No me abandones
—Es un hermoso día ¿No lo crees?
Sí, podría considerarse hermoso; el cielo brillaba tan intensamente como mil cascadas de plata, hacía mucho no podía verlo así.
Sonrió levemente mientras acariciaba las pequeñas manos del chico a su lado —Me alegra mucho que puedas verlo así.
—Todo es gracias a tí —sonrió, reduciendo sus ojitos a dos pequeñas lunas—. Antes me asustaba la oscuridad ¿sabes? Desde que te mudaste conmigo ya no tengo miedo.
—¿Ah sí? —inquirió. El pequeño solo se sumergió más en las pulcras sábanas blancas, dejando su revuelto cabello negro al aire— Sé que te gusta mucho ver el sol ¿Por qué no hablas con ellos? Tal vez te dejen dar un paseo.
Sintió cómo el colchón se hundía más antes de que su amigo se bajara de él. Su jovial rostro luciendo más apagado mientras caminaba con sus pies descalzos hacia la ventana. De repente volteó, sonriendo con la misma naturalidad de siempre.
—¿Sobre qué hablaron en la última reunión? —la pijama le quedaba algo grande y el color blanco solo resaltaba las marcas de color violeta en su cuello.
¿Debería decirle?
—Lo de siempre... ya sabes, nuevas recetas del doctor... me dijeron que estoy mucho mejor —se encogió de hombros.
—No les has hablado de mí ¿Cierto?
Él chasqueó la lengua —Por supuesto que no, te prometí que no lo haría.
El chico frente a la ventana asintió lentamente. El sol reflejaba sus suaves rasgos de la manera más hermosa. Era ahora o nunca.
—Nico... —titubeó— Nunca me has hablado de cómo llegaste aquí.
Claro que lo sabía. Claro que le había hablado a la doctora sobre él; no quería mentirle, solo quería ayudarlo.
Nicolás sonrió aún más, dando saltitos hacia la radio y reproduciendo una canción muy vieja, podría caber perfectamente en la banda sonora de una película de los años 50.
—Baila conmigo, Teo —lo arrastró por la manga de su pijama, que era un poco diferente a la del más jóven. Menos antigua.
Juntos bailaron al compás de la canción hasta que sonó la puerta al ser empujada. Una joven entró y entrecerró los ojos al oír la música, lo que los hizo separarse rápidamente. Arrastró dentro una maleta y la colocó sobre la cama.
—Aquí están sus cosas. Cuando esté listo acérquese a la oficina de la doctora Farías ¿De acuerdo?
La chica abandonó la habitación y Nicolás miró a Mateo horrorizado.
—No.
—Nico, yo...
—¡No te vayas! —el chico corrió hasta el moreno y se aferró a él con todas sus fuerzas— No me dejes, tú no me dejes, por favor.
—No te dejaré, pequeño —lo separó, tomándolo por los hombros. Pasó las yemas de sus largos dedos por las marcas violeta en el cuello de Nico antes de acariciar su suave mejilla. Era tan dolorosamente hermoso— Te prometo que te visitaré todos los días.
—Pero no te dejarán regresar aquí —gimió, con sus ojitos brillantes por las lágrimas—. Nadie regresa.
Mateo tragó seco y miró la habitación a su alrededor —Este lugar es muy desagradable —dijo. Sintió la forma en que Nico se encogió en su lugar— Deberías seguir mi consejo y salir. Seguir adelante... así como yo.
—Es muy difícil... —sollozó— No me dejes, por favor.
—Hey —levantó su barbilla—, sé que tú puedes. Puedes hacer todo lo que te propongas, pequeño —trató de ocultar el dolor en su voz—. Te dejaré la dirección donde quiero que nos veamos, si no te encuentro me pondré muy triste.
El chico asintió en silencio. Mateo se apartó con cuidado, para cambiarse por ropa fresca. Por fin, dejaría de usar esa aburrida pijama.
Tomó su maleta y dejó un beso sobre la mejilla de Nico —Tú y yo nos volveremos a ver —le aseguró y el otro forzó una sonrisa conteniendo las lágrimas.
Una vez estuvo frente al consultorio, tocó tres veces antes de entrar. La doctora Farías le sonrió cálidamente y lo invitó a sentarse.
—¿Cómo se siente, Mateo? —su cabello negro, alzado en un pulcro peinado, brillaba bajo la luz fría. El bombillo quitaba un poco de la calidez de su piel oscura y contrastaba con el color amarillo de sus lentes. Ella sacó el papel que él debía firmar para declarar su total libertad.
—En perfecto estado.
—¿Ya nadie lo visita?
—Absolutamente nadie —sonrió abiertamente.
Ella alzó una ceja —¿Tampoco Olivares?
Sostuvo su sonrisa serena, como había practicado los últimos meses — Nada de nada.
La doctora lo examinó con la mirada, antes de volver a sonreír y extenderle los papeles. Le dio unas cuantas indicaciones sobre el tratamiento que debía seguir y se levantó para estrechar su mano.
—Doctora —Mateo inclinó su cabeza, como un cachorro— ¿Cree que pueda darme lo que le pedí?
La mujer suspiró profundamente antes de asentir y dirigirse hacia unos cajones de archivos. Buscó el último expediente en el cajón más bajo. Abrió una carpeta, extrayendo una pequeña fotografía, cuadrada y desgastada. Ni siquiera estaba a color, pero podía ver sus preciosos ojitos brillantes y su cabello negro revuelto, justo como el día que lo conoció.
Leyó la caligrafía desgastada detrás de la foto cuando la mujer se la extendió.
Nicolás Olivares. Hospital psiquiátrico Flores del Carmen. 1958.
—Esto no es muy ético de mi parte-
—Lo sé —a cortó—. Por eso se lo agradezco mucho. No tiene idea.
Le sonrió por última vez a la mujer y se retiró del lugar. Al salir del edificio, con su maleta en mano, se alejó hasta que pudo divisar la ventana de la habitación en la que pasó dos años de su vida. Pudo ver al pequeño que lo miraba con una sonrisa melancólica y le dedicaba un ligero movimiento de mano, a modo de despedida. Mateo le sonrió antes de irse por el sendero de piedra, hasta la carretera que abandonaba el lugar.
Un mes.
Hacía un mes visitaba todos los días ese lugar con girasoles. A él le gustaba el sol, así que quería traerle la representación más pura del mismo.
Como acostumbraba, se sentó sobre el pasto que había frente a la lápida de piedra desgastada. Se había dedicado fielmente a limpiar todas las plantas muertas a su alrededor y ahora era como un pequeño jardín. Había enmarcado la foto para que no se arruinara, la cual ahora reposaba ahí, frente a la piedra.
—Conseguí trabajo —inició diciendo, con una sonrisa—. Hace una semana, disculpa no haberlo mencionado, solo quería asegurarme de que fuese fijo antes de decírtelo —sonrió apenado, mirando sus manos—. Sabes, estoy pensando en pintar esto de amarillo. Creo que quedaría bien, tal vez así te animes a regresar —rió levemente, mostrando una foto en su celular que había descargado con diferentes paletas de colores, en tonos amarillos—. No te presionare, sé que es difícil, solo que... te extraño, eso es todo... y me contaste que es tu color favorito.
—Lo recordaste —habló a sus espaldas esa voz que tuvo tanta fe en volver a escuchar. Teo giró su cuerpo rápidamente, corriendo a abrazar al chico que anheló tanto volver a ver. Nico enterró su nariz en su cuello e inspiró el aroma del moreno, mientras sus pies descalzos se hundían en el pasto que Teo había podado cuidadosamente.
—Viniste —susurró en su cabello. Tenía la misma pijama, pero ya no estaba en el hospital. Ahora estaba ahí con él.
Nico asintió —No quería que te decepcionaras —le sonrió vivázmente, mirando a su alrededor, luego abrió sus brazos y alzó su rostro hacia el cielo con los ojos cerrados—. Este lugar es hermoso.
—Lo es —afirmó. Se había esforzado para que Nico lo viera como un lugar agradable en el cual quedarse. Tomó su mano y el más bajo señaló la lápida.
—¿Cómo lo descubriste?
Teo se encogió de hombros —Lo importante ahora es que no te voy a abandonar nunca más.
Nicolás lo abrazó fuertemente y se acercó a los girasoles, oliéndolos todos y sonriendo maravillado, justo donde debía estar.
Mateo leyó lo inscrito en la piedra detrás del que lucía más joven, pero vaya que era mayor, por milésima vez en el mes que llevaba asistiendo allí.
Nicolás Olivares. Hijo, hermano, amigo. 1937 - 1958.
Descansa con los ángeles, pequeño.
Ahora todo iba a estar bien.