Chapter 1
En un jardín lleno de arbustos de hojas en forma de trébol de color anaranjado, amarillo, café y rojo se encuentra caminando Itzmin el rey de todo el lado sur del universo.
Itzmin lleva puesta una enorme corona plateada, la cual tiene incrustados cientos de pequeños diamantes negros. Su barba de color anaranjada está bien arreglada. Él es bastante alto y las facciones de su rostro son perfectas.
A un lado de Itzmin camina con paso lento un ser femenino de piel verde claro y ojos completamente negros, carece de bello corporal y de cabello. Viste con una larga túnica color perla, no lleva ningún tipo de zapato, la piel de su cuerpo es tan dura como el diamante.
Sobre el cielo sobrevuelan arañas con alas cafés y las hojas cecas que desprende el viento de las ramas de los arbustos.
A lo lejos, sobre hectáreas de tierra gris y pasto dorado, se pueden observar cientos de bestias de distintas especies descansando.
—Encontré al devorador de almas —dijo Itzmin.
—Llegue a pensar que el devorador de almas no existía —dijo entre dientes el ser femenino.
—Sin Almira ya nada tiene sentido. Han pasado tres mil años desde su muerte. Tenía la esperanza de que reencarnaría en alguna parte del universo, pero el lago de las mil vidas no me revela nada —sus palabras estaban llenas de nostalgia.
—Desea que convoque a su corte.
—No. Nadie debe de saber lo que pienso hacer. Solo confió en ti.
—Hay muchos reyes que aprovecharán su muerte para hacer lo que quieren —advirtió el ser femenino.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr. Almira vale cualquier sacrificio.
—¿Qué pasará si todo se sale de control? —lo interroga el ser femenino.
—No te preocupes, nadie encontrará este planeta. Déjalos que hagan lo que quieran.
—Será como usted desea —hizo una reverencia.
—Sigue con tus labores tal y como si yo estuviera vivo —le ordeno.
El ser femenino asintió con la cabeza.
Itzmin camino hasta las bestias, algunas eran pequeñas y otras demasiado grandes. Él se acercó hasta la bestia favorita, Dilrub, y le acaricio, puso ambas manos sobre su piel dura.
—Tengo que irme, encontré el devorador de almas. Mi sufrimiento está por terminar —menciono Itzmin.
—Eres demasiado necio —contesto Dilrub.
—Ya nada tiene sentido. Almira está muerta —se justificó Itzmin.
—¿Qué pasará si no mueres al entrar al devorador? —lo interrogo Dilrub.
—Al menos lo abre olvidado todo —suspiro.