Capítulo único
Habían pasado diez años desde que el novato escandaloso de la generación impredecible, mejor conocido como Sawamura Eijun, se había graduado de su tan amada Seido. Dio un paso muy grande para alcanzar sus sueños, pues a sus veintiocho años, era jugador titular de los Hawks de Fukuoka junto con algunos de sus viejos amigos, tales como Kuramochi, Haruichi y Miyuki.
En el camino se topó con entrañables veteranos, como Harada, Mei, Tetsuya y Ryosuke, quienes eran sus grandes adversarios en los Fighters. Cabe destacar que, cuando hubo encuentros internacionales, incluso pudieron ver a Chris de nuevo, quien había regresado con su padre a Estados Unidos para forjar una brillante trayectoria junto a los Giants de San Francisco.
Reuniones tan conmovedoras no sólo sucedían dentro del diamante, también fuera, puesto que un mes decembrino cambió la vida de todos. Amigos, rivales, compañeros e incluso uno que otro profesor, recibieron una invitación que los dejó con la mandíbula tocando el piso. Se trataba de la boda entre Miyuki Kazuya y Sawamura Eijun. Aquello sorprendió demasiado a varios, tanto que, cuando menos lo esperaron, la ceremonia se halló a la vuelta de la esquina.
Hombres y mujeres vestidos de gala se reunieron en torno a uno de los salones más extravagantes de Tokio. A los presentes les pareció conmovedora la celebración, o hilarante, ya que Eijun tardó más en caminar por la alfombra roja que en ponerse a llorar sin dejar al magistrado dar el sermón.
La fiesta fue una maravilla, en especial por la clase selecta de vinos y licores que hicieron los novios. Miyuki llevaba rato huyendo de Kuramochi, quien lo quería embriagar, y dada a su lamentable tolerancia al alcohol, lo mejor era evadirlo. No quería hacer una escena; lo contrario a cierta cabellera rubia que destacaba entre la multitud. Había rumores de que Narumiya tenía buen aguante y lo estaba demostrando, por primera vez, el chico tras los anteojos sintió una ligera y casi inexistente envidia por aquel que bebía como si se tratase de agua.
—¡Miyuki Kazuya!
Oh, no, lo había invocado con la mirada.
—Mei, creí que no vendrías —agregó con serenidad mientras el otro se le acercaba.
—¿Uh? ¿Por qué lo dices?
—Jamás asistirías a un evento en donde no fueras el centro de atención.
—¡¿Quién dice que no soy…?! Mi regalo de bodas es hacerte sentir importante, agradece que hoy he decidido no ser tan llamativo para que disfrutes tu…
—Boda.
—Sí —maldición, tan sólo unos segundos con él y ya se estaba perdiendo en sus intensos ojos color avellana.
Mei no supo qué tanto le decía Kazuya, pero supuso que debía estar muy feliz, ya que sólo hablaba demasiado cuando estaba de buen humor. Aunque el sólo tenerlo cerca le hacía sentir escozor. Cada palabra del otro era casi como un adictivo veneno, una puñalada directa al corazón.
Era cierto que no iba a asistir al evento, no quería, no podía. No debía ver a la persona que había amado tanto tiempo comprometiéndose con alguien más. Incluso estuvo a punto de decir algo horas atrás, durante la ceremonia, cuando el clásico «quien tenga algo que decir que hable ahora o calle para siempre» se hizo presente, pero sólo pudo apretar los puños y morder discretamente el interior de su mejilla, suprimiendo todo indicio de dolor para aplaudir y felicitarlos justo al final, cuando ya no pudiese hacer absolutamente nada.
—¿Mei?
—Ah, lo siento, me distraje viendo hacia allá —señaló la entrada, no había nada, lo hizo por instinto. Mas parecía que la suerte le sonreía por primera vez en su vida, ya que toda una celebridad entró en escena: Chris Yuu Takigawa.
El primero en recibirlo con un entusiasmo que se notaba a leguas fue Eijun.
—¡Chris-senpai! ¡Vino! ¡En verdad lo hizo!
—Me alegra ver que toda esa energía sigue intacta.
—¡Por supuesto! A todo esto —hizo un pequeño cambio de tema—, en Estados Unidos hay muchos parques temáticos, ¿no es cierto?
—¿Hm?
—Es que, recientemente, terminé viendo películas infantiles con algunos de los hijos de mis compañeros de equipo. ¡En Disney tienen mucha creatividad! Y estaba escuchando que a uno de ellos lo iban a llevar a…
Chris no hizo nada más que callar y admirar la sonrisa deslumbrante de aquel pequeño sol. Le notaba los ojos algo rojos; adivinó que, sin duda, algo había ocurrido durante la ceremonia, el chico lloraba con mucha facilidad, el porqué, no era difícil de adivinar. Una sensación incómoda nació en su pecho apenas lo pensó, pero era de esperarse, se trataba de su boda.
Él mismo se encontraba tranquilo y sereno con sólo saber que Sawamura había tomado esa decisión por voluntad propia y le deseaba lo mejor. No obstante, toda esa paz se vio turbada cuando el otro novio apareció.
—Tiempo sin vernos, Chris.
La mano que Chris casi pone en el hombro de su antiguo aprendiz, fue redirigida hacia la de Miyuki, saludándose con un ligero apretón de manos. El nombrado había pasado tanto tiempo fuera de Japón, que olvidó la reverencia. Una suerte que Miyuki hubiese tomado aquello en cuenta justo antes de acercarse, por lo que el contacto no fue un inconveniente.
—¡Kazuya! —agregó Eijun de forma alegre.
Chris se asombró por la forma en que lo llamó, pero su rostro se mostraba estoico. Imaginar que hubiese avanzado tanto la relación entre ambos… Bueno, no era para menos, ya se habían casado.
—¡Chris-senpai dijo que nos traería algo de Disneyland!
Miyuki pasó por alto el comentario y continuó:
—¿Qué tal tu viaje? Es una pena que no hayas llegado a tiempo para el casamiento.
—Había mal clima y el vuelo se retrasó —lo cual era verdad, debido a las nevadas—. Lo siento.
—¡Pero lo importante es que ya está aquí! —interrumpió Sawamura—. Si quiere le podemos prestar el DVD para que se entere de los detalles.
—Eijun estuvo llorando desde la entrada.
—¡Deja de hacerle spoiler!
—No se molesten —inquirió Chris—. Creo que con las fotografías me es suficiente. Camino aquí me encontré con Tanba y me compartió algunas por LINE.
—Oh, entonces no fuimos los únicos en llegar algo tarde —agregó una cuarta voz.
Aquel trío se giró al escuchar aquello, encontrando a los hermanos Kominato detrás.
—¡Hermano Ryosuke! ¡Harucchi!
—Había demasiado tráfico, lamentamos llegar a estas horas —se excusó el chico tras el flequillo.
—No te preocupes, pero me deberás un regalo adicional por llegar tarde.
—Descuida —Ryosuke hizo uso de la palabra—, tu presente está justo aquí —acto seguido, puso lo que parecía ser el cráneo de un esqueleto en la mano de Sawamura.
Los novios se quedaron con una expresión neutra mirando la calavera.
—De mi padre —aclaró.
De inmediato, Eijun soltó un grito que pudo ser escuchado en todo el salón y el mayor de los Kominato esbozó su típica sonrisa de dudosas intenciones antes de continuar:
—Quiero decir que perteneció a nuestro padre, no es que sea él.
—¡¿Por qué tu padre tenía una calavera?!
—Solía ponerla en la mesa de la sala para recordarnos que, aunque se trate de Navidad, la gente sigue muriendo.
—…
—Además puedes poner dulces dentro.
—¿Gracias? —Miyuki no sabía cómo iba a dormir con eso en su hogar de ahora en adelante.
—Les puedo dar los otros huesos si gust…
—¡Hermano! —Haruichi llamó su atención y luego se disculpó—. Su verdadero regalo pesa un poco para bajarlo del auto, así que lo llevaremos más tarde a su casa, si no es un inconveniente para ustedes, claro.
Mientras ellos seguían con tan adorable plática, Chris aprovechó para huir discretamente y sentarse en la barra, lejos de la mayor parte de los invitados. Era una escena conmovedora verlos a todos reunidos después de tantos años. Casi todos tenían pareja o algún amante por ahí; luego, estaba él, sintiendo su corazón oprimirse debido a que nunca tuvo el valor suficiente para acercarse a Sawamura y decirle que lo quería. Supuso que guardaría todos esos sentimientos como un bonito recuerdo de preparatoria y dejaría que el tiempo se encargara del olvido, pero no fue así. Durante mucho tiempo se convenció de que esa fue la mejor decisión, ya que regresó al país natal de su padre para debutar como jugador. En ese entonces, pedirle a Eijun que lo esperara era un deseo bastante egoísta a considerar; pero, si en estos momentos estuviese ocupando el lugar de Miyuki, ¿también podría hacerlo feliz?
Probablemente… No.
Después de unas horas decidió salir al jardín. Todos se estaban divirtiendo tanto que sentía no encajar del todo. Mas era de esperarse, tantos años fuera del país lo habían dejado al margen, apenas en contacto con sus compañeros de antaño. Fue entonces cuando divisó un pequeño domo y una banca de piedra. Le parecía un buen lugar para descansar, de no ser porque alguien tuvo esa misma idea antes que él. Esa cabellera rubia era inconfundible.
—Narumiya —llamó su atención, mientras metía las manos en los bolsillos de su pantalón—. ¿Qué haces aquí afuera?
—¡No te interesa! —respondió por impulso antes de poner la botella de cabeza y verificar que no quedaba ni gota de alcohol; luego, volteó hacia aquel hombre—. Adentro todo es tan empalagoso y bonito que…
Chris sólo soltó un suspiro y se sentó a un lado.
—¿Es lo mismo para ti, no es así?
—No —respondió Chris—. Sólo me apetecía algo de aire fresco.
De forma inesperada, Mei pasó una mano, en un intento de caricia, por el cuello de Chris, acercándose lo suficiente como para considerarse una invasión al espacio personal.
—Mentiroso —susurró cerca de su rostro.
Chris puso las manos en los hombros opuestos, separándolo con un movimiento rápido y notando en su aliento la esencia del vino.
—¿Cuánto has bebido para llegar a este estado?
—¡Mentiroso! —agregó de forma abrupta, ignorando la pregunta.
El silencio se apoderó de ambos. Chris estuvo a punto de levantarse y regresar sobre sus pasos, o esa era la idea, pues las palabras de Mei interrumpieron antes de que pudiera hacerlo.
—Te vi a la distancia cuando entraste. La manera en que lo mirabas; saber que jamás estarás a su lado... Tus ojos son iguales a los míos —una de sus manos empezó a acariciar con cierta lascivia la pierna ajena, pero fue detenido en el intento—. De la misma forma vi a Kazuya por más años de los que puedo recordar —casi podía asegurar que ambos se hallaban a la deriva en el mismo barco y Chris no le había refutado nada (salvo el contacto).
—No deberías hablar en tu estado actual, Narumiya.
—¿No quieres admitirlo? ¿Tanto afectaría a tu orgullo?
—No se trata de eso. Puede que ahora no lo comprendas del todo, pero…
—Sé lo horrible que es ese sentimiento —interrumpió, recargando la cabeza en el hombro ajeno, justo antes de ponerse de pie frente a él—, así que, ¿por qué no me tomas?
Chris supo que Mei no tenía muchas ganas de razonar, aunque tampoco esperó una propuesta tan abrupta, siendo secundada por una actitud bastante sugerente y seductora.
—Entre Eijun y yo no debería haber demasiada diferencia en cuanto a la complexión. Puedes usarme, estoy de acuerdo. Sólo déjate llevar —y sin previo aviso, sus labios reclamaron los opuestos.
Chris se quedó en su asiento, ligeramente sorprendido. Cualquier otra persona en su situación tal vez hubiese aprovechado, dejándose llevar para satisfacer su cuerpo e intentar sanar lo irreparable. Pero ver al amor de su vida en ese hombre era algo imposible. Sawamura no tenía ojos azules, ni el cabello rubio, mucho menos caería tan bajo a causa del alcohol, entre otras cosas. Lo lógico sería apartarlo con brusquedad, plantarle cara y molestarse por ser tratado de esa forma. No obstante, también comprendía lo mucho que aquel chico debía estar sufriendo para llegar a tales extremos. Durante todo el tiempo que cruzaron palabras, Mei ni siquiera se notó triste o deprimido, más bien, podía percibirlo vacío, como si un remanente deseo conformista y arrogante fuera lo que le permitía hablar y actuar. En cierta forma, eso le daba lástima, pero ese vago sentimiento de empatía no significaba que caería tan bajo como para complacerlo.
En ningún momento respondió al contacto, tan sólo lo tomó por los hombros y le separó con lentitud.
—Comprende que no soy Miyuki —habló con calma y firmeza a la vez, antes de ponerse de pie—, ni tú Sawamura.
Mei dejó la vista fija en el asiento, apretó los puños y mordió un poco su labio inferior. Mientras el silencio reinaba de nuevo, Chris revisó su reloj. Era la una de la mañana, la fiesta no tardaría mucho en acabar.
—Es bastante tarde, tal vez es hora de que regreses a casa y descanses un poco —aunque tampoco podía dejarlo conducir en esa condición—. ¿Tienes a alguien que te lleve? —posó una mano sobre sus cabellos dorados, mas no recibió respuesta alguna, por lo que supuso que había llegado solo—. Espera aquí, te conseguiré un taxi —no había otra cosa que pudiera hacer por él aparte de eso, esperaba que al día siguiente Narumiya comprendiera mejor las cosas y lograra superarlo; así como él mismo.
Mei se puso en pie y se giró un poco, lo suficiente para ver a Chris desvaneciéndose cada vez más en la distancia. De nueva cuenta tomó asiento y se rodeó con sus propios brazos. Estaba helando. ¿Dónde había quedado su saco?
Una ráfaga de viento le hizo abrir los ojos de golpe. Se encontraba en la habitación del hotel en el que se alojaba. La luz de mediodía le obligó taparse la cabeza con la almohada.
—Muévete, nos vamos en un par de horas.
Oh, y cómo reconocía esa voz.
—¡Déjame en paz Harada, tengo resaca!
—No me importa, báñate. Apestas.
—¡No lo haré!
—Tienes que estar listo a las siete, pasado mañana tendremos partido de apertura. Si tienes más quejas puedes decírselas al manager.
—¡Es justo por esa actitud que no consigues novia!
Pero la respuesta de Harada fue un portazo, dejando a Narumiya solo en su habitación.
Le costó demasiado levantarse. La cabeza le dolía como el demonio, así que cerró la cortina para dejar de maldecir al sol. Después, se metió a la bañera y al terminar, mientras acomodaba la ropa en su pequeña maleta, intentó hacer memoria de la noche anterior. En algún momento el frío se esfumó, Chris le ayudó a ingresar al vehículo y le dirigió una corta frase de despedida acompañada de una gentil sonrisa.
¿Cuándo fue la última vez que alguien lo trató con tanta amabilidad? No recordaba a nadie (aparte de su madre). Dio un suspiro cansado y recorrió, por última vez, el cuarto con la mirada, encontrando un saco sobre uno de los sillones. Lo iba a hacer bolita para amontonarlo con el resto de la ropa, pero se detuvo. ¿Desde cuándo su saco era tan… grande? A primera vista creyó que pertenecía a Harada, de no ser porque él había usado un traje negro la noche anterior, no gris.
Entonces, una corta serie de imágenes golpeó sus pensamientos y supo que el frío de la noche anterior no se había esfumado de la nada.
Su mirada quedó perdida en la prenda entre sus manos y cuando menos lo esperó, se hallaba aspirando con suavidad el aroma que desprendía. Cómo olvidar esa loción, el lento y corto beso, la calidez, los suaves labios ajenos y el compás imperturbable de una respiración diferente a la suya.
Abrió los ojos aún confundido, y se detuvo a pensar en el nombre que recibía aquel remolino de sensaciones que, por un momento, le hicieron olvidar los recuerdos de Kazuya, de sí mismo y de su pasado.
Si tuviera que ponerle nombre a esa desconocida emoción, sería:
«Chris Yuu Takigawa».