Decisiones
Decisiones
Las luciérnagas iluminaban el patio con su tenue luz; danzando por los alrededores, sin importarles la vida que muy pronto terminaría para ellas. Yo las miraba desde mi hamaca; mientras que también miraba la luna, las estrellas y escuchaba a los grillos cantar desde la grama húmeda.
Soñaba despierta; imaginaba el momento en el cual pudiese decirles la verdad y ser libre. Sin embargo, temía el rechazo, temía el dolor incesante que me pudiesen causar.
El cielo despejado, con sus estrellas luminosas, me producía tranquilidad; aunque sabía que solo era la calma que precede a la tormenta. Una tormenta que traería vientos huracanados que haría temblar a cualquiera. Una tormenta que haría estragos en mi vida. «¿Merece la pena?» Pensé.
Entonces, observé hacia la casa y la miré, sentada en el suelo mientras estaba absorta en su libro.
—Puedo sentir tu mirada, Alison. —La vi sonreír.
—No puedo evitarlo. Eres hermosa.
—Tonterías. —Ella dejó su libro en el suelo y se acostó junto a mí.
Su mano se entrelazó con la mía y su respiración calmada en mi cuello hacía que tuviera todo más claro. En ese momento supe lo que debía hacer, iba a desatar la tempestad.
—¿Qué está rondando tu cabeza? —preguntó con curiosidad.
—Nada importante. Una idea simplemente que se me ocurrió mirándote.
—No vas a decirme, ¿verdad?
Negué con la cabeza y le di un corto beso en los labios para luego seguir viendo las estrellas y la luna que hacían que todo fuera mágico.
A la mañana siguiente me levanté junto a Bianca; la miré a mi lado con el cabello liso en su frente. Sabía que aún estaba dormida por el leve ronquido que percibía. Sonreí al verla tan tranquila, ya quisiera yo estar así.
Despacio me salí de la cama y fui al baño a lavarme la cara y a cepillar mis dientes. Mientras hacía todo eso reparé en mis pensamientos nocturnos. Había decidido decir la verdad, mí verdad.
Salí del baño y miré nuevamente a la cama. Ella seguía dormida; era una perezosa los fines de semana, pero la entendía, ella trabajaba mucho, así que tendía a dormir hasta tarde cuando tenía tiempo.
Fui a la cocina y saqué las cosas para preparar el desayuno; huevos, tocino, tostadas y café. Aunque yo tomaba jugo de naranja porque no me gustaba el café, y era algo que Bianca no lograba entender por más que le explicara. La verdad era que detestaba el sabor amargo de este, y además el café me recordaba un poco a mi padre.
Encendí la estufa y coloqué la sartén. Esperé a que estuviera lo suficientemente caliente y rocié un poco de aceite. Una vez había freído los huevos, pasé al tocino. El pan estaba en la tostadora y el café de Bianca en la cafetera.
Esto valía la pena. Vivir con Bianca valía la pena porque la amaba. «¿Por qué es tan difícil de entender?» Me preguntaba. Mis padres habían sido conservadores toda su vida, pero eso no les impidió vivir su historia de amor. «¿Por qué tienen que juzgarme?»
Ellos pensaban que Bianca era solo mi amiga, que era mi compañera de casa. Y aunque eso era en parte cierto, la verdad era muy distinta. No podía imaginarme una vida sin ella, no lo concebía en lo absoluto. En el pasado creí haber encontrado el amor, pero solo era una tonta universitaria que estaba viviendo una mentira, jugando con fuego, sin saber que me quemaría por pensar que la vida era efímera.
Empecé a acomodar todo y serví el desayuno. Entonces escuché los pasos entrando en la cocina. Volteé y la encontré risueña. Su pelo estaba desordenado y bostezó. Vestida con su pijama y descalza, vino hacia donde estaba y me dio un beso en la mejilla.
—Alison, podías pedirme ayuda, ¿sabes? —dijo quitándome los platos de las manos para llevarlos a la mesa.
—No quería despertarte.
—Eres una tonta —dijo sonriendo y sentándose—. ¿Tienes mi café?
—Por supuesto. —Le tendí su café y me senté frente a ella.
Comimos tranquilas, mirándonos de vez en cuando. También observé nuestro entorno, las paredes azul claro, los sillones color crema, la pequeña biblioteca de Bianca con sus libros, mi colección de CD ’s, las baratijas que adornaban las repisas. Pensé entonces en que no quería que me quitaran esto, era feliz aquí, con ella. Era feliz en nuestra pequeña casa.
Ella me miró pensativa, sabía que mi mente estaba vagando con ideas de todo tipo. Me conocía muy bien.
—¿En qué piensas, Alison? ¿Tiene que ver con la idea que se te ocurrió anoche?
Por un momento mi mente se detuvo. Pensé que había olvidado eso, o que al menos lo había omitido. En todo caso, no había motivos para ocultarlo. No entendía esta necesidad de obtener la aprobación de mis padres respecto a mi vida. Había dejado de verlos por un tiempo con la excusa del trabajo, pero la verdad era otra. Me sentía asqueada cada vez que debía esconder quién era por miedo a su rechazo. Odiaba tener que ocultar la vida que llevaba con Bianca, de seguirles el juego de la “roommate” solo para que la fachada de su religiosidad no me cayera encima. No era justo para mí o para ella tener que vivir bajo una mentira.
—Les diré a mis padres que soy lesbiana.
Bianca se sorprendió ante mis palabras. Decirle que iba a contarles a mis padres sobre ella, sobre nosotras, era algo que no se esperaba.
Después de esa declaración seguí con mi desayuno, aunque ella me miraba preocupada. Ella no conocía a mis padres, solo le había hablado de ellos, de su estilo de vida y sus creencias. Y por supuesto que ellos no conocían a Bianca, como mencioné hace un rato, ellos solo creen que es mi compañera de casa.
—¿Estás segura de lo que vas a hacer? —preguntó ella rompiendo el silencio—. Me refiero a que de verdad me encantaría que ellos supieran lo nuestro y nos aceptaran, bueno que te aceptaran, pero no quiero que lo hagas si eso supone para ti un sufrimiento o martirio.
Amaba su franqueza, su preocupación, y aunque sí tenía miedo, no podía dejar que este secreto siguiera por más tiempo.
—No quiero seguir ocultándolo. No quiero que tengamos que escondernos de ellos. El sufrimiento por el rechazo de mis padres valdrá la pena si tú sigues a mi lado.
Ella tomó mi mano por encima de la mesa y entrelazó nuestros dedos, me miró con una sonrisa genuina y dijo:
—Nadie podría alejarme de ti.
—Eso era lo que quería escuchar. Terminemos de desayunar ahora.
Bianca se encontraba regando las flores del jardín, estaba descalza y lucía sus shorts y franela de corazones. Le encantaba sentir la grama bajo sus pies, y estar al aire libre. A mí me gustaba llevarla a pasear, comer en los puestos ambulantes, los museos y la fotografía.
Ambas estábamos disfrutando del día soleado, de las nubes y el olor a grama mojada. Ella me miró con el rabillo del ojo y me lanzó un guiño de complicidad. Caminé hasta ella y la tomé por la cintura apoyando mi mentón en su hombro. Percibí el aroma dulce en su cabello castaño y le di un beso en la mejilla.
Aún con la manguera en la mano mientras regaba las flores, rio nerviosa. Me gustaba hacerla reír, me gustaba tenerla en mis brazos.
—Sé que tiendes a sobre analizar las situaciones —Ella tenía razón—, pero no dejes que los prejuicios del mundo exterior te controlen. Yo te amo, Alison.
Se giró, dejando caer la manguera al suelo, y tomó mi rostro entre sus manos. Yo miré a sus hermosos ojos cafés y a ese pequeño lunar cerca de su labio inferior, y de vuelta a sus ojos. Era simplemente hermosa.
—Te amo, Alison. —repitió una vez más—. El mundo no importa si nos tenemos la una a la otra.
Bianca unió sus labios con los míos, y en ese momento le creí. Creí que todo era posible, que el amor prevalecía, que los prejuicios se rompían, y que las horas con ella nunca terminarían.
—Mi nombre es Alison Brown, soy lesbiana y soy valiosa.
Bianca me había hecho repetir esa frase ya ni sé por cuantas veces. Ella decía que una vez pudiera decirla sin titubear, entonces podría decirles a mis padres que era lesbiana sin problemas.
Sin embargo, el problema era que, aunque pudiese decírselo a ella sin titubeos, cuando estuviese frente a frente con mis padres la historia sería diferente.
El día transcurrió tranquilo; Bianca y yo pasamos la tarde horneando galletas y brownies. Nos encantaban los dulces, pero las galletas y los brownies en definitiva se llevaban el primer lugar.
Salimos al patio una vez más a ver el atardecer. Ella se acostó junto a mí en la hamaca, arrinconando su cara en mi cuello. Podía sentir su suave respiración en mi piel. Su mano izquierda buscó la mía y con delicadeza dejó un tierno beso en ella.
—No me arrepiento de nada —dijo en voz baja—. No me arrepiento de haberte conocido porque de no haberlo hecho no habría conocido el amor.
Sus palabras me llegaron al corazón. Yo tampoco me arrepentía de nada.
—Mi vida sin ti no la puedo imaginar —dije mirando al cielo, que estaba iluminado con colores rojos y naranjas—. No sabría cómo vivir, cómo continuar. — Esta vez la miré a los ojos—. Eres parte de mí.
Bianca era parte de mí; era mi sol, era mi luna, y quizás suene cursi, pero es difícil encontrar a alguien que te ame cuando eres diferente.
Permanecimos en silencio por otro rato, meciéndonos y mirando al cielo; observando los colores desaparecer en el manto de oscuridad. Bianca y yo podíamos pasar horas acostadas sin decirnos nada, era una tranquilidad placentera, algo que no nos molestaba, sino que más bien nos unía en pensamiento.
Las estrellas poco a poco empezaban a aparecer. Era una noche sin luna. Nuevamente, se veían las luciérnagas y los grillos empezaban a cantarle a la noche.
Ella se removió a mi lado, y tomando mi mentón con su mano libre hizo que la mirase. Sus ojos brillaban en la oscuridad, y eso me provocó una sonrisa tonta. Ella sonrió también.
—En mis pesadillas más horribles tú eres mi luz. —Eso me hizo sonreír aún más.
La besé con ternura, como si fuera de cristal y no quisiese romperla. Bianca profundizó el beso y me hizo temblar. Nunca había querido a nadie como la quería a ella.
—¿Cuándo piensas hablar con tus padres? —preguntó mientras aún rozaba mis labios.
—Mañana.
—Iré contigo. —Acarició mi rostro.
—Necesito hacer esto sola.
—No quiero que estés sola —dijo ella.
—Todo estará bien —Le aseguré.
—Aun así. No quiero dejarte sola.
—No lo estaré. Sé que estarás pensando en mí. No quiero que te preocupes.
—Pero lo hago.
—Bianca, todo saldrá bien. Recuerda: “Mi nombre es Alison Brown, soy lesbiana, y soy valiosa”.
Ella sonrió por un momento y asintió.
—Eres valiosa, y eres mía, Alison Brown.