My Last Breath, OS Larry Stylinson

Summary

Un capítulo, una historia corta, una carta, una despedida. El último aliento desde un quirófano, palabras de amor para quien fuera su compañero de vida. Tiene un extra.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Lo Intenté


“Sé lo que estás pensando, y es que no entiendes lo que pasa.

Aprendí a leerte cuando apenas éramos amigos, cuando pasábamos horas hablando sobre libros o música encerrados en tu habitación o en el camino hacia la escuela. Desde el primer momento en que te conocí, memoricé cada uno de tus gestos, y me enamoré de ellos.

Tienes miedo, y está bien, yo también lo tengo. Pero si nuestros lugares estuvieran cambiados, sencillamente no podría respirar del horror de poder perderte. Estás pensando en qué no podrás seguir sin mí, que no sabes vivir si no estamos juntos, que tuvimos muy poco tiempo. También me odias, un poco, por ponerte en esta situación y porque mi muerte es inminente, pero te juro que con el pasar de los días te sentirás mejor. Y en este momento es cuando yo mismo me odio, porque si estuviera en tu lugar, sabría que es mentira. Solo imaginarme sin ti, duele y quema, desgarra.

¿Te acuerdas del día en que nos conocimos? Estoy seguro que sí, le contaste la historia a tu mamá como 10 veces. Eso me dijo ella, no te enojes. Ese día tenía examen de historia, fue una semana después de tu cumpleaños, aunque eso lo supe después. Estaba hablando solo, en voz alta, tratando de recordar el año en que había empezado la Primera Guerra Mundial. Por más que intenté no pude, y grité de frustración que a quién le importaba. Entonces te escuché reír, con esa risa hermosa que tienes, que hace que tu cuerpo se sacuda suavemente, y me dijiste, con tu voz tan dulce, 1914. Te quedé mirando sin entender qué estabas diciendo, y notaste mi perplejidad, porque te acercaste y me repetiste, “La Primera Guerra Mundial comenzó en 1914” y te fuiste, dejándome enamorado y sin palabras.

Me fue pésimo en ese examen, solo tuve una respuesta correcta y fue “1914”, nunca más lo olvidé. Estaba tan contento, que no me importó tener que presentar un trabajo extra para poder optar a un nuevo examen. Te busqué por toda la escuela, y te encontré sentado bajo un árbol, comiendo naranjas. Te mostré el examen, y te reíste, nos reímos juntos por primera vez. Me senté a tu lado, y por primera vez escuché tu nombre y tú el mío. No debería tener que explicar que cada letra se grabó a fuego en mí mente y en mi corazón.

Nunca fui el típico adolescente rebelde, tampoco el fanático del estudio, nunca supe bien quién era. Pero cuando te conocí, supe que podía ser el más cursi del mundo, porque me despertaste sentimientos desconocidos que se sintieron correctos cuando pensaba en ti

Nunca me gustaron las flores, hasta ese día en la escuela, cuando hicimos las alianzas y te pusiste una corona de margaritas y supe que amaba todo lo que tocaras y que ojalá el mundo estuviera lleno de margaritas porque lo hacían más bello y menos cruel.

Tampoco me gustaba leer, hasta que me hablaste de escritores, libros, novelas y cuentos. Quería que algún día hablaras de mí con esa luz en tus ojos, me ponía celoso de personajes que no existían en la realidad, solo porque ocupaban tu mente y te hacían sonreír. Recuerdo perfectamente tu cara cuando cumpliste 18 años y te regalé una edición hermosa de los Cuentos de Oscar Wilde. Me abrazaste tanto, con tanta intensidad, que sólo calculaba cuánto podía juntar para comprarte un libro diario y me abrazaras así cada día.

El tiempo que tuvimos fue hermoso, y perfecto. Nunca sería suficiente, ese es mi consuelo. Se aceleró el momento porque tomé malas decisiones, pero nunca quise lastimarte y sé que con mi ausencia lo haré. Es desgarrador para mí no poder consolarte, no poder dejar que mis brazos se envuelvan en tu cuerpo como cada vez que nos vimos, podría volver a morir si me quedo pensando en que nunca más podré tomar tu mano.

¿Te acuerda de ese día? ¿Del primero en que caminamos así? Fue natural, fue tan fácil entrelazar nuestros dedos, y el contacto se sintió perfecto. Íbamos hacia tu casa, y antes de cruzar la calle que estaba a una cuadra, te tomé la mano y no la solté nunca más. Me gustaba acariciarte con mi dedo pulgar, y sentir el frío de tus anillos, que te quedaban tan bien. Me sentía feliz de saber que nunca dejaste de usar el primero que te regalé, casi a escondidas, porque tenía vergüenza, y no estaba seguro de que te gustara, porque era demasiado sencillo en comparación con los demás que usabas. Sólo la palabra PEACE, y es que cuando lo vi en la vitrina supe que era para ti. De mí para ti, porque cuando te miraba siempre me dabas paz, cuando estaba molesto, frustrado o triste, llegaste a salvarme con tu alma llena de paz.

¿Me prometes que lo vas a intentar? ¿Un día a la vez?

Sé que puedes hacerlo, pero para serte muy sincero, también sé que no vas a querer. Eres fuerte, siempre fuiste el más fuerte de los dos. Cuando algo te hería, vivías tu dolor, llorabas si era necesario, permitías que tus sentimientos salieran a flote. Después secabas tus lágrimas y seguías con más ímpetu. En cambio, yo siempre me hice el fuerte frente a los demás, y después lloraba abrazado a ti, cuando éramos solos tú y yo. Siempre tuve miedo de mostrar lo que sentía y lo que era, pensaba que era una buena manera de mantenerme a salvo, que la vulnerabilidad era peligrosa porque los demás se aprovechaban de ti.

Te admiré cada segundo de mi vida, y es que cómo no hacerlo, si eres el ser humano más perfecto que ha habitado la tierra. Porque te permitías ser original, único, verdadero y transparente hasta la médula. A veces pensaba que no conocías el miedo, pero me lo explicaste una vez, y nunca lo olvidé. Claro que sentías miedo, pero no permitías que te paralizara, si era necesario, hacías las cosas con miedo, lo importante era atreverse.

Muchas veces me pregunté qué viste en mí. Somos tan distintos y, sin embargo, desde el primer momento sentí todo lo que te provocaba, porque eras tan abierto con lo que sentías, que nunca he dudado de tu amor. Es increíble como fue todo tan fácil entre nosotros, como nos acoplamos a pesar de los malos pronósticos.

Estoy sonriendo por dentro, porque ha vuelto a mí ese momento, ese minuto mágico y sublime, cuando estabas en el matrimonio de tu primo y yo me colé, y tú me presentaste como tu acompañante. Tu familia me recibió como si me hubiese conocido desde siempre, sobre todo tu mamá. Y cuando llegó la hora del primer vals de los novios, te llevé hasta el jardín, y tuvimos nuestro primer baile. Te pisé dos veces, y sólo te reías, y me regalabas la vista de tus hermosas mejillas sonrojadas. Tu primo y su esposa, estaban obsesionados con los cantantes de country, y pusieron una canción hermosa, “Through the Years”. Amo esa canción, porque es como si la hubiera escrito para ti. Sobre todo, cuando dice:

“A través de los años, nunca tuve una duda

De que juntos lograríamos resolver las cosas,

He aprendido de qué se trata la vida amándote,

A través de los años...”

Y debo pedirte perdón, porque te prometí que sería nuestra canción cada aniversario de bodas, y cuando cumpliéramos 20 años juntos, la cantaría frente a todos los invitados. No lo cumpliré, y no tengo perdón. Pero sabes que mi amor durará eternamente, lo sabes, ¿verdad?

Parece que te escucho contestar que no te sirve mi amor así, a lo lejos, sin el día a día, sin las rutinas hermosas que construimos, sin poder volver a besarte... Y tienes razón. Lo siento.

Inevitablemente voy a hablar de esa noche, una noche fría, de diciembre. De 25 de diciembre, cuando el viento bailaba fuertemente entre las copas de los árboles, y sacudían los bordes de nuestros abrigos. La calle con apenas unas luces prendidas, la gente escapando a encerrarse en sus casas, y nosotros discutiendo porque habíamos prometido no gastar en un regalo de navidad, y ninguno cumplió. Lo más divertido vino cuando abrimos al mismo tiempo los presentes, porque estábamos tan compenetrados, que nos compramos lo mismo. Una parka negra, de la misma marca y el mismo diseño, sólo que la mía era una talla más pequeña. Nos reímos de eso cada vez que llegaba el invierno, y salíamos luciendo nuestra ropa a juego.

Insistí en acompañarte a tu casa, porque la luz estaba con problemas en toda la ciudad, y tú madre me obligó a quedarme con ustedes. Ella misma llamó a mi mamá y resultó que se quedaron hablando por una hora, y al día siguiente se juntaron a tomar té. Dijo que tenía que dormir contigo, porque no había más lugar y que ya debíamos ser novios, que estábamos perdiendo el tiempo. Cómo la llegué a amar, eras su copia en tantas cosas.

Nos fuimos a dormir, después de una competencia de carreras de autos en la play. Me lavé los dientes tres veces, no quería que te llevaras una mala impresión de mí, y agradecía que llevaba mis mejores calcetines, los que no estaban descocidos, aunque después igual los viste, así como mi camiseta favorita para dormir que estaba manchada con pasto o mi pijama de unicornios rockeros que sólo tú y mamá conocían.

Nos acostamos mirándonos de frente, y te veías jodidamente hermoso, con la luz de la luna que apenas se abría paso a través de las nubes. Te gustaba dejar las cortinas abiertas, y ver a los árboles mecerse con furia y tranquilidad. Me sonreíste, y me dijiste “buenas noches” y te acercaste a dejar uno de tus besos en mi mejilla, pero yo ya no quería eso. Llevaba demasiados días esperando por algo más, y por eso moví mi cabeza hacia el lado contrario, y te robé un piquito. Me miraste sorprendido, pero otra vez sonreíste y supe que querías lo mismo que yo. Te di otro pico, y luego otro, hasta que mis manos tomaron tu rostro con suavidad y te besé, te besé como lo soñaba, como lo pedía todo mi cuerpo, con cada una de mis células. Probé por fin el sabor de tus labios, y de tu lengua, mezclamos nuestras salivas y mordí tu boca jugosa deshaciéndome de gozo, porque besarte era una experiencia completa, reservada sólo para mí. Lo era, ya no. Quizás algún día conozcas a alguien a quien quieras besar tanto o más que a mí.

Y no puedo negar que sólo pensarlo hace que se me paralice el corazón. Nadie, ni siquiera yo, estamos a la altura de probar tus labios, y en el fondo de mi corazón, no quiero que nadie tenga ese privilegio, pero tampoco puedo ser egoísta, y pedirte que te quedes solo, porque no te lo mereces. Te mereces la felicidad completa, el final feliz, el juntos para siempre, aunque no sea a mi lado. De verdad lo siento.

¿Podrás perdonarme algún día? Quiero irme pensando en que sí lo harás, cuando puedas dormir tranquilo por las noches, cuando ya no extrañes mi calor a tu lado o cuando no pongas un plato de más en la mesa. Cuando despiertes con ganas de desayunar y de volver al mercado por tus frutas frescas. Cuando puedas ver el álbum de fotos y sonrías genuinamente al vernos borrachos de amor y vodka en el matrimonio de Zayn y Liam, o con la boca inflada como ardillas cuando intentamos comer apurados las tartas de crema chantilly.

Aún no me voy, y ya te extraño. Aunque sería justo decir que siempre te extraño, aunque te viera cada día, aunque despertáramos juntos hace diez años, siempre tuve necesidad de ti. De tu olor, de tu presencia, de tu cuerpo, de tus palabras, de tu energía, de tu amor, de tu belleza, de tu inteligencia, de tus manos, de tus caricias, de tu luz.

Hay muchas cosas de las que me arrepiento, pero, sobre todo, de no haberte dicho lo suficiente cuánto te amo. Creo que sólo te lo repetí unas veinte veces cada día, e intenté demostrártelo siempre, pero pude haber hecho más. Pudieron ser más salidas a caminar, más regalos inútiles pero que me gustaba hacerte con mis manos, como esos intentos de origamis que nunca me resultaron del todo, pero que recibías con lágrimas, aunque un gato pareciera lobo marino; O cuando intentaba cocinar algo distinto, y terminabas comiendo con esfuerzo mis tomates mal pelados y casi molidos porque no aprendí a cortarlos.

Amaba peinar tu pelo, cuando eran largos rizos y también cuando decidiste que ya era tiempo de un nuevo look y empezaste a usar esos moñitos adorables. Debo confesar que mi momento preferido de tu pelo, fue ese día de verano, en que hacía tanto calor, que le pediste a tu hermana que te trenzara el cabello. Me quedé sin palabras, y te miraba como el mayor estúpido, porque tu belleza es de otro mundo y ese peinado resaltaba tus hermosos rasgos.

Esto está siendo muy largo, y me estoy sintiendo agotado. Me piden que no cierre mis ojos, pero a ratos sólo quiero dejarme llevar por la obscuridad y que esto termine de una vez. No creo tener fuerzas, mi cuerpo está resentido, adolorido, y triste. Mi cabeza empieza a confundirse, y las palabras se hacen más difíciles. Agradezco que no puedas verme así, seguramente me veo terrible, aunque también sé, que te gustaba de todas formas. Nunca escatimaste en elogios para mí, y hasta el final me sonrojaba cuando me decías que querías morder mi nariz de botón y despeinar mis cejas, también rascar mi cuero cabelludo porque me relajaba, y terminar besando mis labios tan definidos y de un color perfecto. Creo que volví a ruborizarme, sólo de verte en mis recuerdos hablándome con todo ese amor.

Aférrate a los chicos, sabes que siempre han estado con nosotros, y también a tu pequeña y preciosa familia. No creo que quieras ver a la mía, por lo menos por un tiempo, y no porque no las quieras, sino porque va a ser una tortura no verme ahí.

Te amo. Te amo con la intensidad de un huracán, con la fuerza del mar, con la vehemencia del viento. Te amo, y como lo vi en un libro que leí obligado en la escuela, te lo dije por primera vez bajo la luz del sol, con todas mis sombras, con todo lo que soy, casi desnudo del alma, sin nada que esconder. Un día soleado de invierno, un día frío que congelaba el rocío de las pocas flores que seguían con vida. Veníamos de la escuela, y estábamos conversando sobre un tema muy importante y relevante para nuestras vidas: es mejor el helado de chocolate o el de vainilla. Discutimos del tema cerca de quince minutos, hasta que me rendí, cuando te vi hablar tan bonito, y te dije que tenías razón. Y cuándo me miraste sin poder creerlo, y preguntaste “porqué” solo te dije “porque te amo” y te sonreí, sin darme cuenta de lo que había dicho, hasta que te vi palidecer, tus ojos aguarse y tus labios temblar. Me tapé la cara con las manos, y te pedí perdón, luego salí corriendo y no volví a verte hasta el otro día, donde me arrinconaste en una pared, y me dijiste que era mutuo, que también me amabas. Y aunque queríamos besarnos, no podíamos hacerlo en ese lugar, y lo dejamos para después. Mucho después. Diez días exactos, cuando pasó lo de los regalos de navidad.

Con todo mi corazón espero que no dejes de sonreír, porque el mundo necesita de ti, de todo eso que eres, que entregas sin querer. Sigue cuidando de las doce plantas que teníamos en el jardín, y no castigues a Golden ni a Uvita, aún son cachorros. Lamento no haberles enseñado a ser más tranquilos, y no haberte hecho caso con lo del alimento. También lamento haber insistido en adoptarlos, porque ahora te llevarás todo el peso de cuidarlos.

Volviendo al principio de esto, la linda persona que amablemente está escribiendo esta última carta, se llama Helena. Es una de las enfermeras e intenta con toda su fuerza que siga hablando de ti, porque no puedo dormirme, pero te juro que ya no puedo más. Sólo escucho algunos llantos, y es que parece que están todos conmovidos en este lugar que huele a muerte.

La última vez que te vi, te dejé en el departamento de Niall, para que lo ayudaras a preparar las cosas del segundo cumpleaños de su pequeño hijo, de nuestro ahijado, de nuestro Theo precioso. Por mientras yo iba a retirar la torta que encargamos, y que quedaba apenas a quince minutos caminando. Me pediste, me rogaste que no fuera, que tenías un mal presentimiento, pero te ignoré, y te dije que nada pasaría, que estaríamos bien.

Tomé el camino más largo, porque me gustaba pasar por el pequeño puente de piedra que está en la esquina. Prendí un cigarro, era el último que me quedaba en esa chaqueta, y saqué el celular para llamarte y preguntarte si quedaba cereal en el departamento. Fue ahí que vi a dos chicos acercarse, pero los ignoré. Uno de ellos se detuvo frente a mí, y su mirada me intimidó. Me pidió un cigarro, y le dije que no tenía más, pero no me creyó. Le ofrecí el que tenía, y lo tiró al piso. Te juro que no hice nada para provocarlo, pero su amigo colocó un cuchillo en mi espalda y me pidió la chaqueta y el teléfono. Se los entregué, y pensé que había terminado todo. Pero antes que me diera cuenta, sentí un gran golpe en mi cabeza y ya no recuerdo más.

Lo último que pude ver, fue el puente. Y aunque fue un par de segundos que tuve antes de apagarme, recordé ese día, lunes 28 de enero, cuando el sol estaba en lo más alto y estábamos yendo a comprar pan con aceitunas para un antojo de tu mamá. Éramos amigos aún, aunque nos habíamos besado incontables veces. Te miré y simplemente te lo pregunté, si querías ser mi novio, y me miraste molesto. No entendía por qué hasta que después de besarnos, me dijiste que me había demorado demasiado, pero que para ti ya lo éramos, porque no te besabas con cualquiera. Y nos reímos, y nos besamos tanto rato que cerraron la panadería y tu mamá hizo el intento de enojarse, pero no pudo con nuestra felicidad y se unió a nosotros.

Me encantaría poder hablar sobre nuestra primera vez, pero sería exponernos demasiado y creo que nadie podrá entender lo que significó ese encuentro para nosotros, así es que no diré nada, no te preocupes. Tampoco alcanzaré a hablar del día en que te pedí matrimonio, o de nuestra boda, ni de nuestra luna de miel o de cómo conocimos a los chicos, ni cómo fue vivir juntos o decidir adoptar a los cachorros. Tampoco por qué no adoptábamos aún...

Quedaba mucha historia por contar y recordar, pero lo más triste, es que teníamos mucho más por crear e inventar, más canciones que cantar y bailar, más comidas que compartir, más pasos que dar juntos, y todo se empieza a diluir y estoy entendiendo que no me podré despedir... Tengo miedo, ahora es cuando más te necesito mi hermoso, mi amor, mi precioso compañero...

¿Estás en la sala de espera? Me dicen que sí, que estás con todos los chicos y nuestras familias. No sé en cuánto tiempo puedas leer esto, pero lo siento. Lo siento, lo siento, lo siento mucho. Creo que son mis últimas palabras, me cuesta respirar y las máquinas comienzan a sonar. Te amé hasta mi último aliento...”