Prefacio: Un sueño lejano
El gélido suelo cubierto de nieve bajo sus diminutos y entumecidos pies había dejado de importarle hace un tiempo atrás y pese a que sus plantas habían adquirido un leve color carmín, la pequeña continuaba danzando y saltando con entusiasmo sobre la nieve. Sus ojos solo reflejaban con alegría el cielo gris, mientras extendía sus manitas con la esperanza de poder atrapar algunos de los copos de nieve que caían lentamente y se derretían sobre sus cálidas palmas.
Desde pequeña le fascinaban las mañanas nevadas, ya que adoraba verse rodeada por efímeros copos de nieve que elegantemente danzaban con ella y desaparecían, apenas tocaban su pálida piel, dejando una agradable sensación sobre ella.
Dentro de su ensoñación, la niña se encontraba bajo la atenta mirada de una pareja a una distancia prudente. Ambos adultos enmascarados se encontraban resguardados bajo la sombra de una elegante sombrilla, la cual resaltaba en aquel día gris debido a su brillante color anaranjado, esta era sostenida por un alto hombre de cabello escarlata y mirada impasible, la hermosa mujer a su lado vestía un Jūnihitoe que la hacía resaltar de aquel panorama debido a sus llamativos colores y diseños, su largo y brillante cabello caía con elegancia y sus profundos ojos rojos miraban curiosos a la pequeña que danzaba y jugueteaba con la nieve.
La mujer, apenas la vio, se convirtió en un manojo de nervios y una nostálgica sonrisa apareció en su rostro sin entender del todo el porqué. La pareja notó como a pesar del frío, la muchacha solo vestía una desgastada yukata color durazno, que ya parecía quedarle corta y saltaba descalza sobre pequeños montones de nieve que se habían acumulado a su alrededor.
De repente, un fuerte estruendo provocado por una vieja puerta abriéndose con más fuerza de la necesaria, hizo dar un respingo a la pequeña niña mientras volteaba hacia la choza más cercana, para observar temerosa como su cuidadora salía con una mirada que reflejaba molestia y se dirigía dando rápidas zancadas hacia ella. Cuando estuvo a su lado, la mujer agarró su delicado brazo con brusquedad y comenzó a arrastrarla hacia su hogar.
―¡Te dije que hoy no saldrías! ¡¿Qué pensarán de mí si te ven así, pequeña mocosa malcri...?!
―¡Ejem!
El hombre pelirrojo carraspeó fuertemente interrumpiendo a la mujer, la cual detuvo su andar y miró con horror a la pareja parada al otro lado del sendero, su rostro enrojeció de vergüenza debido a la situación en la que fue sorprendida. Al reconocer a los individuos frente a ella, rápidamente y sin importarle que el camino estuviera nevado, la mujer se arrodilló e inclinó su rostro hasta que su frente tocó la nieve, con su mano aún aferrada al brazo de la niña, jaló de ella para obligarla a arrodillarse a su lado y aún sin levantar la vista, tomó la cabeza de la pequeña y la estampó en el suelo, casi enterrándola en la nieve, obligándola a adoptar una posición parecida a la que ella mantenía.
De rodillas, ofreciendo reverencia al elegante par que la miraba desde arriba. La niña, ni si quiera se quejó por la acción, solo se mantuvo quieta, como si de una muñeca de trapo se tratase.
―¡H‑Homura‑sama! ¡Eizen‑dono! ―la mujer se encontraba nerviosa y aun ejerciendo presión sobre la pequeña cabeza de la niña, evitando que esta levantara la vista al mantener su rostro contra la fría nieve―. Sabía que alguien de Asahima vendría hoy, pero jamás pensé que se tratara de ustedes...
―Homura‑sama creyó que lo más apropiado sería venir en persona ―la grave voz que salió de la garganta del hombre de cabello rojizo hizo temblar a la mujer―. Le pido que se levante, ya que no queremos que ninguna se resfríe.
―¿Qué es tan importante como para que la gran sacerdotisa venga en persona a mi hogar? ―mientras se levantaba, sacudía la nieve que se había pegado a su yukata y volvía a agarrar el brazo de la pequeña niña para levantarla de un tirón, su voz aún salía temblorosa, quizás por los nervios, quizás por el frío.
―Lo correcto era venir en persona, ya que hay algo muy valioso que he estado buscando ―habló por fin la sacerdotisa, la cual se había mantenido imperturbable todo el tiempo, pero su mirada era fría y dura, mientras parecía analizar a la pobre mujer y a la vez parecía estar perdida muy lejos―. Y se me ha dicho que aquí podría encontrarlo.
―El mensajero de Asahima mencionó algo parecido, pero no dijo nada específico, ¿Qué es lo que usted podría querer de mí?
―Eso es algo que nos gustaría conversar calmadamente, Asami‑san ¿Qué tal si lo discutimos en un lugar más cálido? ―Eizen sugirió.
―¡P‑por supuesto! ―la castaña pegó un respingo y comenzó a caminar a su hogar mientras era seguido por la pareja―. Por favor, pasen.
Eizen la siguió hasta la desgastada y triste casucha que durante las noches era visitado por desvergonzados hombres en busca del calor de una mujer, le desagradaba estar en aquel sitio y por sobre todo le desagradaba que su señora tuviera que visitar un sitio tan sucio, pero sabía que esta era testaruda y no se iría hasta conseguir lo que quería.
El imponente hombre detuvo su andar al notar como Homura no se movía de su sitio, ya que se encontraba embobada, observando fijamente a la pequeña niña que aún tenía su rostro cubierto nieve, la cual le devolvía una mirada curiosa. La pelirroja sintió su corazón apretarse y su cara cambió a una de horror provocada por una culpa que no sabía que existía, aunque solo duró un segundo antes de que recuperara la compostura.
Eizen jamás había visto a aquella mocosa, pero el solo mirarla le desagradaba de sobremanera, su sola existencia ponía en riesgo todo por lo que había luchado y atentaba en contra de sus objetivos, o por lo menos esa fue su primera impresión de lo que consideró un sucio y pequeño gusano.
―Si no es una molestia, Asami‑san, antes me gustaría que me permitiera tener una pequeña charla con su... ¿Hija?
―¿C‑con la mocos... con la niña? ―preguntó confundida Asami mientras miraba a la nombrada, la cual seguía prestando más atención a la nieve que a lo que pasaba su alrededor, la ignorancia y tranquilidad de la niña enfureció más a la castaña. Cuando dirigió su atención hacia la sacerdotisa, esta solo asintió con su cabeza mientras sonreía falsamente bajo su blanca máscara, esperando por su respuesta―. Ella no es mi hija, su madre era una de mis trabajadoras, pero ella la dejó aquí como parte de su pago y luego se fugó.
―Ya veo.
―Nosotros podemos adelantarnos para discutir el motivo de esta visita, yo soy suficiente para explicarle la situación ―Eizen se dirigió a la mujer, aunque sonó más como una orden que como una petición.
―C‑claro, no hay problema, Eizen‑dono ―dijo mientras enviaba una rápida mirada algo amenazante hacia la pequeña, la cual, no notó al encontrarse observando ensimismada a la mujer frente a ella, Asami realizó una pequeña reverencia hacia la pelirroja antes de dirigirse hacia su hogar.
Apenas Asami y Eizen entraron a la choza, una doncella se acercó rápidamente para afirmar la sombrilla que antes sostenía el hombre pelirrojo y de esta manera evitar que la nieve cayera sobre la sacerdotisa. La niña observó a la doncella con curiosidad, ya que no se había percatado de la presencia de esta, pero lo que más llamó su atención, fue la graciosa máscara que cubría el rostro de la mujer. Al mirar a su alrededor, se percató de que a lo largo del sendero había más doncellas con bellos kimonos y hombres con lanzas haciendo guardia, pero en específico notó que todos llevaban extrañas máscaras.
―Son mis guardias y doncellas ―aclaró Homura mientras volteaba a observar lo que la muchacha miraba con curiosidad―. Ellos vinieron para acompañarme.
―¿Acompañarla a visitar a Asami-san? ―al preguntar llevó su dedo índice hacia su barbilla mientras elevaba su inocente mirada hacia la alta mujer a su lado.
―Para visitarte a ti realmente―aclaró con amabilidad.
La niña al escuchar aquello sonrió emocionada y comenzó a caminar por el sendero nevado mientras miraba las filas de guardias y doncellas formados a ambos lados del camino, la sacerdotisa la seguía divertida.
―No pareces ni un poco asustada por ellos ―mencionó más para sí misma que para la pequeña―. Supongo que estás acostumbrada a ver gente extraña por acá.
―Mucha gente viene a visitar la casa de madame Asami ―asintió la pequeña de oscuro cabello mientras volvía su mirada emocionada hacia la joven mujer pelirroja―. He visto espadachines, borrachos, ancianos, gente con hermosos colores de piel, extraños peinados, personas de distintos tamaños y con ropas graciosas... pero jamás había visto unos ojos como los de usted.
―¿Mis ojos? ―Preguntó Homura desconcertada―. ¿Te parecen extraños mis ojos?
―Sí, son extraños ―Afirmó sin pena la menor, mientras continuaba mirando los ojos escarlatas de la mujer que brillaban con fiereza a través de los agujeros de la máscara.
A Homura le hubiera irritado el comentario de la pequeña en otras circunstancias, ya que siempre le acomplejó el singular color de sus ojos, pero intentó no demostrarlo, sabía que si Eizen hubiera estado presente se encontraría riendo a carcajadas, lo cual solo logró molestarla aún más al imaginarlo.
―Me parecen hermosos. Brillan como la luna cuando se encuentra con el sol, solo lo he visto en una sola ocasión― continuó la niña mientras sonreía con sinceridad, la sonrisa de Homura se borró debido a su desconcierto y deseó poder sonreír como lo hacía la pequeña.
―Mi nombre es Higasawari Homura, pero puedes llamarme como prefieras ―Homura se presentó, apartando la mirada sin dejar de caminar junto a la niña―. ¿Tienes un nombre con el que pueda dirigirme a ti?
La niña negó rápidamente sin dejar de sonreír y caminar torpemente, mientras se acercaba a algunos guardias para observar más de cerca sus máscaras.
―Madame Asami me llama mocosa, aunque sé que eso no es realmente un nombre.
―Ya veo ―la tristeza con la que respondió era reflejada en el rostro que se mantenía oculto bajo aquella tallada máscara hannya, si bien Eizen le advirtió que aquello sucedería, la culpa la carcomía por dentro sin piedad y quizás debió ignorar el consejo del pelirrojo y hacer lo que consideró correcto desde un principio.
―Esta es una máscara muy extraña, ¿verdad? ―la niña susurró a la sacerdotisa esperando que el guardia no la haya escuchado, ante esto, Homura soltó una pequeña risa mientras acercaba una de las mangas de su kimono hacia su rostro, para comenzar a retirar su máscara hacia un lado, lo suficiente como para dejar ver la mitad de su bello rostro.
―Es una máscara Hyottoko ―aclaró la sacerdotisa, susurrando igualmente hacia la niña―. Representa a un espíritu que se encuentra soplando el fuego.
―Tú sabes muchas cosas, Homura‑san ―la niña miró fascinada a la pelirroja.
La sacerdotisa ensanchó más su sonrisa y la niña volvió a observar las máscaras de los guardias mientras intentaba copiar las expresiones de estas, Homura miraba entretenida hasta que recordó los pies de la muchacha.
―Niña ―dijo con un tono dulce pero solemne―. Dime, ¿Dónde están tus zapatos?
―¿Mis zapatos? ―repitió dudosa la niña mientras dirigía su mirada hacia sus pies y movía sus pequeños dedos, se detuvo a pensar unos instantes y a Homura le divirtió que la niña no le diera importancia a encontrarse descalza en medio de aquella calle nevada, cada vez le agradaba más.
―Así es, tus zapatos.
―Dejaron de quedarme hace un tiempo ―soltó con una sonrisa juguetona, como si fuera de lo más gracioso.
―Ya veo ―Homura dijo mientas asentía―. ¿Te parece si volvemos a tu casa?
―¿A casa? ―la niña miró a la sacerdotisa como si le hubiera crecido una segunda cabeza―. No podemos, Homura‑san.
―¿No? ―soltó confundida―. ¿Por qué no?
―Porque madame Asami está con aquel hombre ―contestó con obviedad la niña refiriéndose a Eizen, para luego susurrar―. No podemos entrar cuando lleva hombres a casa.
Homura se sorprendió ante la respuesta de la niña, tenía curiosidad acerca de la vida que llevaba, pero no sabía si era bueno preguntarle más cosas, finalmente, decidió continuar, ya que aquella pequeña era la razón por la que se encontraba ahí en primer lugar.
―Entonces, acércate a mí ―pidió amablemente mientras se retiraba la máscara por completo para entregársela a otra sirvienta, que la recibió como si de un tesoro se tratara.
La gran sacerdotisa se retiró la primera capa de su Jūnihitoe bajo el asombro de sus sirvientes, la cual utilizó para envolver rápidamente a la niña que se quedó quieta en su sitio, dejando a la pelirroja hacer lo que quisiera con ella, no le importó ser levantada y acomodada entre los brazos de la mayor.
Homura había tomado una decisión y se aseguraría de enmendar el pasado.
Pronto, ambas se encontraban cara a cara, analizando el rostro de la otra. El azul cielo chocó con la mirada carmesí de la mayor y ambas sonrieron. La niña nunca se había sentido tan cálida como se sentía en aquel momento, por lo que solo guardó silencio y se dejó llevar por la pelirroja a través del camino formado por los sirvientes.
De repente, la niña llevó sus pequeñas y frías manos al rostro de Homura, apretando ligeramente sus mejillas y obligándola a mirar sus ojos mientras la sorpresa invadía el rostro de la mayor.
―¿Por cuánto tiempo nos visitarás, Homura-san? ―preguntó de repente la niña, sorprendiendo aún más a la mujer.
―Bueno, eso depende de madame Asami y también de ti, ¿Por qué preguntas, pequeña? ―respondió con dificultad.
―Me gustas mucho, Homura-san, ¿vendrás a visitarme de nuevo?
La sacerdotisa sintió como un calor se expandía por su pecho, con sus ojos muy abiertos dirigió su expresión de asombro a la niña que le sonreía cálidamente y solo se dio cuenta de que había dejado de respirar cuando escuchó unos pasos acercándose calmadamente hacia donde ambas se encontraban, al levantar la mirada hacia el frente, notó como Eizen se iba acercando, al parecer había terminado de conversar con la cuidadora de la niña. Homura le dirigió una mirada expectante, Eizen al percatarse, desvió la vista con molestia al verla junto a la mocosa, mientras asentía como respuesta. Las negociaciones habían sido un éxito.
―No creo que vuelva a venir, pequeña.
Ante la respuesta, la niña se deprimió y llevó su mirada al suelo, Homura, la cual ahora tenía toda su atención en la niña, volvió a acercar el cuerpo de la pequeña aún más hacia ella.
―Pero puedo llevarte conmigo ―dijo juntando ambas frentes.