La Chica Gamer: Ella VS Ellos

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Summary

El poderoso, y muy reconocido, equipo INVICTUS FIVE busca desesperadamente un miembro para remplazar al antiguo. Paige, una joven de diecinueve años con pasión por los videojuegos y un pasado, es escogida por sus destacables habilidades en la arena virtual, sin percatarse de que en realidad su nombre es unisex. Así que en lugar de reclutar a un chico como bien se esperaba en un principio, INVICTUS FIVE ha escogido por accidente a una chica. La primera en pertenecer a una liga masculina. No obstante, a pesar de lo que se pueda pensar de ella, Paige sabe que tiene todas las armas para demostrar que las chicas también pueden triunfar en el mundo de los deportes electrónicos, pero para ello deberá ganarse a sus cuatro compañeros de equipo. *** ✔️ BORRADOR. ✔️ Novela juvenil | Comedia romántica. ✔️ ©Juliecdg | 2023

Genre
Romance/Humor
Author
Julie
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
4.5 2 reviews
Age Rating
16+

00: La Selección.

Eran pasadas las cinco de la tarde cuando Marco Stewart tiró el folio número treinta y seis a la pila de carpetas color azul cobalto que descansaban esparramadas y de manera desordenada en la mesa frente a él. Todas marcadas con el logotipo de las alas, la espada y la V que caracterizaba a su equipo, «INVICTUS FIVE», en la portada. Aunque en el pasado el chico habría aborrecido cualquier acto que lo llevara al desorden, las estresantes circunstancias que lo habían tenido mirando aquel repetitivo color, sentado en aquella incomoda silla y con más cafeína en el cuerpo que horas de sueño lo transformaron en una nueva versión de si mismo. Una que odiaba, por supuesto, pero que no tenia ánimos de arreglar por el momento.

Procedió a quitarse las gruesas gafas de pasta que le pesaban sobre su nariz y se frotó los ojos con fuerza, como si con eso pudiera quitarse el malestar que sentía como una gigantesca piedra sobre los hombros.

—Chicos, me temo que esto no está funcionando —murmuró en tono abatido, recostándose en el respaldo de su silla, derrotado.

Al otro lado de la sala de reuniones, que era usado por el equipo solo en momentos de verdadera importancia, dos pares de ojos idénticos le devolvieron la mirada. Si bien cada uno reflejaba una emoción diferente, no se podía negar el hecho de que parecían tan cansados como el primero.

Pol Santana, quien lucía más obstinado que todos en ese espacio, apartado de todos y sentado cómodamente en un sofá individual que usaba con la intención de no tener que compartir su espacio personal con ningún otro además de su sombra, soltó un bufido y se deshizo de su propio folio, arrojándolo sin cuidado alguno al suelo.

—Yo dije algo parecido las primeras dos horas desde que comenzamos con esta absurda idea —Le echó un vistazo al brazalete con la insignia del equipo que llevaba en su muñeca derecha como si fuera una especie de reloj, y continuó—, y desde entonces han pasado dos semanas, cuatro días y doce horas. Me gustaría saber como tu formidable cerebro azul llego a tan acertada conclusión.

En respuesta a su mezquina sonrisa, Marco solo pudo fulminarlo con la mirada, sin llegar a sorprenderse tanto por su comportamiento tan desagradable. Sus dedos agarrotados, aun así, se apartaron varios mechones de cabello azul de la frente. Un gesto que lo hizo parecer ofendido.

—¡Agh! ¡Tengo mucha hambre! —intervino una tercera voz en un quejido, logrando que tanto Marco como Pol rompieran su duelo de miradas al mismo tiempo.

Justo al lado opuesto de la sala, casi enterrado bajo una docena de cojines con temática de Pokémon y con la misma expresión de hastió que la de su hermano gemelo, se hallaba el segundo sujeto: Oliver Santana. Una copia viviente exacta de su pariente, pero, a diferencia de este —que prefería usar un sillón para sí mismo— Oliver ocupada todo un sofá como si de su cama se tratase, con las piernas extendidas por todo el respaldo, luciendo aparentemente despreocupado mientras miraba su teléfono con una verdadera cara de sufrimiento.

—¿Dónde demonios se habrá metido Sebastián con la comida? —preguntó a nadie en particular, solo dejando oír sus más que frustrantes pensamientos—, pedí un balde KFC hace como dos horas. Mi estomago no resiste tanta falta de consideración de su parte.

Pol, en su rincón, chasqueó la lengua con disgusto.

—Yo que tu estaría más preocupado por mi culo y no por mi estómago, hermanito. Quizás se dio cuenta de tu inutilidad y estará buscando un remplazo para ti también.

—Nah, soy demasiado guay como para ser remplazado —replicó Oliver, sin apartar los ojos de su teléfono, pero sonando muy confiado en sí mismo—. El equipo lo sabe.

Marco, desde su lugar en la gran mesa de juntas, se acomodó sus gafas y lanzó un comentario casi automático.

—De hecho, Oliver, todo el mundo sabe que un Topline es mucho más fácil de remplazar que un Midlane.

—Eso —secundó Pol, sonriendo con malicia hacia su pariente clonado—. Para Sebastián no sería mucho esfuerzo buscar otro idiota que caliente tu silla y echarte así a patadas de la base. En lo personal, deseo que eso suceda muy pronto.

Oliver ahogó un sollozo fingido al cubrirse el pecho con gesto de dolor. Miró a su hermano con una mueca triste.

—Has herido mi corazón, hermano.

—Tu no tienes tal cosa.

—Cierto —Oliver lo señaló con un dedo acusador—. Tu eres el que carece de corazón aquí.

Pol lo miró con su más que perfeccionada cara de póker por unos largos segundos, sin parpadear, antes de tomar su propio teléfono y comenzar a teclear la pantalla con rapidez.

Marco, quien habia sido espectador de su pequeño intercambio de palabras, frunció el ceño con confusión.

—¿Pol? —inquirió— ¿Qué estás haciendo?

—Escribo a servicios funerarios.

Al oírlo, Oliver no pudo evitar abrir los ojos como platos.

—Espera, ¿Qué? ¿No te parece algo exagerado? ¡Soy tu hermano!

—Una molesta rata chillona, eso es lo que eres.

Marco soltó una risa, pero Oliver ya se habia sentado erguido en el sofá con expresión ofendida. Su teléfono, a la espera de los mensajes de Sebastián y su comida, habían pasado a segundo plano.

—¿Acaso no te quedó nada de Rápidos y Furiosos, hermano? La familia; Nunca se le da la espalda a la familia.

Pol alzó los ojos por un momento hacia su hermano, pero tan pronto como lo hizo se encogió de hombros y regresó a lo suyo.

—Caín es un mejor ejemplo a seguir.

Oliver le lanzó una mirada incrédula.

—Ni Judas habia sido tan traicionero.

—Judas no te tuvo a ti como pariente.

De pronto, Marco observó —por una milésima de segundo muy tarde— como un cojín con forma de Pikachu aparecía de la nada e impactaba bruscamente en su cabeza. El golpe habia sido tan violento, lo habia recibido de manera muy imprevista, que incluso sus anteojos se vieron afectados al caer estrepitosamente sobre la mesa de cristal.

Decir que habia quedado anonadado seria quedarse muy corto.

—Auch. —Escuchó decir a Pol, antes de ahogar una risa con una tos.

El peliazul giró el rostro como un látigo hacia el responsable, solo para terminar encontrándose con una escena difuminada de lo que debería haber sido la sala de descanso. Aun así, y a pesar de la imagen borrosa que sus ojos —libres de anteojos— proyectaban para sí mismo, pudo divisar una figura encorvada y paralizada sobre aquel sofá chillón repleto de cojines multicolores.

Oliver, quien habia palidecido de repente, murmuró:

—Eh… lo siento, Marco.

Marco se vio tentado a tomar el dichoso cojín y tirárselo de vuelta, o quizás hacer que se ahogara con el relleno; lo que fuera con tan de callarlo y no tener que lidiar con su existencia. No era un secreto que la irritante personalidad de Oliver llegaba a fastidiar incluso hasta el más tolerante del grupo. Extraño seria que no lo hiciera. Pero era ese lado racional del peliazul, ese que le impedía cometer cualquier tipo de estupidez y frenaba sus instintos asesinos contra los gemelos Santana, lo que lo convertía en la mejor opción para tratar con ellos.

Cualquier otro ya hubiera perdido la cabeza con solo tener que escuchar las discusiones infantiles que el par de hermanos mantenían siempre que podían. Pero a Marco solo le bastaron algunas respiraciones largas, un conteo interno hasta el numero diez y dejo ir el cojín que habia estado sosteniendo con fuerza. Tomó sus anteojos, se los puso y se giró hacia los gemelos con una expresión neutra, propia de su madurez.

—Por si lo han olvidado ambos, estamos en medio de una selección —Dijo fríamente—. El capitán nos dejó a cargo en su ausencia y aun no hemos revisado ni la mitad de los aspirantes del día. ¿Podrían hacer sus diferencias a un lado y comportarse como los adultos que seguramente son?

Los gemelos guardaron silencio a la par, intimidados por la mirada de peliazul. Se lanzaron cuchillas con los ojos mutuamente antes de volverse y asentir a regañadientes.

Al ver como cada uno volvía a sus deberes —levantando, abriendo y cerrando carpetas azules—, Marco suspiró y regresó a su propio trabajo.

Durante las últimas dos semanas, Marco, Pol, Oliver y su capitán habían estado sumergidos entre montañas de carpetas, papeles y videos de aspirantes deseosos de ocupar el puesto bacante del Midlane. Un puesto que hasta hace un par de meses habia pertenecido a un fiel amigo y compañero de su círculo. No obstante, lo que alguna vez habían pensado que sería una tarea sencilla rápidamente se volvió una frustrante batalla donde incluso los más hábiles en el campo no les parecían lo suficientemente buenos. Y con cada descalificación el tiempo pasaba y las clasificatorias del torneo mundial se acercaban, además de que sus ánimos solo empeoraban hasta volverlos más irritables e insufribles que de costumbre.

—¿Leigh? ¿En serio? ¿Quién en su sano juicio dejaría llamarse de esta manera? —Pol nuevamente se dejó oír con su característico mal humor. Una prueba de que su boca no podía estar eternamente cerrada cuando algo le molestaba. Marco le lanzó una mirada de soslayo y se lo encontró observando con horror una carpeta que tenía entre las manos. Al juzgar por como flexionaba los dedos, tal parecia que deseaba romperlo... Y lo hizo, soltando un bufido. Ante la mirada penetrante del peliazul, Pol se defendió con un encogimiento de hombros— ¿Qué? Le hago un favor.

—A este ritmo, Pol, encontraremos un nuevo integrante para la siguiente clasificatoria de primavera. —se quejó Marco, tirando sus propios papeles con desgana— ¿Podrías, por favor, no romper las hojas de vida? Los chicos que las enviaron pusieron mucho de sí mismos para hacerlas.

—Preferiría ver algo de ese esmero en la arena, Marco, gracias. Esto, para mí... —Para irritación del recién nombrado, Pol se adelantó en tomar una nueva carpeta y hacerla trizas por la mitad antes de espetar—: es basura.

—¿Qué sentido tiene hacer esto si al final de día todos serán descartados? —Preguntó Oliver, tan hambriento como cansado, mientras miraba su propia carpeta con rareza, como si lo que estaba allí escrito estuviera en un idioma ajeno al suyo.

—Las clasificatorias serán dentro de un mes —respondió Marco con obviedad, como si fuera toda la respuesta que necesitaran—. O conseguimos un Midlane para entonces… o no podremos participar en el torneo.

—¿Y por qué no dejar que los de arriba se encarguen? —espetó Pol, ceñudo, arrugando otro folio hasta volverlo bolita y tirarlo por encima de su hombro— ¿Por qué dejarnos la tarea a nosotros?

—Porque seremos nosotros, y no los del club o contabilidad, quienes tengan que convivir con un perfecto extraño. Es nuestro deber como equipo buscar el remplazo de…

—No digas su nombre. Vomitaré si lo haces.

Marco suspiró, pero no dijo nada más al respecto.

En su lugar, le dirigió una mirada al gigantesco televisor de pantalla plana que se situaba al otro extremo de la gran mesa de cristal, donde se estaba transmitiendo la partida de un jugador anónimo de la clasificación aspirantes pues, claro, no solo bastaba con revisar extensos e interminables documentos y perfiles de jugadores de todo el país, también era necesario averiguar si lo que realmente ponían esos papeles era cierto y no solo patrañas para hacerse de un puesto en la selección. Y aquello solo era posible con las partidas grabadas que los aspirantes enviaban junto a sus solicitudes. Por lo que, además de revisar montañas de papeles por días enteros, los chicos tuvieron que dejar su vista en cientos de videos que, como mínimo, le habrán hecho soltar una lagrimita de pura frustración.

—Oh, mira esa maniobra. —dijo Marco de pronto, mirando absortamente el televisor como un jugador anónimo, cuyo nombre desconocía, aniquilaba con rapidez a los jugadores del equipo contrario. Pol y Oliver, desde la distancia, le prestaron atención por unos pocos segundos, sospesando su técnica.

En la gran pantalla de video se divisaba una jungla, y el jugador se movía con mucha agilidad por los rincones más peligrosos de la arena, matando a todo aquel que se le interpusiera y ayudando de esa forma a su equipo. Pero su buena racha termino cuando el asesino de la banda enemiga, quien aparecía de entre unos arbustos por detrás, lo eliminaba de manera vergonzosa. Marco suspiró, tachando lo que suponía seria su nombre, con rotulador rojo antes de murmurar:

—Olvídenlo.

—La resistencia de los jugadores hoy en día apesta. —comentó Pol, malhumorado.

—Su error fue confiarse demasiado —apostilló Oliver, mirando la pantalla de video con aburrición mientras se recostaba en el mueble con las manos detrás de la cabeza—. Aquel que no tiene un ojo en el mapa esta condenado a muerte, ¿Es que nadie se lo dijo?

—Supongo que solo quieren demostrar que son los mejores —Marco se encogió de hombros, tomando una tableta electrónica que controlaba el televisor para cambiar el video por el del siguiente jugador aspirante—. Se concentran tanto en impresionarnos que olvidan lo básico en supervivencia. No podemos culparlos por eso.

—No, pero si descalificarlos. —Pol sonrió, rompiendo un nuevo folio para su montaña personal de rechazados.

Marco, ignorando a su compañero, procedió a remarcar con un rotulador, de un rojo intenso, el nombre del jugador que no habia podido pasar la prueba de resistencia y apartar la carpeta a un lado, junto con las demás que habían recibido un destino similar y penoso. Aquella acción que se habia vuelto una costumbre desde entonces.

Rojo para los «desechados».

Amarillo para los «tal vez».

Verde para los «seleccionados».

Dos semanas y hasta el momento solo habían podido conseguir un amarillo, un verde... Y una montaña de rojos.

En definitiva, estaban con la soja al cuello.

De pronto, la puerta de la sala se abrió, revelando la corpulenta figura y bien vestida de Sebastián Jones con su característico buen humor. Un contraste perfecto para las caras largas y ceños fruncidos de los miembros, que lo recibieron en silencio. Se percataron también de que sostenía varias carpetas en la mano y sonreía como si hubiera ganado el numero de la lotería.

—Chicos, ¡Lo tengo! —exclamó, eufórico, adentrándose a grandes zancadas y sacudiendo las carpetas con emoción— ¡He encontrado la solución a todos nuestros problemas!

—¿REDTIDE presento su retiro oficialmente? —inquirió Pol, interesado.

—¿Movieron la fecha de las clasificatorias para dentro de un año? —bromeó Marco.

—¿Trajiste mi balde KFC?

Todos miraron a Oliver con una incógnita silenciosa. Incluso Sebastián que, negando con la cabeza, prosiguió:

—Finalmente he dado con el integrante perfecto para ustedes. Tiene unas habilidades que solo pueden compararse con las de Tristán de hace seis años, cuando apenas comenzaba a participar en esto de los torneos de manera oficial —Al ver el ceño fruncido de todos, agregó con alegría— ¿No es genial?

—Eso es imposible. —masculló Pol.

—Si, muy buena broma. —se burló Oliver.

—¿Y cómo se llama este chico? —preguntó Marco a su vez.

Sebastián hizo un gesto con la mano, con una sonrisa de oreja a oreja, antes de proceder a entregar a cada uno una de las delgadas carpetas que habia traído consigo; Idénticas a las del montón, con ese tono de azul vibrante que habia irritado a los chicos desde las últimas dos semanas. Pol sostuvo la suya con escepticismo y, solo entonces, cuando el mayor se aseguró de que todos tenían una copia, se adelantó a tomar la tableta inalámbrica que controlaba el televisor.

—Paige Evans, nacido en Nashville, Tennessee. Jugador desde los diez años y con premios en pequeñas competencias nacionales y clubes de computación —Sebastián hablaba como si se hubiera aprendido de memoria la hoja de vida del aspirante. Por el modo en el que se desenvolvía, con un deje de misterio en la voz, parecia que estuviera presentando a un agente secreto y no a un futuro jugador profesional— Se graduó en la preparatoria de Nashville con sobresalientes en computación, fundando y dejando atrás un club de gamers y, desde entonces, se ha dedicado únicamente a los deportes cibernéticos. El MOBA es su fuerte, jugando en pequeños campeonatos callejeros donde se ha hecho de una reputación en Austin —Para demostrar con hechos sus palabras, Sebastián dejó correr un video en el televisor—. Se le conoce como el Brujo Escarlata.

—¿Y eso por qué? —Oliver, que trataba de no parecer impresionado, sonrió un poco— ¿Es fan de Marvel?

—¿Nuestro capitán sabe de esto? —inquirió Marco, frunciendo el ceño mientras inspeccionaba el contenido de la carpeta.

Sebastián ensanchó aún más su sonrisa —si es que aquello era posible— y señaló la pantalla.

—Fue el mismísimo Tristán Vega quien lo escogió.

Los tres chicos también fijaron su atención a la pantalla, queriendo comprobar por su propia cuenta si lo que decía su entrenador no sería más que pura exageración por su parte.

Pero que equivocados estuvieron.