Admiración ciega

Summary

Por el tipo de crianza que tuvo Naoya, que el clan Zen'in contara con un integrante tratado como tema tabú no hizo más que despertar su curiosidad. Podían decir lo que quisieran sobre los ojos que le dirigía a aquel hombre, pero sólo él era consciente de las profundas e intensas sensaciones que le despertaba. Una sola mirada le bastó para saberlo. Dar la vuelta y ver su espalda alejándose por el pasillo se lo confirmó. A sus escasos cinco años, Naoya descubrió que sería capaz de cualquier cosa sólo por Tōji.

Genre
Erotica
Author
Valdemirt
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo único

Cuando Naoya era un niño, le bastó sólo una mirada hacia aquellos ojos verdes, duros y sin vida, para saber que por fin alguien era digno de recibir su admiración. No se trataba de Naobito Zen’in, el cabeza de familia y su padre, sino Tōji Zen’in, un hombre misterioso y oculto como las sombras. Por alguna razón el clan ignoraba como si se tratase de un fantasma entre los pasillos.

No había cosa que despertara más su curiosidad que un tema tabú. Un tabú con pies, cabeza, voz y forma.

Tiempo después comenzó a investigar al respecto. Tōji era un renegado. Tōji era un inútil sin energía maldita. Tōji era la desgracia del clan. Tōji era un hombre que nunca debió haber nacido.

Supo que intentaron asesinarlo desde que era joven, incluso lo arrojaron a la sala de castigo con un montón de maldiciones invisibles a sus ojos. No obstante, al cabo de varios días y contra todo pronóstico, Tōji había sobrevivido. Las maldiciones de ese lugar fueron aniquiladas y Naobito hizo un buen coraje a causa de ello.

Que una persona sin habilidad, sin armas, sin agua o comida, hubiese salido victorioso de aquella sala, recibiendo sólo unas cuantas cicatrices, ¿no lo convertía acaso en el más fuerte de todos ellos?

Al cumplir catorce, Naoya ingresó a esa misma sala, bajo las mismas condiciones que Tōji; sin embargo, para sobrevivir tuvo que hacer uso de sus habilidades como hechicero y, pese a que su gente aplaudió la hazaña de haber salido en tiempo récord, supo que había fracasado como el más fuerte. Tōji ni siquiera estaba allí y eso fue bueno. ¿Cómo miraría a la cara a un mocoso inútil? Su plan había sido entrar en condiciones humanas y salir triunfal.

Su admiración por Tōji no hizo más que crecer al analizar la clase de situaciones hacia las que era arrojado y ver que se volvía más fuerte con cada una de ellas.

¡Un humano normal haciendo frente a maldiciones!

Era inimaginable.

¡Ridículo!

No obstante, Tōji era capaz de lidiar con ello y no buscaba ganarse el favor de ningún alto mando. Es más, en aquellos ojos, que bien podían ser jades, se hallaba una gracia asesina, brillante y profunda, que seguramente nadie más era capaz de ver.

Debía ser el destino. Un claro indicio de que Naoya era el único capaz de entender a Tōji; el único capaz de estar con Tōji. Siempre a su lado. Sin importar qué.

Poco después de cumplir diecisiete, se enteró que Tōji había sido oficialmente expulsado de la familia y que no le reconocerían más como uno de ellos.

Ante la incertidumbre de lo que planeaba hacer, no tuvo más opción que encararlo. Tōji no podía abandonarlo. No a él. Aún no le demostraba que podía ser todo lo que necesitaba y que juntos tendrían el poder y la fuerza suficientes para poner al clan entero de cabeza.

Debía… ¡Debía apresurarse! Antes de que fuera demasiado tarde.

Por suerte, se lo topó en uno de los pasillos interiores, vistiendo una yukata oscura abierta del pecho, mostrando parte de ese asombroso cuerpo esculpido del mismo modo que los martillazos al acero vivo.

Tōji ni siquiera lo miró. Sus ojos jamás se encontraban con nadie que llevara el «Zen’in» por apellido.

«Si pudiese lograr sólo eso…»

—Alto ahí —dijo con la voz firme y altiva que le caracterizaba—, Tōji Zen’in. ¿O debería ser sólo Tōji?

Con eso estaba seguro que el otro entendería cuán consciente era sobre la situación. Porque a Naoya no podría importarle más que la mierda lo que ocurriera con quienes le rodeaban, con excepción de ese hombre.

Tōji fijó su atención en el cabello rubio del chico. En nada más. ¿Quién era rubio en la familia…? ¡Bah! Como si importara. Ya no tenía nada que ver con ellos.

Naoya sintió cierta excitación recorrer su cuerpo al saber que ni siquiera lo veía de frente, como un igual. Nadie se atrevería a ignorarlo con tanta indiferencia. Sólo Tōji, pero a él le permitirá incluso que lo pateara y escupiera.

Lo vio regresar la vista al frente y reanudar su camino.

—Espera. —Apresuró el paso para rodear al otro y pararse justo frente a él—. No planeas irte así, ¿cierto?

Tōji enarcó una ceja.

«¿Así, cómo?». No es como si tuviera mucha ropa o pertenencias. Lo que usaba le cubría lo suficiente para no ser encarcelado por indecencia pública si salía a la calle.

—Puedo hacer que te… —Naoya cortó sus propias palabras. Estaba por sugerir que el médico le echara un ojo, después de todo, el vendaje que apenas y se veía bajo la tela llamó su atención—. Puedo ayudarte con esto.

Acercó las yemas de los dedos hacia el torso herido, mas no alcanzó a rozarlo. Tōji le tomó la muñeca e hizo presión sobre esta.

—¿Qué pretendes?

«Así que este es Tōji» pensó Naoya. No era rival para eso. No aún. Por alguna extraña razón le fascinó que tanta fuerza aplicada pudiese cortar un poco la circulación.

—Cambiar unas cuantas vendas —respondió, tragando saliva en el proceso y sonriendo de medio lado en un intento por parecer coqueto. Cosa que el otro interpretó como burla y arrogancia.

Las dichosas vendas que Tōji llevaba en ese momento ni siquiera se las proporcionaron como consecuencia de la atención médica básica. Las había tenido que robar de un botiquín, así que la propuesta del chico sonaba conveniente, pero ¿por qué?

¿Por qué alguien estaría interesado en ayudarle? O, acaso, ¿sería ese otro intento de atacar tras hacer que bajara la guardia? De ser así, le arrancaría la cabeza al desgraciado sin dudarlo.

Accedería sólo porque no se hallaba en tan mal estado como para, en verdad, ser víctima de un homicidio exitoso.

—Bien —habló sin ganas, aguantando la inusual mirada atenta del chico.

Aunque el rostro de Naoya no lo demostrara, experimentó un súbito ataque de euforia en su interior. Avanzó por delante, girando el rostro y mirando por el rabillo del ojo para asegurarse de que el otro lo siguiera.

Al llegar a la habitación, Tōji tomó asiento sobre el futón de forma descarada, esperando una mala reacción por parte del rubio teñido ese. Le sorprendió no sólo no recibir ninguna clase de réplica, sino que éste ordenó a los subordinados que tenía al pie de la puerta, que trajeran un botiquín.

«¿Qué demonios…?»

Cuando los insumos médicos llegaron, Tōji tomó precauciones adicionales.

—Diles que se larguen.

Naoya tardó unos segundos en comprender a lo que se refería. Volvió a la entrada y le indicó a su guardia, casi a gritos, que desaparecieran de su vista. Así lo hicieron.

Al regresar, Tōji ya tenía la yukata abierta, el torso al descubierto y había comenzado a retirar el vendaje. Naoya extrajo del botiquín unas tijeras y las vendas, incluso algodón y agua oxigenada para verse más profesional. Esperaba ocultar con éxito que era su primera vez haciendo de enfermero improvisado.

Tragó saliva con dificultad al ver el tamaño de los pectorales opuestos. Quería apretarlos. Quería morderlos. Quería hundir la cara en ellos.

Tōji dejó escapar un bufido a modo de risa al descubrirlo.

—¿Qué ocurre, mocoso? ¿Te prende ver semidesnudo a un hombre?

—Quisieras —respondió al instante—. Eres demasiado lento, viejo. ¿Cuándo podré empezar a hacer mi trabajo? —Exhibió los insumos que tenía entre las manos.

«¡¿Por qué carajo lo dijiste así?!» gritó para sus adentros. ¡¿Cómo había podido responderle con tanto desdén a Tōji?!

Luego de eso, se colocó a espaldas del hombre, así no podría reprenderlo de nuevo en caso de que terminara babeando por accidente —algo no muy alejado a lo que podría ocurrir con facilidad—. No perdió el tiempo. Usó algodón y agua para desinfectar cerca de las cicatrices que parecían frescas. Por el frente no había ninguna. Era un alivio.

Debía concentrarse en su labor, pero estaba siendo complicado. Los músculos exquisitamente marcados; la piel bronceada, cubierta de surcos antiguos, cuyas historias se sabía de memoria; la erección que comenzó a crecer bajo el hakama.

Todo estaba en su contra. Su mente no ayudaba demasiado al imaginar cómo luciría esa espalda con rastros de placer adicionales, hechos por sus uñas.

Por inercia, acercó el rostro hacia la parte baja del cuello opuesto. No hizo falta ni un sólo roce. Tōji actuó al instante al sentir la respiración ajena chocar contra su piel. Tomó las tijeras y, en un santiamén, éstas estaban clavadas sobre el suelo de madera, a un lado de la mejilla de Naoya, la cual, se había rasguñado con el metal en el proceso.

Tōji se hallaba encima del chico, quien respiraba con dificultad y no oponía la mínima clase de resistencia.

Él conocía la evidente lujuria que hacía que los ojos del muchacho brillaran con emoción, ignorando todo a su alrededor.

Le puso las tijeras contra la yugular, así podría penetrar la carne con facilidad si el otro gritaba o hacía algo raro. La mano que tenía libre la llevó hacia la entrepierna contraria, presionando. Corroboró lo evidente y arrancó un jadeo de quien se encontraba bajo su cuerpo.

«Increíble». Había cogido con algunas mozas de las que hacían la limpieza en momentos de necesidad, pero esa era la primera vez que presenciaba a un varón encendido y provocado a ese nivel con tener sólo la mitad de su cuerpo al descubierto.

Masajeó el pene sobre la tela por el morbo de ver cómo reaccionaba el mocoso, quien no dejaba de excitarse conforme volvía las caricias más intensas.

Al razonar que usaba un kimono completo —no una informal yukata como él—, y recordar el hecho de que tenía guardaespaldas hizo la pregunta evidente.

—¿Qué relación tienes con el viejo Naobito?

Eso sacó de sus casillas a Naoya. Estaba viviendo una de sus tantas fantasías eróticas, no necesitaba regresar a la realidad de manera tan abrupta. ¡Mucho menos pensando en la persona que lo había engendrado!

—¿Qué tiene que ver eso ahor…?

—Responde —inquirió con dureza.

—Es mi padre. —No quería decirlo. Era evidente que Tōji tendría rencores guardados contra él y lo que menos deseaba Naoya era que lo evitara por completo al saberlo.

De todas formas, ¿quién no sabía cuál era el parentesco de todos los miembros del clan? Por un segundo se preocupó por la salud mental de Tōji.

—Así que tú eres el niñito de papá. —Un gesto satírico y malicioso le deformó las facciones.

«Sería una pena que este despojo humano se follara al futuro líder del clan, ¿no es así?». Era justo hacer una fechoría o dos antes de desaparecer de la casa principal para nunca más volver.

—¿Qué te parece si nos divertimos un poco, mocoso?

Naoya sintió algo desbordándose en su interior. De hecho, fue tan vívido e intenso, que sólo escuchar aquello le bastó para dejarse venir y manchar de semen su ropa interior. Tōji no lo notó hasta que lo desnudó, rasgando una que otra prenda por la brusquedad con la que las quitó.

Cuando la ropa dejó de ser un estorbo, Tōji de rodillas, pasó la mano por la nuca de Naoya y lo atrajo con rudeza hacia su pecho.

—Estabas mirando aquí hace rato, ¿no es cierto? Esfuérzate por dar un buen servicio.

Naoya no lo pensó dos veces. Aunque la cabeza le palpitaba por el tirón de cabello, llevó la lengua a hacia uno de los duros pezones ajenos. La movió en círculos, cubriendo de saliva toda la areola, antes de cerrar los labios para ser capaz de morder y succionar.

—De una vez te aviso que de ahí no va a salir nada —dijo Tōji, sarcástico—, para que dejes de hacerlo con tanta fuerza.

Naoya se puso rojo de vergüenza. Aprovechó la cercanía para masajear el otro de los pectorales con la mano. Era una verdadera delicia.

Al tiempo, Tōji tiró de él hacia atrás y le bajó el rostro para que quedara entre sus ingles. Naoya agradeció muy dentro de sí tener el rostro contra el pene grueso, largo y cubierto de venas de Tōji. No podía negar que se le hizo agua la boca.

—Chupa.

Le indicó el dueño de semejante herramienta de sodomía.

El chico, sin cavilación, se lo metió en la boca, ahogando por fuerza un gemido cuando Tōji le empujó toda su virilidad contra la garganta.

A juzgar por cómo había tratado sus pezones, sabía que el muchacho no tenía experiencia, por lo que era de esperarse que le diera una pésima mamada. Empezaría follándole la boca para hacerlo un desastre. Si el roce con los dientes le iba a proporcionar una mala experiencia, mínimo debía hacerla buena y memorable.

Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas, suprimiendo en lo posible las arcadas producidas por el golpe de la dura erección contra el fondo de su garganta. Le fascinaba. Se sentía magnífico, tanto, que ni siquiera le molestaba cuando su naríz se hundía en el vello púbico. Es más, se sentía embriagado por el olor tan masculino que emanaba.

Tras un rato de tortura. Tōji dejó descansar al chiquillo, quien se limitó a toser y sorberse los mocos, producto del intenso lagrimeo.

Tomó la vaselina que había en el botiquín.

—Ponte en cuatro.

Una vez más, tuvo la esperanza de recibir una súplica, una amenaza, algo por parte del hijo de Naobito, pero éste le obedeció sin dudarlo. En menos de lo que dura un parpadeo, tenía un perfecto culo expuesto; Naoya lo mantenía en alto, con el pecho sobre el futón. Era algo difícil de creer.

Tōji suspiró con resignación disfrazada de cansancio. Ya estaba ahí, ¿qué podía hacer sino disfrutar el momento?

Agarró algo del bálsamo con los dedos y lo untó entre las nalgas que se abrían para él. Metió un dedo para probar. Resbaló con facilidad, incluso podría jurar que el muchacho ansiaba eso. Percibió el escalofrío que recorrió el cuerpo ajeno.

Sabía qué cuidados debía tener y la preparación necesaria para llevar a cabo el acto, mas no lo haría para un hijo de Naobito.

—No pienses que voy a dilatarte. Tuviste tiempo suficiente para hacerlo tú mismo mientras me comías la verga.

—¿Quieres dejar de hablar? Arruinas el momento. —Estaba preparado para todo. Tenía la urgencia de ser penetrado. No quería dar marcha atrás; no le importaba. Sólo deseaba sentir a Tōji partiéndolo en dos como un animal en celo.

—Como tú digas —finalizó Tōji, colocando la punta de su pene contra el esfínter, para penetrarlo con una fiera estocada.

De la garganta de Naoya se escuchó un gemido lastimero y poco masculino. Era una suerte que hubiese mandado al diablo a sus subordinados momentos atrás. Podía ser tan ruidoso como quisiera, sin rendir ninguna clase de explicación después.

Tōji dejó escapar un gruñido que demostraba su complacencia. No era nada comparado con penetrar una vagina. Por el ano se sentía más apretado, aunque igual de caliente. La manera en la que las paredes internas del chico se contraían alrededor de su erección era una delicia. Apretaba y aflojaba a un ritmo constante. Era probable que lo estuviera lastimando.

—¿Has tenido suficiente, niño? —Le propinó una fuerte nalgada, obteniendo un grito como respuesta.

—Heh… ¿Por qué preguntas? —añadió entre profundos y pesados jadeos—. ¿Ya quieres acabar con esto? Creí que tendrías más resistencia, abuelo.

Por alguna razón a ambos les prendió ese juego de provocaciones.

Tōji apretó con firmeza la piel de la cadera y sin dar aviso a lo que haría comenzó a entrar y salir de ese cuerpo virgen e inexperto.

Naoya apretó las sábanas con desesperación. No calló ni uno solo de los gimoteos y quejidos que eran potenciados cada vez más por los músculos de la laringe y alargados por tanto tiempo como sus pulmones lograran soportarlo.

El dolor de ser desvirgado por quien tanto anhelaba no era nada comparado con lo que su cerebro le hacía experimentar. El ardor del músculo anal, en realidad, calentaba su cuerpo como si tuviera lava en las venas; los testículos de Tōji, chocando contra su piel lo sumergían centímetro a centímetro en un mar de éxtasis; las uñas que se incrustaban sobre su cadera lo orillaban a la locura. Sin mencionar que, para él, no había nada más varonil que ser cogido por otro hombre; alguien de su altura, de su nivel, de su potencial.

En esos momentos, más que angustia y desconsuelo, Naoya experimentaba las maravillas del sexo. ¡Sexo con Tōji! Las metas que debía cumplir en la vida se estaban comenzando a realizar, una a una.

Al estar cerca del clímax. Tōji se detuvo de golpe.

¿En verdad estaba desquitando su ira con ese pobre desgraciado para hacer reflexionar a su tío? Naobito Zen’in era un completo bastardo. Estaba claro que no le importaría en absoluto lo que pasara con ese rubio teñido. A él sólo le importaban la fama, la fortuna y los resultados.

Además, si era hijo de… ¿Eso lo convertía en su primo?

«Los giros que da la vida». Apenas lo razonaba.

Sacó el pene de su interior.

Naoya, en estado de confusión, estuvo a nada de preguntar por qué se había detenido.

—Mocoso, ¿cómo te llamas? —Lo giró, acomodándolo boca arriba. Reparó en los detalles de la cara deshecha en lágrimas, que no parecía sufrir en absoluto.

—Naoya —contestó, separando las piernas con la esperanza de que Tōji sólo quisiera cambiar de posición.

—Naoya —musitó, ronco. Inhaló con calma y exhaló por la boca.

Intentaría recordar su rostro, su voz; como pago por lo que hacía en ese momento. Acostarse con él fue un error, aunque nada podía hacer a esas alturas.

Le rodeó la cintura con ambas manos, atrayéndolo hacia sí de un tirón. Luego, redirigió cada mano hacia la parte anterior de las rodillas, obligándolo a que las flexionara. Por los gestos que le vio hacer, no debía ser muy cómodo. Aparte, lo sentía rígido.

—Sostenlas —indicó.

Naoya obedeció.

Tōji esparció otro poco de vaselina por el ano del chico antes de penetrarlo por segunda ocasión. Esta vez, se dispuso a ser un poco más gentil para brindarle una buena experiencia.

—¿Qué pasa? ¿Te quedaste sin energía? —bromeó Naoya, percibiendo un evidente cambio de ritmo.

—Bueno, alguien tenía que vendarme y estoy haciendo trabajo extra.

Los quejidos de Naoya dejaron de ser pesados y lamentables, para alcanzar notas desesperadas y angustiosas. Deseoso de que aumentara la velocidad.

—Más… Hazlo m…

Ni siquiera podía terminar las oraciones.

Terminaba retorciéndose y apretando las piernas contra el torso opuesto. Pese a no ser rápido y violento como antes, se sentía igual de intenso, tal vez más, pues no supo en qué momento se había puesto duro de nuevo. Lo descubrió al ser consciente de un característico cosquilleo en la entrepierna, previo a esparcir su esperma en el abdomen de Tōji.

Arqueó la espalda de forma involuntaria. El rostro se le deshizo a causa del deleite.

Tōji fue más allá, atreviéndose a morder el cuello del muchacho cada tanto en lo que perseguía su propio orgasmo. El mocoso ya había aflojado lo suficiente para no sentir asfixiante la faena.

No infirió que Naoya podía acusarlo de violación si dejaba el producto de la eyaculación dentro de su recto, hasta que fue demasiado tarde. Lo siguiente que sus ojos presenciaron fue cómo el semen se deslizaba fuera de ese bonito culo que tan bien lo había recibido.

—Mierda —dijo para sí mismo.

Naoya no alcanzó a escucharlo muy bien. Su pecho se forzaba a subir y bajar, intentando reponer el oxígeno perdido. Podía compararlo con una intensa sesión de ejercicio.

Tōji se mantuvo en la misma habitación mientras se vestían y no salió de ahí hasta que Naoya cayó dormido. La mejor forma de proceder era desaparecer por la noche sin que nadie lo viera.


A la mañana siguiente, Naoya no entristeció ni se deprimió al descubrir que Tōji había dejado la casa Zen’in. Todo lo contrario. Se llenó de una emoción inenarrable al ser consciente de que decidió pasar su última noche en su recámara, en su compañía.

Lo que debía hacer ahora estaba más claro que el agua. Tenía que fortalecerse, hacerse con el liderazgo del clan y tal vez, sólo tal vez, sería digno de ver a Tōji a los ojos y que accediera quedarse a su lado.