Fuego y Metal

Summary

Entre las sombras, una joven zaunita busca ayuda desesperadamente. La traición la ha llevado a recorrer los callejones más apartados de la ciudad, con la esperanza de encontrar a alguien que pueda reparar su valiosa extremidad de metal. El frío la envuelve mientras llega ante la puerta del siniestro taller, y, aunque teme a quien se esconde dentro, sabe que no le queda otra opción. ¿Estará dispuesto a prestarle su ayuda? Y si es así, ¿Cuán alto será el precio de su compasión?

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


Camino con rapidez hacia la enorme y oscura puerta, mientras sujeto mi brazo metálico contra el cuerpo. El corazón me late con fuerza, extasiado aún por la elevada dosis de adrenalina que acaba de recibir. Hace frío, y siento cómo mis dedos se congelan sosteniendo la rígida articulación.

-Maldito seas.- murmuro, recordando el motivo que me ha llevado a esto.

Mi mente vuelve a repetir esa imagen una y otra vez. Ella... con él. Aprieto los dientes, y la tenue luz del callejón me transporta de nuevo a la habitación en la que los he descubierto. Nuestra propia habitación. Resoplo, empujando con la pierna la robusta entrada al taller, sin éxito alguno.

-¿Hola?- grito.-¡Necesito ayuda!

La frialdad de la noche aprovecha el momento de espera para azotarme, y empiezo a notar cómo la humedad penetra mis huesos. Dirijo la mirada al fondo de la calle, justo desde donde vengo, para comprobar que nadie me ha seguido. Es un lugar alejado, al cual solo acudiría gente desesperada como yo. El famoso y lúgubre taller pertenece a un hombre, una especie de curandero con una prodigiosa destreza para la oratoria. Dicen que si te descuidas con él, acabarás con alguna extremidad de metal. Lo bueno es que, en mi caso, es justo lo que necesito. El chirrido de los engranajes me saca de mis pensamientos, y me permite acceder a la imponente residencia. Entro a una sala, en la que no puedo apreciar más que una abertura al fondo, que deja ver el principio de unas escaleras descendentes. Voy con cuidado, suponiendo que la razón de tan insana oscuridad es la cantidad de trampas que se ocultan entre las sombras. Con cada peldaño que bajo, la luz amarillenta se hace más presente y empiezo a distinguir las peculiaridades de aquella sala.

-¿Hay alguien?-insisto.

Por ahora la única respuesta es el silencio. Me quejo al llegar al último escalón, apretando más el casi colgante brazo. No puedo evitar fijarme en la inmaculada camilla de cuero que preside la estancia y en la desmedida cantidad de autómatas que se acumulan al fondo, inmóviles. Una enorme mesa de trabajo se alza en una esquina, equipada con instrumentos de los que desconozco la utilidad. Paseo delante de las estanterías, y no puedo ocultar mi desagrado ante el contenido de esos frascos de cristal.

-Normalmente el aspecto no determina el valor.

Doy un respingo y dirijo la mirada hacia la profunda y casi robótica voz, solo para conseguir una sorpresa aún mayor. Retrocedo un paso, pero ni la distancia mitiga la diferencia de altura y adopto una posición defensiva, ocultando mi brazo accidentado. El autómata nota el cambio en mi actitud y alza una especie de gancho que sale de su espalda, pareciera que preparándose para disparar. Él no es igual a todos los demás que hay en la habitación. Es más robusto, con un mejor diseño y además...acaba de hablar. Se me acelera la respiración, y destellos de luz azulada emanan de mi artificial extremidad, delatando mi nerviosismo. Sus ojos naranjas brillan de forma intensa, y su amenaza desaparece, supongo que al percatarse de que no tendría nada que hacer contra él.

-¿Has robado ese brazo?- pregunta, a la vez que revela su verdadero rostro.

Retira la máscara de metal, sin embargo, lo que hay debajo sigue sin ser totalmente humano. Su cara se encuentra fragmentada, y, aunque la mayoría es piel, pequeñas secciones estratégicamente seleccionadas, le dan apariencia de máquina. A veces, centelleos violáceos adornan estas partes, e incluso, creo que sus dorados ojos. Sigo en guardia, a pesar de su marcado interés.

-¿Qué le hace pensar que lo he robado, señor?

-Puedes llamarme Viktor.- resuelve.-Y estoy casi seguro porque el arrogante creador de ese artefacto jamás regalaría algo así a una persona de la ciudad subterránea. A menos, claro, que saque algún tipo de beneficio que pueda alimentar su ego.

Trago saliva, desconcertada por tal información. Miro mi brazo, inundando mis facciones con fervientes reflejos azules. Supongo que en parte, debo darle la razón. Aquel político piltoviano me lo regaló a cambio de mi silencio, y de mantener su reputación intacta. Sin embargo, a pesar de la corrupción, no me pareció una mala persona.

-Fue un regalo.- insisto.

-Si tú lo dices...

Me recorre con la mirada, tan carente de expresión que no sabría descifrar el tipo de sensación que le produce hacerlo. Se aparta, y con un gesto de su mano me invita a ir a la camilla. Empiezo a caminar, pasando por delante de él. Aunque finjo firmeza, su figura impone demasiado, y apresuro la marcha hasta llegar a mi destino.

-¿Cuál es el precio de tu ayuda?- comento, acomodándome sobre el cuero.

En Zaun es difícil, o más bien imposible, encontrar actos de caridad. Viktor acerca una silla, y se coloca a un lado para poder trabajar mejor. Aun estando sentado, llega con facilidad a mi hombro, y este hecho devuelve a mi mente el miedo a estar a su merced.

-¿Crees que saldrás de aquí con una cabeza de metal?- dice a la vez que aparta con suavidad mi mano, y empieza a examinar el brazo.

Sonrío ante su sarcasmo, aunque solo dura unos segundos.

-La verdad es que eso es lo que dicen sobre ti.

-Lo sé.- me mira.-Pero eso no sucederá a menos que tú lo desees.

Vuelve a levantarse, y se acerca a la enorme mesa, de la cual coge varios instrumentos. Le observo en silencio, absorta en la pulcritud de su traje, fijándome en lo costosos que parecen los materiales que lo componen. Me sorprende que siendo así se atreva a preguntar si mi brazo es robado. Regresa, y cuando se sienta, me mira un instante antes de empezar con su tarea.

-¿Cómo te ha pasado esto?

Frunce levemente el ceño ante el destrozo que tengo en el hombro. Levanta la cabeza, para cruzar sus ojos color miel con los míos. Estamos tan cerca, que puedo entretenerme en cada uno de sus rasgos. Su clara tez provoca que las partes robóticas de su cara destaquen aún más, concluyendo en un armonioso contraste. Algunos mechones castaños campan rebeldes por su frente con un aspecto tan fino y suave que incitan a acariciarlos. Niego levemente, evadiendo la intrusiva idea, y contesto a su pregunta.

-Me traicionaron, así que me aseguré de que lo pagasen caro.

Siento erizarse cada vello de mi piel, mientras la ira y frustración me ahogan de nuevo. Carraspeo, y dirijo la vista hacia las ventanas que están cerca del alto techo, mirando cómo las gotas de lluvia golpean los cristales. La mirada de Viktor sigue sobre mí, pero no dura mucho más tiempo, y empieza a hurgar de nuevo entre mi carne y el metal. ¿Debería estar llorando ahora mismo, o debería estar pensando en cómo hacer más horrible mi venganza? Suspiro, como si eso fuese a calmar mi confusión.

-Bien hecho, muchacha. La deslealtad nunca debe quedar impune.

Asiento, y recuerdo que ni siquiera me he presentado.

-Mi nombre es Nyrah, por cierto.- digo girando la cabeza hacia él. -Con tanta intimidación no he podido presentarme.

Viktor sonríe levemente ante el comentario.

-¿Usas el traje para asustar a todos los que vienen aquí?

-No tiene esa finalidad, a pesar de que haya funcionado contigo.- se burla.

Habla sin cesar su acción, usando cada vez instrumentos más pequeños y con objetivos más específicos.

-Muy gracioso... -contesto con ironía.- ¿Entonces por qué lo llevas?- insisto.

Detiene sus manos, dejándolas en la misma posición en la que están, y me mira.

-¿Quieres que me lo quite?

Me sorprendo por la pregunta, y noto cómo mis mejillas empiezan a acumular calor. El brillo violáceo en sus ojos se hace más presente, y la intensidad con la que me observan vuelve a hacer que esté algo nerviosa. Sus labios se curvan, a sabiendas de lo que está consiguiendo. La naturalidad con la que ha preguntado, y con la que espera una respuesta, es casi hipnótica. Ahora, en este preciso instante, es cuando entiendo los rumores sobre sus habilidades en la persuasión.

-Si eso contesta a mi pregunta, sí.- digo con descaro.

Él no aparta la mirada, y comienzo a disfrutar de nuestra repentina competencia.

-No creo que estés preparada para eso.

Sonrío, y Viktor suelta la herramienta que sostiene, para coger otra con un aspecto algo extraño. Siento un cosquilleo en el hombro, y escucho pequeños chasquidos, como si el instrumento chocase con algo que hay dentro. Durante un rato, el único sonido que acompaña a la reparación es el de la lluvia contra el cristal. Es raro, ya que a pesar de no conocerle, ha conseguido que esté muy cómoda. Tanto, que ni siquiera me inquieta la idea de que estemos a las afueras de la ciudad, totalmente solos.

-¿Qué es ese aparato que sale de tu espalda?- interrogo, rompiendo el silencio.

Se levanta, haciéndome consciente de nuevo de la diferencia de altura. Sujeta con suavidad mi mentón para hacer que alce la vista hacia él.

-Dime, ¿Qué debo hacer con tu insaciable curiosidad?

Trago saliva, y esta nueva posición me resulta aún menos ventajosa. Su atrayente voz persiste en mis oídos, mientras trato de evadir cualquier pensamiento que incluya tumbarme sobre esta camilla. A pesar de sentir que busca provocarme, no sé descifrar si el tono de su pregunta es de amenaza o de seducción.

-Satisfacerla.- susurro.

Frunce levemente el ceño, pero sonríe. Supongo que tampoco sabe si mis palabras tienen o no un doble sentido, y me divierte su expresión. Le mantengo la mirada. Es un hombre tan atractivo, que sigo sin entender la necesidad de ocultarse tras el metal. Viktor se separa, y camina hasta el otro lado de la camilla.

-Respira.- ordena desde detrás, y aprisiona mi muñeca con una mano.- Lo que voy a hacer te dolerá.

Al oírle se me eriza la piel, y lo último que puedo hacer es controlar bien la respiración. Se pega a mi espalda y sujeta de forma firme mi metálica extremidad.

-¿Tienes miedo?- murmura.

-¿Del dolor?

Se inclina, apretando un poco su agarre sobre la muñeca y quedando a escasos centímetros de mi oído. Su embriagador olor me recuerda a la canela, salpicado por toques frescos que no sé identificar. Cojo aire, concediendo el deleite a uno de mis sentidos y empapándome del agradable aroma.

-De mí.

Su cálido aliento contra mi cuello contrasta con el frío metal que roza mi espalda. Esto es una locura, y dejarme llevar no creo que sea lo correcto. Sin embargo, el hormigueo que sentía en el estómago va bajando hasta mi entrepierna, y aprieto los muslos mientras la temperatura de mi cuerpo se dispara. Se mantiene pegado a mí, tanto que ni siquiera el punzante dolor que siento en el hombro logra distraer mis pensamientos. Suelto un leve gemido.

-Fascinante.- susurra.-¿Qué es lo que tanto te gusta..?

Su tono, curioso e insinuante, impide que mi excitación disminuya. Me quedo callada, asimilando el repentino cese del dolor después de uno de sus movimientos.

-¿Quizás el control?- dice, inmovilizando por completo mi muñeca.

Con la otra mano al fin libre, aparta con suavidad mi pelo, para dejar la oreja al descubierto.

-¿O quizás todo lo que sabes que puedo hacerte?- susurra, contra la misma.

Suspiro, sintiendo la humedad en la ropa interior. La idea de profanar el impoluto cuero agita mis entrañas. No sé con exactitud todo lo que podría hacerme, pero sí sé lo que quiero que me haga, y empieza con romperme el vestido. ¿Él estará imaginando también todo eso...? Me suelta, para después separarse, con tal sosiego que no parece que comparta mi deseo. Cuando llega frente a mí, tiende su mano, para ayudarme a bajar de la camilla. Ya con los pies en el suelo, Viktor aún me aprisiona, y sus ojos delatan un fuego que no logro ver en ninguno de sus gestos. Es como si su razón luchase contra el impulso de follarme ahora mismo.

-¿Hemos...acabado?- murmuro, con dificultad.

Ni siquiera puedo inhalar y exhalar con normalidad, y estar tan cerca lo complica todavía más. Él mira mis labios mientras hablo y apuesto a que sus pensamientos son tan impuros como los míos. Asiente.

-Ojalá hubiese podido hacértelo de una forma menos dolorosa.

Siento cómo se me seca la boca. ¿Está eligiendo esas palabras deliberadamente para incitarme a pensar en otra cosa? Cualquier otro hombre no habría dudado al notarme receptiva. Su voz, su mirada y su forma de tocarme carecen de cualquier tipo de inocencia. Entonces... ¿Cuál es el problema?

-Tranquilo.- intervengo por fin.-Lo que menos he sentido ha sido dolor.

La tímida luz del amanecer empieza a inundar la habitación, y, aunque el día está nublado, la luz natural le concede al espacio un aspecto menos siniestro. Dirijo la vista hacia las ventanas un segundo.

-Espero que presumas de haber conservado tu cabeza.- sonríe.

Le devuelvo la sonrisa, asintiendo.

-Y mi virginidad.- me burlo.

Frunce el ceño, y su iris se cubre por completo de violeta. Creo que también estaba equivocada en cuanto a emociones se refiere. Viktor es, con diferencia, la persona más expresiva que conozco.

-Tan solo bromeaba.- río.

La tensión en su mandíbula desaparece, y me deleito con la sensación de haberle tenido contra las cuerdas, aunque solo haya sido una vez. A pesar de que se muestra más relajado, el intenso dorado no vuelve a sus ojos. De repente, el sonido de golpes sobre la pesada puerta principal hace que ambos desviemos la mirada hacia las escaleras. Viktor cesa su agarre, para colocarse la máscara, y lo miro de arriba a abajo, como si no lo hubiese visto antes. ¿Estar sin traje le sentará igual de bien?

-Creo que debería marcharme ya.

Asiente, ofreciéndome pasar primero.

-Te acompañaré a la salida.

Sonrío, y le echo un último vistazo al taller, mientras la incomodidad de andar estando húmeda me recuerda lo que iba a pasar. Siento la mirada de Viktor sobre mí, así que ni siquiera me esfuerzo en tirar hacia abajo del vestido mientras subo cada peldaño. Llegamos arriba, y la gran diferencia de temperatura me pone la piel de gallina. Vuelven a tocar en la puerta, a la vez que se oyen murmuros de niños tras la misma. Cuando salgo, cuatro niños se apartan con rapidez, sorprendidos por haber conseguido su objetivo. El más pequeño de ellos, es el primero en mirar a Viktor, y si a mí me resultó amenazante su estatura, estoy segura de que el chico debe estar aterrorizado. Sus ojos azules van saltando desde Viktor hasta mi metálica extensión, una y otra vez.

-El...el brazo...- dice con horror.

La niña que está a su lado le agarra bruscamente, para tirar de él y empezar a correr. Antes de que pueda hablar, todos están ya llegando a la entrada del callejón.

-Parece que no le gustas a los niños.- río.

-El sentimiento es mutuo.- se quita la máscara, dejando que vea su sonrisa.

Dirijo la vista hacia el callejón, que vuelve a estar en silencio. Suspiro, al pensar que tengo que regresar a enfrentarme a mis problemas.

-Gracias, Viktor. Habría perdido totalmente el brazo si no fuese por tu ayuda.

Él se acerca, dejando entre nosotros escasos centímetros. Sus penetrantes ojos han regresado a la normalidad, permitiendo que los observe una última vez.

-Ha sido un completo placer.

Su forma de decirlo, con esa voz tan masculina e intensa, hace que apenas sienta la fresca mañana.

-Te devolveré el favor.- digo con firmeza.

Sus labios se curvan, y asiente con suavidad.

-No lo dudo.

Me separo después de sonreírle, y tomo el mismo camino que esos pequeños. El sonido de la puerta al cerrarse, hace que evite el impulso de girarme a mirarle. Me humedezco los labios, y pienso en si de verdad volveré a verle. Sujeto mi muñeca, y es como si aún sintiese su presión. Me agito, recordando el momento, a la vez que empiezo a caminar más rápido. Quiero descubrir que es eso que le impide poseerme, quiero saber el motivo de que sus ojos parezcan fuego. Quiero, simplemente, arder.

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