𝑇𝘩𝑒 𝑂𝑛𝑒

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Summary

You say that I'm the one, yeah, yeah So show me that you love me, yeah, yeah Don't need you money, nah, nah That ain't the way you keep me, my love

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Tenía un par de asuntos pendientes y ahora se encontraba prácticamente corriendo por los pasillos en dirección al elevador, sólo porque a su madre le había parecido una genial idea interrumpirle en sus horas de trabajo.

«¿Qué podía ser tan importante?».


Gruñó frustrada, mientras presionaba el botón del ascensor, en otro momento habría esperado a que este estuviera vacío de nuevo, de no ser por el retardo que ya tenía encima. Su madre era especialmente quisquillosa en cuanto a puntualidad respecta.


Un mohín de desagrado se formó en su  rostro, una vez más, para su mala suerte, tenía a Diego frente a ella.


Un alfa, bastante castrante en su opinión. Que siempre que tenía la oportunidad, dejaba muy en claro sus intenciones con ella. Resultaba sofocante siquiera tenerlo cerca y no de una buena manera. No es que los aborreciera, simplemente no tenía interés en ningún estúpido hormonal. Pero, por supuesto debía lidiar con su molesta presencia, al ser el hijo de uno de los inversionistas de la empresa. Lo único que tenía a su favor era que no trabajaban en el mismo piso, ella estaba en la oficina principal y él, tres pisos debajo del suyo, en el área de finanzas.


Dejaba a un lado el asco que sentía por el sujeto en particular, para poder llevar una relación sana estrictamente de negocios, aunque el hombre tenía ideas muy diferentes en mente. Por eso mismo, mientras menos contacto tuviera con él, resultaba mejor para ella.


Sintió su mirada lasciva puesta sobre ella, decidió apartarse un poco para establecer distancia. Su aroma tampoco le resultaba agradable, es como si todo en la vida estuviera planeado para que él en particular, le resultará poco tolerable.


Cuando el ascensor se detuvo y la pequeña pantalla mostraba el piso deseado, salió casi corriendo de ahí.

Hasta entonces pudo respirar con tranquilidad. Luis, el guardia personal de su madre, ya se encontraba fuera de la sala de juntas.


El hombre siempre había sido amable, caballeroso y sobre todo, respetuoso. Lo saludó amablemente y el hombre le sonrió de vuelta, abriendo la puerta para que ella pudiera ingresar.


Lo primero que sintió al ingresar a la sala, fue la pesada mirada de su madre. Se encogió incómoda en su sitio y buscó un lugar disponible junto a ella.


Los presentes la siguieron con la mirada hasta que tomó asiento, sin decir palabra alguna.


—Lo siento.—


Se disculpó, agachando la cabeza como un cachorro recién golpeado en el hocico.


—Daniela.—


Llamó su madre. Levantó la vista y giró su cabeza en dirección a la voz que conocía, tal vez demasiado, porque el  tono que utilizaba evidenciaba molestia. Una que su madre sabía ocultar en los momentos necesarios, pero no el resto del tiempo, disfrazada con una muy fingida sonrisa.


—Ellos son los Méndez.— señaló al hombre que estaba sentado justo frente a ellas y a una mujer, joven. Posiblemente de su edad.


Observó con curiosidad, el hombre casi de inmediato extendió la mano sobre la mesa, para que ella pudiera tomarla y saludarle. Pero la chica en particular, sólo se mantenía ahí, frente a ella, de brazos cruzados, con una cara de pocos amigos y sin la más mínima intención de una interacción.


—Son unos de nuestros accionistas más importantes.— añadió su madre, mientras le sonreía a Alexander.


—¡Me da mucho gusto por fin tener el placer de conocerlo en persona!— exclamó de forma animada y auténtica, cambiando de inmediato su expresión muy similar a la de su descendencia.


—El gusto es mío. Tenía una curiosidad especial por conocer a quién dirige la compañía. Haces un excelente trabajo, mis cuentas bancarias son la prueba de ello.— y se echó a reír sin pena alguna. Como si tuvieran una relación más cercana.


Daniela sólo sonrío con discreción.


—Ella es mi hija, Nay. Es quién tomará mi lugar.— Observó a su hija, con una cálida sonrisa en el rostro. —Estoy por retirarme y honestamente espero que pueda mantener en pie todo lo que he construido, justo como tú haces con esta empresa.—


—Ve al punto. No tengo tú tiempo.—  interrumpió la joven. Ganando unas malas miradas, que poco parecieron importarle.


—Me hubiera gustado que tu padre estuviera aquí, Daniela.— admitió su madre. —Pero la realidad es distinta y ahora debo estar aquí, en su nombre.— tomó las manos de su hija y la miró directamente a los ojos, con una expresión indescifrable. —Hemos estando hablando mucho al respecto y tomamos la mejor decisión.—


Mentiría si dijera que no estaba nerviosa, pero literalmente sentía que su corazón saldría de su pecho, podía jurar que todos en la sala podían escuchar su latir desbocado.


«Van a despedirme» pensó. Y suspiró derrotada.


¿Pero que había hecho mal? Desde que había tomado su lugar, al frente de la compañía, no habían números rojos, de hecho, ahora mismo, la empresa se encontraba en su mejor auge.


—Queremos unir ambas compañías.—


Y ella los miró extrañada.


—No veo cuál es el problema.— encontró la manera de liberarse de manera amable del agarre de su madre. Siempre había deseado ese contacto, pero ahora le resultaba muy incómodo.


—Daniela.— volvió a llamarla. —Te presento a tu prometida.—


—¡Ay sí, un placer!— exclamó la joven castaña, con apatía y disgusto.


—¿¡Qué!?—


Ahora, sentía una dolorosa contracción en el vientre y unas náuseas la invadieron.


—Lo que escuchaste.— Escupió su madre autoritaria. —Es lo mejor para ambas partes. Además siempre has estado enterada que no podrías ser quien estuviera al mando todo el tiempo. No es trabajo de un omega.—


Y ahí estaba su madre, devaluando su esfuerzo, su trabajo, a ella misma.


Un dolor se alojó en su pecho. El mismo que ya conocía, aquel que la perseguía desde su infancia, porque sabía que por más que se esforzará, nunca sería suficiente para su madre. Contuvo las lágrimas, no era para nada justo. Sus hermanos mayores habían huido de la responsabilidad, y les fue permitido por el único hecho de ser alfas. Su hermano menor, un beta, también había sido "liberado" de la carga, estaba en otro país viviendo felizmente de su arte. Y ella, se encontraba ahí, cargando con todo, atada a la voluntad de alguien más. No tenía la oportunidad de elegir, eso le quedaba claro. Melissa siempre se había asegurado de que esas palabras quedarán grabadas en su mente "no puedes aspirar a más, eres una maldita omega".


Debía reorganizar sus ideas, su ánimo se había ido por los suelos. No sabía como sentirse al respecto. Tal vez molesta, harta, usada o como un simple objeto intercambiable.


Sé inclinó ligeramente, llevando una mano hasta su abdomen, seguía doliendo. Posiblemente porque era demasiada información para asimilar en una hora, su madre y Alexander aún continuaban en la sala de juntas. Ella, por otra parte, se encontraba en soledad y agradeció aquello. Se recargó en la pared más cercana, porque necesitaba algo de dónde sostenerse. Estaba mareada y algo confundida, hasta que de nuevo, ese olor desagradable llegó hasta sus fosas nasales. Y tuvo el impulso de vómitar. El moreno olía a madera, pero a madera vieja y húmeda, nada atractiva.


Escuchó algunos pasos pesados arrastrándose hasta ella, no tenía energía para nada más. Así que lo dejó pasar, hasta que fue demasiado tarde.


Nuevamente tenía al alfa encima, demasiado cerca de su rostro, porque podía sentir su respiración golpear sus mejillas.


—¿Qué quieres?— gruñó, mientras lo veía de reojo, a su lado derecho.


—Voy a invitarte a desayunar.— aquello era una afirmación, no una pregunta. Cortó la distancia un poco más, tanto que podía sentir el calor que emanaba el cuerpo contrario y algo vibró en sus entrañas. Se sentía atrapado, envuelto en el aroma de la chica. ¿Frutos rojos? Sí, eso debía ser. Llevó una de sus manos hasta el pómulo de la chica que tenía a su disposición y la sintió tensarse después de su toque. Ella también lo deseaba, eso era lo que él podía percibir y por supuesto no desaprovecharía la oportunidad.


Luego sintió como alguien le tomaba por la muñeca y apartaba su mano con violencia, quedó desconcertado, así que se giró a encarar al agresor.


—¿Qué demonios quieres?— bufó.


Pero la castaña no dijo nada. Sólo se quedó ahí, sujetándolo con desprecio y de manera autoritaria.


—No te metas, no es tu asunto.— informó a la alfa frente a él. Dío un jalón violento a su mano y se vío liberado, volvió a mirar a Daniela. Seguía luciendo apetitosa. Se relamío los labios, porque estaba dispuesto a besarla, incluso en contra de su voluntad. La joven no oponía resistencia, sólo esperaba por él. Así que se acercó lo suficiente y cuando estuvo a punto de rozar sus labios, sintió un fuerte tirón por el cuello.


—He dicho que no.— Empujó al hombre lo suficientemente lejos de ambas. Y se interpuso, porque la morena seguía sin reaccionar, estaba ahí petrificada.

—¡Largo!— ordenó al hombre, quien le miró desorientado. Luego tomó una postura agresiva, mostró sus colmillos amenazante. Eso sólo la hizo reír, porque no se sentía intimidada en lo absoluto. —Tienes muy poco control. ¡Qué patético!— se burló. Y el hombre optó por retirarse. Así que lo siguió con la mirada, hasta que se perdió al final del pasillo. —Ten más cuidado.— dijo, a la omega, sin dejar de mirar en esa dirección.


—Gracias.— murmuró vacilante. —De verdad, muchas gracias.—


—¿Podrías callarte de una vez?— exigió. Y la omega frente a ella asintió, temerosa. —No voy a hacerte daño.— aclaró a la azabache, negando con la cabeza, estableciendo una distancia más notoria.


Daniela estaba agradecida, bastante. Pero la actitud de la castaña era muy confusa. Apenas le había dirigido la palabra dentro de la sala y ahora, acababa de salvarle el cuello. Al menos no era tan inhumana como parecía.


—Quita esa estúpida expresión del rostro.— Sí, estaba incómoda. No sabía muy bien como reaccionar a la gratitud. Había sido criada de una manera bastante dura, pero eso la había vuelto fuerte, le ayudaba a sobrevivir ahí afuera, en el mundo exterior. —¿Quieres que te consiga algo? No luces para nada bien.—


¿Acaso había escuchado bien? ¿Se había preocupado por ella? Eso fue lo que pudo detectar en la voz de la mujer y en la micro expresión que se formó en su rostro apenas unos segundos. Una habilidad que había adquirido, gracias a los constantes cambios de ánimo de su madre. Sonrió ligeramente y bajó la mirada.


—No, estoy bien.— Dijo finalmente, aún intentando ocultar la sonrisa. La alfa le miró mal, pero no dijo nada. Sólo se dío la vuelta, en busca de la salida. Eso probablemente la había hecho sentirse un poco mejor. Y su lobo, brincó de alegría, una que jamás había sentido antes. El olor a menta que la alfa desprendía no le resultaba repugnante como el resto y hasta cierto punto, le había otorgado una peligrosa paz.


El resto del día, continuó con una extraña carga de energía positiva y cada que el recuerdo de la castaña venía a su mente, su estómago se contraía. Nunca antes se había sentido de tal manera, pero siempre que lo pensaba, volvía a lo mismo.


"Si ella no hubiera estado ahí, posiblemente algo peor hubiera ocurrido".


Así que eso que sentía, debía ser gratitud.