Capítulo 1
Hoy por fin después de muchos trámites, papeleo y permisos por firma, podrá visitar uno de los hombres más enigmáticos de la última década. Me encuentro en un taxi en dirección al Centro Di Salute Mentale o también conocido por sus siglas CSM, en mis manos poseo el archivo de un hombre de mediana edad y aunque he estado dando un par de hojeadas a los documentos e información proporcionada por los médicos , no he podido prestarle la atención necesaria, debido al taxista que desde que me subido, no ha parado de hablar. Pero es comprensible, pues la mayoría de ellos tienen ese hábito, debido a su trabajo.
Al ver por la ventana y visualizar a la Chiesa Cattolica Parrochiale S. Bartolomeo sobre la viale miramare, mis manos comenzaron a querer sudar por los nervios. Le indique de inmediato al hombre que girara por la via moncolano y se detuviera en el 34136. El taxista, detiene el auto en frente de la puerta principal, me mira con algo de desinterés esperando terminar con ese servicio, para así poder seguir con su rutina diaria de recogida de personas. Pagué apresuradamente el transporte y salí de este. – De visita he, ¿Viene a ver a un pariente o algo así? Preguntó aquel hombre con algo de amabilidad y curiosidad – Si, digamos que algo así. Comenté mientras me colocaba en el brazo mi bolsa de piel café, que siempre cargaba conmigo, llena de libretas, notas y una grabadora de mano. – Eso es bueno, solo tenga cuidado, nunca se sabe que esperar de ese tipo de gente. Dijo el taxista, mientras avanzaba lentamente su auto, para girar seguidamente en la esquina y desaparecer.
Por mi parte, terminé de ajustar mi bolso, me arreglé la chaqueta para evitar arrugas alguna y acomodé mi gorra azul, ya que tenía que presentarme lo más impecable posible. Como hábito que ya tenía arraigado desde hacía mucho tiempo, sople sobre mi mano y la olfatee para verificar que mi aliento no oliera mal. Tranquilo de que todo estaba aparentemente en su lugar, caminé hasta la caseta de vigilancia, toqué la ventanilla un par de veces y un hombre blanco de algunos 50 años y con varios kilos por encima apareció al momento de abrirse, me quizás con detenimiento mientras miraba desconfianza. – ¿Asunto? Preguntó sin mayor vacilación. – Tengo una cita, para poder ver un paciente, el doctor Marcus me dio una carta aclarando que… Aquel sujeto, ni siquiera esperó a que terminara de hablar cuando cerró de golpe la ventanilla. Eso me enfureció y por un momento tuve ganas de gritarle una sarta de malas palabras, aunque antes de poder realizar esta acción, apareció nuevamente el vigilante, pero esta vez salió de su pequeña caseta y se dirigió hasta mí. – Si, como que recuerdo me comentaron, de que alguien vendría de parte de un periódico o algo así. Dijo con voz endeble y llena de desinterés. – De hecho, es para un artículo de la revista new york times… - Si, sí, eso no me importa, ahora déjeme ver esa carta.
Estiré mi brazo por entre la reja con el documento en mano e inmediatamente el vigilante obeso me lo arrebato de tajo. A lo que esta vez sin remordimiento alguno, lo maldije y ofendió de tantas formas como fuera posible dentro de mi mente. – Jump parece que todo se encuentra en orden. Bueno adelante señor… - ¡Emilio! Respondí con cólera. – Si, si, Emilio, bueno pase y deje sus cosas en la mesa que de por ahí. – Con una mirada de coraje, pasé por la reja que acababa de abrir aquel hombre, y obedecí al colocar mi mochila en una mesa plástica de color blanco que se encontró a un costado de la caseta de vigilancia.
El guardia, pidió que diera unos pasos hacia atrás y comenzó a revisar mis pertenencias, a lo que no encontró nada fuera del otro mundo, solo con las típicas herramientas de un periodista. Enseguida prosiguió a revisarme a mí, donde tuve que sacar todo lo que trajera en los bolcillos laterales y traseros, para después pasar cuidadosamente sus manos sobre mi pantalón, desde los tobillos hasta la entrepierna y finalmente hacer que girara con las manos sobre mi nuca, para descartar que trajera algo en el pecho y/o espalda. – Bueno señor Emilio, hemos terminado, puede recoger sus cosas y pasar a recepción para que le den información. Ya un poco más relajado tomé mi maletín e hice un pequeño gesto tocando la punta de mi gorra con los dedos.
Caminé por un pequeño sendero empedrado, rodeado de flores de lavanda y tulipanes y hasta el fondo pegando con las paredes, buganvilias que llegan hasta lo alto de estas.
Cuando por fin llegué a la entrada del edificio, las puertas automáticas se abrieron de inmediato, dejando salir el frio del aire acondicionado y el olor típico de un hospital, se pudo identificar el hedor de los desinfectantes, que opacaban toda la frescura de las flores del jardín.
Sin dudar más, caminé hasta la recepción, donde detrás del enorme escritorio se encontró una mujer ya de edad mayor, con ropas típicas de un centro médico, hundida entre presta múltiples papeles, a los cuales no les atendió alguna por estar leyendo una revista típica de farándula. – Buenas tardes, disculpe mi nombre es Emilio Catalano he venido para entrevistar al paciente Ivano Moretti. La mujer de aparente nombre Francesca por lo que había alcanzado a leer en su gafete, levanto la mirada sin la mayor preocupación, se enderezó y acomodó sus gafas de cristal horrible y montura antigua. – ¿Tiene cita? – Sí, permítame. Saqué de entre mis papeles nuevamente la carta que me habían proporcionado y se la otorgué a la recepcionista. Esta la observo por unos instantes y sin dirigirme ni un segundo la mirada levantada un teléfono que se encontró a un lado de ella, tecleó algunos números y espero unos momentos antes de empezar a hablar. - ¿John? Necesito que vengas, aquí está un tal Emilio Catalano, que viene a entrevistar a una persona de tu área… ¿Quién? Deja ver… es un tal Ivano, Ivano Moretti. Si creo que es el mitómano… Bueno, le comento. Señor Emilio, en unos momentos viene una persona de nuestro interino personal, si gusta pasar con él. Le agradecí por su atención y pasé a sentarme en una de las tantas butacas que se encontraron vacías. Iván Moretti. Si creo que es el mitómano… Bueno, le comento. Señor Emilio, en unos momentos viene una persona de nuestro interino personal, si gusta pasar con él. Le agradecí por su atención y pasé a sentarme en una de las tantas butacas que se encontraron vacías. Iván Moretti. Si creo que es el mitómano… Bueno, le comento. Señor Emilio, en unos momentos viene una persona de nuestro interino personal, si gusta pasar con él. Le agradecí por su atención y pasé a sentarme en una de las tantas butacas que se encontraron vacías.
Tras pasar unos minutos de estar observando atentamente a la mujer un monitor que se encontró sobre su escritorio, se vio un movimiento de su parte, al apretar aparentemente un botón, el cual hizo que sonara una chicharra y se escuchó como la puerta que se encontró frente de mi abría. De ella aparecía un enorme hombre fornido de color, el cual me miro únicamente de reojo, pues su atención estaba dirigida a la recepcionista. – ¿En qué puedo ser bueno? Preguntó el hombre. – Esta persona tiene un permiso especial expedido por el doctor Marcus, para poder ver a esa persona, así que si fueras tan amable de llevar. – Claro que sí, ya sabes que, tratándose de ti, haría cualquier cosa. Dijo con tono picaresco, a lo que la mujer reaccionó con una leve risa, apenada se tapó con un folder el rostro. – Ya déjate de tus cosas que te están esperando.
Se acerca hasta de donde me encontraba y con una voz gruesa prominente, se dirigió a mí. – Buenas tardes señor Emilio, mi nombre es John Tarife y estaré a cargo de su recorrido, sígame por favor. Me puse de pie de manera mecánica y me acomodé mi bolsa, caminamos hasta la puerta y esperamos a que la recepcionista toque el botón para destrabar la puerta y poder cruzarla.
Comenzamos a recorrer un gran pasillo, lleno de puertas por los costados. Observe a John mientras camina a su lado, tenía una gran presencia, brazos bien tonificados y un rostro de pocos amigos que podría intimidar a cualquiera. Al parecer este noto que me sentí apabullado ante él, pues intento hacer algo de platica para que el ambiente fuera más ligero. – ¿Y que trae a una persona como usted a este tipo de lugares? – La verdad es que estoy haciendo un artículo para la revista new york times, sobre uno de sus pacientes. – Si me comentaron, ¿pero porque tanto interés? – Pues como usted sabrá que esta persona apareció durante bastante tiempo en importantes revistas por su increíble ascenso en la escalera del éxito. – La verdad no se mucho sobre el tema, ya que nunca me ha gustado leer cosas de cotilleo, eso se lo dejo a Francesca. – Si vera, lo que hace curioso este caso es que apareció de la nada, comenzó a fundar varios negocios y se volvió un importante empresario. Bueno eso, hasta que se enteraron de todas las transgresiones a la ley que había cometido para poder lograr todo lo que hizo. – Si de eso tengo algo enterado, que estaban por sentenciarlo a no sé cuántos años de prisión, pero que demostróon que tenía un problema mental y por eso no lo enviaron aquí. – Así es, pero hasta el momento nadie sabe la historia detrás de él, es por eso que estoy aquí. – Interesante, pero sabe que, si quiere un consejo de mi parte, no le preste mucha atención a lo que dice, pues lo demostradoon de mitomanía y otras enfermedades mentales más, por lo que será algo complicado saber cuándo dice la verdad y cuando no . – No te preocupes,
John no dijo ni una palabra más y se detuvo frente a una puerta doble de color blanca, saco unas llaves de su bolsillo, escogió la indicada y abrió. Entramos a un salón amplio con las paredes pintadas de azul cielo, una estantería cerca de una de las esquinas, con algunos libros visiblemente polvorientos, algunos sillones cerca de esta. Una mesa de ping-pong en otro extremo, unos caballetes en el centro de la habitación y otra puerta que parecía indicar era la entrada a un baño.
Nos dirigimos al fondo del aparente cuarto de entretenimiento, donde John coloco una silla cerca de los caballetes y otro frente de esta, casi pegando a las ventanas abarrotadas que iluminaban toda la habitación. – Creo que aquí está bien. Siempre le ha gustado estar cerca de un lugar donde pueda ver a lo lejos y perderse por horas de esta manera. Comento John, con un tono tranquilo. Yo por mi parte solo hice un pequeño sonido con mi boca, como encender a entender que estaba entendiendo a que se refería. – Si gusta tomar asiento, no deben de tardar unos compañeros en traerlo. Y no se preocupe, que yo estaré aquí todo el tiempo, por cualquier cosa que requiera. Agradecí la amabilidad del hombre y le tomé la palabra,
Mientras observaba, las paredes con pintura descascarada por la humedad y los rincones polvorientos, un par de hombres con el mismo uniforme blanco que el de John, se acercaban a una habitación. Tocaron la puerta metálica con algo de fuerza, abrieron una ventanilla que se encontraron en esta y gritaron. – Moretti. Ivano Moretti, levántate que tienes visita, vístete y sal lo más pronto posible porque ya te están esperando. Una voz aguda les respondió a los hombres. –Que maravilloso, hacía mucho que nadie venía a verme. Amables caballeros, podrían esperar solo algunos minutos, pues es que quisiera estar lo más presentable posible ante esta visita inesperada, ustedes saben que no hay nada más importante que la primera impresión, y no me gustaría que me vieran sin estar acicalado. – Como mar, solo apresúrate. Respondió uno de los hombres.
Al pasar algunos minutos, un toquido dentro del cuarto, dio la indicación de que ya estaba listo para ser trasladado. Abrieron la puerta y el recluso se detuvo en el marco de esta. Los interinos solicitaron que colocara las manos al frente y este obedeció, uno de los hombres comenzó a colocarle un par de esposas en las muñecas con una cadena, mientras que el otro ajustaba otros en los tobillos. Después entre juntaron ambas con la cadena que colgaba, para que la movilidad fuera mínima. – Muy bien, camina, que ya debes estar John desesperado.
Comenzaron a caminar lentamente por uno de los pasillos del centro. Con cada paso que daba, resonaba la cadena en el silencio abrumador que invadía todo el edificio, cuando por fin llegaron al cuarto donde se encontró Emilio, el hombre misterioso de nombre Ivano, se agacho hasta las rodillas, para poder pasar una última vez su mano por el cabello, para asegurarse de que este estuviera en perfectas condiciones.
Cuando por fin entraron los 3 hombres al cuarto Emilio se puso de pie y saludo con un gesto a los acompañantes de la persona que esperaba. Al ver a Ivano le sorprendió como lo tenían custodiado, parecía ante sus ojos ser una exageración la forma en que lo tenían encadenado. Pero como el solo era un simple visitante, se limitó a no opinar. Los guardias del presunto demente, lo llevaron hasta la silla desocupada y sacaron una cadena extra, la cual engrillaron de un extremo a sus pies y la otra punta en una argolla que tenía el asiento. – Listo aquí termina nuestro trabajo, pasamos a retirarnos. Comento uno de los sujetos, el otro hombre se acercó hasta John y con una voz algo baja le dijo algunas palabras que no logre entender. Acto seguido, salió de la pieza silenciosamente.

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