Capítulo único
El día de Sawamura había sido mera rutina: despertar, asistir a clases, dormir en su pupitre y entrenarse. Recién terminó de ducharse, cuando la imagen de su superior abusivo de cabellos olivo desteñidos le cruzó por la cabeza. Había tenido un serio problema aguantando ver su cuerpo desnudo en las aguas termales y era la primera vez que le sucedía.
¿Por qué? Bueno, pues estaba enamorado de Kuramochi. ¡Su senpai! ¿Desde cuándo lo sabía? En realidad, se percató de ello en días recientes. Sus mejillas adquirían una tonalidad rojiza de sólo pensar en toda clase de contacto físico —llaves de lucha— que habían tenido desde que ingresó a la escuela.
Negó con la cabeza, sintiéndose como alguna de las protagonistas de títulos de mangas shoujo que Jun le prestaba. Las palabras se le acumularon en la garganta de forma molesta.
¿Por qué?
¿Por qué tenía tantas ganas de decírselo en esos momentos?
Se puso en marcha en dirección al comedor. No podía creer lo que estaba a punto de realizar, pero sabía que algo mucho peor pasaría si lo guardaba en lo profundo de su ser.
¡Era una locura!
Gradualmente apresuró el paso, hasta correr como si lo persiguiera (el diablo) Ryosuke. En poco tiempo se encontró jadeando justo frente a las puertas de su destino, sosteniendo con firmeza los extremos de la toalla que cruzaba por su cuello.
Trago saliva. Debía hacerlo.
Inhaló y exhaló un par de veces. Decidido, abrió la puerta de golpe, llamando la atención de todos los presentes. Llenó sus pulmones de aire, sus mejillas tomaron un color arrebol, y dijo lo siguiente con el vigor y el escándalo que le caracterizaba:
—¡Kuramochi-senpai, me gusta!
Un largo silencio se hizo antes de que pequeñas risas se contagiaran de unos a otros, hasta transformarse en carcajadas. Sawamura no sabía lo que estaba pasando, hasta que Ryosuke se acercó.
—Kuramochi ya regresó a los dormitorios, idiota —le dio un golpecito en la cabeza, como estaba acostumbrado a hacer.
—¡Gracias! —nervioso, agachó la cabeza en un intento penoso de disculpa. Luego, cerró la puerta de la misma forma en que la había abierto. Sudaba frío y se hallaba sonrojado de la vergüenza, con la mente en blanco.
Lo había dicho… a todos, menos a quien correspondía. Ahora debía buscar a Kuramochi antes de que los demás le…
—Sawamura.
La voz de un hombre maduro lo hizo brincar del susto.
—¡Jefe!
—¿Por qué azotaste la puerta del comedor? —lo había presenciado a la distancia.
Eijun no pudo formular una respuesta coherente, en su lugar, unos ojos de gato expresaron todo lo que con palabras no podía.
—Mañana no practicarás con el primer equipo. Correrás una semana como castigo.
Asintió repetidas veces sin agregar mucho.
A Kataoka le pareció muy extraño su comportamiento. ¿Por qué no replicó? Bueno, el chico ya había echado a correr. Lo observaría con detenimiento al día siguiente.
Ahora Sawamura tendría toda la noche para buscar el valor del que carecía en esos instantes. Con mucha suerte, su amigo el neumático lo escucharía y le daría consejos la semana completa.
«¿Por qué a mí?»
Chris sintió un inexplicable escalofrío cuando estuvo a nada de ingresar a la cama.
—Algo horrible está a punto de suceder.
Kanemaru lo miró con una interrogante en la cara, cuando varios toques desesperados y repetitivos en la puerta llamaron su atención y fue a abrir.
—Chris-senpai… —entró Sawamura, sin permiso, al borde de un llanto dramático y casi infantil.
«Que buena intuición» pensó Kanemaru mientras una gotita de molestia y pesar recorría su sien.
Luego de que Eijun se tranquilizara, les contó lo sucedido.
—Eso explica las cosas —pese a decirlo con un rostro sereno, Kanemaru no pudo aguantarse una risita lacónica al final.
Sawamura rechinó los dientes y lo miró con el ceño fruncido. Chris soltó un suspiro pesado. ¿Por qué debía de tener a tal idiota como discípulo?
—Bueno, Sawamura, ¿has aprendido tu lección?
—¡Así es! —asintió con aire de madurez—: Nunca es bueno pensar antes de actuar.
Chris y Kanemaru se miraron entre sí. Tal vez, para casos únicos y excepcionales como el que tenían de frente, eso podría funcionar.
A la mañana siguiente todo transcurrió con normalidad. Eijun buscó a Kuramochi por todas partes, pero se topó con Miyuki en su lugar. Le preguntó por su conquista, pero al verlo sonreír, no le dieron ganas de averiguar qué se traía entre manos. Lo mejor sería esperar a que terminara el entrenamiento.
Despejó su mente corriendo por todo el campo y en el transcurso observó que Kuramochi practicaba fildeo con Ryosuke como si nada. Tal vez sus superiores no le habían… Imposible. Ahí nadie era tan buena persona (exceptuando a Chris).
Por media tarde el entrenador suspendió la práctica, ya que se iba a dar mantenimiento a las máquinas de lanzamientos y áreas techadas.
Era el momento perfecto.
Sawamura fue el primero en bañarse como cuervo antes de correr a su habitación para hablar con su superior lo más pronto posible, pero al entrar a su cuarto, no había nadie allí. Lo buscó en el baño, closet y debajo de las camas, asegurándose que no le hiciese ninguna broma. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió a sus espaldas.
—¡Kuramochi-senpai! —se exaltó.
—¡Sawamura! —remedó sus expresiones antes de soltar su característica risa.
—¿Qu-Qué te trae por aquí?
—¿Uh? Pues este es mi cuarto, idiota.
—¡Oh! ¡Tienes razón!
Según lo que le habían comentado los demás jugadores, Sawamura podría tenerle una o dos sorpresas, pero lo notaba demasiado nervioso para ser cierto, así que guardó silencio.
Eijun se sentó en el escritorio, fingiendo estudiar, y Kuramochi supo que esa era una vil tapadera para poner a su inútil cerebro en busca de una idea.
«Ah, qué problema». Ryosuke le había explicado cómo había estado el asunto la noche anterior y, siendo sincero, no estaba muy lejos de corresponder esos sentimientos; así que, al final, decidió ir en su auxilio.
—Por cierto —se acercó, quedando a sus espaldas—, el equipo me dijo que tenías algo que decirme.
—¡¿Eh?! —«¡Esos traidores!»
—¿Qué sucede? —una sádica mueca se dibujó en sus facciones, acercándose aún más—. ¿Acaso tengo que sacarte la información como de costumbre? —posó una mano de forma repentina en el hombro ajeno, haciendo que éste brincara por la impresión.
—¿No te basta con torturarme todos los días? —agregó casi pálido para intentar cambiar de tema.
—Pues no, nunca es suficiente —finalizó la oración con su característica risa de hiena.
Ahora estaba tan asustado que no se le ocurría una forma correcta para declararse. Podía sentir cómo su muerte se avecinaba y no quería perecer sin haber amado. Tragó saliva. Casi se puso a temblar cuando sintió la segunda mano de su senpai tomar su hombro libre, antes de que empezara a moverlas.
—¿P-Por qué sus manos me están tocando el pecho?
—No sé, tienen voluntad propia.
—Um… ¿Y qué otra parte de su cuerpo tiene voluntad propia?
—Supongo que sería bueno averiguarlo —dijo, exponiendo una ligera mirada lasciva que se mezclaba a la perfección con su faceta de delincuente.
No dudó en acelerarle el corazón a Sawamura.
«¡Bingo!» Tenía al muchacho a su merced.
—¿Crees que vayan a estar bien? —dijo Masuko luego de unos minutos en silencio frente a las máquinas expendedoras.
—Por favor —contestó Miyuki—, sólo son Kuramochi y Sawamura, ¿qué podría salir mal?
Se miraron entre sí. En efecto: todo podría salir mal. Se levantaron al mismo tiempo y, sin cruzar palabra, fueron a paso apresurado hasta la habitación que los nombrados compartían. No se escuchaba absolutamente nad… ¡Oh! Un pequeño grito y el silencio gobernó otra vez.
Masuko tomó el picaporte, abriendo rápidamente la puerta.
—¡Kuramochi, no mates a Sawam…! —cierta imagen de Kuramochi sobre Eijun, metiendo mano por doquier, hizo que su voz se esfumara.
—Dios, aquí apesta a hormonas —comentó Miyuki, divertido en un sentido poco escrupuloso.
Masuko cerró la puerta y se dirigió a la habitación del chico tras los anteojos, tratando de borrar esa imagen de su mente. Tomaría muy en cuenta tocar antes de abrir, en especial si se trataba de su habitación, la cual, compartía con el par de tórtolos.