Todas las cosas que no me creerías si te las dijera

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Summary

En nuestro mundo se esconden personas extraordinarias con capacidades inigualables que no creerías si te hablaran de ellas. Cuatro de ellas se verán atrapadas en la noche más oscura de la ciudad de Chirana: cuando trece jóvenes son asesinados y colgados en los árboles de flores violetas. ¿Podrán vencer sus miedos para resolver el misterio antes de que sea demasiado tarde?

Genre
Mystery/Fantasy
Author
Noir
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cuidado con los monstruos

Noxochih

Cada noventa y dos minutos los astronautas de la estación espacial internacional dan una vuelta a la tierra. Quiere decir que todos los días pueden ver hasta quince amaneceres. Y si yo no quisiera morir bajo las garras del frío espacio, tendría que estar despierta esas quince veces.

La primera vez que sucedió fue en año nuevo del dos mil. Recuerdo las calles desiertas y el olor penetrante del rastro de los fuegos artificiales. El cielo estaba cubierto por una capa grisácea y las calles decoradas con papeles de colores. Yacía enfrente de una avenida que no conocía, acostada sobre el pasto seco y duro de un baldío.

Había una mujer tirada en el suelo en medio de la calle. Recuerdo el color azul de la falda que le llegaba hasta los tobillos, recuerdo el suéter tejido, era de color blanco. Recuerdo la posición poco natural de sus brazos, completamente torcidos. Las piernas estiradas. Me arrastré hacia ella. Creo que la llamé un par de veces. Cuando me acerqué a ella pude ver el charco de sangre que se formaba sobre su cabeza. Pensando que era un sueño, intenté voltearla. No pude hacerlo.

Dejé de sentir mi cuerpo pesado. Escuché mis latidos con claridad. Fui consciente de cada uno de mis dedos, de la sangre caliente que se impregnaba en mis manos. No pude hacer nada. Creí que jugaba. Me levanté de la carretera, los autos se iban aproximando y hacía frío. Yo era muy chica para entender de muertes. Lo poco que entendía era que ya había despertado, pero estaba muy lejos de mi cama.

Caminé unos cuantos metros hasta una tienda de abarrotes donde me ofrecieron ponche y algo de comer después de haber marcado el único teléfono que conocía; no probé bocado alguno porque mis manos aún estaban llenas de sangre y no quise lavarlas. Mamá llegó una media hora más tarde por mí, tenía los ojos llenos de lágrimas.

Toda esa semana seguí despertándome lejos de mi habitación.

Un radio de dos a cuatro kilómetros de mi cama. Siempre en el amanecer. No importaba la cantidad de seguros que mi madre pusiera en la casa, ni las guardias nocturnas al lado de mi cama. En un parpadeo yo desaparecía y despertaba en otro lugar.

Ciento tres días.

Hoy cumplo ciento tres días sin haber viajado.

Xochih.

Jamás había pasado tanto tiempo. Mamá solía decir que era un superpoder que teníamos que mantener en secreto. De no haber sido por ella, quizá todos los días me levantaría en un sitio diferente. El método es infalible. No tardamos mucho tiempo en deducir que solo viajaba en un punto exacto del día: al amanecer. Y no era constante, podía detenerlo. Si me mantenía despierta cuando el sol salía, no viajaba. Seguía en casa.

Xochih.

—¿Dónde estás?

Observo a Elio. Son las siete cuarenta y tres. Por costumbre llevo una de las manos a la bolsa que cargo en mi cintura para comorobar que sigue ahí. Dentro llevo dinero en efectivo, una tarjeta de crédito, mis identificaciones oficiales y el pasaporte; también llevo un cargador para el teléfono, una pluma, un cuaderno pequeñísimo que tiene anotadas cada una de las horas exactas donde el sol amanecerá por las próximas tres semanas, una lámpara, un mapa y un diminuto juguete de madera que tiene la figura de un oso. Mamá hacía eso, trabajaba con madera y dejó muchos juguetes como esos.

—¿Dónde más estaría si no es aquí? —contesto.

Elio se alza de hombros sin mirarme a los ojos. La primera vez que vine a este sitio eran las seis y media de la mañana. Me quedé dormida y viajé una vez más. La joyería se encuentra en el punto más alto de la colina que está a un kilómetro y medio de mi casa.

Cuando llegué, el dueño de la joyería me prestó el teléfono de inmediato. Pude haber caminado de vuelta a casa, tenía una ligera noción de dónde estaba, pero decidí entrar. Quizás es la maldición del oro, esa misma que hace a todos mirar. Elio no estaba junto a los aparadores con su padre, Elio estaba escondido en la cocina, a un lado de la estufa, triste porque un urraco había masacrado las crías de una tortolita y sostenía los cuerpos de estas con sus manos llenas de hormigas. Las enterramos al lado del naranjo cavando agujeros con las manos.

Él siempre odió este lugar. Es una pena, todo lo que crean sus manos es una delicada preciosa obra de arte; pero a sus ojos no es así. Cada creación es un monstruo para él.

—Me das miedo cuando te pierdes así. —Se detiene un segundo—. Es como si de verdad dejaras de estar aquí.

Asiento apenada. Escondí el secreto para intentar olvidarlo. Si seguía las reglas no viajaba y era una persona normal, pero el terror nunca me ha dejado. Hay días donde siento que estoy en medio de la nada, en medio de un vacío inexplicable y sin importar lo fuerte que grite, no hay nadie quien pueda llevarme de vuelta a casa.

—¿Crees que haya gente especial en este mundo, Elio?

—¿A qué te refieres? —pregunta.

Duermo con una mochila amarrada a mi muñeca con un hilo. Aprendí que puedo viajar con lo que tenga en mis manos. Cosas pequeñas. No todas. Alguna vez cuando me molesté con mamá, escondí los relojes con alarma y me aferré al gato que teníamos de mascota. Creí que viajaría conmigo para siempre. Solo volví yo.

—A gente que levante cosas con la mente, o que pueda cambiar el clima a su voluntad...

—No sé —responde—. Sería genial, pero, si los hay, ojalá nunca los encontremos.

Me propongo limpiar el área de trabajo sin dejar de sentir agujeros en el estómago. A guardar las seguetas y las limas mientras aprieto con desesperación los dientes. Piso el propulsor de la gasolina del soplete y siento cómo sale un olor extraño de entre los tubos.

—Porque, Xochih, ¿te imaginas lo que el mundo les haría si los descubriera? Se los comerían vivos.

Todos los días si no estoy despierta antes de que el sol decida amanecer, viajo a un lugar distinto… ¿También me comerían a mí?

Elio pone una pequeña caja de cartón sobre la vitrina, la repasa con sus dedos y me llama. Es una caja de cartón pintada de rojo con un hilo negro que la envuelve. Elio me acerca un poco más la caja y me incita a mirar dentro de ella.

Lo abro. Un pequeño dije dorado posa sobre el acolchado negro del estuche con una cadena delgada y brillante. Lo tomo entre mis manos con sumo cuidado, hay un dibujo en el centro del metal. Es un sol decorado con sutiles rayos uniformes. Las pestañas a los costados me llaman a observar lo que hay dentro del dije. Con mis uñas quito el pestillo. Es una brújula no más grande que una tapa de refresco.

Mis labios tiemblan. ¿Ha pasado ya otro año?

—Es oro —susurro preocupada— ¿Cuánto te costó hacerlo?

Elio se acerca ignorando la pregunta y da un par de toques sobre mis nudillos. Enseguida abro las manos y él toma la cadena, me regala otra sonrisa; abre el seguro del collar y con cuidado se acerca detrás de mí para acomodarla en mi cuello.

—Ya es octubre, Xochih —duda—. Feliz cumpleaños.

Da un paso hacia atrás y observa el dije con cariño, noto la mueca que ha sabido esconder bien, es el sentimiento de que algo ha faltado en su creación. Luego vuelve a mí.

—Sé que hoy no es exactamente tu cumpleaños, pero no quería olvidarlo como el año pasado. Es especial, son veintitrés años. —Se rasca la cabeza y señala el dije—. Espero que te guste. Sé que te intriga mucho el sol.

Es todo lo contrario. Le tengo miedo. A veces sueño que me comerá.

Lo abrazo y me quedo un momento entre sus brazos. A veces siento que en cada parpadeo despertaré en otro lugar. Elio lo desconoce. No tiene la mínima idea del secreto. He buscado por tantos años la manera de decirlo y siempre llego a conclusiones que me impiden hacerlo. No le haría ningún bien saberlo.

—Gracias, Elio. Es muy bonito, de verdad lo es.

Puede que otra de las razones por las que mantengo el secreto es que me he refugiado en este lugar. En su rutina impecable. En las cortinas que se abren a las ocho en punto, mismas que se cierran a las siete y media, en los domingos que se limpian las vitrinas y los lunes que se acomoda la mercancía. Aquí soy una persona normal.

Me desprendo de Elio y le veo las manos cansadas, las puntas de los dedos ennegrecidas por los ácidos; las acaricio con cariño. Le veo en paz. No me molestaría pasar el resto de mis días en esta ciudad, en esta calle, en este local. No me molestaría venir cada tarde aquí a observar las manecillas del reloj y escuchar su sonido eternamente.

Está bien. Y a pesar de ello, no entiendo por qué todavía siento que quizá haya una razón para… Para buscar a algo, a alguien como yo. Una respuesta. No entiendo por qué sigo buscándola.

—A veces tengo ganas de irme. De irnos —susurro.

—¿A dónde?

—No lo sé. Siento que debo hacerlo. Como si tuviera que estar en otro lugar, todo el tiempo.

—Entonces deberíamos irnos —concluye Elio—. Ahora mismo. Vamos a ver el mar.

Una sonrisa grande se expresa en el rostro de él.

Con miedo, cierro los ojos la mitad de un segundo, por un momento la calle se inunda de agua y nos perdemos ahí.

—Vamos.

—¿Ahora? —pregunta sorprendido.

—Sí, ¿por qué no? Subamos a un camión y hagamos nueve horas de viaje para ir a la costa. Nos perdemos en la arena, y luego nos encontramos. Volveríamos a tiempo para comer el pastel de chocolate que le gusta hacer a Javi.

—Estás mal. No te me puedes perder. Pero, sinceramente, no estaría mal ver el letrero por última vez de «Bienvenido a Chipe» y jamás volver —añade él.

Para eso está Elio. Para encontrarme.

El teléfono vibra un segundo. Es un mensaje de papá.

¿A qué hora regresas a casa?

La seriedad inunda el rostro de Elio, como si recién se hubiera percatado de algo preocupante. Acomoda la caja de regalo en mi pequeña mochila y la cierra.

—Es una pena, ¿no? Que no podamos irnos así —susurra.

—¿Crees que les harían daño si los encontraran? —Le miro directamente a los ojos esperando su respuesta—. A ellos, a los especiales.

Elio asiente sin duda. Me hubiera gustado decirlo desde hace tiempo. Papá jura que es mejor así. Si le miento a Elio, me miento a mí misma. Y así, mientras pasan las noches, algún día, a mí también se me olvidará la razón por la que me despierto antes que el sol.

—Oye...

—¿Sí?

Es verdad. Ojalá nunca los encontremos. Ojalá puedan ser como yo y esconderse entre los rincones, que puedan vivir tranquilos.

Mientras Elio cierra la cortina metálica del local. Observo el cielo. Hacía tanto tiempo que no lo veía así de despejado. Las estrellas. Venus está ahí. Si viviera en Venus vería al Sol salir por el oeste y morir en el este.

Pero es inevitable preguntarse si alguien también mira a las estrellas y se siente tan solo como yo.

—¿Xochih?

He sido yo de entre tantos. Quizá de haber nacido un segundo más tarde o un segundo más temprano jamás habría sufrido de esta manera. Jamás habría tenido tanto miedo. Mamá seguiría aquí. Papá y Javi no me tendrían miedo.

Lo que me hace temblar, no es el despertar en un lugar diferente. Es aquella sangre. Es creer que yo soy aquella culpable. Es pensar que volveré a encontrar a esa mujer y me llenaré de nuevo con su sangre.

Por eso no debo volver a hacerlo. Sé que Elio está confundido, pero busco mi teléfono antes de responderle, me aseguro de la hora exacta del amanecer. Siete veintisiete. Debo estar despierta veinte minutos antes. Siete y siete. Reacomodo las alarmas de hoy. Elio tiene que saberlo. Lo sabrá. Esperará un poco más porque le contaré de las veces que los astronautas ven el amanecer y le contaré de las veces que terminé perdida en el vacío de mis sueños. Le contaré de mamá. De cómo desaparecimos las dos, pero solo pude volver yo.

Le contaré que no soy especial, que soy un monstruo.

Cierro los ojos. Estoy pensando demasiado. Es normal, es porque se acerca mi cumpleaños. Es porque no quiero que también Elio me tenga miedo.

—¿Xochih?

Las estrellas, la luna y Venus. Hay algo en todos ellos.

—Las estrellas, ¿no las ves raras?

Mis manos siguen temblando. Su mirada se dirige al cielo. El estómago me duele. Parpadeo.

Un dolor inmenso me inunda la cabeza. Es instantáneo, pero suficiente como para dejarme paralizada un momento en el suelo. Me siento rodeada por un horrible mareo que nubla inmediatamente mi visión.

Un segundo negro.

—Estás maldita.

—¿Elio? ¿Tú también lo viste?

Escucho las alarmas del teléfono sonar. Elio no está detrás de mí mirando las estrellas.

Levanto la mirada, el dolor cede poco a poco, pero el oído izquierdo no deja de zumbar, llevo mi mano a la cabeza. Estoy en el suelo, pero no es el taller de joyería. Levanto la mirada y ya no hay estrellas, solo un techo de madera.

De repente entran a la habitación un par de muchachos que cargan vasos coloridos en las manos. Intento comprender sus palabras, pero no alcanzo a escucharlas. Todo aún me suena lejano. Uno de ellos se acerca preocupado. Vuelve a hablar, pero solo puedo leer sus labios. Dónde.

—¿Qué hora es? —pregunto de inmediato.

Leo sus labios de nuevo, ¿qué?

No entiendo las otras preguntas. Salgo de la habitación aún mareado. Palpo con fuerza mi oído. El zumbido es menos fuerte, pero el dolor no se va. Me acompaña la ilusa esperanza de encontrar a Elio, pero sé que estoy muy lejos de él ahora.

¿Por qué? ¿Por qué si todavía no había amanecido?

No debo de estar aquí.

Más personas en la casa. Los que están en las escaleras tienen un rastro de sudor, alcohol y humedad.

—¿Qué hora es? —pregunto de nuevo al primero con el que me cruzo.

—¿La hora? No lo sé. —Escucho lejana su voz, pero alcanzo a comprenderla—. No traigo reloj y mi celular lo trae Antonio. Igual no sirve. ¿Quién eres?

No contesto, busco con urgencia mi celular, la hora que marca son las ocho y siete, pero no hay señal. Me alejo y termino de bajar las escaleras. La música suena en la sala donde hay otro grupo pequeño de jóvenes que se divierte. Es una generosa casa de madera rodeada de plantas. Hay muchas entradas abiertas, una enfrente, una en la parte trasera, también hay unos canceles enormes que dan a un jardín descuidado. Al asomarme descubro que estamos rodeados por algunos árboles altos y delgados, no logro ver calles pavimentadas, ni otras casas cercanas, solo hay un incierto camino de terracería.

¿Dónde estoy? No lo sé. No tengo más puntos de referencia. Mis manos empiezan a temblar. Tengo que llamar a casa. Tengo que llamar a papá. Tengo que llamar a Elio, debe de estar muy preocupado.

—Oye. —Una de las muchachas se acerca a mí—. ¿Estás bien?

—Necesito hacer una llamada, ¿por qué no hay señal?

—¿Qué?

—¡Tengo que hacer una llamada!

—Dios, tranquilízate —exclama—. No hay servicio aquí, estamos en el cerro. Pero hay una línea telefónica fija en un cuarto de arriba. El que está pegado al baño… ¿Pasó algo?

Corro hacia las escaleras de nuevo. Escucho que alguien pregunta mi nombre de nuevo, alguien se queja de que lo he empujado, pero no le hacen caso. Algo está mal. No es posible. No estaba cerca el amanecer.

En medio de las escaleras volteo hacia la sala. Todos se ven tranquilos, disfrutando de la música y platicando entre ellos. No tiene porque ocurrir nada. La hora: ocho y cinco cuando entro a la habitación.

Mis manos no dejan de temblar. Las carcajadas del ambiente llegan hasta la habitación, pero no me tranquilizan. En cambio, siento como si el mundo se riera de mí enteramente. Me acerco al teléfono. El oído izquierdo no deja de doler, así que intento mover la mandíbula para aminorar la sensación. Levanto el auricular hacia mi otro oído y un alivio me recorre al escuchar la línea que funciona. Comienzo a marcar el número de la casa, pero antes de presionar el último número la línea se corta. Todas las luces se han apagado y estoy a penumbras.

Escucho los gritos de reproche de los jóvenes en la sala. La música también se ha detenido. Salgo de la habitación apurada, solo logro visualizar algunas sombras desde arriba. Todos guardan silencio mientras prenden las linternas de sus teléfonos.

—Ay no.

—Está bien. No tardará en volver. Hay muchos otros complejos cerca, no los pueden dejar sin luz tanto tiempo…

—Estamos en medio de la nada. Claro que no va a volver.

Voy a la habitación de nuevo y emparejo la puerta con cuidado. Observo mis dedos. Aún no puedo detener el temblor de las manos.

Crujidos. Un quejido ausente. Cierro los ojos. No. Todo está bien. Me cuesta trabajo mantener los ojos abiertos. Me concentro en respirar. Pero me distrae el sonido de un cuerpo arrastrándose. Otro crujido más. Pasos caóticos se esparcen por todo el lugar. Los ecos de un tumulto que se despedaza llegan a mí.

Gritos.

Volteo sin levantar la cabeza. Despacio. Respiro. Mantengo los ojos abiertos. No estoy soñando, no estoy dormida.

Lo veo. El cuerpo de un joven que se arrastra por la madera en el cuarto, la sangre sale silenciosamente de la profunda herida que tiene en el cuello, y también va a arrastrando, le ha abandonado tanta que ya no puede hablar. Sus dedos aún se mueven un poco, se incrustan sobre la madera, intenta llegar a mí.

Y lo veo también a él. Aquel con las manos llenas de sangre. Se hinca frente al cuerpo del chico que me exige ayuda e intenta tapar el lugar de donde sigue saliendo la sangre. Tan pronto como puedo gateo hasta ellos y levanto la playera para descubrir su vientre rajado en dos. Volteo hacia arriba. Tardo en comprender unos segundos que aquel que intenta salvarle la vida, pese a que tanto se parece a uno, no es humano. Gemidos callados y enseguida un silencio abrupto.

—Lo siento, intenté detenerlo —susurra el monstruo al lado mío—. Lo siento, lo siento, lo siento.

Noxochih, mi niña. No se lo digas a nadie.