Mucho gusto; he estado soñando contigo.
─¿No vas a venir?
Aquella voz suave, casi aterciopelada se coló por entre sus oídos, impactando contra su pecho fuertemente, llenándolo de un calor tan reconfortante que las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa amplia, llena de amor.
─Vamos, Vlad... baila conmigo, por favor.
Pidió ella con una voz pequeña, casi infantil. Movió sus caderas suavemente al aire mientras se acercaba a él, extendiendo sus brazos, entrelazando sus manos con las suyas, jalando de él para levantarlo del sofá. ¿Y él? Ni siquiera opuso resistencia.
Tomó entre brazos aquel menudo cuerpo, pegándose al suyo y sintió el calor emanar y traspasar sus ropas. Ella rió bajo, acurrucándose en la curvatura de su cuello, regalándole a él una dosis del perfume natural de su cabello.
Cerezas... a eso olía.
Sus cuerpos se mecieron con parsimonia y él estaba seguro, completamente seguro que jamás había sido tan feliz, ni tan pleno. Se supo tan enamorado, tan devoto que deslizó la punta de su nariz por entre los cabellos rojizos de ella, cerrando los ojos. Ella soltó una carcajada baja por los cosquilleos, separándose un poco, lo suficiente como para tomarle el rostro con ambas manos.
─Abre los ojos, Vlad; debes verme.
El rubio obedeció y abrió sus ojos perezosos, casi hipnotizados y la vio, él la vio por primera vez.
─Búscame en donde no hay sueños...
Susurró aquella joven pelirroja de cejas gruesas y ojos claros. Vlad frunció el ceño confundido pero ella seguía sonriendo. Depositó un beso sobre la comisura de sus labios y fue ahí, justo cuando sus labios se despegaron de su piel, que él abrió los ojos, despertando a la realidad.
La mirada azulada se mantuvo prendada al techo oscuro de su habitación por varios segundos. Sentía el corazón latir frenéticamente, golpeando contra las palmas de sus manos incluso, y la recordó con detalle, con sumo detalle; con tanto que le pareció una absoluta locura.
Vlad Dankworth llevaba soñando sin parar (y tampoco sin explicación) noche tras noche con aquella chica pelirroja desde hacía poco más de seis meses, pero aquella era la primera vez en que sus ojos y su sueño deseaba darle algo más que imágenes borrosas o distorsionadas del rostro de su acompañante.
Por primera vez, Vlad había visto sin problemas el rostro de aquella chica y lo recordaba tan vivamente como si fuese alguien a quien hubiese visto miles de veces.
Pasó saliva y llevó ambas manos a su rostro, apretando, masajeando y buscando olvidar, pero sobre todo minimizar el sentimiento que se aferraba con uñas a su pecho. Esa emoción, ese cosquilleo, ese aleteo de mariposas como si todo fuese real.
─Es sólo un sueño.─ Vaciló entre dientes, levantándose con pereza de la cama, encaminando su paso al baño justo a un lado de aquella espaciosa habitación. Estirando sus brazos, su espalda y cada músculo posible para alejarse de aquella sensación extraña que lo invadía cada vez que despertaba de sus sueños con aquella pelirroja. Y es que cada fibra de su ser dolía y reaccionaba con suma sensibilidad a cualquier estímulo externo y no, no en un sentido placentero o que le gustase en realidad. Vlad suponía que la mejor manera de explicarlo era como un cuerpo adolorido tras una paliza que seguramente te habría mandado al hospital y con un cansancio y sueño tan pesados que era como si no hubiese descansado en lo absoluto.
Casi como si hubiese permanecido despierto hasta muy tarde jugando algun tonto videojuego en esa consola de segunda mano que su madre le habria regalado para Navidad cuando tenia apenas diez años.
Aun así y bajo el dolor en cada músculo, tomó una ducha caliente de treinta minutos, finalizando con unos segundos bajo el flujo del agua en la búsqueda de un poco de calma ante su dolor y vaya que lo consiguió pues, después de despertar en esas condiciones todos los dias sin importar, habia encontrado la manera más sencilla y eficaz de llenar de energía su cuerpo para la rutina diaria. Con toalla enredada en su cadera y con otra en sus manos que restregaba contra su cabello más oscuro por la humedad, Vlad salió de la habitación rumbo a la cocina en donde una taza de café esperaba pacientemente por él.
Colocó un poco de música, resonando por cada esquina del departamento su nueva adicción musical en modo "repeat" y emprendió una rutina de baile descuidada y cero coordinada por todo lo ancho de aquella cómoda cocina, activando sus músculos y despabilando su cabeza de todo rastro que quedase del sueño anterior.. Danzó por todo lo largo de la barra con un trozo de pan tostado entre los dientes, dándole una mordida al pararse frente al refrigerador, al que le cantó a desniveles graciosos parte de la canción:
Put my hands around you
Ooh, teach me how to
Touch you, tease, caress you, and please you
Teach me how to love
Put my hands around you
Ooh, teach me how to
Touch you, tease, caress you, and please you
Teach me, teach me, teach me how to love
Shawn Mendes siguió con la canción mientras Vlad daba un trago a su café, regresando a su habitación y dirigiendo su andar hasta su armario en donde hizo una pausa en el puente musical, simulando tocar la guitarra con sus dedos.
Un pantalón de vestir azul marino, una camisa blanca y un saco del mismo tono de su pantalón, un poco de gel a su cabello semi húmedo, el reloj de su padre en su muñeca derecha y salió del lugar al que llamaba hogar desde hacía poco más de un año de su llegada a Inglaterra.
La música, aunque no quisiera, cambió en el transcurso de su hogar hasta aquel edificio en el centro de Inglaterra, ciudad en la que llevaba viviendo desde que la empresa para la que trabajaba le había ofrecido un ascenso que conllevaba dejar su natal Australia, país del que nunca había salido y del que jamás creyó posible salir, más por decisión propia que por falta de motivación u oportunidades.
Si le preguntaban, Inglaterra no estaba tan mal, de hecho era demasiado linda y agradable para él, incluyendo el clima al que se habituó con una facilidad sorprendente. En silencio y solamente para él, Vlad había adoptado a Inglaterra como su segundo hogar a los pocos meses de haber llegado.
Un suave click electrónico ante el chequeo de su gafete y tras unos escasos minutos en el ascensor, se encontró en el piso donde trabajaba como el jefe de equipo de arquitectos de un nuevo complejo inmobiliario en una zona exclusiva de Inglaterra.
─Dios.─ Murmuró un hombre de escasos centímetros más bajo que Vlad, siguiéndole el paso. ─¿Tuviste sexo toda la noche o por qué estás tan malditamente feliz a final de mes?─ Preguntó, haciendo reír con fuerza a Vlad. ─¿No se supone que la energía se te drena de todo el cuerpo y llegas siempre como un zombie y apenas hora y media después revives?─ Bromeó el hombre con un fuerte acento inglés.
─Cállate.─ Replicó el rubio, entrando a su oficina.
Malcom fingió una mueca de disgusto, entrando y cerrando la puerta de cristal detrás de él.
─¡Maldito sucio!─ Gritó Malcom, sentándose en uno de esos sillones de piel frente al gran escritorio. ─Quisiera ser tú y que el estrés de fin de mes no estuviera comiendo mi alma de a bocados, así como mi hija devora el pastel.─ Alegó, cruzando las piernas, haciendo reír a Vlad por todo eso.
─¿Quieres saber de verdad por qué estoy de buen humor?─ Sugirió el rubio, abriendo su saco, sentándose frente al castaño de su lado del escritorio.
Malcom entrecerró los ojos y asintió. ─Un café y un poco de intromisión a tu vida privada me viene bien antes de irme a saturar con planos y maquetas que no resisten ni un puñetero lápiz.
Vlad negó entre risas.
─¿Recuerdas ese sueño que he estado teniendo sin parar desde la excursión a las montañas?─ Recordó Vlad, bastando un asentimiento de parte de Malcom. ─Creo que por fin ha llegado a su final. Ya no lo soñaré nunca más, descansaré como las personas normales que no tienen sueños recurrentes y continuos sin parar.
Malcom ladeó el rostro, detallando a su amigo y colega.
─Yo tengo sueños recurrentes y despierto exactamente igual que tú, solo que gracias a una niña de cinco años.─ Alegó Malcom, riéndose entre dientes y se encogió de hombros ante su pequeña broma. ─Y estás tan seguro... ¿por qué?-- Dejó la sílaba alargada a modo de pregunta, confundido.
─¡Porque por fin vi su rostro!─ Gritó. ─Durante seis meses, jamás pude ver su rostro, yo solamente veía...─ Pero Malcom lo interrumpió.
─Su cabello pelirrojo, sí, lo has dicho.─ Coincidió él, dándole un sorbo a su café.
Irónicamente, Vlad había contado al mes de los sueños extraños todo a Malcom. .
─¡Exacto!─ Exclamó Vlad con frustración. ─ El ciclo ya se cerró por fin; he leído en twitter que las personas tienen ese tipo de sueños como el mío, sólo que no tan recurrentes, ya sabes, las chicas sueñan con un chico extraño que las trata bonito y sienten tanto amor, pero, nunca le pueden ver el rostro.─ Explicó, reclinándose en su asiento. ─¡Y yo ya la vi! Quiere decir que ya se rompió el ciclo.─ Finalizó Vlad con una sonrisa. ─Yo gané. ¿No es así?
Malcom lo observó por unos segundos y negó.
─No sabía que esto de tus sueños con una desconocida era una especie de competencia, pero, ¿por qué sigues confiando en todo lo que suben a Twitter?─ Inquirió con ironía.
─Porque si algo pasa en el mundo lo suficientemente importante, Twitter lo hará tendencia; no Instagram, no Facebook.─ Respondió el rubio con rapidez pero negó con la misma que respondió.─¡Enfocate, por Dios!
─Sólo era retórico.─ Bromeo Malcom entre risas. ─No importa, escucha.─ Se estiró un poco para acercarse a su amigo, apoyando las manos al filo del escritorio. ─Los sueños son una cosa muy complicada, ni siquiera saben la mitad del porqué tenemos que soñar cada vez que decidimos dormir ni porque si estamos descansando, nuestro cerebro está más activo que ni cuando estamos despiertos, lo que quiero decir es que dudo que solamente porque viste el rostro de tu misteriosa chica, ya no vayas a soñarla, es decir, ¿llegó como si nada y se va como si nada? No sé, es extraño, de hecho, todo es extraño, pero, si tú estás bien, bueno, creeré que todo terminó. Y seguramente Molly pensará lo mismo.
─¿Molly sabe de esto?─ Inquirió Vlad, Malcom rodó los ojos.
─Es mi esposa, trabaja aquí, claro que lo sabe, pero no importa.─ Habló mientras se levantaba de su asiento con cuidado. ─Ojalá que la pelirroja misteriosa no regrese a tus sueños, Vlad. Y si lo hace, no le digas que es un sueño, he leído que las cosas pueden ponerse un poco tenebrosas si lo haces. Y si, en un hilo de twitter. ─ Malcom soltó una carcajada a lo que Vlad le lanzó un lápiz casi a terminar que el muy inteligentemente esquivo. ─Te veo en media hora para la presentación de las modificaciones del centro comercial.─ Finalizó, saliendo de la oficina, dejando a Vlad con el recuerdo de aquello que no había contado, pero, ¿por qué no lo había contado si era lo que más había permanecido pegado en su cabeza?
¿Por que si había decidido contar todo lo que pasaba en sus sueños (tal vez no con tanto detalle, cierto) no había podido decirle que el rostro no fue lo único extraño de ese sueño?
Giró en su silla, perdiendo su mirada en la vista que aquel ventanal de pared a pared le ofrecía, recordando no sólo el rostro que extrañamente se mantenía vivido aún, sino en las palabras que pronunció esa chica antes de desaparecer;
"Búscame en donde no hay sueños"
Vlad sopeso aquellas palabras un momento tratando de entenderlas, de darles un significado bueno o malo.
¿Tan importante era aquello para él o era tan sólo la costumbre de tantos meses lo que lo tenía pensando? Malcom había dicho algo muy cierto y era que la situación no era ni siquiera normal, era extraña de inicio a fin.
Había aprendido a lidiar con aquellos sueños sin sentido, había luchado para no enfrascarse en las emociones que lo invadía cuando despertaba o incluso cuando los recuerdos del mismo sueño llegaban de la nada a su cabeza en medio de su rutina diaria en el trabajo, dejándole con ese calor extraño en el pecho y el hueco en la boca de su estómago, , pero lo que era cierto era que, aunque se mostrase tan relajado con respecto al tema, sus ojos de manera sutil y casi invisible, se detenían cada que una cabellera rojiza se postraba por su camino. Vlad miraba a detalle, a la distancia y en silencio a esas chicas mientras se preguntaba para sí mismo si tan solo era una creación de su mente o si de verdad aquella chica existía. Aunque, si era tan solo una creación de su imaginación, ¿por qué lo habría hecho?
Cualquiera que fuese la opción, ninguna tenía sentido.
Pero a veces y sin querer, se quedaba acostado mirando hacia el techo y realizaba una recapitulación rápida y concisa del sueño de la noche anterior y sin que se diera cuenta, las comisuras de sus labios se elevaban por lo acontecido en aquel mundo irreal, reviviendo las emociones y sensaciones que desarrollaba ahí, en donde todo era ficticio.
Relamió sus labios y un ave se apoyó sobre las ramas de uno de los árboles que alcanzaban hasta la altura de su piso y escuchó su canto armonioso, sacándole de sus cavilaciones.
Costumbre, eso es, pensó.
Y se devolvió al frente de su escritorio, encendiendo su computadora, listo para someter a su cuerpo, sus ojos y toda su concentración en planos, maquetas y dimensiones que no terminaban de cuadrar, por al menos las siguientes diez horas.
Varios kilómetros lejos, en alguna cafetería local.
Su mirada permanecía pegada ante esa última línea en blanco que parpadeaba como una amenaza silenciosa ante su escasez de tiempo, o mejor dicho, ante el tiempo que se comía con cada tic tac que pasaba.
Ladeó el rostro y empujó con su nudillo el armazón de sus lentes para devolverlos a su posición original. ¿Qué tan difícil es leer un documento, comprenderlo, aceptarlo y firmarlo poco después? Quizá, o al menos para ella, muy difícil.
Suponía que cuando se trataba de un documento importante como ese, era más complejo. Después de todo, no todos los días te despiertas en una ciudad que no conoces, una ciudad a la que apenas te empezabas habituar con solamente 23 años y firmando los papeles de tu primer divorcio.
Si, su primer divorcio a los veintitrés años.
¿Cuál era la historia? Era la típica, la más común de todas e incluso la más cliché; se habían conocido en la preparatoria, él había gustado de ella, ella de él y cuando la mayoría de edad llegó vino acompañada de un anillo y una promesa con un amor que juraba sería para toda la vida.
Ni la promesa, ni el amor llegaron a más de cinco años.
¿Era su culpa acaso? ¡Claro que no! Y es que, estaba segura que no era ni la primera ni la última chica que pensaba que su romance adolescente duraría una eternidad, haciéndola apostar el todo por el todo a él, a su relación. Después de todo, la ilusión de un felices por siempre la tienen todas las personas, sin excepción.
La historia o más bien, la versión más profunda de todo es que ella había llegado hace un año a Inglaterra persiguiendo un sueño que no era el suyo pero que alimentaba y animaba como uno propio. Eventualmente las cosas, el estrés y el cambio de entorno junto con las ganas por devorar el mundo que se tendía tan exquisito delante suyo pudieron más que las noches de risas, que el sí acepto frente a un altar y él decidió que sus caminos ya no eran compatibles, dándole sólo un mes para todo: para salir de su departamento, para decirle adiós, para reiniciarse ella sola junto a los pedazos que dejaba tras de sí. Al final, el cuento de hadas y el final de princesas, había llegado a la edad equivocada y quizás, con la persona equivocada. también…
No; Mark no era la persona equivocada, solo era el tiempo…
─Accedió a darte una pensión en un sólo pago.─ Comentó la abogada que había encontrado hace dos semanas en línea casi al mismo tiempo que hacía la búsqueda de una nueva nevera para poder lograr que sus alimentos no murieran al segundo día.
─¿Una pensión?─ Repitió ella sin alzar la mirada del papel tendido delante suyo.
─Por compensación de daños ya que dejaste San Diego y la universidad para seguirlo hasta aquí.─ Explicó la mujer varios años mayor y tendió un sobre por encima de los papeles de divorcio.
Norette postró la mirada en aquel sobre; eso era todo lo que obtenía al final, un cheque con alguna cantidad absurda que trataría de armarla de nuevo, de sacarla adelante. Una cantidad con algún par de ceros que daban el último adiós. Pero más allá que él estuviese ofreciendo una cantidad como disculpa por su corazón roto, lo que más descolocó a la joven era que en todo el proceso, él no había querido verla ni siquiera un instante. Su separación había sido a palabras y acciones, convivios y miradas con el abogado de Mark.
─No pudo ni siquiera hacer esto conmigo, ¿cierto?─ Vaciló Norette, observando el papel sin pestañear.
No dijo nada más, tiró del papel debajo y con un click a su bolígrafo, firmó en la línea en blanco. Dio la vuelta y repitió el mismo acto tres veces, finalizando y estirando el papel engrapado hacia su abogada.
─Dígale a Mark que lo que él rompió no se arregla con un cheque que seguramente le deberá al banco si decido cobrarlo.─ Finalizó, ignorando a aquella mujer que se llevaba tras de sí la mayoría de sus ahorros. Norette tomó su taza de café a medio enfriar y dejó que el sabor amargo atestara su boca y la abogada guardó todo, menos el sobre.
─Entiendo por lo que estás pasando, Norette.─ Murmuró mientras se levantaba. ─Pero él igualmente ya debe este dinero al banco, así que solamente tómalo.─ Explicó con suavidad. ─No es un analgesico para el corazón, tampoco una especie de té que te hará olvidar todo lo que ha sucedido en tu vida en el último mes, pero que al menos pague el depósito de tu nuevo departamento… o el boleto de vuelta a San Diego.─ Finalizó, dedicando una extraña sonrisa a la que Norette no correspondio. .
Por al menos dos segundos el silencio se mantuvo intacto, hasta que resoplaron detrás de ella, seguido del chirriante sonido de las patas de metal de la silla al ser arrastrada.
─Estarás bien, Norette.─ Susurró Amelie, la única amiga que había logrado hacer en aquella ciudad y con quien apenas y llevaba meses de conocer.
Norette alargó un suspiro mirando el contenido de su taza.
─No quiero estar bien.─ Confesó. ─Solamente quiero que todo acabe.─ Susurró rozando los labios contra el borde de la taza, dando un trago más.
Y eso era la realidad absoluta de aquella caótica situación; Norette no quería estar bien, no era su prioridad y mucho menos su interés, tan solo deseaba con todas sus fuerzas que todo aquel calvario terminase de una vez por todas. Recuperar su vida que hasta ahora, no tenia ni idea de como era o incluso, lo que ella era pues había girado alrededor de él desde hacía cinco años.
Lamentablemente, Norette se había perdido a sí misma en el proceso de amarle. Entregando todo hasta quedarse sin nada, incluso para ella misma.
El café en su taza se terminó, pero no su dolor, al menos por ahora.
(...)
El sol se había ocultado hace un par de horas, siendo la iluminación de su lámpara de escritorio y la luz centelleante del computador su única compañía dentro de aquella oficina. Vlad se quejó entre dientes, reclinándose sobre su asiento lo más que pudo, robándole un crujido al cuero por el esfuerzo.
Sus ojos azules vieron de reojo el reloj del computador e hizo un recuento de las horas trabajando y cuando la cifra llegó a dos números, se dijo a sí mismo que eso debía ser todo por hoy. Malcom golpeó la puerta de cristal y detrás de la misma, justo a su lado se encontraba Molly.
─Vamos a cenar, anda.─ Gritó Molly.
─Si tú pagas, claro.─ Agregó Malcom, ganándose un puño limpio de su esposa. ─Mentira, nosotros invitamos, anda, deja de matarte y vámonos, el edificio no se construirá mañana de todos modos.
Vlad sonrió de oreja a oreja y se levantó, apagando todo y tomando su saco del perchero para encontrarse con sus amigos con quienes la conversación fluyó de manera natural acompañada de algunas risas y bromas.
El trío de amigos viajó en el auto de Vlad ya que el del matrimonio había sufrido una muerte inoportuna aquella mañana. Una vez dentro del auto y con varias calles ya recorridas, Vlad bromeó al respecto.
─Descifre la trampa, chicos.─ Habló, mirando con detenimiento el semáforo. ─Querían que alguien les llevase a casa y por eso me han invitado a cenar comida china de dudosa procedencia, ¿cierto?─ Inquirió entre risas, Malcom que iba a su lado soltó una carcajada y Vlad observó por el retrovisor a Molly riendo también.
─Te dije que es más inteligente de lo que parece.─ Se quejó Molly, dirigiéndose a su marido quien seguía riendo.
─Queríamos ser buenos amigos y los buenos amigos a veces se aprovechan de sus amigos, ¿qué no fuiste a la escuela en Australia?─ Bromeó Malcom, haciendo reír a Vlad quien negó con la cabeza, riendo.
─Cállate, idiota.─ Masculló Vlad con la mirada clavada en su amigo mientras aceleraba de a poco una vez que el semáforo se puso en verde.
Se encontraban en una avenida amplia, justo en un cruce con demasiada afluencia para su gusto. Todo pasó demasiado rápido, tan rápido como el grito que Molly soltó detrás de él.
El sonido de las llantas frenando de golpe y el negro que trajo consigo el haber cerrado sus ojos por inercia resonaron en un eco al interior del auto.
─¡MALDITA SEA! ¿NO PUEDES FIJARTE ACASO?─ Se escucharon los gritos de una mujer desde fuera del auto, Vlad quien aferraba con fuerza el volante hasta el punto de volver sus nudillos blancos, abrió los ojos, sintiendo la respiración agitada. ─¡Seguía en rojo, idiota!─ Maldijo aquella chica y entonces, solo ahí, Vlad la vio de verdad.
Aquel cabello ligeramente ondulado y pelirrojo, ese rostro blanco con un par de pecas escondidas pero que relucían a causa de las luces de su auto, las cejas suavemente pobladas y esos ojos azules, esos malditos ojos azules.
Y como si de una broma se tratase, por su cabeza pasaron todos esos sueños de una manera tan rápida que lo hicieron sentir nauseas, casi como si hubiese subido a una montaña rusa después de comer.
Era ella, la chica de sus sueños, la misma a quien esa mañana por fin había podido ver cara a cara, esa misma que le abrazaba por atrás, que se acurrucaba en su cuello y aspiraba su loción diciendo que era su olor favorito. Esa misma que había besado no sólo una, sino cientos de veces en sus sueños; y ahora estaba delante de él.
─¿Están bien?─ preguntó Malcom, estirándose hacia el asiento trasero para verificar la salud de su esposa quien tan sólo asintió.
─Es ella...─ Tartamudeo Vlad, observando a la chica retomar su camino y subir a la acera. ─Mierda, Malcom. ¡ES ELLA!─ Gritó, saliendo de prisa sin importar todo el sonido de los claxon que empezaron a resonar detrás del auto parado.
Malcom se estiró hasta el asiento del piloto y le llamó a gritos pero eso no hizo que Vlad volteara siquiera, a final de cuentas, estaba en una especie de trance. Vlad dio grandes zancadas para alcanzarla y por unos segundos el fluido de carros del otro lado de la acera lo frenó, alejándose de ella varios metros. Tuvo que colarse entre autos y correr hasta que estiró el brazo y la tomó del antebrazo, haciéndola retroceder confundida.
─Pero, ¿qué?─ Susurró la chica, danzando la mirada entre aquella mano que le sujetaba y el rostro del desconocido.
─Soy Vlad.─ Se presentó él, agitado. ─Y casi te atropello allá atrás.─ Explicó sin soltarla.
─¿Sí? Pues, ten mas cuidado a la siguiente.─ Respondió con rapidez, tratando de soltarse. ─¿Por qué estás apretando mi brazo?─ Preguntó, alzando una ceja. Vlad balbuceó y pidió perdón, soltando el agarre con cuidado.
─¿Estás bien?─ Vlad no podía dejar de sentirse mareado a causa de la conmoción que era verla, hablarle, escucharle con nitidez. ¡Era ella! Su memoria no podía estar fallando.
Ella frunció el ceño confundida y desvió la mirada a su alrededor unos segundos.
─Uhm, ¿sí?.─ Respondió. ─Es decir, creo que esto me asusta más que casi ser atropellada.─ Alegó.
Vlad tomó una bocanada de aire y se obligó a dejar de mirarla, bajando la mirada hasta el bolsillo interno de su saco de donde sacó una tarjeta rectangular que extendió hacia ella. Ella observó la tarjeta y al chico un par de veces antes de tomarla entre sus dedos.
─Permite que te lleve al doctor a que te revisen.─ Sugirió el.
─Oye... ni siquiera me rozaste, de hecho, quedaron varios centímetros entre tu carro y mi cuerpo, estoy bien. Tranquilo.─ Respondió ella, tendiendo la tarjeta de nuevo hacia él, pero Vlad no la aceptó de vuelta.
─Entonces déjame invitarte un café como... ¿disculpa?─ Sugirió, haciendo resonar por todo lo alto la pregunta enredada en aquella última palabra.
Ella rió entre dientes, mirándole más a detalle.
─¿Le invitas café a todas las personas que casi atropellas?
─Soy un buen conductor, de hecho.
─¿Sí? No parece; no lo tomes a mal.─ Bromeo ella riendo un poco, quizá un poco más relajada para este punto.
Vlad no pudo contener la sonrisa que se apoderó de sus labios y soltó una risilla desviando la mirada y ella se dio cuenta de lo curiosos que eran sus ojos, se veían casi perezosos pero extrañamente al mismo tiempo despiertos y cuando volvió a verle fijamente sin reparos, se sintió pequeña, demasiado pequeña.
¿Quién tenía el valor de mirar a los ojos hoy en día? Asustaba, cohibía.
Ella clavó la mirada en la tarjeta unos segundos más, leyendo en silencio el nombre: Vlad Dankworth.
─Mira.─ Musitó, sacando de su bolsa un bolígrafo. ─Dejaré esto por aquí...─ alargó las palabras mientras escribía al reverso de la tarjeta. ─... y puedes llamar quizás luego.─ Finalizó, tendiendo hacia él la tarjeta con sus datos añadidos. ─Hoy no es un buen día para tomar un café con un desconocido.─ Explicó.
─¿Norette?─ Le llamó él una vez que leyó los datos recién añadidos, sintiendo un hormigueo en su pecho al pronunciar el nombre.
─Sí; mis padres unieron sus nombres y decidieron dármelo.─ Se encogió de hombros ante su breve y no profunda explicación.
Vlad guardó la tarjeta en el mismo lugar de donde la sacó y asintió dando unos pasos hacia atrás.
─Escribiré.─ Prometió el.
─No lo espero de todos modos.─ Bromeó ella.
Vlad se encogió de hombros y se despidió de una manera extrañamente efusiva, mientras ella se quedó ahí, viéndolo darse media vuelta y regresar al caos que había dejado atrás al instante en que abandonó su auto en media calle. Un segundo, ¿había ido tras ella sin importarle dejar su auto solo en plena avenida? ¿Que loco hacia eso?
Su mirada se quedó pegada hasta que lo vio subir al auto y retomar su viaje, alejándose y perdiéndose al dar vuelta en la primera intersección.
Norette alzó la mirada al cielo oscuro de Inglaterra; ¿por qué le di mi numero?, pensó.
E hizo girar su anillo de bodas que aún llevaba puesto incluso después de firmar su divorcio y retomó el camino hasta aquel departamento pequeño que alquilaba hace una semana en donde nadie, absolutamente nadie le esperaba.