Prólogo
Viernes, 29 de julio de 2022
GINNY WEASLEY
—¡Niños! ¡Vuestro padre os está esperando!
Harry se apoyó en el marco de la puerta, arrugando la cintura del traje. Se recolocó las gafas antes de mirarme con una de sus brillantes sonrisas, haciendo que apartase la mirada.
—No les apures. No pasa nada. Tenemos tiempo.
Me enfurecía que no se diera cuenta. O que fingiese no hacerlo. James y Albus estaban tardando en bajar porque no querían irse con él. Todos lo sabíamos, pero él se empeñaba en mantener esa fachada de hombre perfecto.
—¡Papá! —Lily bajó las escaleras corriendo y se lanzó a sus brazos, abrazándolo.
No pude soportarlo.
Abrí el armario de los vasos nada más llegar a la cocina, pero, antes de coger uno, me mareé y tuve que agarrarme a la meseta para no caerme. Me quedé allí unos minutos, observando la estancia. La espaciosa cocina, la mesa del comedor junto a la cristalera desde la que podía ver parte del jardín, la lámpara de araña de colores que Lily había insistido en comprar cuando tenía seis años. Recordando cuando Harry tuvo que venir solo a verla porque James daba tantas patadas que no era capaz de levantarme del sofá. Lo primero que hizo al llegar a nuestro piso, de alquiler y a las afueras de Londres, fue sentarse a mi lado y contarme todo lo que vio con muchos detalles. Le brillaban los ojos tanto que le corté y le dije que la compraríamos. Él se extrañó de que no quisiera verla primero, pero yo sabía que no hacía falta; que aunque al verla no me gustase, merecería la pena por como él la describía. En ese momento creí firmemente que lo querría para siempre y que jamás dudaría de lo nuestro.
Sin embargo, el amor que creemos duradero, a veces no lo es. Me di cuenta de eso al firmar los papeles del divorcio tres años atrás.
—¿Mamá?
Me giré lo más rápido que pude. Albus me miraba preocupado desde el marco que daba al pasillo.
—¿Sí?
—Nos vamos ya... ¿Estás bien? Si quieres que nos quedemos está bien.
Me incorporé, negando con la cabeza, y me acerqué a él para abrazarlo.
Puede que tener que ver a Harry me doliese en el alma y, de vez en cuando, desease que lo nuestro jamás hubiese existido, pero cuando tenía delante a Albus, a James o a Lily, recordaba que sin él no les tendría a ellos; y no me puedo imaginar mi vida así.
Con el brazo por encima de sus hombros, acompañé a Albus a la entrada, donde nos esperaban los demás.
—Adiós, mamá.
Lily se colgó de mi cuello, sin querer soltarme.
—Cariño, nos vemos el lunes, ¿vale?
Me separé solo unos centímetros para poder sujetarle la cara y darle un beso en la frente. Sonrió. Retó a Albus a una carrera hasta el coche, quien no dudó en aceptar.
Pronto volvió el incómodo silencio que tendía a aparecer entre nosotros. James se despidió y resopló al cruzar el umbral de la puerta.
—Será mejor que nos vayamos ya.
Harry ya había llegado a las escaleras que descendían del porche al jardín cuando le llamé.
—No los traigas muy tarde.
—Claro.
Cerré la puerta tan pronto como se dio la vuelta, dejando caer las lágrimas.
¿Por qué el tono de los teléfonos fijos es tan desagradable? ¿Y por qué aún tengo uno?
—¿Qué? —comencé cortante.
—Menudos modales, señorita.
—No puede ser. —Me llevé la mano a la cara, conteniendo las ganas de colgarle. Era demasiado temprano para un sábado.
Me levanté en contra de mi voluntad del sofá, agradecí que el odioso aparato que sujetaba contra mi oreja no tuviese un cable que me obligase a tener una conversación con mi madre a las siete de la mañana sin cafeína y comencé la búsqueda del tesoro: la cafetera.
—Mamá, es muy temprano. ¿Por qué no llamas a Ron? ¿O a George? Seguro que ya están despiertos.
—Tú también lo estás.
—Sí, por tu culpa.
—Detalles sin importancia.
Quise colgar otra vez, pero como soy una buena hija seguí escuchándola.
Tras dos cafés, un intenso monólogo sobre porqué Judith Adams es insoportable y sus quejas por la invitación a la cena de familias sangre limpia que los Señores Malfoy seguían planeando, conseguí pararla. Aún no sé cómo fui capaz de llegar a mi cuarto sin tirarme por las escaleras.
—Tengo que irme a trabajar.
—Espera un segundo.
—Llego tarde.
—¡Ginevra Molly Weasley!
Frené en seco. Cada vez que me llamaba por mi nombre completo pasaba algo y no solía ser bueno. Terminé de ponerme los pantalones del traje, me abroché la camisa y la chaqueta y me puse los tacones de aguja negros porque fue lo primero que encontré.
—Mamá. No sé qué me vas a pedir que haga esta vez, pero la respuesta es no.
—Pero...
—Me voy a trabajar. Adiós, mamá, te quiero.
Me quedé mirando el teléfono unos segundos, pero cuando oí la alarma del móvil eché a correr escaleras abajo. Cogí las llaves y el bolso, dejé el aparato con el que había mantenido esa para nada productiva llamada con mi madre en el mueble de la entrada y salí con prisas. La chimenea no nos permitía viajar con polvos flu desde hacía unas semanas por lo que no me quedó otra que entrar en el coche muggle que Harry insistió el comprar cuando estaba embarazada de James porque no me podía aparecer en ese estado y no quise dejar de hacer mi vida por tener un parásito en el vientre.
Conduje hasta el centro de Londres, aparqué en una calle muggle cercana al Callejón Diagon, donde se encontraban las oficinas, y volví a correr. Ser editora de las sección de deportes era fácil, pero, cuando la fachada del periódico comenzó a caer en Reino Unido y secretos como la gran cantidad de noticias subjetivas y mayoritariamente falsas que habían publicado se revelaron, alguien tuvo que hacerse cargo de todo y no hablamos de Barnabas Cuffe, el director de las sucursales inglesas de aquel entonces, sino de los encargados de la sección deportes, que habíamos sido los únicos en hacer bien nuestro trabajo.
Pasamos por numerosas reuniones con los directores de los demás países y con los grandes jefes, los fundadores del diario. Me dieron el puesto de Cuffe, responsabilizándome de los despidos de todos aquellos que publicaron lo que no debían y los que lo permitieron. A día de hoy, siete meses después de la catástrofe, aún buscamos personal.
—¡Ginny!
Acababa de llegar a la puerta del edificio. Amanda se acercaba lo más rápido que podía con uno de sus habituales vestidos de tubo.
—¿Qué ocurre?
Se retorcía las manos con nerviosismo y, al pasar la segunda puerta, todos los trabajadores de edición detuvieron sus tareas y me miraron, expectantes. Miré de reojo a Amanda.
—El Señor Draco Malfoy está en tu despacho —susurró.
—¿Qué quiere? ¿Y por qué parece que lo sabe todo el edificio?
—Porque lo saben. —Me giré, dándole una mirada de cansancio—. Ya, ya lo sé.
Desde que comencé en El Profeta hacía más de una década, había trabajado numerosas veces con ella y me conocía mejor que nadie. Una de las cosas que peor tolero en el trabajo es la indiscreción.
—Hace media hora entró por esta misma puerta exclamando tu nombre. —La miré incrédula—. Me llamaron para que te avisase, pero aún no habías llegado, así que bajé y le pedí que volviese más tarde, pero no cedió. Insistió en verte, por lo que lo subí a la sala de espera de tu despacho.
No pude evitar preguntarme qué querría en el trayecto. Durante nuestros años en Hogwarts, Malfoy y Harry no habían mantenido una buena relación y, por infantil que pueda sonar, su enemistad perduró al llegar a la etapa adulta. Debido a mi matrimonio con Harry y a la poca afinidad de nuestras familias, Draco Malfoy y yo nos decidimos por ignorarnos el uno al otro en los eventos que nos obligasen a coincidir. No quiero que se me malinterprete, la amistad de Albus y su hijo nunca fue un secreto y desde que le conocí, Scorpius fue de mi agrado, pero eso no hacía menos llevaderas las ocasiones en las que debía mantener una conversación con él. Como en el fin de semana de reuniones, por ejemplo.
Gracias a mi amistad con Neville y a mi establecido horario, Harry y yo habíamos acordado que yo me encargaría de las reuniones de padres y profesores, incluso antes de nuestra separación. Siempre me había gustado esa decisión, pues Hermione y yo solíamos tomarnos esos días como un retiro de nuestra ajetreada vida. A pesar de la estrecha amistad entre ellos, Hermione nunca fue parcial, lo que me permitía disfrutar de nuestros momentos juntas sin ser juzgada.
Cada año, Hogwarts ofrecía el sábado y el domingo de la cuarta semana de clases a los padres para que pudieran conocer a los profesores de sus hijos. Hacía seis años que acudía, aunque, a aquellas alturas, prácticamente no había nadie nuevo. Hermione solía reservar una gran habitación en el hotel de Hogsmeade, al que llegábamos el viernes a mitad de tarde. Visitábamos tiendas, nos reuníamos con viejos conocidos y disfrutábamos recordando los buenos momentos.
Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Siendo ambos Slytherin, Albus y Scorpius compartían la mayoría de las clases y, por ende, profesores. Cruzarme con Malfoy por los pasillos de Hogwarts me provocaba demasiados deja vú.
—¿Estarás bien? Parecía muy enfadado. —La preocupación en los ojos de Amanda me dio a entender lo grosero que fue con ella, lo que consiguió enfurecerme a mí más.
—Tranquila. Malfoy es un gilipollas desde la cuna. Hace tiempo que me acostumbré.
Me dedicó una sonrisa nerviosa antes de girarse y caminar hacia su mesa. Observé la puerta de mi despacho durante unos segundos. Respiré hondo, solté el aire despacio. Me obligué a contar hasta diez antes de agarrar el pomo de la puerta y girarlo.
—Buenos días. Lamento la demora.
La sorpresa que sentí al verlos allí fue más agria que cualquier otro sabor. El aire se escapó de mis pulmones. Draco Malfoy estaba sentado en una de las butacas frente a mi mesa. Giró levemente el cuello al oírme entrar. Vestía un traje negro impoluto y probablemente muy caro. Los decorados en plata de los puños eran propios de su linaje. La incomodidad invadió mi cuerpo, pero tal vez no era por él. Sino por su acompañante. También llevaba un traje, solo que más económico y gastado. Su habitual abrigo se hallaba en mi perchero, junto al de Malfoy. Se encontraba de pie, mirando por la ventana como paseaban los transeúntes.
Me dirigí con prisas a mi silla, tomé asiento y apoyé los codos en el borde del escritorio.
—Señor Malfoy, me gustaría saber porqué está aquí y, más aún, porqué ha montado semejante escándalo en mis oficinas.
—Su marido debería habérselo comentado ya. —Miró por encima del hombro a la figura inquieta que se situaba un par de metros detrás suyo.
—No es mi marido y a quien le he preguntado es a usted.
Harry dudó antes de darse la vuelta y acercarse para sentarse en la butaca libre. Se removió incómodo durante la breve batalla de miradas que no me molesté en disimular. Harta me levanté de imprevisto, golpeando la mesa con las dos palmas.
—¡Basta de gilipolleces! No sé porqué estáis aquí. Explicaros e iros.
Elevé el tono de mi voz sin pretenderlo. Compartieron una mirada cómplice que hizo que todos mis vellos se erizaran. Harry se recolocó una vez más y entrelazó sus manos, posándolas luego en sus rodillas, cómo hacía cada vez que le daba una mala noticia a alguien. Me aferré al borde, temiendo lo peor.
—Ginny... Albus y Scorpius han desaparecido.