él me ssirvo para dessspejar las mentesss obcecadas de ideas erróneas, de él me alimento y surjo. En él he hallado dicha, ssatisfacción y dessssseo. Y la poessía de la magia me ha llevado hasta este momento... Hassta ti. Que lo que nunca hallé en la mirada altiva y temerosa de tu padre, lo encuentro en cada lágrima, ssollozo y dessssconsuelo de tu boca, y lo que él no conssservó para sí que tanto anhelo porque no lo tengo, lo encuentro en tu mirada. Poessía esss el poder, es la capacidad de gobernar... Poessía es el dolor. Es tu cuerpo entregado con ternura y es la sangre que empaña tu piel blanca.
Draco se estremeció agotado y frio, encogido entre la paja maloliente de esa esquina inmunda en donde ya llevaba trece días.
Voldemort.
Apenas un muchacho que no sabe ni lo que quiere. Eso mismo pensé al conocer a Draco Malfoy, heredero único de esa ilustre familia. Era una copia exacta de su padre, otrora un joven y bello mago de facciones aristocráticas y barbilla altiva. Todo en él me sacudió por dentro, despertó mi deseo más oscuro hasta que me detuve lo suficiente en sus ojos. Pronto perderían esa inocencia moribunda producto de un mundo cruel y vasto. Pero donde el padre perdió mucho antes incluso de casarse, el hijo no lo había perdido pese a los horrores vividos. Su cabello caía en cascada por los hombros tensos, parecía sangre de unicornio bañada por la aurora. Se mordía los labios, apenas un gesto inadvertido de su nerviosismo y preocupación. Las dentelladas disimuladas a su carnosa piel de la boca llamaron mi atención, enrojecía brillante por el medio, dándole un aspecto jugoso y opulento. Labios inocentes aún...
Su piel resplandecía perfecta y sin muescas, bruñida como la vajilla más atendida de la familia Real. Se vislumbraba polvos de talco, hasta que al acercarte te dabas cuenta de que era el aspecto natural de su textura aterciopelada. Sus pestañas se extendían largas y espesas como enamorados asomándose al balcón para besarse. Así besaban ellas sus pómulos definidos y altos, así besaban el contorno de los ojos gachos abrumados ante mi presencia, así besaban el aire enrarecido entre jaleos de mortífagos y así me besaban a mí, con cada pase huidizo de mirada turbada.
Su timbre de voz falló, claro que para un muchacho de quince años, difícil era pedirle que combatiera los estragos de la adultez. Existía un tono pomposo, teatral y afectado de maneras exageradas que distorsionaba con lo que se percibía. Imitaba a su padre, y resulta que Lucius era inimitable, incluso para mal. Si me acercaba demasiado y le preguntaba directamente, el timbre cambiaba a uno tímido, de curvas redondeadas y contenidas. Ese podría ser uno de sus muchos timbres que usaría para mí. Si le alzaba el mentón con mi dedo raquítico, percibía sus estremecimientos de repulsa y miedo. Ahí, en ese instante, su mirada cristalizaba a un brillo puro sin ornamentos recargolados o máscaras de falsedad, ahí, Draco se transformaba en un simple muchacho sin adornos o apellido que aguardaba con resignación su voluble destino, o mejor dicho; mi imprevisible voluntad.
En él acababa de hallar deseo, belleza y poesía... por fin lo había encontrado.
*
—Draco —Voldemort controló su euforia en el tono sibilino al nombrarlo—. Muchacho... eress un digno mago sangre pura.
Le levantó el mentón con la varita y lo admiró desde su altura, repasando cada detalle y expresión. Con el dedo lo hizo la primera vez, puede que dos, pero por más que sus reprimidas muecas de asco le resbalasen, él quería al chico receptivo y dócil; entregado. Sus ojos rojos se detuvieron en el imperceptible temblor de labios, haría falta madurez y disciplina para eliminar sus expresiones naturales. Su boca voluptuosa le arrancó una relamida anfibia a sus delgados labios mortecinos, que aunque renacidos de la sangre y tierra como un muerto, aún ejercían su función. Y Voldemort estaba más que dispuesto a darle uso y función a esa boca, cara y cuerpo de pecado inconcebible.
—Muchas gracias señor. —dijo al fin.
Con su engreimiento licuado y la arrogancia desaparecida, Draco se exponía tan dulce como las fresas maduradas, listas para morder y saborear en una suerte de hambre y sed, bajo el abrigo de un árbol de copa ancha en un caluroso día de verano.
—Acompáñame.
Se giró sin esperar respuesta, no necesitaba de su aceptación para ser obedecido. Los Malfoy y el resto de mortífagos acallaron su conversación, todos vigilantes ante la inesperada atención sobre el más joven. Ni se molestó en adivinar que la impertinente boca de Lucius se despegaría ofrecida en un falso servilismo para introducir las narices donde no le convenía.
—Mi se-
—Cállate. —acentuó su mando con la varita en alto, como un azote de magia aguardando por su evidente locura.
Ambos hicieron una genuflexión, sellando labios acostumbrados a interponerse y mandar. Pero no con él, no ahora y no en esto. Draco le seguía, forzando un paso resuelto de andares enérgicos y mirada decidida. Sonrió, porque incluso en su falsa valentía había belleza; la de la juventud. Se condujeron por la mansión hasta descender a los calabozos, ahí los andares se volvieron vacilantes y la mirada brumosa.
—Entra. —le abrió él mismo la puerta y se apartó, señalando con su varita a una esquina de catre y paja enmohecida.
Atisbó el brillo de la rebeldía en sus pupilas, el vacilante paso que no se decidía esperando por una explicación, pero obedeció sin rechistar y entró con los hombros gachos mirando en rededor receloso. No quería darle la espalda, con cada movimiento por parte de Voldemort, Draco giraba de frente. "Al enemigo nunca hay que darle la espalda" pensó orgulloso y molesto, molesto porque no existía ningún tipo de lealtad verdadera ni confianza ciega. Pero eso era su culpa, solamente suya por alentar de sí mismo esa visión tan huracanada e imprevisible de un tirano caprichoso. Insistió para que tomase asiento y decidió acompañarlo en la otra esquina.
—¿Qué desea de mí? —enderezó la espalda y reposó las manos en el regazo, aparentando estar sentado en una de las sillas del salón principal, de esas ornamentadas y forradas de terciopelo rojo y no en un catre hediondo y húmedo.
La aristocracia va en la carne, en la educación y en la pureza de sangre, por ello Voldemort sabía que por más esfuerzos dados, nunca obtendría el refinamiento inherente de los de su ralea.
—La pregunta que realmente importa es... ¿Qué puedes hacer tú por mí?
Porque la inseguridad obstaculizaba muchas de las posibles ideas que una joven mente tenía para ofrecer. Draco no se atrevería a dar un paso al frente para aportar ideas descabelladas e ingeniosas, para eso estaban sus padres y el resto de mortífagos que perdían el culo por rellenarle la cabeza de planes absurdos con deseos de ser útil o el favorito. Draco pestañeó, y ese batir inconsciente le besó la conciencia. Incluso rodeado de podredumbre e inmundicia tosca, el muchacho resaltaba como un diamante pulido rodeado de carbón. Separó los labios con lentitud, permitiéndole el honor de una visión suntuosa, incluso atinó a escuchar el chasquido del movimiento por la saliva seca. Voldemort inspiró, ladeando la cabeza calva en apariencia inhumana, enfocó los ojos rojos en el rostro de su obsesión artística y sonrió, porque la luz de la inteligencia adornó sus hermosas pupilas. Nada le era más ansiado que el fulgor intrépido de la juventud anidando en un rostro de facciones sublimes.
—Hay un armario roto en Hogwarts... —comenzó grave, atropellando las palabras por su deseo de ser útil y su temor de no serlo y recibir castigo.
Su timbre de voz fue el adecuado, el esperado y el que consiguió despertar su miembro en principio disfuncional bajo la amplia túnica.
(...)
No avanzaba y estaban en diciembre, a este paso cumpliría con su mala suerte de importunar a Potter solo en vacaciones. Voldemort hervía de decepción e impaciencia, la clave de su triunfo residía en parte en un armario evanescente roto, estúpidamente dejado en Hogwarts. La recuperación de sendos armarios supondría un camino directo e inexpugnable capaz de sortear todos los encantamientos protectores del colegio. La idea per se era maravillosa, de valor incalculable para sus planes inmediatos. Lamentablemente, Draco estaba demostrando no tener tanta inteligencia y astucia como presumió en un principio. Tal vez, era hora de incentivar a su mente inquieta con refuerzos positivos...
—Draco, acompáñame.
Esta vez, no solo enmudecieron sino que parpadearon compadeciéndose de él, a medias y según a quién. Lucius intervino todo desaliñado y ojeroso en reclamos patéticos de paciencia y asegurado triunfo, Narcissa en cambio se arrodilló ofreciéndose por su hijo para recibir el castigo impuesto. Severus nunca intervenía para disgusto suyo, ese mago no le daba la oportunidad de probar su lealtad con comportamientos irreverentes y estúpidos. Escuchó la estridente risa de Bellatrix y decidió darle espectáculo al vulgo, se rio con ella.
—No lo diré una ssegunda vez.
Caminó arrastrado, rodando la varita entre sus manos huesudas que picaban ansiosas y una sonrisa de dientes afilados adornando su rostro cadavérico. No hizo falta que girase para comprobar su obediencia, Draco le siguió cabizbajo, echando alarmantes miradas a su espalda. De la luz de las majestuosas lámparas de araña pasaron a la penumbra fría y húmeda, le recordó a sus tiempos en Hogwarts cuando estudiaba pociones. Descendió por los escalones habiendo rechazado la guía de ningún elfo doméstico, esto era para sentirlo en la privacidad. Las antorchas colocadas estratégicamente en la pared de piedra gris, arrancaron sombras alargadas según se internaban en lo que un día fue un glorioso bastión de tortura. Ahí se suavizaban a los criados maleducados, se reconducían a los enemigos molestos y se les recordaba a los elfos su bendito lugar. No había entrado en la mazmorra tras hacer pasar al muchacho y ya enarbolaba una erección bajo su túnica. La excitación y la lujuria pasaron a un segundo plano, no demasiado lejos para alcanzarlo cuando se diera el momento, y dio permiso y cuenta al embelesamiento más auténtico; Su temor.
Nada de máscaras, de fingir o de permanecer incólume ante lo desconocido, nada de recuperar la postura erguida para sentirse digno pese al futuro castigo de tu señor. Tampoco hubo cobardía en sí, solo resignación. Temor ante lo venidero y resignación. Voldemort se apretó la entrepierna para calmar la punzada de deseo.
—Desnúdate.
Inmóvil, el estupor y desoriento reflejado en su rostro. O no lo había entendido, o no podía entenderlo. Draco parpadeó sacudiendo la cabeza, como si se destaponase los oídos para poder escuchar mejor. Voldemort no lo iba a repetir una segunda vez, jugó con la varita y ladeó la cabeza sonriendo.
—Eh... ahm...
Lo animó en dos movimientos secos de cabeza, suficientes para conseguir que el muchacho se empezara a desnudar de cintura para arriba. Su túnica tupida cayó al suelo creando un sonido drapeado, seguida de su camisa blanca y chaleco forrado por doble a tenor del frío.
—Por entero.
Draco se quedó lívido, de un blanco nacarado tan precioso que hacía juego con sus ojeras. Lo oyó tragar y acompañó mentalmente con su lengua el camino que hacía la saliva lubricando su garganta seca. Sus esbeltos dedos se engancharon a la cinturilla del pantalón y empujaron hacia abajo. Voldemort retuvo el aliento al vislumbrar semejante obra de arte. Su cabello sedoso se contenía en una cinta de raso verde, su piel se erizó tersa, blanca y perlada. Las ondulaciones de sus músculos en desarrollo armonizaron una silueta simétrica, esbelta y deliciosa. Lo repasó hasta la ingle, de vello rubio un poco más oscuro llamando la atención sobre unas caderas rectas y firmes, siendo en ellas el comienzo de unas piernas y muslos largos, estilizados y de carne prieta y tersa.
Alzó la varita y apuntó, ganando con ese gesto el encogimiento de un cuerpo joven y su rostro descompuesto por el sufrimiento de antemano. Iba a hacer poesía por fin.
—¡Crucio!
Los alaridos de dolor llegaron para quedarse y golpear los sentidos, Draco cayó de rodillas hasta encogerse y derrumbarse. Su expresión era demasiado grotesca y deformada, demasiado desdibujada de la belleza que ostentaba. Sus exultantes facciones se perdían entre gritos y quejidos ocultos entre el pecho y el suelo, en donde su boca balbuceaba incoherencias de auxilio. Voldemort se detuvo frustrado, no estaba siendo como imaginó, de hecho, su miembro erecto se desinfló por completo. ¿Qué fallaba? Él tenía claro lo hermoso que sería la visión de Draco mostrando dolor, se lo estaba imaginando en ese preciso instante, pero en cambio solo atinaba a disfrutar de un cuerpo roto y encogido cual gusano retorciéndose al ser partido por un palo gordo.
—Lo... a... rre... gla... ré, mi... señor. —jadeó en un sobre esfuerzo.
No había belleza en esa visión tan patética y mediocre, es lo que tenía la maldición Crucio, que su poder de sufrimiento ejercido era tan devastador, que solo restaba ver cómo el cuerpo y la mente se descomponían en un retuerce de locura al límite. Avanzó paso a paso, aumentando la tensión dramática para su propio deleite. El cuerpo se encogió sobre sí mismo aguardando una segunda ronda.
—No es un castigo —le aclaró—, solo un incentivo.
Se arrodilló y acarició la piel erizada de las costillas. Ante su tacto, el joven se hizo un ovillo, como tratando de desaparecer. Lo entendió, la maldición Crucio nunca le proporcionaría lo que buscaba, el dolor era un arte, y como en cualquier disciplina de esa rama, de nada servía crear un poema a base de brochazos.
—Vístete. —le ordenó, y sabiendo que no podría ni sostenerse, aprovechó para ofrecerse él mismo.
(...)
Dos días se cumplieron y dieron dos toques a la puerta, uno por cada falta y espera.
—Adelante. —Voldemort se irguió en el asiento descansando la vista del mapa.
Contuvo una expresión de sorpresa al ver la cabeza de Draco asomarse tentativo. Aún se reflejaban los estragos físicos de la maldición en su bello rostro. Sonrió más y más a cada paso vacilante de mirada gacha. Se imaginó lo que esa espalda rígida era capaz de arquearse, de placer y de dolor por el toque de su mano.
—¿Sí? —insistió al ver que no hablaba.
Los ojos grises de pestañas claras besaron su conciencia, su mirada embargada y su deseo encendido. Batieron como las alas de un pájaro emprendiendo el vuelo, rápido y etéreo. Se le enganchó la respiración y su mano acudió urgente para apretarse la erección. Ahí estaba el fallo...
—Mi Señor, arreglaré el armario, se lo prometo. —El tono justo de seguridad y humildad.
—No tengo la menor duda joven Malfoy. —decidió levantarse solo por el gusto de estar más cerca y contemplarlo en todo su esplendor, redescubriendo la piel deslucida, las ojeras pronunciadas y los ojos vacíos.
La belleza había mutado a una sombra demacrada, un haz de luz nocturna que te amenazaba con desaparecer al menor movimiento en la visión de un sueño profundo. Draco reencarnaba la otra cara de la moneda en cuanto a hermosura translúcida. Lo que no podían ver sus ojos, que su cerebro sí descodificó, fueron esas manos elegantes desabrochando su túnica y quedando pieza a pieza, completamente desnudo para él. Voldemort abrió los ojos, serio esta vez por el confuso proceder del muchacho. Ladeó la cabeza al ver retirados hasta la ropa interior y los calcetines, quedando tan desnudo como el día que nació. Draco apretó la mandíbula, dejó de respirar y empuñó las manos a los costados de sus sensuales caderas. Le mantuvo la mirada, una poesía prístina azulada que pretendía ser obediente y manso, ofreciéndose en la manera que su señor creyera oportuno. Voldemort avanzó otro paso hasta sentir su aliento en el rostro cuando se inclinó. Examinó a conciencia sus expresiones y lenguaje no verbal; Repulsa, asco, miedo y resignación.
¿Era eso lo que quería? ¿Le satisfacía? ¿Le bastaba para saciar su insano apetito de carne tierna?
Voldemort apostó todos los fragmentos de alma que le quedaban, a que la sacrílega idea fue por obra de nada más y nada menos que Lucius, que no contento con arrodillarse por donde caminaba siguiendo cual siervo su humillante estela, empujaba y hasta lanzaba contra un mago de más de sesenta años a su único hijo de dieciséis, para que lo disfrutase como mejor le placere. Nunca estuvo en sus planes cruzar esa línea, no en la manera ordinaria de la lujuria común, tampoco lo descartó. Pero el problema radicaba en que ni siquiera él escapaba a la vanidad, y ésta debía satisfacerse con un amante que realmente lo desease, no que se tirase a sus pies balando tembloroso observando a su verdugo sexual como si fuese la parca. Y eso mismo era lamentablemente. Tampoco aceptaría ser vilmente manipulado, burlado e influenciado en su decrépita cara por un Malfoy. Y jamás toleraría verse como un despojo perverso de instintos incontrolables que hurgaban en los recovecos de un joven despertando asco y actuando tan patéticamente. Él no daría lástima, él no sería soportado y desde luego que sus atenciones no serían recibidas con asco y rechazo.
Voldemort sonrió partiendo su rostro en dos, tan ancho y profundo mostrando sus dientes afilados, que Draco se estremeció en una mueca repugnante.
—Vísstete. —ordenó sibilino.
—Señor, no quise ofender-
—No te lo repetiré doss vecess. —el tono de advertencia caló en el joven, que rápidamente ondeó su varita para cubrir su desnudez.
Draco suspiró aliviado en parte y decepcionado. Se inclinó en señal de respeto y se giró para salir presto de allí.
—Quédate —urgió cortando el aire, Voldemort se sentó de nuevo en la silla del escritorio—, no hemos terminado.
El paso de Draco se detuvo, apretó los párpados con sufrimiento y volvió a girarse lentamente, forzándose a exhibir una fachada de estoicidad y compostura ante una escena en la que estuvo a punto de vomitar. Caminó hasta el borde del escritorio y a la señal de varita para sentarse, obedeció dominando sus nervios. Refugió las manos entre las capas de su túnica y tragó.
—¿Dígame entonces qué desea?
—¿Para qué querías verme? ¿Solo para asegurarme de que lo solucionarías?
Si su señor estaba dispuesto a verbalizar su escandalosa función de puta barata, se iba a morir no solo de una arcada sino de vergüenza.
—Sí. —Su sonrisa bífida le generó repulsa.
El Señor oscuro se mantuvo inusualmente quieto, callado y analizador, sus ojos rojos perdidos en su anatomía como una hoja en blanco mientras la mente viaja pensando otras cosas. Claramente le deseaba de una manera depravada e insana, nada era tan palpable como su aberrante erección al contemplarlo detalladamente. El tacto de esos dedos huesudos y fríos sobre su piel desnuda casi le hicieron perder la conciencia hace dos días. No iba a soportar ni su aliento pútrido ni su toque, a la menor señal de acercamiento de seguro vomitaría.
—Dime Draco —habló sacándolo de su ensimismamiento terrorífico— ¿Cuál es tu sabor favorito?
Draco parpadeó despegando los labios, y ese solo gesto hizo que su señor oscuro se relamiera los suyos tan marchitos y delgados.








