Somnofilia

Summary

Yūji está a punto de descubrir si haber dado rienda suelta a los deseos de Gojō fue una buena o mala idea.

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n/a
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18+

Capítulo único

—¿Qué?

El rostro de Yūji estaba lejos de desencajar del asombro, más bien, era una mezcla de esto y la preocupación.

—Sí, sí, piénsalo bien —dijo Gojō con toda la seguridad que inundaba su ser—, es una solución práctica.

—¡¿Pero cómo me va a coger mientras duermo?! —«Solución práctica» y un demonio.

—Pues por atrás, Yūji. Como lo hemos hecho siempre (no es como que tengas muchos agujeros disponibles y no quiero ahogarte).

—¡Eso no…!

Yūji puso una mano en medio de ambos en señal de alto.

Tomó un largo respiro e intentó alinear sus chakras. Él y su profesor estaban hablando en sentidos opuestos, por lo que habría que encaminar la conversación para solucionar las cuestiones una a una.

—A ver, sensei quiere tener sexo, ¿verdad?

Gojō tomó las manos de Yūji entre las suyas. Depositó un besito en cada una. De su garganta emergió un suspiro lastimero similar a un «mm-hn», que Yūji no se podía tomar en serio, pues le recordaba a un perro pateado. Además, como Gojō se hallaba sentado en el sofá con Yūji de pie, frente a sí y entre sus piernas, el ángulo hacía que los suplicantes ojos azules fueran visibles por encima de los anteojos oscuros.

A esas alturas, Yūji cumplía con dos años de relación con quien alguna vez fue su profesor. Tenía pocas semanas de haberse graduado del Colegio de Hechicería, pero la costumbre de dirigirse al otro por su título pedagógico era difícil de quitar.

—¿Qué le parece si coincidimos nuestros días libres en el calendario? Así podemos hacer todo tipo de cosas.

—¡Ah, qué maravillosa idea!

Yūji colocó una mano sobre la cadera y con la otra se sostuvo el mentón, sonriendo triunfal por su magnífico plan.

—Sólo hay un pequeño inconveniente.

Gojō tomó el celular de su pareja, que reposaba sobre el descansabrazos. Usó el pulgar del chico para desbloquear la pantalla y abrió la aplicación del calendario, mostrándole que los siguientes tres meses estaban saturados y los días libres ya tenían agendados a Megumi, Nobara, ¡y hasta a Panda!

—¡¿Cuándo vamos a tener tiempo para nosotros si ya tienes a todas estas gatas rompehogares acaparando tu vida?!

Yūji fue incapaz de contener una carcajada, aunque no hizo de lado las réplicas de Gojō sólo porque su dramatismo le pareciera divertido. Es más, le daba la razón.

Cada vez tenían menos tiempo para ellos; las pocas y contadas veces que coincidían, la pasaban en la cama. Yūji añoraba los días en los que salían de paseo, se escapaban a la playa o se acurrucaban a ver películas. No proponía nada de eso porque conocía de primera mano las necesidades del novio treintón que él mismo se había encargado de malcriar a base de mimos.

—Muy bien, muy bien. Deme su celular para cuadrar nuestras agendas.

Estaba en posibilidad de ajustarse a los horarios de Gojō, por lo que revisó con cuidado la pantalla en busca de los días libres.

—Mañana, mientras estamos de camino a la misión, puedo hablar con Fushiguro y Kugisaki para… ¡Gojō-sensei! ¡Váyase al diablo! ¡Tiene todo lleno por los próximos seis meses!

Gojō puso su típica cara de idiota olvidadizo, fingiendo demencia, como todas aquellas veces en las que pedía algo, aún sabiendo que no podría cumplir en tiempo y forma.

—Puedo hacer un esfuerzo para llegar temprano a casa. Muchos de esos días no tengo que salir de la ciudad.

—Yo sé… Pero su «temprano» son las tres de la mañana y yo no aguanto tanto tiempo despierto.

—Sin embargo, sí aguantas muchísimo tiempo dormido, mi querido Yūji. —Al pronunciar su nombre, se levantó y sostuvo al muchacho contra su cuerpo—. No tienes que hacer nada especial antes de ir a dormir, sólo debes darme permiso para hacerte muchas cosas sabrosas.

—Pervertidas —corrigió, intentando no poner los ojos en blanco mientras ignoraba cómo las manos ajenas pasaron de sostener su espalda, a masajear con suavidad su trasero.

Gojō se limitó a sonreír, en parte, porque no era mentira.

—¡¿Y no lo niega?! —replicó Yūji.

No obstante, tampoco es como si pudiera enojarse de verdad con él sólo por eso. Mínimo era honesto y le planteaba sus inquietudes de frente. Si habían avanzado tanto en poco tiempo, se debía a la comunicación y transparencia que tenían el uno con el otro.

Por mera suerte, ese día lo aprovecharon para ir al cine y hacer algunas compras. Volvieron a casa justo a tiempo para la comida. Yūji adoraba la cocina de Gojō y, este, a su vez, había desarrollado un extraño morbo por verlo comer.


Cuando cayó la noche, mientras Yūji secaba el cabello de su novio luego de un largo y bien merecido baño, retomó el tema de la mañana.

Detuvo las manos antes de hablar.

—Lo estuve pensando toda la tarde y… creo que podríamos intentarlo.

A diferencia de Yūji, que estaba en la cama, Gojō, sentado en el suelo, entre las piernas de su pareja, giró y elevó el rostro para centrar toda su atención en él.

—¿Intentar qué?

—El… dejar que me haga cosas mientras estoy dormido.

Yūji no era alguien que se avergonzara al momento de hablar de sexo. Al inicio de su relación, tal vez. Todo era diferente ahora. Sin embargo, esa última propuesta le parecía demasiado pervertida para su gusto, por lo que no pudo evitar que un tenue carmín otorgara vivacidad a sus mejillas.

—Pero hay que establecer algunas reglas primero. —Fue su primera petición.


Al día siguiente, cuando Gojō volvió por la madrugada, Yūji se encontraba en el quinto sueño. Lucía tan lindo abrazando una almohada. Sentía una emoción antinatural por lo que estaba a punto de hacerle. Tanto, que el pantalón que cubría su entrepierna comenzó a abultarse.

Sacó el lubricante y el paquete de condones que guardaban en uno de los cajones de un buró cercano. Depositó un suave beso sobre el cuello de su pareja.

—Estoy en casa —susurró, a la par en que introducía las manos bajo las cobijas para acariciar el joven cuerpo que tanto deseaba y adoraba; el magnífico físico de quien había protagonizado todas y cada una de sus fantasías durante más años de los que llevaban de relación.

Se sacó toda la ropa, casi con desesperación. Acto seguido, se metió a la cama y con su desnudez cubrió la espalda de Yūji. Tomó la ropa interior del chico y la deslizó hacia abajo, lo suficiente para que uno de sus pies terminara el trabajo y dejara los boxers en la parte inferior de la cama, lejos de su dueño.

Untó un par de dedos en lubricante y los deslizó entre los glúteos de su pareja, logrando introducirse con facilidad. Aun así, mantuvo un movimiento constante de penetración con el objetivo de aflojar la zona con propiedad.

«Primera regla: Debes dilatarme como es debido»

Gojō no era tan impaciente como para saltarse los preparativos. Sí había dado indicios de querer omitir esa parte cuando se hallaba urgido, pero nunca lo haría en realidad. No buscaba lastimar al chico a quien vigilaba celosamente como si se tratase de un tesoro.

Agregó un tercer dedo a la faena cuando sintió que los dos primeros entraban y salían sin recibir tensión adicional, intuyó que poner dentro uno más sería pertinente.

Hn, Yūji —habló en voz baja.

También debía controlar eso.

Gojō solía ser muy escandaloso durante el sexo. Bastante parlanchín también.

Seguro que Yūji no despertaría por eso. Había mantenido conversaciones por teléfono el tiempo necesario para que su novio terminase dormido en la sala, con él y su verborrea flotando alrededor. No obstante, se autoimpuso esa norma de ser silencioso.

Sin tocarse, tan sólo de sentir el calor del cuerpo ajeno y la humedad que proporcionaba el lubricante, Gojō terminó con una dura y firme erección. A los pocos minutos, reemplazó sus dedos con la punta del glande, empujando dentro la cabeza y parte del tronco.

Era una verdadera delicia. Dos largos años de relación y seguía disfrutando tanto como la primera vez con Yūji. Le preocupaba acostumbrarse a él, al punto de no sentir emoción alguna al mantener relaciones y que eso terminara arruinando lo suyo.

La rutina era de las cosas que más detestaba.

Sin embargo, a esas alturas, podría acostarse diario con Yūji y jamás sentiría que formaba parte de una costumbre. Es más, daría lo que fuera para que su novio le diera permiso de unir sus cuerpos día tras día.

«Segunda regla: No olvides usar protección»

A los pocos instantes, soltó la cadera ajena y sustrajo su pene por completo. Una alerta en su cerebro le notificó que no llevaba condón.

El Gojō rebelde que predominó en su adolescencia habría continuado proporcionándose placer; no ocasionaría un embarazo por eyacular en el recto de un hombre.

En contraparte, el Gojō mandilón y sumiso —sólo aplicaba en la cama— del presente, era un soldado de primeras filas que había sufrido los castigos impuestos por un Yūji furioso. Si había algo que Gojō no podía tolerar, era la fría indiferencia de su pareja. Su corazón dolía cuando era víctima de la ley del hielo. Gracias a ello aprendió a obedecer y a no tomarse como un juego las consideraciones que su novio ponía de manifiesto. Si se lo decía, era por una buena razón.

Gojō sabía que Yūji se sentía mal y muy incómodo al tener que expulsar semen de su interior. Entonces, se colocó un preservativo y, una vez más, se introdujo entre esas firmes y carnosas nalgas, que le arrebataron un largo jadeo.

—Yūji —pronunció casi a modo de súplica mientras dejaba un beso detrás de la oreja—. Yūji —susurró de nuevo, bajando por el cuello—. Yūji...

Ansiaba arrancarle la ropa para saborear mejor la piel de sus hombros y la espalda, pero no quería moverlo tanto.

Vertió otro poco de lubricante. A él le bastaba con sentir que entraba y salía sin dificultad para seguir con lo suyo; por alguna incomprensible razón, a Yūji le gustaba estar muy mojado, al punto de que a cada embestida sonaba el golpe y el chapoteo del gel en exceso.

Se hacía algunas ideas, como que a su pareja le gustaba el sonido que producían sus pieles al chocar o que tenía algún fetiche. Nunca le había preguntado.

Pese a sostener la cadera opuesta, deseaba hundir los dedos, dejar marcas, arremeter con salvajismo, pero…

«Tercera regla: Nada de ser brusco»

A Gojō lo volvía loco el sexo rudo. Yūji era más tranquilo en ese aspecto. A veces se sentía mal por haberlo corrompido, aunque valió completamente la pena.

Cuando era rudo, Yūji exteriorizaba el placer mediante mordidas y arañazos. Gojō se había vuelto masoquista como resultado. No incentivaba a su pareja a que lo golpeara o lo ahorcara durante el acto, porque alguna vez le pidió una opinión al respecto, de manera casual, y a Yūji no le gustó el concepto; eso sí, lo motivaba a dejarle marcas y a ser más fiero con todo lo demás. De hecho, tenía algunas heridas visibles en el cuerpo que dejó que cicatrizaran de forma natural porque quería quedarse con un recuerdo sobre la piel. Estaba muy orgulloso de todas ellas. Significaba que había dejado satisfecho a Yūji.

Llevó una mano hacia la entrepierna opuesta. Al notar la flacidez, las puntas de los dedos subieron por el marcado abdomen y continuaron su recorrido hacia los pectorales, donde masajeó con lujuria uno de los pezones. Quería chuparlos.

Al poco tiempo, el empuje de sus caderas, aunado a todo lo que hacían sus manos y la boca, arrancaron un quejido entre somnoliento y confundido de Yūji. Gojō se detuvo, esperando confirmar el estado de su pareja.

—No puedo creer que en verdad lo hizo —susurró Yūji, caliente y aturdido.

Gruñó.

Pese a tener el gran pene de Gojō abriéndose paso en su culo, no dolía. Eso sólo significaba que lo había preparado de forma correcta.

—Yūji, vamos a hacerlo —entonó con cierta súplica en la voz, entrando y saliendo de cuerpo ajeno con movimientos sutiles, como cuando, aún vestidos, le restregaba su erección a su novio en el trasero pidiendo permiso o intentando convencerlo de que tuvieran sexo—. Anda.

Yūji suspiró.

Giró con pesadez para quedar acostado boca arriba. Gojō salió de su interior. Al intuir la pereza ajena, le ayudó a acomodarse. Tomó más lubricante para humedecer entre los glúteos del muchacho, siendo excesiva la consideración. Metió tres dedos, sonriendo con lascivia al notar cuán fácil eran recibidos. Acto seguido, redirigió la mano a su pene para poner el glande contra el ano y empujar hacia adentro una vez más.

Escuchar el suspiro placentero de Yūji le erizó la piel. Era una verdadera delicia.

—Yūji es tan buen chico… —Dejó en suspenso la frase a propósito.

—Y Gojō-sensei es un pervertido.

—¿Y quién me hizo así? ¿Hm?

—¿Y yo qué voy a saber? Ya venía con defecto de fábrica.

Una leve risita flotó en el aire. Gojō se acercó a los labios de su novio, quien los separó un poco por inercia. De este modo metió la lengua sin reparos, con el objetivo de abarcar el interior de la boca tanto como le fuera posible mientras sus caderas adquirían un compás rítmico y profundo en su afán por satisfacerse.

Yūji no podía hacer más que ahogar gemidos. Llevó las manos hacia los hombros contrarios. Hundió las uñas en la carne y un jadeo entintado con éxtasis no tardó en llegar a sus oídos.

—Más fuerte, Yūji… D-Dame… —suplicó—, necesito…

No tardó en obedecer. Yūji colocó una mano sobre la nuca ajena, atrayendo a su pareja hasta el punto en el que su boca alcanzara el cuello.

Depositó un par de besos. Una lamida. Succionó la piel del cuello y, de un momento a otro, buscó desgarrar la zona expuesta con los dientes.

Un quejido ahogado, un gemido lastimero, no sabía describir cómo sonaba Gojō cuando le hacía eso, pero él le había dicho que lo disfrutaba, que lo gozaba como si fuera un adicto en abstinencia a quien le proporcionan gota a gota aquello que le arrebató la cordura.

Saboreó la sangre que se deslizó dentro de su boca. Pasó la lengua por la herida en un intento inútil por cerrarla. Se acomodó de nuevo en la cama, dejando que Gojō asaltara con brusquedad la parte más baja de su cuerpo. Le presionó las piernas con angustia e intuyó que tendría moretones por la mañana.

Apretó a su novio entre los muslos, obligándolo a poner más fuerza en sus movimientos y embestidas. En parte, lo hacía para cansarlo, porque lo conocía lo suficiente para saber que todavía podía tener una ronda o dos más si el agotamiento no era tan potente como para nublar y sustituir el brillo de la lujuria en esos preciosos ojos azules de intensidad imposible a los que no podía negar nada.

Gojō sabía que Yūji era físicamente más fuerte que él. No necesitaba buscar alguna manera de ponerlo a prueba. Le bastaba con ver esos músculos que desde hacía tiempo habían superado en masa a los suyos.

Yūji era todo un hombre a sus ojos. Demasiado enérgico y vigoroso, pero no por eso le parecía menos lindo o atractivo. Todo lo contrario. Era demasiado perfecto, era… era su querido Yūji. Era lo que no sabía que necesitaba para estar completo. Era su razón de ser.

Gojō encontró su paraíso de desenfreno idílico en cuanto su esperma fue expulsado en un intento frustrado por el condón de llegar a Yūji. Sólo sería por un par de días. Vería la manera de que coincidieran todo un fin de semana para cumplir la fantasía de llenar a Yūji de semen.

Entre jadeos descompasados, se dejó caer sobre el pecho de su pareja, quien lo recibió con un agradable masaje a su cabello para hacer que se durmiera.

No obstante, antes de caer en sus garras, salió del interior de Yūji, a medio camino de la flacidez a causa del tiempo transcurrido. Se tumbó de costado sobre un brazo. El preservativo no quedó fuera, por lo que lo extrajo con su única mano libre y para evitar que se moviera más, Yūji le ayudó a hacerle un nudo.

Pasaron minutos enteros intentando que dos manos diferentes lograran amarrar un pedazo de látex que seguía resbaloso por el exceso de lubricante.

—¡Ah, ya me harté! —Gojō se desesperó, por lo que aventó el condón por ahí, importándole poco que el contenido se derramara.

—Usted limpia mañana.

—Ugh...

Gojō era bueno con los quehaceres del hogar. No tenía problema con ello. Que se lo dijeran después del sexo era lo que hacía que sonara como una labor engorrosa.

—Por cierto —agregó, bajando una mano hacia el pene de Yūji—, ni siquiera te pusiste duro. ¿Es que acaso ya no te gusto?

—A-Ah… eso… —Ignoró los ojitos de cachorro que el otro le dirigía—. Es sólo que tengo más sueño que ganas.

—¿De verdad? —Hizo un puchero con los labios.

Pasó un dedo de arriba abajo por el miembro ajeno, esperando obtener alguna reacción y tomarla como oportunidad para hacerlo de nuevo.

—Sensei, duérmase de una vez —indicó, tomándole de la muñeca para retirar esa mano traviesa, de lo contrario sí se pondría duro.

—¿Y se supone que yo soy el viejo?

Yūji suspiró. Entre más caso le hiciera, menos se callaría. Se limitó a cerrar los ojos para recuperar cuanto antes el sueño perdido.

—Te la puedo chupar para que duermas bien —insistió Gojō.

—Sensei…

Gojō conocía a la perfección el tonito impaciente y cansino con el que el otro le hablaba y como lo que menos quería era perder el conocimiento por una llave al cuello que le privara del oxígeno, mejor se acurrucó contra el pecho de su amado y decidió limitarse a descansar.


El sol de la mañana iluminó el rostro de Yūji, mas no fue eso lo que le hizo despertar, sino el intenso bochorno que recorría cada rincón de su cuerpo.

Con los párpados cerrados, supo que tenía el torso descobijado. Aún era primavera, así que el clima no era una de sus preocupaciones, mucho menos cuando aquella caliente y húmeda lengua se deslizaba por todo su…

—¡Gojō-sensei! —exclamó, abriendo los ojos de golpe.

Levantó la cabeza, para toparse con su amante, desnudo por lo de la noche anterior, hundiendo la cara en su entrepierna.

—Me preguntaba cuánto tardarías en despertar —dijo Gojō, o algo así se hubiera entendido si no tuviese la boca llena—. Buenos días.

Yūji se dejó caer sobre el colchón con los brazos extendidos.

—No le entendí nada.

Gojō sacó la erección de su boca, dejando una mezcla de saliva y líquido preseminal sobre esta.

—Dije que…

En un rápido movimiento bajó la cabeza de Gojō hasta casi atragantarlo con su miembro.

—Usted mámele. Ahorita nos ponemos a platicar. —Después de todo, era un gran fanático de todo lo que su antiguo profesor era capaz de hacerle con la boca.

Esa era una gran forma de despertar. Podría acostumbrarse a ello. Por desgracia, cuando ladeó el rostro y divisó la hora que el reloj digital mostraba, supo la clase de regaño que le daría Fushiguro por llegar tarde a la misión que tenían programada ese día.