RODINIA

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Summary

"Lucharé por lo que es justo... Justa es nuestra lucha" Con su juramento siempre presente, los Guardas luchan. Año a año, incansables, por su hogar, por su gente. Defienden con su vida aquella sólida cortina que separa el reino de Maeve de la Tierra salvaje, domino de los Naphalios. Embárcate en un viaje conmigo hacia las vastas tierras de Rodinia y descubramos sus maravillas y secretos. Averigüemos lo que yace más allá del enfrentamiento anual entre Guardas y Naphalios.

Status
Ongoing
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1
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n/a
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16+

I - También es nuestro hogar

La bella e imponente criatura dio su último suspiro tras conocer el filo ardiente de su lanza ejecutora. Observando melancólica a quien fuese su par, huyendo destrozada hacia la vastedad de un cielo que sobrevolaron cuando aún vivía.

El pesado sonido de las campanas de bronce sobre la espadaña, ubicada en el baluarte derecho, resonó dos veces, comandando la apertura de la puerta enrejada. Una multitud curiosa se congregó a ambos lados del camino principal, el único adoquinado, para poder observar a quienes ingresan.

Seis caballos, cinco de ellos con sus jinetes, atravesaron la entrada, portando corazas de aspecto metálico, cada una diferente a la otra. Tras ellos, una pequeña caravana compuesta de mercaderes y eruditos del Primer anillo avanzaba. Sin embargo, no era el regreso de estos comerciantes y sabios lo que causaba tal aglomeración.

Sobre una de las carretas, reposa el cuerpo de una enorme criatura: mitad ave, mitad felino. Una criatura de enormes alas, ahora amputadas; un reluciente pico del color del oro, ahora roto y manchado por su sangre carmesí; el plumaje cobrizo donde alguna vez se irguieron majestuosas alas, se desvanecía paulatinamente cediendo lugar al pelaje. Sus extremidades delanteras acababan en las cuatro garras de un ave rapaz, mientras que las traseras mostraban las afiladas zarpas de un felino. La larga cola, también felina, acababa en una punta de frondoso cobre. La plebe murmuraba, conmocionada tanto por la criatura, como por el caballo sin jinete.

Tras la pared de personas que se amontonaban, curiosos y temerosos, se elevaba de vez en cuando la figura de una pequeña niña, como una avecilla alzando su cabeza tras un baño en la fuente. Brincaba para intentar ver a los jinetes que ingresaban. Con cada salto, su blanco cabello, recogido en su nuca por un lazo negro, seguía su movimiento. La mano de la niña sostenía firmemente la de su hermano, menor en edad y estatura, pero con cabellos idénticos.

—¿Lo ves? —preguntó este.

—Demasiadas personas, ¿deberíamos buscar un mejor lugar más adelante? Podríamos apilar un par de cajas y subir en ellas —respondió, balanceándose de puntillas balanceándose de puntillas para mantener el equilibrio.

—Pero él dijo que lo esperásemos justo aquí.

—Al menos debió haber tenido en cuenta nuestra estatura, ni siquiera podemos ver a… —la niña se interrumpió—. ¡Ya consigo ver la caravana! Te subiré en mis hombros, así será más fácil que él nos vea.

—¿Eh? ¡No! Eso no, me pides demasiado —contestó su hermano, agitando la cabeza con fuerza, las cejas levantadas dejaban al descubierto sus grandes ojos grises, llenos de incertidumbre.

—Estás muy grande como para gimotear, quieres verlo, ¿no es así?

—Promete que me sostendrás fuerte —contestó, vencido por la insistencia de su hermana, sin haberse tomado el suficiente tiempo para pensar.

—Promesa de hermana mayor.

—Voy a arrepentirme mucho de esto. Me voy a caer, me voy a caer.

Con temor, el niño subió a los hombros de su hermana una vez que ella estuvo de cuclillas. La delgada niña puso todo de sí para impulsarse y levantar a su hermano. El brusco movimiento manda al suelo a su hermano, pero ella consiguió mantener el equilibrio, a pesar de que le agarró con fuerza dos mechones de cabello, deshaciendo su lazo.

—¿Ya lo ves? —El rostro de la pequeña se contorsionaba debido al dolor en su espalda.

—Su caballo, solo está su caballo.

—¿Cómo?

—Hermana él no está, debería ir a la cabeza de los demás Guardas, pero no está.

—¿Estás seguro de que revisaste bien? Busca de nuevo su coraza, debe de estar en alguna parte.

—No está —afirmó nuevamente, con voz temblorosa—. Su caballo… Sobre la montura de su caballo está su yelmo. ¿Será acaso? —Arqueó las cejas cuando reparó en aquella posibilidad —. Hermana, ¿acaso él murió?

—No lo sabemos, sigue buscando.

Los ojos de ambos empezaron a humedecerse ante la idea de la muerte de aquel hombre.

—Hermana, no está. El señor Arlen no… —Sus palabras fueron interrumpidas por dos grandes manos que, desde detrás, presionaron sus mejillas, provocando que sus pequeños labios se separen y sus ojos se entrecierren.

—Aún me queda mucha vida por delante, no me maten tan pronto, pequeños —habló una voz gruesa detrás.

—¡Señor Arl…! —Comenzó a gritar el niño tras reconocer la voz, pero fue interrumpido nuevamente por una de las manos de Arlen.

—Demasiados cerca, no me gustaría que las personas se dieran cuenta de mi presencia, me rodeen y acaben haciendo las mismas preguntas de siempre, no ahora —habló bajo, al tiempo que alzaba al niño para dejarlo en el suelo. El pequeño no pudo hacer más que aferrarse fuertemente a las muñecas de Arlen, apresurando el contacto de la punta de sus sandalias con el suelo.

El hombre rondaba los cuatro codos de altura y vestía un capote oscuro, algo común en época húmeda. Aquella gruesa tela, además de hacerlo ver corpulento, cubría su rostro y su cuerpo casi en su totalidad.

—Nosotros le hacemos las mismas cosas de siempre —dijo la niña, secando disimuladamente una lágrima.

—Bueno, con ustedes no tengo opción. —Dijo Arlen con una amplia sonrisa que destacaba bajo la tela. Hincó la rodilla, quedando más cerca de la pequeña, y recogió sus cabellos alborotados para armar nuevamente su lazo.

Observando la atenta mirada del pequeño, Arlen dejó caer su palma sobre sus cabellos y los peinó también, lo que le provocó una sonrisa de satisfacción.

—Pero, ¿por qué no está junto a la caravana? —preguntó el niño, sujetando con ambas manos el borde del frío avambrazo color marrón que protegía la sudada muñeca.

—La caza de hoy era muy importante, esta criatura pocas veces se ve tan cerca de los muros, así que quise tomarme la libertad de hacerles un regalo —les dijo, e introdujo su mano dentro de la negra tela.

Los niños, curiosos, alzaban sus cabezas y las acercaban lentamente. Aunque su intención era descubrir lo que Arlen sacaría, la coraza marrón que se asomaba robó su atención por completo.

Por supuesto, no era la primera vez que la veían, pero los detalles en color plata sobre ella, alguna que otra abolladura o fisura tras una batalla y, por supuesto, el bello patrón que la recubría entera eran cosas que siempre los sorprendía.

Con cuidado, Arlen sacó dos grandes plumas de color cobre.

—Estas plumas fueron una vez parte de las alas del Shirdal, lo mantuvieron sobrevolando el mundo mientras aún vivía, quién sabe la cantidad impresionante de lugares que habrán recorrido... antes de llegar a sus manos —las plumas eran mecidas por una brisa humedecida por el ambiente, pero los dedos de Arlen las mantenían fijas, una al lado de la otra —Son las más pequeñas que posee y, aun así, son más grandes que mi palma.

Ambos niños tomaron una pluma y pasaron sus dedos por los firmes estandartes cobrizos.

—Parecen brillar bajo la luz de Solis —dijo la niña, sin apartar la mirada de su regalo—. Muchas gracias, señor Arlen, las cuidaremos.

—Sé que sí. Ahora, debo despedirme, o la caravana me dejará atrás —introdujo su mano una vez más en el capote, y tras observar detenidamente los alrededores, sacó una bolsa de cuero amarrada con tiras—. Guarda esto con cuidado y dáselo a tu mamá.

La niña agarró la bolsa, cuyo sonido y peso imitaba pequeñas piedras.

—Señor Arlen, muchas gracias. Enserio, gracias —dijo rápidamente, con una enorme sonrisa.

—Descuida, pequeña. Regresen con cuidado a casa —besó la frente de ambos, con el cariño que solo es capaz de transmitir un padre orgulloso—. Denle un saludo a su madre de mi parte. Yo debo volver o se me hará tarde, la presentación es importante.

—Hasta luego, señor Arlen, gracias por todo —dijo el niño, aún absorto por la belleza de la pluma que giraba entre sus dedos.

Habiendo enfrentado 29 oleadas y acumulando un total de 205 eliminaciones de escuadrón confirmadas. Arlen, Maestre Guarda y Jefe de expedición, dejó caer su capote al suelo.

La coraza sobre su torso reproducía la musculatura que cubría, con pequeñas hombreras y avambrazos a juego. Sus bíceps, descubiertos, mostraban su gran tamaño y sus variadas cicatrices, que atestiguaban su compromiso; desde sus caderas, hasta poco antes de la mitad de sus muslos, reposaba una falda compuesta de segmentos de cuero; sus piernas estaban recubiertas con una cota de malla que llegaba hasta las grebas, con la misma apariencia que la coraza, acabando en unas sandalias que mostraban sus dedos cubiertos de barro. Poseía cortos cabellos cobrizos y llevaba siempre una barba bien recortada que recorría el borde de su mandíbula, encerrando a su paso la boca. Su tez denotaba la madurez que trae consigo la edad, su nariz era fuerte y ancha, con una cicatriz que la cortaba. Sobre ella, descansaba su rasgo más distintivo, la unión de ambas cejas, un muro casi impenetrable al que se debe enfrentar el sudor de su frente si desea llegar a sus ojos grises.

El hombre se encontraba en la edad que los Guardas consideraban el cenit de la vitalidad, entre los 30 y los 60 años, antes de la mitad de lo que los hombres suelen vivir. Pocos maestres antes que él venían a la mente de las personas del Cuarto anillo cuando hablaban de la Hermandad.

Cuando vieron su figura destacar entre la multitud, estallaron vítores eufóricos. Aquellos que se encontraban cerca no pudieron resistir la tentación de tocar su armadura, especialmente los niños.

Arlen estrechó las manos de quienes pudo en su paso por la calle adoquinada, hasta encontrarse con su caballo cenizo, justo en el momento preciso. La caravana se detuvo cuando sujetó las riendas de su fiel compañero. Dejó abierta la palma de su brazo extendido para recibir una lanza carmesí, arrojada por uno de los Guardas de su escuadrón. Levantó la lanza en dirección al cielo, provocando que la multitud estalle una vez más. El Jefe de expedición sonrió orgulloso mientras se montaba en su caballo.

«La fortuna me sonríe, llegué a tiempo. Habría sido embarazoso tener que correr tras la caravana», pensó aliviado.

Volteó a ver a los niños mientras colocaba sobre su cabeza el yelmo marrón, ambos avanzaban al mismo tiempo que el caballo, tras el muro de personas. Antes de cubrir completamente su rostro, les sonrió y guiñó.

—Pero por supuesto, fuiste tú quien avanzó lento para esperarme, ¿no es así? —Le habló esta vez a su caballo, al que acariciaba con delicadeza—. Eres un buen chico. Me aseguraré de darte un par de manzanas luego.

El caballo resopló y movió su cabeza, peinando su crin.

Poco tiempo después, los niños dejaron de ver la caravana.

—Ya es hora de volver —ordenó la niña.

—Ese Shirdal era realmente grande, espero poder cazar uno cuando me vuelva mayor —dijo el niño, alzando una escoba de madera y paja, imitando a Arlen.

—Sigue así —rio su hermana—. Quizás algún día convenzas a papá.

—Lo difícil será convencer a mamá —lanzó un suspiro que hizo caer sus hombros—. No sé por qué no le agradan los Guardas, el señor Arlen es un hombre admirable.

—Tampoco le gusta que lleguemos tarde a las oraciones. Las vísperas empezarán pronto, hay que apresurarse —con algo de saliva en su pulgar, peinó la ceja derecha de su hermano, ceja que parecía no existir por el tono blanco que poseía y lo poco poblada que estaba.

Con Solis comenzando a ocultarse, los niños corrieron apresurados por las calles de tres pasos de grosor, cubiertas de barro, sorteando a las personas que vivían en el anillo exterior.

El anillo exterior era el nombre que se le daba al cuarto conjunto amurallado de municipios más alejados del corazón del reino de Maeve, fundado hace más de mil años.

El castillo real, hogar del monarca y su distinguida familia, se ubicaba en lo alto de la colina en la que se levantaba el Primer anillo (o anillo principal) y era el corazón del reino. En los albores de la humanidad, tras la necesidad de espacio y tierras fértiles, se ordenó la construcción de murallas en los sectores cercanos a la colina, naciendo el Segundo anillo. Esto se repetía cada vez que más espacio era requerido.

Sin embargo, el largo proceso de construcción no era para nada sencillo. Cada año, una oleada de criaturas inmensas, nombradas Naphalios por sabios de épocas lejanas, cargaban en contra de las murallas en construcción. Todo el reino habría caído de no ser por la Hermandad de Guardas, protectores de la humanidad, tan antiguos como el Primer anillo, capaces de dominar Aspectos vivos de la naturaleza, al igual que los Naphalios.

Pero incluso con los Guardas, derrotar a un Naphalio habría sido imposible sin el arte de los más grandes herreros de antaño. Mientras aún se batallaba contra la primera oleada, la más cruenta y devastadora de todas, los herreros desarrollaron un método que les permitía combinar el mejor metal de la zona con partes de los Naphalios que caían. Mejorando la resistencia de los Guardas y permitiendo un mejor manejo de sus aspectos vivos.

Horas de intensa lucha contra una sola de las inmensas criaturas fueron dejadas de lado, permitiéndole a los Guardas derrotar la primera oleada… Y las que siguieron luego.

Los niños llegaron exhalando a la puerta de su hogar.

Vivían en el Municipio Daray, aquel que poseía la puerta boreal, en dirección Naciente de él y un par de calles antes del gran muro externo, en una de las tantas casas hechas de piedra. Sin embargo, los niños no se perdían nunca, puesto que al lado se encontraba un almacén en el que tanto sus padres como los vecinos guardaban las herramientas con las que trabajaban la tierra, muy cerca de uno de los brazos del gran río que atravesaba el reino, cuyo cauce había aumentado debido a las lluvias de la temporada. Su labor les permitía tener lo suficiente para vivir, y si bien no llevaban un estilo de vida lujoso, los niños eran felices con lo que poseían dentro de los muros de granito gris que se elevaban hasta los veintisiete pies de altura.

Todo lo que conocían del exterior provenía de las historias que Arlen contaba tras sus expediciones. Y su nombre, el nombre de la tierra que pisan y que los alimenta, que continúa más allá de los gruesos muros y se extiende hasta el lecho de la esfera diurna que les otorga luz cada día.

El nombre de esta tierra es Rodinia. Que, en la lengua agonizante, significa: “Hogar”.

—Llegaron a tiempo, se los reconozco —dijo una mujer tras el sonido chirriante de una puerta abriéndose.

Ambos niños se miraron entre sí y sonrieron.

—Saheed, Aridai, laven sus manos antes de que empiecen las oraciones —habló un hombre desde dentro.

Su madre, Cyra, irradiaba una belleza capaz de rivalizar con los destellos del propio astro nocturno, a pesar de su semblante cansado. Su piel y sus cabellos le daban la apariencia de un elegante espectro. La túnica sencilla que vestía, descansaba solemne sobre sus hombros y dejaba al descubierto el delgado, pero firme cuello, que soportaba la ancha mandíbula.

La niña sostuvo la mano de su madre y contempló las venas de su dorso, estaban hinchadas y oscuras, secuelas imperecederas de la peste que había afectado al distrito en su niñez.

—El masaje funcionó muy bien, ¿cómo te sientes ahora, mamá? —preguntó levantando sus cejas, asombrada de que su masaje hubiese surtido efecto.

—Sí —respondió—, me siento increíble, tu masaje alivió mucho el dolor que sentía. Gracias, mi niña.

—¡Cierto! —Aridai recordó—. El señor Arlen envió sus saludos.

—¿Qué es esto, hija? —preguntó mientras trataba de adivinar el contenido de la bolsa que Aridai le estaba acercando.

—Muchos Linares de plata, mamá —contestó con entusiasmo.

— ¿Arlen te dio todo esto? Es demasiado.

Aridai no respondió, se limitó a ver la forma de las delgadas monedas plateadas en la bolsa, ligeramente abierta.

—Entra, Aridai —continuó Cyra—. Lava tus manos y las de tu hermano.

Sin permitirse un tiempo para pensar, Cyra ató la bolsa y revisó con recelo los alrededores de la calle. Cerró la vieja puerta al tiempo que soltaba un suspiro pesado que fue apenas audible.

La sala que recibió a los niños tenía cerca de cuatro pasos de largo por otros cuatro de ancho. Con un par de ventanas desde las que se observaba el almacén a su izquierda, al fondo se hallaba una puerta que daba a la cocina y a su lado una escalera que los llevaba a sus camas. El techo era sostenido con tablones de madera amarrados entre sí y estaba recubierto de paja, hojas secas grandes y trozos de tela hecha de cáñamo.

A la derecha de la entrada se encontraba una mesa de madera con platos, cucharas y una vela de cera de abeja apagada en el centro. Sentado cerca a la mesa, un hombre de cabellos blancos leía un libro de cubierta marrón.

El sonido de una docena de campanas golpeó cada rincón de las murallas, cinco veces seguidas, hizo una pausa y volvió a sonar. Aquello significaba que la hora de las oraciones debía empezar y cada familia entraba a sus casas, se reunía en sus mesas y rezaban frente a una vela a la deidad que les otorgaba paz y salud.

«Y cuando hubo crecido la tierra que debía ser pisada y el pasto que debía ser comido, El Todo ordenó: “Nace”.

Y de la tierra surgieron los primeros humanos.

El Todo les ordenó entonces: “Levanten, hijos míos, grandes muros como colinas, pues el exterior, aunque bello y lleno de vida, es peligroso. Grandes criaturas acechan, creadas por malvados entes que solo quieren traer penumbra a la luz de mi creación. Trabajen la tierra y respétenla, pues ustedes mismos se levantaron de ella y dieron su primer suspiro”

El Todo ayudó a erigir la primera muralla de todas en cinco días, días en los que los humanos se defendían de la primera oleada.

El Todo dijo: “Esta tierra es su hogar, pero también el de ellos. No me restan fuerzas para acompañarlos más. Pero un día volveré, volveré y la hostilidad de las criaturas se habrá apaciguado; los grandes muros caerán como cae el agua cuando es lanzada desde lo alto y habrá paz entre ambas especies.

Hasta entonces, vivan, porque lo he dicho y será”»

—Mis niños, los Naphalios son criaturas temibles, sin duda. Pero a pesar de las atrocidades cometidas contra nosotros, siguen siendo criaturas que respiran, criaturas vivas y capaces de sentir —sermonaba el hombre mientras separaba los vellos de su barbilla—. Se nos prometió que viviríamos con ellos. El Todo las amansará y podrán darles de comer directamente en sus bocas, como a los cachorros.

—Papá, ¿falta mucho para eso? —preguntó Aridai.

—No lo sé, hija. Pero rezo cada día porque ustedes puedan presenciarlo —contestó su padre, con la mirada clavada en el libro que sostenía—. Imagina, mi niña, un mundo en el que no debamos ocultarnos tras muros; un mundo en el que, sin importar tu edad, te seguirías viendo y sintiendo como un joven; un mundo en el que incluso aquellos que partieron estén a nuestro lado.

—¿Entonces podría conocer al abuelo? —preguntó el niño, poniendo con vigor ambas manos sobre la mesa—, ¿allí me podría enseñar a ser un Guarda?

—Saheed —llamó su padre—, te lo he dicho ya, no vale la pena correr un riesgo de ese tipo. Tenemos todo lo que necesitamos de la tierra. Y si cumplimos con el pedido se nos otorgan más linares como pago. Este estilo de vida no tiene nada que envidiarle al de los Guardas.

—Pero, padre, no es dinero lo que deseo. ¿No te gustaría salir y ver qué hay más allá de los muros? —respondió, emocionado—. No hay noche que no me imagine con una coraza, montando mi caballo, visitando los lugares sorprendentes de los que hablan los guardas, luchando junto a ellos contra los Naphalios.

—Es una vida peligrosa, hijo. Una vida corta.

—Pero no quiero estar dentro de los muros por siempre —murmuró con molestia—, todo por esos Naphalios.

—“Cría un ave dentro de una jaula y tarde o temprano su instinto la hará ansiar la libertad” —suspiró el hombre—, dime, Saheed, ¿odias a los Naphalios?

—Bueno, ellos nos atacan siempre y asesinan a muchos Guardas que solo buscan protegernos —el pequeño se tomó su tiempo para pensar—. No, no los odio, padre. No creo que podría odiar a otro ser que solo desea vivir. Pero no es justo, atacarnos no puede ser el único modo de hacer las cosas, nosotros no les hemos hecho nada, simplemente obedecemos a El Todo, simplemente vivimos.

—La vida no es justa, cariño, ni para ellos, ni para nosotros —dijo Cyra, luego de ubicar sobre la mesa una olla humeante—. Tarde o temprano, todos debemos acostumbrarnos a esa idea.

Saheed no respondió.

Cuando el guisado, compuesto de varias verduras cocidas, estuvo en cada cuenco de madera, los niños empezaron a devorarlo rápidamente. Cyra llenó con vino la mitad de dos pequeños vasos y los ubicó cerca de sus hijos mientras miraba sorprendida; los niños habían acabado ya con una gran parte de su cena.

Aridai fue la primera en atorarse. Apresurada, tomó su vaso de vino y le dio un gran sorbo, exhalando aliviada tras ello. El padre de los pequeños partió un pan negro en varios pedazos y lo repartió entre los cuatro.

Saheed recogía con su pan los trozos de verduras que habían quedado en el fondo de su cuenco y le dio un mordisco con ímpetu. Se atoró segundos después y corrió también por su vaso de vino.

Cada uno se acabó dos cuencos de guiso. Aridai ayudaba a su padre a levantar la mesa y ordenar la sala, Saheed asistió a su madre en la limpieza de los cuencos, los vasos y la olla.


—Mamá —llamó el niño cuando estuvo decidido—, no quiero acostumbrarme a la idea de una vida injusta. Quiero ser un Guarda. Quiero que, algún día, podamos vivir sin necesitar la protección de las murallas, imagina todos los lugares a los que podríamos ir, la tierra es más sana fuera, las aguas son más limpias y se podría cazar, habría carne para comer cada noche. Solo quiero un buen futuro para nosotros, madre.

—Arlen te ha estado contando historias nuevamente, ¿no es así?

—Pero el señor Arlen no miente — respondió, provocando que su madre lo observe con seriedad—. Está bien, olvidemos eso, olvidemos eso. Mamá, quiero una vida justa, nos lo merecemos, y yo creo que allí afuera, en algún lugar, la podemos conseguir. No toda la Tierra salvaje puede ser injusta, debe de haber un lugar, por más pequeño que sea.

—Mi niño, quieres luchar por una vida justa, y pienso que es admirable, pero debes recordar que la injusticia no se encuentra solo fuera de las murallas. Mi deseo es que luches, sí. Pero por aquellos que no tienen hogar, por aquellos que moran por las calles, sucios y hambrientos, por aquellos que realmente lo necesitan.

Cyra dejó el cuenco que estaba secando, se arrodilló y limpió una mancha de carbón cerca de la ceja del pequeño.

—Tu abuelo —continuó—, creía que, siendo un Guarda, podría conseguir una buena vida para nosotros. Pero murió luchando y no dejó siquiera un cuerpo, no dejó tumba a la cual llorar. Sin sustento, mi madre tuvo que arreglárselas para alimentarnos a tu tío y a mí, que por la gracia de El Todo descansen. Poco tiempo después perdimos nuestro hogar, vivíamos sucios y hambrientos. No quiero una vida así para los tuyos, hijo mío.

—Lo sé, mamá.

Llegadas las Completas, la familia se alistó para dormir, pues al día siguiente cosecharían las coles que sembraron hace poco más de cuatro meses.

Los dos niños compartían una cama de paja cercana a las escaleras. Saheed, con temor a aplastar su pluma de Shirdal, la dejó sobre una repisa de madera. Aridai, por el contrario, no se despegó de ella, cuidadosamente la envolvía entre sus manos y su pecho.

—Hermana, ¿crees que sea cierto que hay un gran desierto en Borealis? —preguntó Saheed.

—Bueno, no creo que el señor Arlen tenga razones para mentir. Dijo que estuvo fuera por casi un año acompañando a una caravana. Honestamente me cuesta imaginar lo que él describió, vivir allí debe de ser demasiado duro.

—Dijo que más Guardas saldrían hoy, antes de los Maitines. Me gustaría ir con ellos.

—Quizás, algún día, Saheed. Y quizás podrás llevarme a verlo —Aridai acomodaba su cojín, una bolsa de tela rellena de plumas y pequeñas hojas, el sueño la invadía, pero nunca dejaba a su hermano hablando solo. Ya estaba acostumbrada a sostener charlas antes de dormir.

—Sí, por supuesto, hermana, verás que un día cazaré mi propio Alicornio y me fabricaré una coraza como la del señor Arlen —bostezó—. Él verá que estoy listo, y nos llevará a conocerlo. Y lucharemos juntos.

Las palabras de su hermano pararon, Aridai giró lentamente para cerciorarse de que su hermano estuviese dormido. Viendo que sus ojos estaban cerrados, la niña regresó a su posición, abrazando nuevamente su pluma. Ambos durmieron, su municipio estaba en completo silencio.

Muchos bebés despertaron llorando cuando dos fuertes campanadas se oyeron. La gran puerta fue levantada tras ello, Un grupo de Guardas salía de Maeve, rumbo a tierra salvaje, sobre ellos recaía una de las tareas más importantes.

Y, cuando las primeras horas de los Laudes empezaban a llegar, las campanas sonaban nuevamente. Pero esta vez no había un patrón en ellas, no había uniformidad en sus sonidos, sonaban desesperadas e inquietas, llenando de incertidumbre y ansiedad el corazón de cada ciudadano que los percibía.

—¡Ve pronto por un caballo y comunica al siguiente anillo, una oleada se aproxima! ¡Y un Alicornio es quien la lidera! —ordenó un hombre mientras se abría paso por el baluarte a la derecha de la puerta principal.

Quien recibió la instrucción, quedó paralizado al oír el nombre del Naphalio que comandaba la oleada.

—¡¿No fui claro, soldado?! ¡Ve y comunícala ya! —añadió agitado

—¡Sí, señor!

Cuando el general llegó a la garita (el puesto de vigilancia sobre el baluarte), vio sobre el espeso verdor del Bosque de los cantares a una criatura que danzaba bajo la luz de Lucis, agitando sus grandes alas. Algo tan bello como aterrador.

La inmensa criatura de escamas carmesíes de repente se hundió en el bosque, cayendo en picada. Un sonido seco pudo percibirse poco tiempo después. Segundos más tarde, el batir de las alas del Alicornio provocó que las copas de todos los árboles cercanos se mecieran, abriéndole paso mientras ascendía lentamente.

Desde su posición, el general pudo sentir cómo la colérica mirada de la criatura se posaba sobre él.

El Alicornio voló en dirección a la muralla una vez que recobró altura. Tras él, diversas criaturas aladas salieron del bosque.

—¡El asalto va a empezar! ¡Quiero listos a los escupe fuego y las balistas! ¡Ya! —vociferó el general.

Artilugios metálicos parecidos a campanas, con ruedas que facilitaban su movilidad fueron ubicados en cada tronera a lo largo del muro. Y dos balistas, armas capaces de lanzar rocas o enormes saetas a grandes distancias, en cada baluarte.

—¡Carguen las balistas y esperen mi señal! —tras la orden, uno de los soldados encendió su antorcha y la meció de un lado a otro, con el fin de enviar la orden hasta el otro baluarte.

La persona al mando del baluarte contrario mantenía su mirada fija en la pequeña figura de su general, esperando la señal de disparo, tratando de evitar voltear la mirada y observar a los asaltantes alados que se acercaban con rapidez.

El general estaba congelado, pues lo que causaba el lento movimiento del Alicornio era una inmensa roca, fácilmente del tamaño de la puerta principal, que sostenía con sus dos patas.

«La puerta principal», pensó.

—¡Quiero que los derriben! —gritó con voz débil. Tomó todo el aire que pudieron contener sus pulmones y ordenó nuevamente, con una fuerza que hacía años no se mostraba en su garganta—. ¡Quiero que los derriben a todos!

Las balistas soltaron saetas del tamaño de un brazo adulto, que surcaron a gran velocidad el cielo, queriendo acelerar su encuentro con las grandes criaturas. Aquellos proyectiles que iban en dirección al Alicornio eran frenados por los demás Naphalios alados. Sin embargo, muy pocos resultaban ser heridos de gravedad. El general sentía como su corazón parecía querer salir de su pecho, pero su coraza se lo impedía.

—¡Carguen y disparen nuevamente! ¡Balistas y cañones! ¡Ya!

Y nuevamente los proyectiles fallaron su cometido. Nada se podía hacer ya, la colosal criatura arrojó desde su boca una poderosa columna de fuego que golpeó justo en el rastrillo levadizo que fungía como puerta principal, averiando el contrapeso y demás mecanismos que le permitían elevarse; los soldados sobre los baluartes buscaron cobertura apresuradamente, pues sentían como el calor hervía el metal sobre sus cuerpos. La enorme piedra fue soltada luego, cayendo velozmente hacia la puerta, para asestarle el golpe decisivo; descendió mientras el Alicornio volaba por encima, sin voltear su vista, confiado en que daría en el blanco.

Y así fue.

Con un estruendo terrible, la roca impactó en la rejilla metálica, justo debajo del arco de la entrada, destrozándose ambas y mandando a volar trozos de metal y roca. Estos trozos resultantes llegaron a casas cercanas, aplastando a los desafortunados que allí se encontraban.

El Alicornio se posó sobre la catedral, perturbado por el constante sonido que producían las campanas. Su pecho repleto de escamas carmesíes se irguió al tiempo que extendía y agitaba sus enormes alas, creando una inmensa sombra debajo de él.

—Señor de todo y de todos, padre omnipotente y de gracia infinita, cúbrenos con tu manto celeste, envía a tus Adjutores a nuestro socorro... —La oración nerviosa que era clamada por el campanero se ahogaba en el metálico sonido de la campana. El viejo hombre de figura fornida continuaba con su labor a pesar de haber sido bañado completamente por la sombra de la feroz criatura.

Una despiadada llamarada destrozó las columnas del campanario y mandó a volar hirviente el metálico objeto, cesando el monótono sonido.

La orden de ataque estaba dada. Del bosque, surgieron varios Naphalios, cargando apresurados, rumbo al agujero en el muro.

—¡Carguen y disparen! ¡No dejen que pasen la puerta! ¡Debemos contenerlos hasta que lleguen los Guardas! ¡Protejan el anillo exterior! ¡Protejan a sus familias! ¡Protejan su tierra de los malditos invasores! ¡Por el honor y la gloria de Maeve y su gobernante! ¡Disparen! —Gritó, hasta perder la voz, gritó mientras ayudaba a sus soldados a ponerse de pie, gritó sin apartar la vista de la oleada que se aproximaba, sin tiempo para lamentarse por las pérdidas, que empezaban a aumentar debido al enemigo que se había infiltrado.

A lo lejos se oían niños llamando a sus padres, hombres llamando a sus esposas y mujeres clamando los nombres de sus hijos, tratando de reconocerlos por sus voces. Las personas cercanas a la puerta lamentaban su destino o el de sus parientes, tanto, que algunos rezaban por la muerte en su terror a esta. Muchos pedían ayuda a El Todo, muchos imaginaban que los había abandonado, y que su mundo estaba a punto de sumergirse en la oscuridad eterna.

—Apresurémonos, Cyra —dijo con agitación su esposo, mientras recogía un bolso tejido y conducía a los niños hacia la puerta.

Cuando Cyra encontró el guardapelo que le pertenecía a su madre, salió apresurada.

Solo pudo abrir la puerta antes de quedar paralizada por la gran figura que se paraba ante su esposo, que retrocedía lentamente mientras cubría a sus hijos.

La criatura poseía entre seis y siete pies de altura. Tenía la apariencia de un león, aunque su melena era pobre en comparación, dos cuernos retorcidos y con protuberancias salían de su frente, elevándose sobre su cabeza; su pelaje disminuía drásticamente desde la mitad de su lomo. Allí, era recubierto por un negro caparazón parecido al de los alacranes, como si vistiese una impenetrable coraza; su cola acababa en un aguijón de punta verdosa, que se encorvaba amenazador por encima de su cabeza.

Recibía por nombre Xuari. Que en lengua antigua significa “devorador”, conocido por inyectar veneno en sus víctimas, volviendo torpes sus movimientos, para comerlos con facilidad.

Poco a poco, los Naphalios empezaban a dominar la ciudad, extendiendo su presencia como una sombra maligna. Las armas sobre los muros detenían a los que continuaban acercándose y acababan con aquellos que quedaban atrapados en la fosa, pero poco podían hacer contra los que habían conseguido infiltrarse.

A lo lejos, el general pudo escuchar el sonido de campanas sonando. Las personas que se agolpaban intentando pasar por la puerta principal del siguiente anillo se apartaron, despejando el camino.

—¡Su sentencia, criaturas horrendas! ¡Esas campanas marcan su sentencia! —gritó el general. Y sus soldados, con la moral renovada, lo siguieron.

Cientos de Guardas pasaron por las puertas abiertas, montando sus caballos, ataviados con imponentes corazas y portando armas de todo tipo.

Las personas a los costados de la calle levantaban sus manos al cielo, con corazones cargados de esperanza, mientras sus ojos soltaban lágrimas. Vociferaban y rezaban por los Guardas, no pedían la liberación de su municipio, pedían justicia.

—¡Hermanos! —gritó uno de los jinetes a la cabeza—, ¡Lucharemos por lo que es justo!

Y todos quienes lo acompañaban, concluyeron al unísono su juramento:

“Justa es nuestra lucha”

El Primer Maestre, aunque joven, poseía más experiencia y destreza en combate que muchos otros. Su cuerpo se hallaba revestido, casi completamente, por una coraza de placas de tono plateado, los brazales eran alargados, no cubrían solo sus bíceps sino también sus hombros. No llevaba casco, por lo que su cabello negro era despeinado por la brisa nocturna. En su cintura, la aljaba repleta de flechas rebotaba al compás de los movimientos del caballo, flechas que caerían sin piedad sobre los atacantes.

Su pulso no tembló, tan pronto como tuvo en la mira al primer Naphalio, lanzó un disparo similar a un rayo en potencia y esplendor. Aquella flecha brillaba con un resplandor especial, no por la luz de la esfera nocturna ni por el material de la cual estaba fabricada, sino por el Aspecto vivo de la naturaleza que poseía el Primer Maestre.

Cuando impactó en el costado del Naphalio, este cayó al suelo, mientras su cuerpo se envolvía con luminosos patrones serpenteantes. Varios Guardas se separaron del grupo principal para acabar con la criatura que había sido derribada, antes siquiera de que pudiese ponerse en pie.

El Primer Maestre repitió el proceso hasta que no tuvo más flechas. Contra los más grandes, más disparos eran necesarios. Su fiereza brillaba con una pasión ardiente mientras recuperaba su tierra con excepcional habilidad

Uno de los Guardas dejó el mando de su escuadrón al más avezado de sus compañeros antes de cabalgar solo, no para acabar con un Naphalio caído, sino para buscar a Cyra y los niños. Pero el rápido galope de su caballo fue detenido abruptamente por una enorme palma que emergía de la esquina de una calle.

Arlen fue arrojado de su caballo y, mientras se incorporaba y recogía su lanza, pudo ver a un Naphalio saliendo de su escondite.

La criatura estaba cubierta de pelaje color negro, sus colmillos inferiores sobresalían amenazantes de su boca, su ceño se encontraba fruncido y sus ojos parecían arrojar llamas. Era un Maimun, un primate corpulento de once pies de altura.

El caballo de Arlen relinchaba con fiereza, negándose a retroceder ante la presencia del Naphalio. El Maimun se le acercaba lentamente, apoyando sus grandes nudillos en el suelo, abriendo sus fosas nasales para captar el olor del equino. Pronto, su vista se posó sobre el Guarda y su ceño se frunció aún más. El caballo relinchó con más fuerza que antes, estaba decidido a proteger a su jinete.

El Naphalio levantó una de sus manos, con la intención de apartar al caballo, pero una solitaria flecha en el cielo lo hizo detenerse.

Aquella flecha se multiplicó, haciendo que una lluvia plateada caiga sobre el primate. La criatura se apresuró a cubrirse al observar a una segunda flecha aparecer.

—Ve pronto —dijo una mujer desde detrás—, este es mío.

Arlen reconoció de inmediato a la Subjefe de expedición, Ishtar Azaryan.

Asintió con la cabeza y tomó las riendas de su caballo nuevamente, ignorando el rugido de la irascible criatura.

«Te quiero mucho, Arlen. Pero no puedo pasar mi vida junto a alguien que podría morir en cualquier momento, no quiero que mis hijos crezcan sin su padre» «En verdad es extraordinario, señor Arlen. Cuando crezca me convertiré en un Guarda como usted y podré luchar a su lado, ya lo verá» «Este té es para usted, señor Arlen, no es nada comparado con la ayuda que usted nos brinda. Pero quiero que sepa, que lo hice con mucho cariño, para usted», mientras Arlen recordaba, las lágrimas empezaban a poner borrosa su visión.

—Espérenme, solo un poco más, por favor.

Rápidamente, Arlen llegó a la casa de los niños... O a lo que quedaba de ella. Clavó su lanza en el barro tras desmontar su caballo, quitó el yelmo de su cabeza antes de correr a levantar pedazos del techo derrumbado. Una mujer yacía debajo, con sus labios ligeramente separados, como si durmiera.

Cuando Arlen separó el último de los tablones, pudo ver el horrible estado de su vientre, bañado en negra sangre que emanaba junto a un apestoso olor procedente de un gran agujero en su costado; Arlen era consciente de la situación, incluso había reconocido a la criatura culpable debido al olor, pero se negaba a admitirlo. Y, tratando de engañar a sus ojos esta vez, buscó pulso. La mujer no respiraba, sabrá El Todo desde hace cuánto, pero tan terco como nunca en su vida, presionó repetidas veces su pecho y llevó aire desde sus pulmones a los de ella.

Con un grito que desgarraba cruelmente su garganta y dolía más que cualquier otra herida provocada por una bestia, Arlen abrazó el cuerpo sin vida de Cyra. Sollozó durante unos segundos, mientras mecía su cuerpo, acariciando con su nariz el rostro de la mujer que amaba, dejando a su paso un rastro de lágrimas. La envolvió con sus brazos, con el ingenuo fin de renovar en ella el calor que poco a poco comenzaba a desvanecerse.

Arlen observó luego el cuerpo de un hombre de larga barba blanca. Sintió como si su corazón estuviese siendo arrancado de su pecho mientras dejaba el cuerpo de Cyra en el suelo.

Acercándose, Arlen lamentó su tardanza. El hombre tenía la piel de su torso desgarrada y un agujero en el centro despedía sangre oscura, parecía haber sido arrojado hacia una de las columnas pues, había un rastro de sangre un par de codos por encima.

Arlen temía, como nunca. No había rastro de los niños.

El relinchar de su caballo, seguido del sonido de metal cayendo uno sobre otro, captaron la atención de Arlen quien, recogiendo la lanza, se apresuró al almacén cercano a la casa. Allí, un Xuari arrinconaba a un pequeño niño de cabellos blancos, este sostenía, en su mano izquierda una azada y en la derecha un trozo de madera más delgado que su muñeca.

Viendo al pequeño allí, vivo, Arlen borró de su mente todos los terribles escenarios que se había planteado. Saheed estaba allí y él lo protegería. Sin tardar, su lanza se envolvió con las llamas que salieron de su brazo derecho, iluminando la oscura noche, intensificándose más a medida que fruncía la uniceja.

Agarró firme la empuñadura en el centro de su lanza y la hizo retroceder, hasta que su punta estuvo al nivel de sus ojos, algo inclinada, mientras hacía esto, abrió sus piernas, flexionando la que había quedado detrás y se apoyó ligeramente en ella; su brazo izquierdo se extendió, manteniéndolo recto al igual que su palma abierta, apuntando hacia su objetivo. El talón de la pierna derecha, que era la que había quedado detrás, se levantó, dejando que la punta de su pie gire al igual que lo hacía su cadera. La lanza envuelta en llamas salió disparada por encima de su cabeza e incrustó toda su punta en la axila derecha del Xuari, provocando que rugiera de dolor.

Se adentró en el almacén, extendiendo su brazo derecho con brusquedad, provocando espasmos en él. Su intención no era dar un puñetazo, pues su mano se hallaba abierta, con los dedos algo contraídos, con la forma de una garra. La lanza respondió al llamado de su dueño y se despegó del costado del Xuari con violencia, volviendo a su mano casi tan rápido como había sido enviada. De la herida de la criatura no salió sangre, pues el fuego de la lanza cauterizó la misma herida que había causado. Pero todos los alrededores de la zona donde se clavó presentaban quemaduras graves, el Xuari rugía adolorido mientras Arlen acortaba distancia.

El giro de la criatura fue torpe, pero el zarpazo de la garra izquierda que se dirigía hacia él era potente. Arlen usó su lanza para impulsarse del suelo y pasar por encima de la garra con ayuda de varios barriles a los costados del almacén. La criatura extendió su cola en dirección a su contrincante tan pronto como su visión se posó en él, pero su ataque fue esquivado una vez más. Fue testigo de cómo la punta de una lanza envuelta en llamas cortaba despiadadamente su aguijón por la mitad, dejando caer al suelo el negro veneno generado minutos antes. Sin embargo, el ataque no acabó allí, sin permitirle retroceder, la misma lanza se clavó en la parte inferior de su hocico. Su lengua podía sentir el ardiente metal que asomaba por debajo.

Con desesperación, trataba de zafarse, daba zarpazos al aire caliente que envolvía al Guarda y trataba de retroceder para quitarse la lanza, pero tal era la fuerza de Arlen que este apenas y se movió. La poca melena que aún no había sido alcanzada por el fuego se erizó a medida que comenzaban a surgir chispas de ella.

La ira de Arlen fue reflejada en las llamas que calcinaron el hocico de la criatura, dejándola caer al suelo solo cuando este fue irreconocible. Apagando sus llamas, Arlen dio la vuelta y abrazó al niño.

—¿Estás bien? ¿Te hizo algo? Y tu hermana, ¿dónde está tu hermana?

—Cuando nos atacó mi hermana me tomó de la mano y me alejó. Me dijo que esperara dentro de ese barril —señaló tembloroso y con los ojos llenos de lágrimas a un viejo barril de madera en el que estaba escondido—, pero ella no volvió y me preocupé y quise buscarla y, y me caí y entonces esa cosa apareció... Intenté pelear, señor Arlen, le prometo que intenté pelear, pero no pude. Mis manos me temblaban y tenía mucho miedo.

—Está bien, está bien —Arlen trataba de tranquilizar al tembloroso niño—. Ahora estás conmigo, te mantendré a salvo.

—Señor Arlen, me duele mucho el pecho Arlen revisó apresurado el pecho del pequeño, en busca de alguna herida provocada por la criatura, pero la piel, cuasi pálida, no presentaba signos de golpes y menos de heridas.

—Calma, pequeño, tu pecho está sano, intenta tranquilizarte.

El niño observaba su pecho, desconocía por completo el porqué del dolor en él, sentía como si algo lo hubiese cortado, como si algo hubiese desgarrado su piel, ardía a pesar de no haber heridas.

—Te enfrentaste a una situación terrible, mi niño —continuó—. Respira, mírame a mí, solo a mí.

Al Salir del almacén, el llanto desgarrador del municipio llegó a Saheed y lo envolvió como una cascada ensordecedora y llenándolo de angustia, trató de buscar su hogar con la mirada, pero Arlen lo detuvo y comenzó a hablarle. Sin embargo, el pequeño no conseguía atender a sus palabras, percibía tanto ruido que era incapaz de concentrarse, sus grandes ojos estaban abiertos de par en par y de sus labios abiertos no escapó palabra alguna.

Arlen cubrió con sus manos los oídos del niño y gritó su nombre.

—¿Mi mamá está bien? —preguntó, cortando lo que sea que Arlen le estaba diciendo. —Señor Arlen, debemos volver por mi mamá. Seguramente Aridai fue con ella luego de ocultarme.

—Hijo —dijo, liberando poco a poco sus manos de los oídos del pequeño—. Tu vida como la conoces ha cambiado esta noche —levantó del suelo al niño, quien no esperaba tan repentina acción, e hizo que ocupara un lugar sobre la silla del caballo—. Atiende a mis palabras, Saheed, sé valiente y mira al camino que se presenta frente a ti. No vuelvas la mirada hacia los pasos que acabas de dar o te distraerá de tu objetivo. Debes vivir, pequeño, afronta la adversidad que se planta ante ti, y por más aterradora que esta sea, por más sobrecogedora que parezca, continúa recto, continúa guiando al caballo.

Las palabras de Arlen tardaron poco en cobrar sentido para Saheed, pues fue allí donde, por vez primera, observó al terror encarnado, una bestia salida de sus peores pesadillas surcó los cielos llenos de espeso humo y consiguió que su piel se erizara, algo que ni siquiera la fría brisa de la noche pudo hacer. Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas mientras veía como las llamas arrasaban con todo aquello a lo que estaba acostumbrado.

El concepto de la muerte no le era desconocido, pero lo que estaba sucediendo en ese momento era una crueldad que nunca había imaginado. Aprendido de sus padres que todos en algún momento se enfrentarían a la muerte y que era imposible de evitar, tanto para animales como para plantas, personas y Naphalios. En el poco tiempo que había ayudado con los cultivos había visto ya echarse a perder toda una plantación a causa de una plaga, era hasta ese momento la mayor muerte en masa que había presenciado, pero incluso la plaga se alimentaba de esa vida. Lo que acontecía ahora era completamente distinto, era la aniquilación pura y despiadada de todo a su paso.

Sus pensamientos lo traicionaron y sin quererlo, imaginó a todos los que conocía siendo arrasados por las llamas, llenando al pequeño de terror e impotencia. Pero sujetó junto a Arlen las riendas del caballo y continuó adelante, forzándose a seguir a pesar de la devastación que lo rodeaba.

El hombre no recordaba cómo había llegado allí, ni el momento en el que cruzó casi por completo el municipio junto a su niña. La pequeña, de poco más de ocho años según recordaba su padre, lo ayudaba con las labores diarias, cuidaba de él y él cuidaba de ella, había sido así desde que su madre murió.

Tras la caída de la puerta, un fragmento había sido disparado sobre su hogar, derribando una columna que aplastó la pierna de la pequeña, impidiéndole caminar. No les quedaba mucho para llegar al siguiente anillo, allí podría descansar al fin tras el largo recorrido y más importante aún, su hija estaría finalmente a salvo. Pero, ¿cómo evadiría a la gran criatura que no le permitía avanzar?

Su pesada respiración golpeaba la oreja de su hija, que mantenía su rostro hundido en su pecho. La calidez de su abrazo trataba de reconfortarla en la fría noche, pero el temblor de su cuerpo delataba su miedo y ansiedad.

«No, por favor, ella es mi niña. Es tan pequeña.», pensaba preocupado, mientras trataba de buscar con sus ojos una salida desesperada.

Un Guarda. Un Guarda había aparecido hace un momento y frenaba los movimientos de la gran criatura con su escudo, él solo.

» ¿Podrá derrotarlo?», se preguntó preocupado.

— ¿Su hija y usted se encuentran bien, mi amigo?

—Ah, sí, estamos... —el hombre volvió en sí, y observó detenidamente al Guarda frente a él. Poseía una coraza tan negra como el horizonte nocturno, bañada por un patrón que apenas y podía distinguirse, con pelaje blanco salpicado de sangre abrigando su cuello y un yelmo cubriendo por completo su rostro.

La criatura que momentos antes se plantaba amenazante frente a él, yacía tendida en el suelo, con su hocico partido y una pata cercenada.

—Diríjase pronto al siguiente anillo y busque refugio en la iglesia o el hogar de un familiar, déjenos esto a nosotros —habló el guarda con calma.

— ¿Cuándo? —preguntó el hombre con expresión perpleja.

El Guarda acariciaba la cabeza de la pequeña, que volteó a verlo, con unos intensos ojos claros, tan claros como un despejado cielo durante la Tercia. Asombrado por la belleza de sus ojos, inclinó su cabeza hacia la izquierda y tocó la barbilla de la niña, quien le sonrió.

—Eres una niña muy fuerte —el Guarda volteó luego su rostro hacia el hombre—. Pon a salvo a la pequeña, y haz que la traten.

Mientras el hombre se alejaba apresurado, los claros ojos de la niña no podían separarse de la figura del Guarda, de su hacha y su escudo, de su negra coraza. Lo miró hasta que fue tan pequeño que le era imposible distinguir los detalles de su coraza, agradeciéndole en silencio. Aquel Guarda debía continuar con su labor, el anillo solo estaría a salvo una vez que el Alicornio y cualquier posible nuevo líder hayan caído.

A lo lejos, algo sobrevolaba el muro. Una criatura que pocas veces es vista en la tierra salvaje y nunca toma parte en las oleadas.

«¿Por qué estaría aquí ese Shirdal?», se preguntó. Se encontraba ya muy lejos como para confirmarlo, pero parecía llevar algo agarrado entre sus garras delanteras.

» ¿Comida? Esas criaturas suelen cazar caballos, ¿se estará llevando la cría de alguno para darse un festín sin ser molestado? No sirve de nada pensarlo, probablemente nunca lleguemos a entenderlas», pensó.

El gran Naphalio alado causaba una lluvia de llamas carmesíes sobre el lado Poniente de la ciudad, destruyendo las edificaciones y calcinando a aquellos infelices que se encontraban atrapados o creyendo estar refugiados dentro de las mismas. Poco quedará de ellos una vez que las llamas se extingan.

En aquel lugar, sobre el techo de una de las pocas casas que permanecían en pie, el Primer Maestre se encontraba, listo para hacerle frente al terror alado. Seis Guardas con sus arcos lo acompañaban, todos sosteniendo entre el pulgar y la palma tres flechas.

Cuando observó que el Alicornio volaba más bajo que nunca, la primera de las tres flechas se deslizó y fue sostenida horizontalmente entre sus dedos pulgar e índice, con ella tensó su arco hasta que la cuerda quedó al nivel de la quijada y la soltó envuelta en brillantes destellos.

La segunda la siguió, afín a su hermana; la tercera no quiso ser menos, así que imitó la trayectoria de sus compañeras. Tan rápidos fueron los disparos que la criatura no se percató siquiera de tres insignificantes flechas brillantes que se apresuraban en pos de su ala izquierda. Las tres, una tras otra, se clavaron en la negra piel de sus alas.

Ni tres flechas del Primer Maestre son capaces de derribar a un Alicornio, pero consiguieron reducir la movilidad de su ala izquierda lo suficiente como para forzarlo a descender. Cuando bajó sobre una de las casas, fue destruyendo gran parte de ella debido a su peso y el poco control en su aterrizaje. Una vez allí, diversas flechas envueltas en capas cristalinas y niebla helada, disparadas por los acompañantes del Primer Maestre, impactaron en su cuerno y sus alas.

Tras esto, un pelotón de Guardas que se hallaba expectante, salió de entre las casas cercanas y se lanzó a atacar al Alicornio. Si bien los Alicornios son una pesadilla cuando vuelan, no debe tratárseles descuidadamente cuando están en el suelo pues, son igual de letales. Por ello los Guardas deben: privarlo del vuelo, privarlo de su Aspecto vivo de la naturaleza, privarlo de su movilidad y allí, bajo cualquier medio, acabar con él.

El Primer Maestre se lanzó por uno de los agujeros del viejo tejado, bañando la rústica sala con el sonido de las piezas metálicas que componían su coraza, y se apresuró a la calle, dejando de lado su arco. Fueron llevados hasta él su yelmo, y encontrándose baja la visera de este, una larga espada de dos manos que casi lo igualaba en altura. Estando lo suficientemente alejado, hizo reposar en el suelo la punta de su montante, su mano derecha sostenía la larga empuñadura y la izquierda descansaba sobre el avambrazo derecho.

Pateó la hoja, elevándola del suelo junto con el barro a su alrededor; agarró la empuñadura con ambas manos mientras estaba en el aire y, cual diestro danzarín, empezó a moverla por encima de su cabeza, cortando la noche al bajarla de derecha a izquierda, dejando que el peso del arma lo guíe. Con el cielo llenándose de negras nubes, dio pasos hacia delante y hacia atrás, según el movimiento de su arma, pasando nuevamente sobre su cabeza, bajando y subiendo. Hasta que su hoja brilló, como lo hace un rayo cuando cae feroz sobre un árbol.

Los Guardas advirtieron el brillo proveniente del arma y cesaron su ataque sobre el Alicornio; se alejaron con cautela, aquellos con escudos cubrieron a sus compañeros, cerraron sus ojos y cubrieron sus oídos tanto como pudieron. El Primer Maestre había quedado con su montante elevado al nivel de su visera, el arma brillaba intensamente emitiendo chispas de los filos de la hoja.

Una estocada al aire bastó para desatar todo su poder. La silueta serpenteante descendió con rapidez, iluminando los alrededores de un modo aterrador; el chillido de dolor del Alicornio se vio eclipsado completamente por el estrépito que trajo consigo el rayo. Aquel terrible estruendo se propagó con premura y golpeó con agresividad cada rincón de los muros, aquellos que se resguardaban en el Tercer anillo reaccionaron sobresaltados ante el rayo impetuoso, sin saber exactamente que pensar al respecto ¿Qué harían si alguna vez tal poder, capaz incluso de rivalizar con el de la llamarada de un Alicornio, atenta en contra de su integridad?

Cuando el resplandor cesó y del trueno solo quedaban pequeños ecos, las nubes que cubrían el cielo del anillo exterior comenzaron a desaparecer.

La criatura yacía tendida en el suelo, con sus agrietadas escamas siendo envueltas por diversos patrones. Pero no estaba muerta, no era tan fácil eliminarla.

Con lentos movimientos empezó a levantarse, aturdido y ensordecido. Furioso, agitó su cabeza y posó su mirada sobre el Primer Guarda, gruñéndole iracundo; intentó lanzarse apresurado hacia él, pero tan pronto como una de sus extremidades delanteras tocó nuevamente el suelo, una descarga recorrió su cuerpo y lo hizo regresar al barro.

Apenas se levantó, recogió colérico la gran garra que sobresalía de sus alas, arañando el suelo. Hizo retroceder su torso y luego, estirando tanto como pudo su cuello al tiempo que inclinaba su cabeza y mecía todo su cuerpo hacia delante, arrojó una potente llama que no tardó en llegar al Primer Maestre.

Al cesar la llamarada, el Alicornio observó como una nueva figura se plantaba frente a él, resguardado por un escudo en forma de lágrima. Los demás Guardas dejaron la protección de los escudos y se lanzaron nuevamente contra la gran criatura

El ataque del Primer Guarda lo había agotado y había mellado su mandoble, al punto de dejarlo inservible, pero les había garantizado una batalla en tierra.

—Lamento no ser de utilidad ahora —dijo, su pesada respiración podía escucharse golpear dentro de su yelmo.

—Gracias a ti tenemos esta oportunidad. Descansa ahora. Ayúdanos desde atrás cuando puedas —respondió su compañero, con un tono que no denotaba el más mínimo cansancio.

—¿Cómo le va a Azahara?

—Una kimaera le dio problemas. Pero resultó victoriosa. Te llamó obstinado y —el mensaje transmitido carecía de cualquier emoción. Pero el Primer Maestre estaba acostumbrado a su forma de expresarse.

—No esperaba nada menos —su sonrisa era cubierta por su yelmo—. Lamento que la cuenta no le favorezca al finalizar el día. Con este estaremos empatados.

Sin sus llamas, y privado del vuelo, el Alicornio sacudió su gruesa cola de un lado a otro, levantando el fango del suelo, mandando a volar a Guardas con sus caballos y aplastando a otros tantos que buscaban refugio o huecos para atacar. Cuando se vio arrinconado y sin oportunidades, emprendió huida. Intentó elevarse, batiendo sus alas con brusquedad, con la esperanza de pasar por encima del muro; pero se encontraba tan agotado y lastimado que no pudo mantenerse en el aire mucho tiempo, cayó y su cuerpo se arrastró hasta llegar al muro, llevándose consigo un par de casas.

El Alicornio se levantó tambaleante, aunque no podía volar, al menos podría intentar trepar el muro; pero se quedó paralizado, sobre el adarve de aquel muro se encontraba la figura de un hombre. Ya lo había visto antes, allí, sobre uno de los baluartes cercanos a la puerta, había visto como el terror inundaba los ojos de aquel soldado a medida que se acercaba con la inmensa roca.

Ahora, ya no había más pavor en ellos. El general posó su colérica mirada sobre la criatura malherida y gritó con una voz tan ronca que no parecía humana. Y la decena de escupe fuego, que habían llegado hace poco desde el Tercer anillo, descargaron todo su contenido sobre la cabeza del Alicornio, llenando de espeso humo los alrededores mientras la gran criatura caía una vez más al suelo, más muerta que viva.

Respiraba muy poco y con dificultad, su cuerpo le pesaba. Comprendía que nunca más volvería a alzar el vuelo ni surcaría los cielos, comprendía que su destierro nunca acabaría y no regresaría a casa; allí, en el suelo, el Alicornio lamentaba su desobediencia.

Un objeto reflejaba la luz de Lucis mientras danzaba en el aire, la criatura mantenía sobre él su cansada vista; lo vio girar un segundo que parecía eterno, sintiendo como la presión del aire lo empujaba más hacia el barro, y luego, apareciendo espontáneamente, un Guarda se hallaba sujetándolo.

Aquella distante silueta arrojó nuevamente el objeto, cortando el aire a una velocidad comparable a la del vuelo del Alicornio, y una vez más, justo frente a su ojo ensangrentado, la blanca figura apareció reclamándolo.

Cuando los Naphalios escucharon el último grito del primario, comenzaron a marcharse.

Arlen se encontraba en la gran puerta que separa los dos anillos, hablando con una pareja de ancianos provenientes del Tercer anillo.

—Saheed, ellos te cuidarán hasta que los Naphalios sean repelidos y vuelva por ti —dijo cuando estuvo de regreso. Bajó del caballo al pequeño que, nuevamente, se aferró con fuerza a su avambrazo. —Son de confianza.

—No te preocupes, muchacho. Estaremos a salvo aquí —dijo el hombre, entrado en años.

—Yo también quiero buscar a mi hermana, señor Arlen —insistió Saheed.

—No, mi niño, es muy peligroso aún. Espérame aquí y, por favor, por nada en este mundo, te alejes de ellos, te alimentarán y atenderán como es debido.

La eliminación de los Naphalios que habían quedado dentro de la muralla duró hasta los Laudes, cuando Solis despertaba, inconsciente de la feroz lucha que acababa y de toda la sangre derramada.

Los Guardas regresaban, hubo silencio aquella mañana, las personas no celebraban una victoria, no se amontonaban para observar las brillantes corazas, no ovacionaban a los grandes guerreros.

Saheed se encontraba justo entre las puertas que separan el anillo exterior del tercer anillo. Veía a los Guardas cabalgar por la gran calle principal, con sus rostros exhaustos y salpicados de barro y sangre. Esperaba la llegada de un alto jinete, montando su caballo cenizo junto a una niña de cabellos blancos.

Y antes de que llegara la Nona, aquel jinete se hizo presente, era de los últimos. Pero volvía solo. Arlen desmontó su caballo y miró fijamente a Saheed.

—La busqué, hijo —dijo agachando la cabeza, sintiendo una mezcla de fracaso y cansancio que confundía a sus párpados, sin permitirles cerrarse o soltar lágrimas con libertad—, pero no hallé rastro alguno de ella.

—¿Por qué? Señor Arlen, ¿por qué nos atacan? ¿Les hicimos algo malo? ¿Mi hermana les hizo algo? ¿Mis padres los lastimaron alguna vez? —Su voz se quebraba, él se quebraba. No apartaba la mirada de las columnas de humo que se elevaban hacia cielo cubierto de nubes. No conseguía comprender cómo las cosas cambiaban tanto en tan poco, hace menos de un día se encontraba junto a su hermana viendo la caravana pasar por la misma calle en la que se encontraba parado, ¿debía acostumbrarse ahora a la idea de que no vería más a su familia?

—No es justo, no es justo —continuó, con lágrimas en sus ojos—. Este también es nuestro hogar, ¿no es así señor Arlen? ¿No es eso lo que dice El Todo? Contésteme entonces, ¿por qué?

Arlen se arrodilló frente al niño y le ofreció un abrazo en el que podría llorar con seguridad y sin vergüenza, uno en el que podría sentirse seguro y aligerar, aunque sea un poco, el peso sobre sus pequeños hombros. Segundos más tarde, gotas de lluvia comenzaron a caer, mojando poco a poco el camino de piedra, el olor de suelo húmedo no tardaría en llegar a las narices de las personas que buscaban refugio de la lluvia.

—Tu hermana —dijo, sintiendo como sus cálidas lágrimas se mezclaban con las frías gotas de lluvia y trataban de sobreponerse a su barba para caer al suelo—. No importa cómo, no importa cuánto me tome. Te prometo. Hijo mío y pongo a El Todo como testigo de mi juramento. Por mi nombre de familia, por el nombre que mis padres me dieron, por tus padres, por ti y por mí...

Yo la encontraré.

Arlen E. Eydris


Saheed


Aridai

Cyra