La máscara de la inocencia
No sé si todo habría pasado igualmente aunque Luis hubiera cortado conmigo. Solo sé que él se fue y me dejó sola en la piscina del hotel y que a mí me dio por pedir un mojito en el chiringuito de la piscina. A partir de ahí todo fueron fuegos artificiales. ¿Me arrepiento? Eso será mejor que os lo cuente más adelante.
Antes de acercarme al bar, coloqué un pareo rojo a juego con mi bikini sobre mi cintura. Sentía que necesitaba disimular los kilos de más que había cogido durante los últimos años y que me acomplejaban sin descanso. Tras la barra, un mulato de unos treinta años, diez menos que yo, veía cómo me acercaba. Su mirada me llamó la atención desde el principio. Era “estable”. Casi demasiado. Como la roca de un acantilado, daba la impresión de que resistiría el paso de tiempo sin importar cuántos temporales la azotaran. No pude evitar bajar la cabeza y solo la volví a subir una vez alcancé la barra. Aquellos ojos verdes seguían clavados en mí.
-Un mojito, por favor -dije con tono serio.
-Claro que sí, señora. Solo una duda: ¿quiere el normal o el especial?
-El normal.
Hizo como que se marchaba a prepararlo pero se giró a medio camino.
-¿Está segura?
-¿Qué diferencia hay? - pregunté.
-El normal está bien. A muchos les sobra con el normal. Pero el especial... el especial lo reservamos para ocasiones excepcionales. Si has estado mirando a la piscina un rato y has sentido que te aburrías. Si necesitas un punch extra, elige el especial. El especial te lo da todo hecho. Tú solo tienes que tumbarte al sol y disfrutar.
Me acordé de Luis, que me había dejado sola y había subido a dormir a la habitación del hotel.
-Dame el especial.
Me señaló con el dedo y me sonrió. Noté un hormigueo en el que preferí no pensar.
-Lo sabía -me dijo. Se llevó el dedo a la sien y se la tocó varias veces-. Tengo intuición para estas cosas. Yo sé lo que necesitan mis clientas.
Volví a la tumbona a esperar que me trajera el mojito. Me preguntaba si había tonteado un poco conmigo o era solo mi imaginación. “Yo sé lo que necesitan mis clientas -había dicho”. No clientes, clientas. Me tumbé boca abajo y decidí dejarme el pareo puesto. Me dije a mí misma que lo hacía porque ese camarero que quizá me hubiera tirado los tejos no debía verme el culo. Pero ahora sé que solo me engañaba a mí misma. Ahora sé que lo hice porque creía que el pareo me sentaba bien.
Se acercó con una bandeja y me di cuenta por primera vez que llevaba un pendiente de aro en la oreja izquierda que le daba un toque canalla.
-El mojito especial para la señora.
-Muchas gracias.
Se giró. Llevaba un bañador azul que, a pesar de ser ancho, me obligó a mirar la silueta de su culo... y por algún motivo quise hacerle una broma.
-Como el mojito no tenga nada de especial me vas a tener que devolver el dinero.
-No te preocupes que lo vas a notar. Ninguna clienta ha quedado insatisfecha por ahora.
Otra vez clienta, pensé. Insatisfecha... ¿habría elegido a propósito aquella palabra?
Luego se acuclilló junto a mi tumbona y me sobresalté.
-Disculpa, tienes la espalda roja -dijo-. Te la estás quemando. ¿Te importa?
Cogió el bote de espray solar. Me puse algo nerviosa, no sabía qué decir. ¿De verdad me estaba quemando o solo quería tocarme la espalda?
-Si no quieres que te la ponga yo, vas a tener que llamar a tu novio. -Señaló hacia el hotel-. ¿Te ha dejado aquí sola, no? Lo que está claro, viendo cómo está tu espalda, es que alguien te la tiene que poner.
Lo dijo sin dejar de sonreír y con su cara cerca de mi tumbona. Muy cerca. Sus labios estaban a solo unos centímetros de los míos. Él pensaba que yo tenía pareja y le daba igual. Esa seguridad me descolocaba. Decidí no sacarle de su error. Un cosquilleo se arremolinó en mi vientre y me dije a mí misma que solo se trataba de un poco de crema.
Él se echó protector solar en las manos y lo esparció sobre mi espalda. Noté un frío agradable que me aliviaba. Sus manos eran grandes y se movían con habilidad y determinación. Al rato llevó una mano a mi cintura, me desató el pareo y lo apartó a un lado. Yo me sobresalté y pensé que no sería capaz. Pero sí lo fue. Vaya que si lo fue. Sin atisbo de vergüenza llevó sus manos repletas de crema a la zona de mi culo que dejaba al descubierto mi bikini. Luego comenzó a esparcir crema con la misma firmeza con la que lo había hecho por mi espalda.
Esta vez no pude evitarlo. Tuve que reconocerme a mí misma que me estaba gustando. Demasiado. Aquello era peligroso.
-¿Siempre coges confianza tan rápido? -pregunté.
-Solo cuando tengo que evitar que una dama se queme - respondió mientras se ponía de pie de nuevo. Ya había terminado-. Normalmente soy muy tímido, pero por ayudar hago todo lo que sea necesario.
No pude evitar reírme. Había algo en la chulería con la que respondía que me cautivaba.
-¿Cómo te llamas?
- Sara.
-Yo Martín, encantado. Ahora que nos hemos presentado, ¿me das tu número? -preguntó.
Dudé. Quería dárselo. Claro que quería. Pero todavía pensaba Luis. Aunque me hubiera dejado nuestra relación había durado 4 años.
-Es solo para preguntarte de vez en cuando si necesitas otro mojito especial -dijo-. Será casi como tener en tu móvil un teléfono de emergencias al que llamar solo en caso de necesidad.
Y se lo di. Claro que se lo di.








