Prólogo
El momento más esperado ha llegado. He entrado a la universidad de UCLA y es mi momento de brillar y dejar todo atrás. A fin de cuenta, me iré de lo que era considero como mi casa, no como mi hogar. Por varias razones. ¡A fin de cuenta, emigraré, qué felicidad! Un gran paso para mi libertad. Ya no hay vuelta atrás y es tan reconfortante saber que ya no seré una espectadora más de un sinfín de peleas entre mamá y papá. Donde yo siempre termino siendo la intermediaria de sus problemas sin sentido.
Cierro las últimas cajas de cartón en donde se encuentra mis libros de romance, ubicándola encima de la que dice suéteres. Soy amante a la comodidad. Los rodeos con mis brazos y camino hacia la salida y las amontono en la cajuela de mi camioneta. Al lado de las otras cosas que me llevaré.
Estoy sola, mis padres han decidido desaparecer para no ver mi partida. No me molesta. Su continua ausencia ya no me sorprende, es algo natural en ellos. Lo he considerado una bendición en algunos casos y ahora es uno de ellos. No tendré que ver sus continuas muecas mientras hago lo mejor para mi futuro. Aunque tiende a hacer decepcionante que tus propios padres no se alegren por tus logros. Por eso creo que mi hermano mayor prefirió irse y no volver. Ahora él vive en Boston con su esposa y pronto serán tres.
Aún me sorprende que sean un poco ortodoxos en que lo que respecta la educación fuera de casa o, más dicho, lejos de casa. Para ellos es un punto de partida para tener una vida libertina. No considero que están en lo correcto, pero tampoco se alejan de lo incorrecto. De cierta manera, mudarme me dará un poco más de libertad.
Si bien sus continuas insinuaciones, de que si tomaba la decisión de dejar atrás el techo que cubría mi cabeza, mi fuente de ingreso se agotaría. No me interesaba. Para ser sincero, me vale. Desde que tengo uso de razón, mi padre me ha infundido la responsabilidad como un punto a mi favor, y eso también consiste el dinero. Sé cómo ganármelo. Ellos me enseñaron.
No demoró más de diez minutos en tener todo dentro de mi auto. Para luego taparlo con una lona. Cierro la puerta de mi casa con seguro dejando las llaves debajo de la maceta al lado izquierdo de la puerta principal. Camino hacia mi auto, lo abro y cierro la puerta y enciendo el motor.
De cierta manera, me entristece mirar el retrovisor y no ver nadie despidiéndose de mí. Pero no debo angustiarme, vendrán cosas mejores. Así que vamos, Chicago.