EL REFLEJO Y EL AMIGO

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Summary

Ery es una joven amante de los libros, quien sufre de bullying en el colegio. Extraña a su madre fallecida y está sumida en una depresión al sentirse incomprendida por su padre. Sin embargo, su vida dará un giro, cuando un extraño ser celestial llamado Deryorian se introduzca dentro de sus sueños para ayudar a sanar sus miedos y mostrarle el camino al Alto Mando, el lugar donde será completamente feliz. Ery deberá luchar contra un temible enemigo llamado Vaiscor, una criatura que se alimenta de sus temores, sin embargo también experimentará por primera vez el amor que inevitablemente comenzará a sentir por su salvador.

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Recuerdos permanentes

Número de propiedad intelectual: 288606

Ilustración de portada: Fernando Cortés.

Boceto original: Ricardo López Cisternas.

Ilustraciones: Ricardo López Cisternas.

Correcciones: Patricia Benavente, Ethel Fossa

El corazón alegre constituye buen remedio;

más el espíritu triste seca los huesos.

Proverbios 17:22

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz.

En el mundo tendréis aflicción;

pero confiad, yo he vencido al mundo.

Juan 16: 33

Todo lo que no me mata me hace más fuerte

Friedrich Nietzsche

1

Recuerdos permanentes

A veces, cuando perdemos a un ser querido nos cuesta mucho comprenderlo. Hay un momento de negación en que repetimos interiormente que aquello debe ser una mentira. Renegamos contra la vida y nos encerramos en nuestros pensamientos. Luego, llega la profunda agonía de la tristeza, acompañada de la siempre bienvenida resignación. Al pasar de los años, aunque nunca se olvida, sabemos que la vida transcurre de forma normal. Dejamos de soñar o recordar constantemente a la persona fallecida, y la rutina del día regresa lentamente a su modo cotidiano.

No obstante para Érica todo aquello había sido distinto. Su madre había muerto cuando ella tenía cinco años, producto de un accidente automovilístico. La muchacha recordaba perfectamente aquel día. Había sentido una pena desgarradora, un dolor que después de once años no había desaparecido en lo más mínimo. Ahora, con dieciséis años, la tristeza seguía reciente, como si su madre hubiese muerto el día de ayer. Aquello había sumido a la joven en una profunda depresión. Lo mas extraño es que los recuerdos que tenía de su progenitora eran perfectos, pero no así los de los demás seres que la rodeaban. Recordaba con claridad la carita de alegría de mamá al tenerla en brazos su primer día de nacida, en aquella fría sala de hospital. A diferencia de todos los bebes, Érica tenía sus pequeños ojos bien abiertos y miraba a su protectora con fervor. Recordaba cuando le habían comprado su primer regalo de navidad y tantos otros recuerdos significativos.

A pesar de vivir con su padre, un hombre de cuarenta y siete años, la muchacha se sentía sola. Compartían un rato a la hora del desayuno cuando ambos se levantaban temprano. Él, para ir al trabajo y ella, para ir a la escuela.

Su padre era guardia en una farmacia.

Las cenas que compartían por la tarde eran en silencio, intercambiando hoscas palabras. Érica estaba acostumbrada a ello. Después de enviudar, su padre se había convertido en una persona callada y de carácter fuerte. No lograba comprender la magnitud del sufrimiento de su hija. Le irritaba pensar que a pesar de haber pasado once años, el desconsuelo de la muchacha no hubiera sanado. Ningún psicólogo había podido curar su tristeza. Érica había sido sometida a distintas terapias con especialistas.

La única persona que podía hacer sonreír a la joven era su tío y padrino Roberto. Érica sentía un inmenso cariño por él, incluso lo quería más que a su propio padre. El hombre atendía un pequeño almacén junto a su casa y al igual que la chica, adoraba leer. Era con él con quien Érica compartía secretos y desahogaba sus penas sin temor a sentirse recriminada. También solía distraerse con la pequeña nieta de Roberto, Laurita, una chiquita de dos años, quien adoraba a la muchacha y lloraba cuando no la veía muy seguido.

Aquella tarde, la joven estaba frente al espejo de su habitación peinándose, sin atreverse a mirar directamente su reflejo. El espejo era solo un mero adorno de la habitación y la costumbre de arreglarse frente a él también. A veces lo hacía porque recordaba cómo su madre la peinaba con coletas frente a aquel mismo espejo. El artefacto lo había comprado ella a los pocos días de nacer Érica.

Quizá por eso, de forma inconsciente, Érica lo conservaba. Sin embargo la mayoría del tiempo la chica cubría el espejo con unas sábanas viejas y lo destapaba sutilmente para peinarse. En aquel momento el espejo reflejaba a una joven de cabello castaño a la altura de los hombros, ojos azules que a veces necesitaban de un par de anteojos cuadrados para leer y un rostro que denotaba una expresión de enfado. La joven tenía la manía de inclinar la cabeza hacia abajo y levantar la mirada. Eso le daba un aspecto intimidante, sobre todo frente a algunos compañeros de la escuela. Había creado ese hábito como escudo protector para evitar las burlas.

Las cejas de la chica eran pobladas, perfectamente delineadas como las de las muñecas. Parecía como si alguien las hubiera pintando con un pincel sobre su rostro. Su cuerpo era flacucho, pero tenía una cintura muy definida y piernas bastante lisas. Su piel era perfecta, sin ningún lunar o peca. El borde de su rostro era redondo como el de una niña y su boca tenía una singular forma de triángulo. Todo eso era lo que reflejaba el espejo en aquel momento y la chica lo odiaba. Era su “peor enemigo” como ella misma le llamaba.

Podría haber sido una joven bonita, pero la rabia y la amargura opacaban su belleza.

Con profundo rencor le lanzó al espejo una última mirada de odio y lo volvió a cubrir con las mantas. Se quitó el uniforme de la escuela y se vistió con ropa de calle, colocándose unos jeans y una polera blanca que encontró tirada debajo de la cama. Se calzó los zapatos y bajó las escaleras para almorzar, puesto que su estómago le rugía rugiendo de hambre. Improvisó preparándose un estofado y algo de arroz. Decidió que después de comer buscaría algún libro y se encerraría en su habitación toda la tarde.

Érica tenía una colección de libros en el desorden de su cuarto. Había un montón de cuentos para niños y una pila de novelas juveniles, donde predominaba el género fantástico. Si había algo que la hacía olvidar en cierto grado la pena que sentía… era los libros. A veces pensaba que los amaba más que a su tío. Se perdía en sus historias y se desconectaba de la realidad cuando se introducía en sus hojas. Su favorito era “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” porque anhelaba internarse en mundo fantástico, aunque sólo fuera en un sueño, o imaginar que aquel espejo que tanto odiaba le diera algún consuelo y la introdujera dentro de un mundo escondido, pero ideal.

Cuando Érica tenía cinco años aprendió a leer más rápido que el resto de los niños. Los libros le habían servido de consuelo para superar la pérdida de su madre a tan temprana edad.

De esa forma Érica fue creciendo como una chica solitaria, sin amigos en la escuela. Nunca la consideraron tímida porque ante cualquier provocación, a pesar de no ser fuerte físicamente, la joven respondía a golpes si era necesario. Sus compañeros ya no la veían como una chica normal y eso se prestaba para una serie de burlas.

Mientras se sentaba en la mesa a almorzar llegó su padre del trabajo. Érica no lo esperaba tan temprano. Frunció los labios y el gesto no pasó desapercibido por Rodrigo.

Dejó las llaves de la puerta sobre el buró y sentó en la mesa junto a ella para desacalorarse.

— ¿Qué haces aquí?- preguntó Érica.

­—Hola a ti también. Pedí permiso para salir más temprano ¿Cómo te ha ido en la escuela?

Era una buena forma de entablar conversación, pero Érica sabía que el resultado sería nefasto. Su padre le hacía siempre la misma pregunta para romper el silencio. La chica respondía con monosílabos. En esta ocasión su repuesta fue un simple “bien”.

— ¿No has vuelto a tener problemas con la misma compañera? —quiso saber su padre.

Se refería a Leticia, una joven del colegio con quien Érica tenía problemas constantemente.

—No —contestó con tono gélido—. Ni siquiera la he visto. No va a clases hace una semana. Se cuentan cosas de sus padres. Cosas malas.

—Eso es bueno —opinó su padre levantándose de la mesa para dirigirse a la sala de estudio—. No lo digo por sus padres. Me refiero al hecho de que no te metas en problemas. Es mejor llevar la fiesta en paz.

Érica no contestó. Levantó la vajilla en silencio, pero no quiso lavar los platos. Los dejó amontonados en la cocina y salió de la casa en silencio. Tomó su fiel bicicleta para partir rumbo al almacén de tío Roberto. Mientras pedaleaba le acompañaba un cielo brillante lleno de nubes en forma de copitos de algodón. Llegó al almacén en pocos minutos. Tío Roberto se despedía de su clientela de manera cariñosa como de costumbre. Su ahijada jamás lo había visto enfadado ni triste. Era un hombre de aspecto bonachón, condescendiente, con una paciencia infinita. Érica quería que él fuera su padre. Rodrigo y Roberto eran hermanos y se parecían mucho físicamente, pero emocionalmente eran muy distintos.

Roberto había reparado en su presencia y le sonreía con dulzura desde el otro lado del mostrador. La muchacha le devolvió la sonrisa y ambos se acercaron con un enorme abrazo de saludo.

¡Ery! —exclamó revolviéndole los cabellos. La llamaba así de forma cariñosa—. Espérame adentro de la casa mientras cierro el negocio por un momento. Tengo un regalo para ti.

—¿Un regalo? —preguntó la muchacha con interés.

—La curiosidad nunca ha sido la mayor virtud de los hombres —argumentó su tío con una sonrisa—.Anda, espérame adentro.

—La curiosidad ha permitido grandes conocimientos en la humanidad tio –rebatió Érica con una sonrisa, mientras se encaminaba al pasillo que conectaba la casa con el almacén. Estaba intrigada ¿qué le regalaría su tío? ¿Tal vez un libro? Siempre le regalaba alguno. Sus favoritos eran los infantiles, los mismos que su padrino leía a su nieta Laurita antes de dormir.

En el living, se encontró con Esperanza (su prima y madre de Laurita). La joven se acercó a saludarla con un beso en la mejilla.

—Lau está en mi cuarto—.explicó Esperanza antes de que la chica preguntara-. Estará encantada de verte ¿Puedes quedarte un momento con ella? voy a atender un paciente a domicilio.

—No hay problema —contestó Érica, desesperada por ver a la niña—. Apropósito ¿tú sabes qué cosa me va a regalar tío Roberto?

Esperanza asintió con la cabeza y sonrió en señal de confidencia, pero no dijo nada. Se despidió con la mano y Érica aprovechó para dirigirse al cuarto de su sobrina. Encontró a Laurita dormitando en la cama con un peluche en las manos y la televisión encendida. La pequeña se percató de su presencia, entonces despertó de golpe y extendió sus bracitos hacia ella, riendo de alegría.

—Hola Lau—saludó Érica acariciándole las manitos, mientras Laura señalaba con un dedo la televisión.

La “sepoiña” —balbuceó con su vocecita cantarina refiriéndose a algo que Érica no entendió.

—¿Ah sí?— preguntó la chica fingiéndose sorprendida—. Mira tú, es muy bonita.

Tío Roberto llamó a su ahijada y la muchacha tomó a Laura en brazos y se encaminó al comedor. Su padrino tenía sobre la mesa una caja llena de libros. Maravillada, Érica depositó a la niña sobre el sofá y se acercó a la mesa. El primero de los libros era “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” en una edición con tapa dura y más nueva de la que ella poseía. Los demás libros eran una colección completa de literatura juvenil latino americana y británica. Érica, sonrió de emoción. Se sentía como una niña rodeada de juguetes nuevos.

—Este era mi famoso regalo —explicó su padrino sonriendo ante la expresión de su ahijada-. Me los dio un viejo amigo de la universidad. Iba a deshacerse de ellos, pues según él, lo único que hacían en su casa era ocupar espacio. Le dije que no cometiera la blasfemia de botarlos y que me los regalara para ti.

—Gracias tío—respondió la chica atontada y lo abrazó con fuerza—.¡Mira! —exclamó de pronto, tomando “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” entre sus manos como si fuera un tesoro ¡”Alicia” está como nuevo!

—En efecto —corroboró su padrino lanzando un profundo suspiro—. Pero debes seguir conservando el tuyo. Un libro viejo es como un anciano. Refleja sabiduría y se debe tratar con respeto y cuidado. Un libro usado representa la historia de muchas personas que han disfrutado con su lectura, lo han ojeado, lo han guardado o simplemente lo han tirado sin prestarle atención. De todas formas, estos deben guardarse en un lugar seguro donde nada pueda deteriorarlos. Siguen siendo valiosos, pero frágiles.

—¡Son mis tesoros! —repuso Érica con convicción—. Los libros me han hecho compañía y me han ayudado a olvidar mis penas.

La expresión de la joven cambió con brusquedad. Apretó las palmas de las manos para evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.

—¿Qué pasó? —le preguntó su padrino con amabilidad—.¿Por qué esa tristeza tan repentina?

La joven lo miró a los ojos.

—Ayer,—comenzó a contar después de un profundo suspiro-,soñé con mi madre. Hace meses que no me sucedía. Lo peor es que ahora la extrañó más que nunca ¡como si eso fuera posible! Si antes era insoportable echarla de menos, ahora no sé cómo podré soportarlo—se le quebró la voz.

—Ery –dijo él colocando las manos sobre sus hombros—. Sé cómo te sientes. Sé también que no existen palabras de consuelo. Pero tengo la esperanza de que cuando seas adulta, la angustia que sientes por tu madre vaya decreciendo. Creo que te falta conocer otro tipo de amor. Cuando te enamores o tengas un hijo, vas a volcar ese cariño que sientes por tu madre hacia ellos.

Las palabras de su padrino no eran el consuelo que necesitaba.

—Pero no quiero hablar del tema tío. Adoro que me consientas de esa manera –señaló con más entusiasmo el lote de libros—. Estoy desesperada por llegar a casa y leer.

Su padrino se limitó a sonreírle con ternura. Pasaron la tarde juntos jugando cartas y juegos de mesa. En la noche encaminó a su ahijada hasta su hogar y ayudándola a cargar la caja con los libros. La bicicleta quedó guardada dentro del almacén de tío Roberto. Érica vendría a buscarla por la mañana. La joven por su parte se fue pensando durante todo el trayecto en todo lo que le quedaba por leer. Aquello la hizo olvidar un momento la ausencia de su madre. Érica no imaginaba que algo increíble comenzaría muy pronto en su vida.