Capítulo 1
El reino de Verusomnia es inmenso y demasiado vasto, es un punto verde alrededor de un montón de desierto que posee peligro; así que desde que tengo uso de razón siempre hemos sido un imperio atacado por enemigos fuera del reino, muchos lo llaman tierra fértil, un paraíso, un sueño.
Y como era de esperarse de un reino como este, siempre se espera algo, pero nada comparado con lo que pasó esa vez y aunque había una gran cantidad de soldados, solo un grupo de ellos pudo ver la tormenta y sobrevivir.
Había un poco de lluvia, todo iba bien según las predicciones de algunos soldados y mientras unos estaban en sus puestos de vigilancia en la gran montaña, otros solo pasaban el rato.
El capitán a cargo se queja cuando no puede encender su cigarro, lleva más de media hora tratando de hacerlo funcionar. Uno de los soldados pasa al lado suyo con cubetas de agua limpia para beber, este le dice que sería mejor que se adentre a las cuevas, pero ignora el comentario, sigue intentándolo para no entrar, ya estaba cansado de ver roca tras roca.
Caen unas gotas de lluvia empapando el pitillo, por consecuencia lanza una serie de patadas al soldado quien cae al suelo tirando las cubetas de agua.
Varios soldados dejan de lado las cartas y bebidas para ponerse de pie y alegar que ahora no había agua potable para beber, el capitán los asesina con la mirada, casi podría verse el humo salir de sus orejas tras la furia, y ahora que lo miraban así, prefirieron ir a trabajar.
Se acerca al acantilado con ira y desilusión, no había trabajado tanto para llegar a este puesto, sí, era el capitán de una unidad, quizás la unidad más importante del imperio, era el que velaba porque ningún vecino del reino quisiera entrar, pero las montañas eran enormes y estaba húmedo todo el tiempo, y era irónico, a pocos metros estaba el seco y caluroso desierto.
—No puedo creer que les importara más el agua que el soldado al que tiraste—
Su superior se posa a su lado, admirando lo poco que se podía ver de aquel desierto que todos le temían.
—Ya los ves, así son— se cruza de brazos, —¿y a que se debe esta modesta visita? comandante—
El hombre junto a él empieza a reír nervioso, se supone que debía llegar un mes atrás para hablar del sustituto de este puesto, pero ahora mostraba preocupación y pena por su amigo.
—No, me prometiste que hallarías un sustituto— empieza a discutirle, ya lo habian retrasado por un año, necesitaba dejar este lugar que parecia más un castigo que un privilegio.
De pronto la lluvia se vuelve más espesa de lo normal, la mayoría se refugia en las cuevas, el resto que se encontraba abajo, tendría que huir unos pasos más adelante hacia el desierto.
—¿Así de fuerte es el agua? —
Pregunta el comandante, el capitán no le contesta, pero no era normal, habia granizo y relámpagos más de lo habitual.
—¡Comandante, capitán!— grita un soldado con un hombre en sus brazos.
Él informa que los están atacando en el desierto, ambos miran la palidez del soldado que ponen en el suelo, se dan cuenta de que está muerto; así que a pesar del clima, montan sus caballos con espada en mano, una vez que llegan, una bola de fuego pasa por en medio de los dos, destruyendo a los soldados que la seguían.
Por extraño que fuera, el lugar estaba en llamas incluso bajo la fuerte lluvia.
El comandante salta de su caballo al ver otra bola de fuego dirigida hacia ellos, ambos se levantan y sostienen sus espadas vislumbrando figuras, se percibe el aroma de azufre junto con el sabor metálico de la sangre, por lo que notan a sus compañeros acostados en tierra, nada de lo que sus ojos hayan visto.
—¡Ve y llama a las tropas que están esperando en la pradera!— El comandante grita dirigiéndose a un soldado que se había librado del fuego, corre hacia un caballo; él cumple con la orden, entrando en la montaña, desapareciendo en la espesa niebla.
El capitán corre, esquiva otra bola de fuego y dejando de lado los cadáveres, los atropella blandiendo su espada dispuesto a todo. Sus pies sentían cada parte de sus cuerpos, cabeza, pecho, rodillas y brazos.
Le dolía el corazón, pero no había otra forma de llegar a ellos; la niebla se disuelve mientras se acerca y no distingue que son, lo único que percibe es que le lanzan otra bola de fuego, salta rápidamente, logrando arrojar una daga que tenía en sus pantalones, después de un gemido sabe que ha herido al enemigo, corre agazapado dirigiendo la espada en las costillas, por lo que se hace presente otro gemido; algo que lo hace feliz y cuando está a punto de trasladar el puntiagudo metal a su pecho, una fuerte ráfaga de aire lo lanza contra las paredes de la montaña de piedra.
Mientras tanto, el comandante termina lo que había iniciado el capitán, mata al primer individuo y va hacia el otro, sin embargo siente que el viento va en su contra, es tan fuerte que también lo pone contra la pared.
—¡Solo somos tú y yo!— grita el capitán, atragantándose con la fuerte lluvia.
Tres más se acercan a ellos, pero a su vez pueden notar que se acercan demasiados, ninguno de ellos puede ponerse de pie, por lo que se resignan a su fin; pero cae un rayo, el cielo comienza a resonar, abren los ojos notando a un joven con una luz en la mano en forma de espada, apuñalando y matando a todos aquellos que quieren penetrar las montañas rocosas, su forma de actuar no era el de un Humano, era rápido, certero y fuerte.
—¡Corran!— Él les grita.
Sin poder decir una palabra, se levantan y para su sorpresa, rayos del cielo caen sobre cada una de estas criaturas.
Finalmente llegan las tropas, entre ellas la reina Khalé que con un arco dispara una flecha al muchacho de los rayos.
—¡No!— gritan al unísono.
Golpeando su costilla, una corriente eléctrica se dirige a la reina mandándola al suelo y produciendo espasmos en su vientre, por consecuencia haciendo que el bebé salga de ella.
Rodean a la reina formando un escudo, el comandante abraza a la criatura, lo limpia y lo describe.
Cabellos idénticos al del rey, una marca interesante entre herederos y sólo quien lo posee reinará el imperio.
Había nacido lo que todos anhelaban, un heredero purasangre; algo que costaría la vida de millones de vidas y hasta de mi propia descendencia, porque ese bebé había nacido mujer, había nacido yo.