No soy del todo una Dama

All Rights Reserved ©

Summary

"¿Alguna vez le han dicho que se ve bellísima a la luz de la luna que se ve reflejada en la ventana?" Suena bastante irreal que una mujer que es buscada en cada continente diga tal cosa, pero puede ser posible que su corazón de hielo se vaya derritiendo haciendo que cambie para siempre su visión del mundo. Ella pensará que está infectada con algo, pero lo que nunca sospecharía es que su corazón latería al mismo ritmo que su pequeña duende de jardín.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

I

Mi nombre es Aaliyah Zaharie. Soy de Londres Inglaterra, pero desde mi nacimiento vivo con mi padre en Estados Unidos.

Algunos pensarán que soy una mujer común y corriente, pero en realidad no lo soy. Algunos dirán que me conocen por poseer “antídotos mágicos”, lo cual tiene su pizca de verdad.

No digo que sea hechicera, eso nadie lo creería si no lo ve con sus propios ojos. “Ver para creer” dirían los demás. Soy, como un caso perdido de la policía, nunca han podido atraparme, tienen todo un expediente con un seudónimo que me puso la mismísima gente: “La Dama Oscura”.

No me desagrada ni en lo más mínimo. Me gusta, es oscuro.

—Hija, ¿has visto las noticias de hoy? —preguntó mirándome.

—Creo que no. ¿Qué sucede? —me levanté.

—Estás en primera plana.

—¿Ah sí? ¿Y tú qué opinas, lo hice bien? —lo miré con una sonrisa de lado.

—Lo hiciste excelente hija mía. Veo que sacas tus dones artísticos con la sangre de tus víctimas.

—En otra vida, podría haber sido un Leonardo Da’ Vinci. ¿Sabes? Creo que no fui lo suficientemente malvada esta noche, fui algo “piadosa”… Esa palabra no existe en mi vocabulario. Y se siente horrible decirla.

—Tranquila hija mía. Tu sadismo no es igual que el mío y lo sabes. Si hubiese sido por mí, nunca te habría metido en este mundo tan joven. Te crié como una verdadera mujer independiente, sádica, experta en cibernética, en cada arma de fuego eres experta, eres como un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer.

—También me enseñaste equitación entre otras cosas. Y no debes echarte la culpa. Padre, yo misma acepté asesinar gente en tu nombre. La policía estaba apunto de atraparte y no podía dejar que eso sucediera. No después de lo que le hicieron a mamá.

—Mi niña, con tan solo quince años, asesinaste a cien personas para vengar a tu madre. Ella habría estado orgullosa, como siempre lo estuvo.

—Supongo. Iré a dar una vuelta con Demonio.

—Ponte esto —me entregó un paquete con moño—. Es por tu cumpleaños número veinticinco.

—Sabes que no me gustan los detalles caros, me hace ver como una egocéntrica. Pero lo aceptaré como todos los regalos que me das. Quizás lo use en alguna fiesta en la que estemos invitados.

—Ya que tocaste el tema, mañana tenemos una fiesta.

—¿De quién y en dónde es? —lo miré.

—Es de un hombre llamado Emiliano, tiene dos hijos y una hija.

—¿Y por qué lo dices de esa manera? ¿Acaso son personas anormales? —alcé una ceja.

—Claro que no. Es un buen amigo de la familia, siempre hace fiestas y nos ha invitado siempre. Solo que… —¿Qué?— No quiero que te involucres con su hija.

—¿Por qué me lo dices padre? —lo miré frunciendo el ceño.

—Conozco tus gustos hija, y no me molestan. Solo que ya has tenido varios estilos de cabello como si fuese que estás cambiando de estilo dependiendo de la moda.

—¿Y eso qué tiene que ver con esta conversación?

En el fondo, sabía a lo que se refería. Tuve parejas pero nunca les di la atención que debería dar una persona enamorada, pero no sé hacer eso. Y es como que mi padre ya se cansó de que haga sufrir a mi cabello por mis malas decisiones. Y lo entiendo.

—Padre, por curiosidad pregunto, ¿cómo se llama la hija del anfitrión de la fiesta de mañana? —me miró serio—. No es importante, está bien. Saldré con Demonio.

Salí de la mansión con mi perro. Necesitaba respirar aire fresco. A veces, es complicado ser la hija del mayor líder de la mafia estadounidense. Pero me la aguanto porque cuando mi padre muera, yo seré la siguiente al mando.

Volví a la mansión en total oscuridad.

—Llegas temprano, ¿sucedió algo durante tu paseo?

—Para nada. Iré a acostarme. Debo descansar bien para mañana. ¿Debo dejar víctimas? —pregunté.

—Espero que no. Quiero pensar que no irá la familia Stichers.

—Esperemos que no. Es extraño, siempre que salgo con Demonio volvemos como a las seis de la madrugada, pero hoy no fuimos capaces.

—¿Algo atormenta tu mente? —preguntó mi padre.

—No creo. Puede ser que sí. Es la constante presión de que algún día seré yo la que esté al mando y no crea poder hacerlo. ¿Y si no soy lo suficientemente mala?

—Eres la mejor asesina serial de nuestra descendencia. Nunca dudes de tu poder de lucha, algún día, tendrás que ponerte en mi contra para hacer valer tus propias decisiones. Y cuando ese día llegue, estaré orgulloso de caer ante tus pies.

—Ojalá nunca llegue ese día. Descansa padre. —subí a mi habitación.

Si lo veo de otra manera, quisiera ser como los demás, caminar libre por la calle, tener la conciencia limpia, formar una familia, pero otro lado, no quisiera nada de eso.

Luego de pensar y pensar, caí dormida en un profundo sueño. Mi padre tuvo que subir a despertarme. Intentó de todo, pero lo único que logró despojarme de ese sueño fue un disparo de una calibre veintidós.

—¿¡CUÁL ES TU PROBLEMA!? —le grité.

—No te despertabas con nada, no me dejabas opción. Además, tengo que comunicarte algo.

—¿¡Y el comunicado no podía esperar!? ¡Ni siquiera me lavé la cara y ya vienes a molestarme!

—Te lo diré de todas maneras. Tu madre está a abajo. El día del incendio, fingió su muerte para que dejasen de buscarla. Y esta madrugada regresó a nosotros.

—...

—Sé que es difícil de asimilar, pero es la verdad hija mía.

—...

—¿Hija?

—Lárgate de mi habitación. O esa bala que disparaste te la pondré en el cerebro. —me levanté de la cama y fui al baño.

—Como ordenes hija. —salió de mi habitación.

Me sentí vacía por un momento. Sin poder moverme. Estoy como procesando todo lo que sucedió esta mañana. Me vestí y bajé a recibir a mi madre.

—Hola, madre. —la miré.

—Mi princesa de la oscuridad. Me alegro tanto de verte.

—Yo igual madre. Es bueno tenerte de nuevo con nosotros. Te he echado de menos.

—Yo a ti hijita. Espero te haya gustado el vestido.

—Es precioso, tela árabe. Muchas gracias. Supongo que sabrás que hay una fiesta esta noche, y estamos invitados. El anfitrión es un hombre llamado Emiliano que tiene dos hijos y una hija la cual papá no me deja que me involucre con ella.

—Sé a lo que se refiere tu padre. Lo hace para protegerte. Te vi siempre en televisión cada vez que salías a matar, estoy orgullosa. Pero si alguna vez si tu corazón cambia yo te apoyaré. Esta no es una buena vida y eres muy joven todavía, puedes elegir.

—Estoy bien así como estoy. Pero te lo agradezco.

—Veo que ya se están poniendo al día. Querida, acepta este obsequio para festejar tu regreso.

—Oh querido, muchas gracias. Lo usaré esta noche en la fiesta.

—¿Cómo te sientes, hija mía?

—Siento que me estoy quedando sorda de un oído. Me iré a revisar y de paso daré un paseo por la ciudad.

—Recuerda: no asesines a nadie. —me recordó mi padre.

—Lo sé. —tomé mis cosas y me fui.

Me dirigí a la ciudad para que me digan si podré volver a escuchar en mi oído derecho.

—¿Coco Lafleur?

—Aquí. —me levanté y entré al consultorio.

—¿Qué es lo que le duele?

—El oído.

—Déjeme que la examine.

—De acuerdo.

Me examinó y determinó que tenía un dolor muy fuerte provocado por alguna ráfaga de sonido.

—¿Estuvo cerca de alguna explosión?

—Cerca de un disparo. ¿Eso cambia algo?

—... Le asignaré unas gotas que debe ponerse una vez al día. Por tres a cinco días.

—Gracias. —me levanté.

—Espere no puede irse, no le di la receta de las gotas.

—Conozco las gotas que me asignará. Sé de medicamentos, solo necesitaba que me dijera que tenía para poder curarme. —salí del consultorio.

Fui para la farmacia a comprar las dichosas gotas para los oídos.

—Hola, quisiera unas gotas para los oídos.

—Enseguida señorita Aali.

La gente allí presente me miraba como si fuese una criminal.

—Aquí tiene señorita.

—Muchas gracias Tiffany. Ten —le di un cheque—. Sé que tu madre está enferma y necesita una operación, así que yo cubriré los gastos por tantos años de servicio por su parte. Buen trabajo, te echaré de menos, y a tus paletas heladas. —le di la mano y me fui.

—Disculpe, ¿conoce a esa mujer? Se coló en la fila...

—Es la mejor mujer que haya conocido.

Es una gran mujer, su lealtad es indiscutible.

—¿Padre, por qué me llamas? Estoy en la calle —Necesito que vuelvas—. ¿Por qué? No puedo, no terminé de dar mi paseo—¡Ahora!—. Bueno ya voy, no grites. —corté la llamada.

—Disculpe señorita, ¿qué es eso?

—Es un teléfono. También sirve para hacer y recibir llamadas. Un regalo de cumpleaños. Espero haberla ayudado. —seguí con mi camino.

A paso de tortuga llegué a la mansión.

—¿Se puede saber qué rayos sucede contigo? ¿Te levantaste con el pie izquierdo esta mañana? —lo miré.

—Tienes visita.

—Hola...

—¿Lidia? Siempre es un placer verte. Bueno, ya te vi, ahora lárgate de mi vista. —subí las escaleras.

—¡Oye espera, no puedes tratarme de esa manera!

Frené mis pasos.

—¿Y por qué según tú no debería de tratarte así? —la miré.

Se acercó unos pasos hacia mí.

—Estoy embarazada.

Mi padre la miró y soltó una carcajada.

—¡Qué graciosa es tu chica hija!

—No es mi chica. Y ese embarazo es de su pareja actual. No es mío. Por si no lo sabes, entre mujeres no hay embarazo. Y yo nunca te toqué ni un miserable cabello. Si no quieres salir de aquí en un féretro, vete ahora antes de que cambie de opinión. —le advertí por última vez y fui a la habitación.

—... Gracias por su tiempo, señor. —se retiró de la mansión.

Pasé toda la tarde arreglándome para esta noche. Al final, mi cabello no coopera, lo plancharé.

—¿Hija ya estás lista?

—Aún no padre. Ya casi termino. ¿La fiesta ya ha comenzado?

—Hace una hora. Tómate tu tiempo, pero no demasiado.

—Ya estoy lista. Vamos.

Salimos de la mansión para ir a la fiesta del anfitrión Emiliano.

—Sean bienvenidos amigos míos —saludó a mis padres—. Siéntanse como en su casa.

—¿Puedo fumar? —pregunté.

—Sí, si claro.

—Gracias. —caminé hacia la ventana más cercana.

—Debes disculpar a mi hija. No está acostumbrada a las fiestas. Ellos deben ser tus muchachos.

—Claro. Ellos son Jared y Roger.

—¿Y la chica? Sé que tuvieron a una niña.

—Hola Aba, hace tiempo no se te veía por aquí. —se abrazaron.

—Me alegro tanto de verte Belinda. Justamente estaba preguntando por tu hija, no la veo.

—Debe andar por ahí. Ya sabes como son los adolescentes, nunca quieren estar cerca de sus padres.

—¿Cuántos años tiene su hija? —preguntó el capo.

—Tiene diecisiete. —respondió el Sr. Emiliano.

Es bastante interesante la charla entre adultos. Pero a mí me aburren muchísimo, por eso prefiero estar a solas con mi cigarro.

—Ay demonios —vi al enemigo mortal de mi padre—. Disculpen que interrumpa pero, ¿deseas bailar padre?

—Claro cariño. Bailemos.

Fuimos con los demás a bailar.

—¿Qué sucede? —preguntó mi padre.

—El hijo de Stichers está aquí. No te preocupes yo me encargo.

—Llévalo donde nadie los vea. —asentí.

Veamos si Stichers Jr me sigue hacia el patio.

—¿Qué haces aquí muñeca?

—Yo te hago la misma pregunta muñeco. No te vi en la lista. ¿Sabes? No me interesa tu vida, ya que la música está muy alta no oirán el disparo —saqué el arma y le disparé cuatro veces en el abdomen—. No lo tomes personal, pero no quería asesinar a nadie esta noche.

Antes de tirar el arma le limpié mis huellas digitales y volví a la fiesta. Desde lejos, le hice saber a mi padre que el trabajo ya está completo.

—La noche se hace menos larga amigo mío. Debemos irnos, salúdame a tus hijos. —se despidieron y se fueron.

—¿Y mis padres ya se han ido? —Emiliano asintió—. Gracias.

Me dirigí al patio para esconder el cadáver pero ya no estaba ahí.

—¿Dónde está? —escuché unos pasos—. Sea donde esté escondido, salga ahora mismo.

—... N-No he visto nada...

Qué descuidada soy. Enfrente de mí, había una chica, bañada en sangre de Stichers.

—¿Es la hija del hombre llamado Emiliano? —pregunté mirándola.

—Ayúdame. —me miró con los ojos llorosos.

Pude notar que por una de sus piernas chorreaba sangre, y no era de Stichers.

—Venga conmigo. Pero no grite. Quizás necesite de su ayuda, me dispararon. —le acerqué mi mano y salimos sin ser vistas de la fiesta.