Cuentos y otras ideas dispersas

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Summary

"Cuentos y Otras Ideas Dispersas" es laberinto de narrativas, resultado de repentinos momentos de inspiración, donde me adentro en diversos géneros literarios, pero con un enfoque especial en el terror y la ciencia ficción. Esto solo es una práctica de escritura, pero también espero que sea un buen viaje para los lectores. Como lector aquí encontrarás desde relatos oscuros sobre criaturas aterradoras que acechan en las sombras hasta incursiones en futuros distópicos donde la tecnología amenaza con consumirnos. Además del terror y la ciencia ficción, planeo abarcar otros géneros literarios, como el misterio, la fantasía y el suspenso psicológico. Quizás puedan verse algunas escenas adultas y de contenido que podrían resultar incómodos, por lo que recomiendo leer con responsabilidad, y para quienes no tengan problema con mi premisa los invito que disfruten de la lectura que humildemente soy capaz de darles.

Genre
Horror/Scifi
Author
Killjoy
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Muerte en vivo y en directo

Encendí el televisor apretando con fuerza el control de pilas ya gastadas, pero yo siempre lograba sacarles un poco de energía frotándolas. No era un ávido consumidor de los programas de la pantalla chica; soy más un hombre de cine. Pero esa noche era tan especial que incluso gasté tres dólares en comprar un super paquete de maíz saborizado de mantequilla de maní para hacer palomitas. En la transmisión de esa noche entrevistarían a nadie más que a la mismísima Muerte. Últimamente era toda una celebridad, solo por ser la nueva abstracción encarnada. Mas era su fama anterior la que me hizo exaltar cuando sonaron los créditos de apertura del programa.

—¡Bienvenidos a todos a Charlas Cósmicas!— Los pechos de la presentadora rebotaron cuando saltó en la pantalla. Su voz sonaba demasiado bien preparada, y aunque era fastidiosa sentí empatía por los nervios que se le escapaban en movimientos torpes y tropiezos con su vestido fucsia demasiado provocador en su cuerpo operado, y su cabello castaño suelto en ondas demasiado bien hechas que le caían por los hombros. Se repuso un momento antes de continuar, juntando las manos sobre su abdomen—Aquí con ustedes de nuevo Sally Huckman y por fin, junto a nuestro gran y quizás para algunos no tan esperado invitado: ¡La Muerte!

La cámara giró hacia el otro extremo del estudio, donde había una puerta completamente negra donde brillaba un picaporte dorado. Alcé mi ceja contrariado, pues por unos instantes no pasó nada. Fue como si hubieran puesto pausa a la transmisión. Hasta que comenzó a haber interferencia, frizando la imagen en una distorsión en tonos morados y verdes. Lo atribuí a mi pésimo televisor heredado de mi abuelo. Me levanté y comencé a acomodar la antena, pero al cabo de un pequeño rato, el centenario equipo se apagó. Bufé desesperado, sentía que me estaba perdiendo la gran presentación. Me pasé la mano por el cabello con estresadas canas y me llevé un puñado de palomitas a la boca. Su sabor era pésimo, pero me las tragué con rabia para mirar mi reflejo desgarbado en la negra proyección, y con el impulso de los cansados, alcé mi brazo listo para golpear a la estúpida máquina cuando de repente la luz me golpeó los lentes y lo vi.

Sentado en uno de esos sillones demasiado cómodos del estudio. Con la cámara enfocándolo de cerca, pero lo suficiente para apreciarlo completo. Era un niño, de quizás seis años, vestido con un smoking que le quedaba demasiado grande, las mangas estaban desparramadas sobre los brazos del asiento, y el pantalón caía como cortina en el piso; solo se veía su cabeza, como si estuviera guardado entre las telas. Su piel era pálida, con las venas en negro marcadas por todo su rostro y el cabello recortado y rizado en una maraña despeinada y extraña. Sus ojos eran normales, negros y con una mirada chispeante que acompañaba su expresión de alegría infantil. Al instante volví a mi lugar, retomando la emoción, las palomitas me supieron a gloria.

La cámara se alejó y se vio a la tal Sally en medio del estudio mirando al chico con total desconcierto. Me reí pensando que actuaba muy bien. Se recompuso y caminó, casi cayéndose por los tacones demasiado perlados que no parecía manejar bien, y se sentó frente al muchacho. Este levantó la mano y la manga se sacudió cual bandera.

—Veo que eso de llegar cuando menos te esperan es totalmente lo tuyo — Río Sally secundada por unas risas gravadas que me hicieron torcer los ojos.

—Me dicen que soy un maestro de la sorpresa —Secundó el chico con una voz sobrenatural y profunda para nada infantil. El estudio estalló en risas, y los acompañé con la mía. ¿Quién diría que la muerte tiene sentido del humor?— Es un placer estar aquí esta noche contigo Sally.

—El placer es de todos. Y cuéntanos muerte, ¿extrañas tu trabajo?— Ante esa pregunta reí yo solo. El niño sonrió.

—Tenía sus tragos dulces, también tenía muchos fans.

—¿Qué te parece estar encarnado en un cuerpo tan mortal como los de tus víctimas?— A pesar del tono de Sally, la pregunta fue muy seria. Muerte se removió en el asiento y poco después el sonido de un pedo me arrancó una carcajada. La cámara enfocó a Sally entre sorprendida y divertida con los brazos alzados y los hombros encogidos.—Eres bastante divertido para ser el motivo del llanto de muchos.

—Estar encarnado me da el chance de explorar mi personalidad.

—¿Cómo te definirías a ti mismo?

—Como un soñador— La confusión se reflejó en la cara de Sally que mantuvo su sonrisa, una burlona.

—¿Un soñador? ¿Con qué sueña la Muerte?—Se interesó por saber su interlocutora. El mencionado pareció molestarse por su tono y arrugó las cejas espesas.

—La paz mundial no es un mal sueño—Se pasó la mano por el cabello, y noté que había crecido, ahora llenaba el traje casi por completo, y su rostro aún infantil adquiría los rasgos de madurez de un adolescente. Su expresión molesta se agravó ante la aguda risa de la presentadora. Que se llevó las manos a la barriga y otra a sus ojos recogiendo las lágrimas de gracia.

—En serio eres muy gracioso, Muerte— Suspiró recuperándose— Dime, ¿cómo te sientes al haber perdido tu batalla contra la vida?

Ahora fue él quien emitió una carcajada grave que me hizo erizar, y al parecer a mi televisor también, pues la imagen se estremeció durante unos segundos y se estabilizó cuando volvió a hablar.

—El tiempo transcurre, querida Sally. Los años son solo un momento en el universo— Movió su mano con desdén.

—¿Qué quieres decir?— La Muerte negó con la cabeza y le pidió a Sally que le diera su mano, quien confiada lo hizo. Pude notar que en las manos del chico también se marcaban las venas negras, la mujer dijo que eran suaves.

—¿Cómo no puedes verlo, querida?—Le hablaba muy cerca, y su tono había cambiado drásticamente. Parecía que la estaba seduciendo. De vez en vez, Sally miraba a la cámara entre risas, recordando el tono cómico del programa—. Antes yo no sostenía tu mano, pero ahora lo hago. Tu suave y delicada mano está en la mía.

—Mi estilista hizo un buen trabajo de manicura.

—El tiempo pasa Sally, tú eres solo un vestigio de él— Le acarició el pelo, acomodando los mechones en los hombros. La risa de la mujer salió temblorosa, saliendo de sus dientes apretados en una sonrisa que se desdibujaba poco a poco— Solo yo soy eterno.

—Y ya te hemos alcanzado—Presumió la humana, y yo me sentí orgulloso de eso— Te hemos ganado.

—Podrán romper estrellas y usarlas para sus banalidades; podrán creer que encarcelan lo abstracto; podrán creer que no pueden morir, pero, señorita Huckman, ya estás muerta—La otra mano del chico fue al rostro de la bella mujer y lo acarició terriblemente, volviéndolo polvo. Lo que antes era Sally se escapó por su vestido, cayendo al suelo. Ni las ondas de su cabello quedaron. Solo sangre chorreando de la devastadora mano.

No me levanté, más que nunca me mantuve en mi asiento. El miedo se apoderó de mi cuerpo y me paralizó horriblemente. Tragué en seco, viendo lo que ocurrió después. Los gritos se expandieron por todo el lugar y llenaron mi apartamento. Escuché a los vecinos también gritar, todos conmocionados, aterrorizados más bien.

Los oficiales preparados para contener a la encarnación se apresuraron a entrar, desplegando las redes de láser para la tarea. Pero, como si no hubieran hecho nada, la delgada figura se levantó y extendió su dedo índice hacia abajo y el sonido de los cuerpos contra el suelo hizo eco.

Maldije a mis vecinos, por no dejar de gritar. Yo también estaba asustado, pero no podía ni quería dejar de mirar. Noté una sonrisa surcar mis labios. Al verlo así de pie, se notaba lo alto que era, terriblemente delgado y las venas oscurecían su piel, pero sus ojos ya no eran distinguibles; la pupila, el párpado y la esclerótica se habían fusionado en negrura, opacos, como el carbón, un vacío que ningún abismo podría igualar. Me sentí observado por ellos y tuve el impulso de abrazarme a mí mismo.

La imagen volvió a distorsionarse, las líneas verdes y púrpuras llenaron la pantalla, hasta que por fin se apagó, y yo solo sudaba frío, incapaz de moverme, ahogándome en quieto pánico. ¿O yo cerré los ojos? Los gritos cesaron, dejé de escuchar y comencé a sentirme enajenado. Todo se había vuelto nada en cuestión de segundos, y un frío tacto rodeaba mi rostro. Respiré.