Prólogo
Prólogo:
18 de julio de 1806
A las once de la mañana, en punto, Lord Alexander Clarkson, Marqués de Kendall, entraba por la puerta de las oficinas de sus abogados, Bronx e hijo, donde había sido convocado con carácter de urgencia.
Fue conducido directamente al despacho del señor Bronx, donde ya le esperaban.
— Buenos días, Lord Kendall — le saludo el anciano abogado sentado tras el escritorio — si hace el favor de sentarse — le indico una de las butacas que tenía delante — esto no nos llevara mucho tiempo.
— Eso espero — comento al tiempo que tomaba asiento — creía que ya estaba todo solucionado, ya que he cumplido con todas las exigencias de mi padre, como usted bien sabe. — le recordó, dejándole ver su desconcierto ante este reclamo.
—Y así es — le confirmo el señor Bronx sin mirarle, mientras movía los papeles que había sobre su escritorio de un lado a otro de su mesa, cómo buscando algo que no llegaba a encontrar — ahh, aquí está, sabía que la había dejado en algún sitio.
Kendall vio como rescataba una carpeta del montón y la abría.
— Su padre dejo encargado que se le entregara esta misiva — le tendió un sobre lacrado — al día siguiente de su treinta cumpleaños.
Kendall miro la carta con suspicacia, si su padre había dejado nuevas directrices con las que dirigir su vida, aun después de muerto, estaba más que tentado a ignorarlas por completo.
— Lord Kendall — le llamo la atención el señor Bronx al ver que no la tomaba de inmediato.
Kendall extendió el brazo y tomo el sobre, reacio.
— Le dejo unos minutos para que pueda leerla con tranquilidad — anuncio el señor Bronx saliendo del despacho y cerrando la puerta tras él.
A ver qué quería ese viejo loco ahora de él, pensó Kendall, rompiendo el sello y sacando las hojas del interior.
Unos minutos más tarde, una risa estrambótica retumbo entre las paredes del pequeño despacho, sobresaltando al personal del bufete con su estallido.
Kendall leyó la carta de nuevo para asegurarse que había entendido bien su contenido.
Ese viejo loco, había convertido su vida en un infierno, tan solo por una maldita broma.
Se había pasado los últimos siete meses, haciendo el tonto por todo Londres, solo por una broma de su progenitor.
No sabía si reír o llorar, después de todo lo sucedido.
Doblo la nota con esmero y volvió a meterla en el sobre, antes de levantarse y salir de las oficinas de sus abogados rumbo a su club, lo que se iban a reír de él sus amigos.
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