Falling in love with a Kat

Summary

Todo comenzó cuando Bakugo decidió declarar sus sentimientos a su profesor. Para buena o mala suerte, a Aizawa le encantaban los gatos y a Bakugo le faltaban sólo la cola y los bigotes para ser uno. Sin embargo, Bakugo no se imaginaba que sus decisiones lo llevarían a encabezar la lista de los desgraciados.

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Capítulo único

Continuos jadeos, gruñidos y un húmedo juego de besos eran los sonidos que inundaban una habitación decentemente iluminada por los rayos del ocaso. Cualquiera aseguraría que se trataba de un par de amantes, hasta contemplar lo que sucedía en verdad. Los involucrados no tenían esa clase de relación, más bien, eran profesor y alumno.

El sentido común se había ido al carajo desde hacía varios minutos.

Bakugo Katsuki aferraba las manos a la ropa de su mentor con cierta desesperación. No sabía con exactitud el porqué, ya que no era para atraerlo ni para apartarlo, tan sólo persistía la tremenda necesidad de hacerlo.

Por otro lado, Aizawa Shouta sujetaba con una de sus manos la nuca del chico para atraerlo cada vez que fuese necesario. Su objetivo era sofocarlo con el contacto, no darle la mínima oportunidad de respirar.

Ninguno estaba relajado en los brazos del otro. Bakugo mantenía la mirada con el ceño fruncido y Aizawa no inmutaba su monótono semblante; sin embargo, sus cuerpos reaccionaban y las mejillas de ambos se coloreaban de un ligero carmesí provocado por el aumento de la temperatura.

Para Aizawa, el escenario se encontraba fuera de sus parámetros morales y nada de esto estaría sucediendo de no ser por el delincuente que tenía como estudiante. Su complejo de terrorista y la inteligencia que poseía eran una combinación demasiado problemática para su gusto. Creyó poder lidiar con eso los tres años que debía cursar el chico en la U.A., pero la situación se le había salido de las manos... A los dos.

—Maldición… Tu barba…

—Silencio, mocoso —porque si a Bakugo le molestaba sentir picor, a él también le era incómodo encorvarse para acortar los diez centímetros que le sacaba en estatura—. Quéjate cuando crezcas más.

—¿Crecer? ¿En qué sentido? —se rio con algo de cinismo, al mismo tiempo en que restregaba su miembro semierecto contra una de las piernas opuestas.

«Este chico…».

¿Cómo habían terminado así?

Todo comenzó cuando Bakugo decidió declarar sus sentimientos a su profesor. Para resumir, le había dicho que no le interesaba nadie de su edad, porque todos eran imbéciles y que tampoco iba a esperar por una respuesta, ya que lo obligaría a recibir y corresponder sus emociones a golpes de ser necesario. O esa había sido la interpretación que Aizawa dio a sus palabras, pues la versión completa de ese acontecimiento incluía poco más que maldiciones, amenazas y un saco de violentas hormonas en forma de adolescente.

Desde entonces, tuvieron ciertos roces —si se le podían llamar de esa manera— en diversas ocasiones. Como aquel que sucedió poco después de que se recuperara de su batalla en la USJ.


Aizawa recién abría los ojos. Decidió tomar una siesta sobre su escritorio en la sala de profesores, donde una pequeña sección de madera separaba a los docentes para que pudieran trabajar. Debía ser bastante tarde, ya que nadie más estaba allí… aparte de ese chiquillo, claro.

—Profesor.

—¿Sí? —se irguió en su silla y la giró un cuarto de vuelta.

—Yo… Me alegro de que se encuentre bien —dijo con seriedad, apretando los puños.

Por una fracción de segundo, la expresión de Aizawa cambió a una de ligera sorpresa y luego suspiró con su usual cansancio.

—Gracias por tu preocupación. Pude terminar peor. Creo que aún me queda algo de suerte.

El ambiente quedó en silencio. Bakugo frunció el entrecejo y, como si buscara pelea, tomó las prendas de su profesor con violencia por la zona del cuello.

—¡Sea más agradecido, maldita sea!

«Oh —pensó Aizawa—, ahí está». Ese era el vándalo que conocía. No debió forzarse a decir lo anterior. No iba con él.

—Verás, como educador, esto es lo más agradecido que puedo ser —explicó—. Sería un problema actuar de forma distinta.

—¡Por un demonio! ¡No esperé aquí a que terminara el horario escolar para esto!


Días después, el chico se dedicó a insinuarse de forma indirecta para poner a prueba el autocontrol de su maestro; éste sólo daba gracias a la deidad que lo tenía bajo su protección por concederle el carácter necesario para mantener bajo control sus impulsos sexuales.

Aunque, como todas las cosas, tenía un límite.

Luego de lidiar con eso por semanas enteras, sumado a un constante estado de insomnio, Aizawa tocó fondo. Una tarde después de que las clases concluyeran, citó a la razón de sus dolores de cabeza en la sala de profesores y habló sin rodeos.

—¿Qué es lo que quieres lograr?

—¿Tan rápido te desesperas? —agregó con una media sonrisa ladina, notando que el otro estaba menos tranquilo a lo usual—. ¿Significa que te rindes?

La tensión se tornó tan densa que se podría cortar con un cuchillo, mas Aizawa no respondió a sus provocaciones, no de la forma en la que Bakugo esperaba. No lo riñó, no le dio una cátedra, tampoco lo dejó ir; todo lo contrario. Si quería forzarlo a recibir sus sentimientos, bien, él también podía obligarlo a aceptar más cosas y no sería nada comparado al juego de niños que Bakugo había manipulado hasta ese momento.

De cierta manera, había caído.


En este momento, se encontraban en la cama de Aizawa. Las prendas superiores del chico habían quedado dispersadas por algún lugar del piso y, en determinado momento, se sintió tan subyugado que no dudó en soltar una de sus conocidas explosiones contra el hombro de su mentor, aunque no ocurrió nada, tan sólo se escuchó un golpe seco y en los ojos de Aizawa se podía notar su quirk, erasure, activado.

—Aún eres como todos los demás héroes: altivo. Siempre dependiendo de su quirk —dijo con un tono de voz ronco y bullicioso a la vez.

Bakugo no pudo evitar sentir un escalofrío placentero, acompañado de unos deseos bestiales por romperle la nariz de un puñetazo. Odiaba que lo compararan (y que fuera acertado).

El ambiente se tornó cada vez más húmedo. No había gemidos, sino jadeos. Nada de quejidos ni ruidos agudos, sino gruñidos y respiraciones agitadas entremezcladas.

Aizawa se retiró las prendas que cubrían su torso, dejando al descubierto lo que años de entrenamiento habían esculpido. Luego, estiró un brazo hacia uno de sus cajones y…

Cero condones.

Dejó de lado al chico para buscar el paquetito de preservativos, hasta que recordó que los había revendido a su escandaloso amigo y su ridículo bigote.

Soltó un suspiro pesado antes de hablar.

—Bueno, eso es todo por hoy.

—¿Hah?

—Como escuchaste.

—¿Acaso crees que me voy a largar como si nada? —se incorporó sobre la cama.

—Vaya, sí eres listo.

Bakugo frunció el entrecejo, nada fuera de lo común y acercó una de sus manos a la entrepierna de su tutor, masajeando con descaro. Comprobó que estaba erecto y casi al instante su muñeca fue tomada con algo de fuerza para hacer que la retirara.

—Déjame adivinar. No puedes hacerlo porque no hay condones.

—…

—Pues yo sí.

Sin previo aviso atrajo a Aizawa y, con cierto esfuerzo, logró acostarlo, posicionándose sobre su pelvis. Se relamió antes de proseguir a desabrochar el cinturón contrario.

Aizawa no sabía si sorprenderse o reír.

«Qué persistente. Si tan sólo fuera así para mejorar su actitud…» Lo dejó retirarle los pantalones (le daría flojera hacerlo por sí mismo más tarde) pero Bakugo debía estar soñando si creía que lo dejaría asumir el papel de activo esa noche. Bueno, podría dejarlo; la verdad las posiciones le importaban poco y nada, pero la mentalidad de ese mocoso no era como la suya, así que debía evitar premiarlo.

Ah, los jóvenes podían ser tan problemáticos. En especial a esa edad.

Aizawa era un profesional. Debía mantener su distancia; sabía cómo hacerlo, no era la primera vez que un estudiante se le insinuaba (pero sí en la que llegaba tan lejos), por lo que agradecía tener un perfecto dominio sobre sus reacciones corporales y gestuales.

El principal problema por el que no podía dejar que Bakugo diera rienda suelta a sus deseos era porque su relación no sería bien vista, empezando porque podrían ser padre e hijo, sin mencionar que ya eran maestro y alumno. Además, en Japón podían aceptar que te casaras con tu almohada (con su respectivo personaje de anime estampado), pero estar con alguien de tu mismo sexo era una completa locura.

La opinión ajena no podía importarle menos a Aizawa, su apariencia personal era testimonio de ello, así que el verdadero dilema recaía en la forma en que uno necesitaba del otro. Tal vez de manera enfermiza, tal vez por mero capricho, pero era algo de lo que ambos estaban conscientes.


Se encontraban desnudos y sudorosos sobre la cama, pero esta vez Bakugo se hallaba inmovilizado. Como no pudieron llegar a un acuerdo para hacerlo de la forma más civilizada posible, Aizawa terminó por usar su bufanda de fibra de carbono para atarle las manos a la cabecera y amordazarlo de paso (no tenía muchas ganas de escuchar majaderías). Agradecía no tener más muebles en la habitación o algo se habría roto debido a la pequeña pelea de hace unos minutos.

Al no haber lubricante, tuvo que usar bastante saliva para dilatar al adolescente. Primero uno, dos y ahora eran tres los dedos que se abrían paso en su esfínter. Bakugo no se quejó durante el proceso, no es como si pudiera hacerlo con la boca indispuesta por la mordaza improvisada, pero sí soltaba roncos suspiros cada tanto. Curioso. Aizawa creyó que al menos lo patearía o haría más escándalo.

Cuando sintió que estaba lo suficientemente dilatado extrajo sus dígitos. Entonces, se posicionó entre las piernas contraria y acercó la hombría hasta su entrada, presionando para penetrarlo.

—¡E-Espera! —o algo así se habría entendido si Bakugo no tuviese algo que obstruyera sus palabras.

—¿Hm? —levantó la vista para distinguir el entrecejo fruncido del chico—. Aguanta un poco. El dolor sólo será al comienzo —entre pausas, logró introducir todo su miembro en tan estrecha cavidad. En esos momentos era cuando recordaba que aquel chico tenía tan sólo dieciséis años—. Si no te relajas, dolerá más. Respira.

Claro, para él era fácil decirlo. A él no le estaban metiendo tremenda cosa por el ano. Bakugo tenía los ojos tan clavados en aquel hombre, que, si las miradas pudieran matar, para estos instantes se estaría celebrando el quinto funeral de Aizawa Shouta.

Un gruñido involuntario escapó de sus labios. Aunque el rostro de Aizawa no lo demostrara, las expresiones del chico le parecían intrigantes. Nada que no hubiese visto antes, pero sí lo primero que lo emocionaba desde las entrañas.

—Te la voy a quitar —acercó una mano al rostro opuesto—, pero no quiero escuchar tus majaderías o la tendrás de nuevo —aclarado eso, le retiró la mordaza.

—Tú no me condicionas… jodido viejo —agregó con un tono belicoso. Luego, cerró los ojos y se dejó caer más tranquilo sobre la almohada—. Ah… maldición —soltó de forma repentina a modo de susurro tras removerse un poco.

—¿Toqué un buen punto? —preguntó mientras continuaba moviéndose despacio.

—Deja de molestar.

—Deberías ser más honesto.

—Y tú deberías callarte y hacerlo de una buena vez —sí, apenas podía mantenerse cuerdo con lo que estaba sucediendo, pero eso no era impedimento para que su cuerpo le exigiera más de aquella nueva sensación que, aunque punzante, resultaba placentera.

«Oh —pensó Aizawa— que petición tan tentadora». De alguna forma entendía el lenguaje de Bakugo, así que accedió a ello e incrementó las estocadas. De inmediato, lo percibió tensarse, por lo que se vio obligado a retomar su vaivén inicial.

—M-Maldita sea —susurró para sí mismo—. Sigues apretado.

Ambos quedaron en silencio unos instantes. Hasta que un par de venitas aparecieron en la frente del muchacho, quien dejó escapar unas explosiones para intentar liberar sus manos sin éxito aparente.

—¡Juro que voy a matarte!

—Sí, sí —decidió bajar sus labios a los ajenos, probando su suerte con un beso rápido; poco a poco se sumergieron en un contacto tan intenso que hizo a sus pulmones, tan eficientes en su trabajo de inhalar y exhalar, olvidar la forma correcta de hacerlo.

Al separarse, un hilo de saliva quedó pendiendo de sus bocas.

Más.

Más.

Más.

Era un capricho insistente que embriagaba la mente de ambos.

Entonces, Aizawa decidió liberar las manos de su estudiante. Con el complejo de superioridad que éste se cargaba, de seguro la posición lo hacía sentir humillado, así que se le ocurrió algo mejor y tomó uno de sus brazos para pasárselo por el cuello. Bakugo no necesitó más para asimilar sus acciones, imitó lo mismo con su otra extremidad y se sostuvo. Pronto se vio sentado a horcajadas sobre su mentor. Se encontraba más relajado luego de haber tenido aquel pene en su interior por largo rato.

Aizawa lo tomó con firmeza de los glúteos y comenzó a moverlo a un ritmo conveniente, mientras el muchacho recorría el cuello ajeno, imprimiendo mordidas y acariciando con lamidas dicho espacio.

«Sutil forma de vengarte» pensó Aizawa. Casi imaginaba que a la mañana siguiente tendría unos horrendos moretones por su culpa; no obstante, también le resultaba excitante recibir esa clase de daño.

Creyó que podrían seguir así hasta terminar, pero no se esperó que, de buenas a primeras, aquel delincuente lo empujara para dejarlo acostado, siendo éste quien lo montaba.

Una escueta y satírica mueca, comúnmente llamada «sonrisa» en el lenguaje de Bakugo, no se hizo de esperar. Acto seguido, decidió a moverse de atrás hacia adelante, imponiendo el ritmo que le resultase más conveniente; ser el menor de ambos no implicaba que se mantendría sujeto a lo que Aizawa le impusiera. Este era un buen momento para hacérselo saber y ¿qué mejor que tomando el control?

Aizawa lo dejó ser, así podría centrarse en cerrar los dedos en torno a la erección contraria y masturbarlo como se merecía.

Con el tiempo, Bakugo marcó un ritmo más intenso, uno en el que su próstata era estimulada una y otra vez; sumado al movimiento que satisfacía su entrepierna, no tardó mucho en caer presa del orgasmo, soltando un quejido gutural el proceso. Dejó de moverse, perdiéndose un poco en el limbo mientras se enfocaba en respirar de forma adecuada. Su semen había manchado el abdomen y pecho de su profesor. Por alguna razón eso le hizo sentir victorioso.

En la calma, Aizawa invirtió las posiciones, arremetiendo de forma intensa contra el interior del joven. Deseaba correrse lo más pronto posible.

Al sentir las fuertes estocadas, Bakugo, aún con remanentes de placer en el cuerpo, no pudo evitar suprimir algunos jadeos e incluso gruñidos, que se volvían frecuentes; no agudos, sino angustiosos. Su cuerpo no podía soportar tanto.

Entonces ocurrió. Aizawa cerró los ojos y su entrecejo se contrajo un poco. Soltó un ronco suspiro cargado de satisfacción cuando se dejó venir dentro del cuerpo opuesto. Sus salvajes embestidas se volvieron más irregulares y pausadas, hasta que decidió retirar su miembro de aquella estrecha y húmeda cavidad.


—¿A dónde vas? —preguntó el chico a altas horas de la noche con muchas ganas de no moverse de la cama, luego de ver al mayor arreglado (es decir, con el cabello hecho una maraña y sin afeitar).

—Bueno, Eraserhead es un héroe nocturno. ¿Quién crees que debe encargarse de todo cuando All Might duerme?

Eso explicaba los ojos rojos, aunado al constante estado de irritación e insomnio durante las clases. Después de todo, era el maestro que impartía la primera hora de la mañana.

—Como sea —inquirió luego de unos segundos en mutismo—, el baño está cruzando el pasillo y… —sacó de sus pantalones su billetera, de la cual extrajo una tarjeta. Acto seguido, la colocó en la frente del adolescente—, si necesitas algo lo cargas ahí —lo decía por si pedía comida a domicilio, pues en su refrigerador no había más que bebidas energizantes.

Bakugo respondió con un gruñido a modo de afirmación y se quedó mirando al techo tras escuchar a su tutor retirarse y cerrar la puerta a la distancia.

A la mañana siguiente todo transcurrió con normalidad. Bakugo seguía siendo el anticristo rubio de la temporada y Aizawa mantenía su típico semblante como recién salido de su Baticueva.

En algún momento del día, ambos se encontraron de nuevo en la U.A., sentados a la sombra en una de las bancas de la instalación.

Bakugo echó la cabeza hacia atrás, recargando todo su cuerpo en el respaldo, mientras que Aizawa destapaba una bolsa de energéticos de los que se había hecho dependiente.

—¿Te duele? —agregó monótono. Durante las clases prácticas lo había visto agarrarse la espalda, dos que tres veces, para descansar.

—Vete al infierno.

Oh, eso era un «sí».

—Ve el lado positivo, al menos tú no fuiste atacado por una sanguijuela hambrienta —hizo de lado parte de su bufanda para exponer su cuello, pero casi de inmediato la regresó a su lugar.

—… —sus ojos se pusieron en blanco; venitas de molestia y rencor no dudaron en hacer acto de presencia sobre sus sienes.

Aizawa observó esa faceta a la par en que bebía de su bolsita, dejando que el ruido del sorbo comenzase su monólogo.

—¡Será la primera y última vez! A la próxima yo te voy a coger.

Aizawa apostó por algo más interesante.

—Tus calificaciones.

—¿Qué con ellas?

—Si terminas como primer lugar de la clase en estos exámenes, te cumplo el capricho —después de todo era su maestro y tenía que motivarlo (aunque esa no fuera la forma más ortodoxa de hacerlo).

—Já. Pues ve comprando tu jodido lubricante —una sonrisa altiva le adornó el rostro. Justo después se puso en pie para regresar al salón de clase. El receso había terminado.

Aizawa fijó su mirada en la silueta del joven hasta que desapareció a la distancia.

En realidad, se había acercado a él para confirmar ciertas sospechas que asaltaban sus pensamientos. Bakugo no usó su relación —si se le podía llamar de esa manera— para obtener algún tipo de privilegio y suponía que tenía la suficiente moral para no divulgarlo (que otros se enteraran podría ser un golpe a su orgullo e imagen). Se lo había tomado con mayor madurez de la que esperaba, sin mencionar que, de igual manera, sus insinuaciones cesaron, pero suponía que se repetirían cuando tuviera ganas. Después de todo, estaba en esa edad.

«Ah, los jóvenes son tan problemáticos».

Cualquiera se preguntaría: ¿Por qué se había fijado en ese específicamente?

Bueno, la respuesta era tan sencilla de asimilar que podría parecer irónica: a Aizawa le encantaban los gatos y a Bakugo le faltaban sólo la cola y los bigotes para ser uno.

A final de mes se dieron a conocer los resultados de los exámenes. El primer lugar lo había obtenido Yaoyorozu Momo, como era de esperarse de toda una intelectual. El segundo puesto correspondía a Todoroki Shouto y quien se hallaba quemando de la rabia sus papeles, no era nada más ni nada menos que el tercer lugar, Bakugo Katsuki.

Aizawa nunca creyó que ver la frustración ajena sería tan divertido; es decir, sí que lo era, en especial cuando le sucedía a Present Mic (o All Might), pero ese mocoso se acababa de anexar a la lista de desgraciados.