En marchant chez moi - Kookgi adap

Summary

¿Que tan largo será el camino a "casa" para un matrimonio obligado? Jungkook es un hombre sin alma que ha encontrado la horma de su zapato en Yoongi, un chico que es todo corazón.

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I

Yoongi Devreaux había olvidado el nombre de su novio.

—Yo, Yoongi, te tomo a ti... Se mordisqueó el labio inferior. Su padre los había presentado unos días antes, aquella terrible mañana cuando los tres habían ido a por la licencia matrimonial. Después él se había esfumado y no lo había vuelto a ver hasta hacía sólo unos minutos, en el dúplex que su padre poseía al oeste de Central Park, cuando había bajado a la sala donde ese mediodía estaba celebrándose aquella apresurada boda.

Yoongi casi podía sentir la enérgica desaprobación de su padre, que se encontraba a su espalda, pero eso no era nada nuevo para él. Lo había decepcionado incluso antes de nacer y no importaba cuánto lo hubiera intentado, nunca había conseguido que cambiara de opinión sobre su hijo.

Se arriesgó a mirar de reojo al novio que el dinero de su padre había comprado. Un semental. Un auténtico semental de estatura imponente, constitución delgada pero fibrosa y extraños ojos color ámbar. A la madre de Yoongi le habría encantado.

Yoonah Devreaux había muerto el año anterior, en el incendio de un yate cuando dormía en brazos de una estrella de rock de veinticuatro años. Yoongi ya podía pensar en su madre sin sentir dolor y sonrió para sus adentros al darse cuenta de que el hombre que estaba junto a él hubiera sido demasiado mayor para Yoonah. Debía rondar los treinta y cinco años y su madre solía fijar el límite en veintinueve.

Tenía el pelo tan oscuro que parecía negro y unos rasgos cincelados que harían que su cara pareciera demasiado bella si no fuera por la mandíbula firme y el ceño amenazador. Los hombres que poseían ese brutal atractivo habían atraído a Yoonah, pero Yoongi los prefería más maduros y conservadores. No por primera vez desde que la ceremonia había comenzado, deseó que su padre hubiera escogido a alguien menos intimidante.

Intentó tranquilizarse recordándose que no iba a tener que pasar más que unas pocas horas con su nuevo marido. Todo acabaría en cuanto tuviera oportunidad de exponerle el plan que se le había ocurrido. Por desgracia, el plan conllevaba romper unos votos matrimoniales que él consideraba sagrados y, dado que no solía tomarse sus promesas a la ligera —en especial los votos matrimoniales, —sospechaba que eran los remordimientos de conciencia la causa de su bloqueo mental.

Empezó de nuevo, esperando que el nombre le viniera a la mente.

—Yo, Yoongi, te tomo ti... —La voz de Yoongi se apagó.

El novio en cuestión no le dirigió ni una simple mirada y, por supuesto, tampoco intentó ayudarla. Permaneció con la vista al frente, y las inflexibles líneas de aquel duro perfil le provocaron a Yoongi un cosquilleo en la piel. Él acababa de formular sus votos, así que tenía que haber pronunciado el dichoso nombre, pero la falta de inflexión en su voz no había traspasado la parálisis mental de Yoongi y no se había enterado.

—Jungkook —masculló su padre detrás de él, y Yoongi pudo deducir por el tono de su voz que apretaba los dientes otra vez. Para haber sido uno de los mejores diplomáticos de Estados Unidos no se podía decir que tuviera demasiada paciencia con él.

Yoongi se clavó las uñas en las palmas de las manos, diciéndose que no tenía otra alternativa.

—Yo, Yoongi... —tragó saliva, —te tomo a ti, Jungkook... —volvió a tragar saliva, —como mi horrible esposo.

Hasta que no escuchó la exclamación de Jennie, su madrastra, no se dio cuenta de lo que había dicho. El semental volvió la cabeza y lo miró. Arqueaba una ceja oscura con leve curiosidad, como si no estuviera seguro de haber oído correctamente. «Mi horrible esposo.» El peculiar sentido del humor de Yoongi tomó el control y sintió que le temblaban los labios.

Él alzó las cejas, y esos ojos profundos la miraron sin una pizca de diversión. Resultaba evidente que el semental no compartía sus problemas para contener una risa inoportuna.

Tragándose la histeria que crecía en su interior, Yoongi miró rápidamente hacia delante sin disculparse. Al menos una parte de aquellos votos había sido honesta porque él, sin duda, sería un esposo horrible. Finalmente, el bloqueo mental desapareció y el apellido del novio irrumpió en su mente. Markov. Jungkook Markov. Era otro de los rusos de su padre.

Como antiguo embajador en la Unión Soviética, el padre de Yoongi, Heechul Petroff, tenía infinidad de conocidos en la comunidad rusa, tanto allí, en Estados Unidos, como en el extranjero. La pasión de su padre por la ancestral tierra que lo había visto nacer se reflejaba incluso en la decoración de la habitación donde se encontraban en ese momento, en las paredes azules —tan comunes en la arquitectura residencial de su país, —la chimenea de ladrillos amarillos y la multicolor alfombra kilim. A la izquierda, sobre un secreter de nogal, había un par de floreros de cobalto ruso y algunas figuras de cristal y porcelana de las Colecciones Imperiales de San Petersburgo. El mueble era una mezcla de art déco y estilo Victoriano que, de una extraña manera, armonizaba con la estancia.

La gran mano del novio tomó la de Yoongi, mucho más pequeña, y sintió la fuerza que poseía cuando le puso la sencilla alianza de oro en el dedo.

—Con este anillo, yo te desposo —dijo él con voz severa e inflexible.

Yoongi contempló el sencillo aro con momentánea confusión. Por lo que podía recordar, acababa de entrar en lo que Yoonah denominaba la fantasía burguesa del amor: el matrimonio. Y lo había hecho de una manera que nunca hubiera imaginado posible.

—... por el poder que me otorga el estado de Nueva York, os declaro marido y esposo.

Yoongi se tensó mientras esperaba que el juez Rhinsetler invitara al novio a besar a el esposo. Cuando no lo hizo, supo que había sido una sugerencia de Heechul para ahorrarle la vergüenza de verse forzada a besar esa hosca y recia boca. No entendía cómo su padre había pensado en ese detalle, que sin duda se les había pasado por alto a todos los demás. Aunque no lo admitiría por nada del mundo, Yoongi desearía haberse parecido más a él en ese aspecto, pero si no era capaz de encargarse de si mismo de los acontecimientos más importantes de su vida, ¿cómo iba a ocuparse de unos simples detalles?

Sin embargo, detestaba sentir lástima de sí mismo, de modo que apartó a un lado ese pensamiento mientras su padre se acercaba a él para besarle fríamente la mejilla como colofón de la ceremonia. Esperaba alguna palabra de afecto, pero tampoco se sorprendió al no recibirla. Incluso consiguió no sentirse dolido cuando él se apartó.

Heechul señaló al misterioso novio, que se había acercado a las ventanas que daban a Central Park. Los había casado el juez Rhinsetler. Los otros testigos de la ceremonia eran el chófer, que había desaparecido discretamente para atender sus deberes, y la esposa de su padre, Jennie, que destacaba entre los demás con aquel cabello rubio ceniza y aquella característica voz ronca.

—Felicidades, cariño. Formáis una bonita pareja Jungkook y tú. ¿No te parece, Heechul?—Sin esperar respuesta, Jennie abrazó a Yoongi, envolviéndolo en una nube de perfume almizcleño.

Jennie simulaba sentir un cariño sincero por el hijo ilegítimo de su marido, y aunque Yoongi era consciente de los verdaderos sentimientos de su madrastra, reconocía el mérito de Jennie guardando las apariencias. No debía de ser fácil para ella enfrentarse a la prueba viviente del único acto irresponsable que Heechul había cometido en su vida, incluso aunque hubiera sido veintiséis años antes.

—No sé por qué has insistido en ponerte ese traje, querido. Sería perfecto para una fiesta, pero no para una boda. —La mirada crítica de Jennie evaluó con severidad el caro traje dorado de Yoongi, con el corpiño de encaje y el bajo bordado, que acababa unos quince centímetros por encima de la rodilla.

—Es casi blanco.

—El dorado no es blanco, querido.

—La chaqueta es muy discreta —señaló Yoongi, alisando las solapas de la prenda de raso dorado que le caía hasta la parte superior del muslo.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra. ¿No podías haber seguido la tradición y ponerte algo blanco? ¿O haber escogido al menos algo de seda?

Ya que ése no iba a ser un matrimonio de verdad, Yoongi pensaba que, de haber tenido en cuenta la tradición, se estaría recordando a sí mismo que estaba vulnerando algo que debería haber sido sagrado. Incluso se había quitado la gardenia que Jennie le había prendido en el pelo, aunque ésta se la había vuelto a colocar en el mismo lugar poco antes de la ceremonia.

Sabía que Jennie tampoco aprobaba los zapatos dorados, que parecerían unas sandalias romanas de gladiador si no fuera por el tacón de diez centímetros. Eran terriblemente incómodos, pero al menos era imposible confundirlos con unos zapatos tradicionales de raso.

—El novio no parece feliz —susurró Jennie. —No me sorprende. ¿Por qué no tratas de evitar decir alguna otra tontería por ahora? Y te lo digo en serio, haz algo con respecto a esa molesta costumbre que tienes de decir lo que piensas.

Yoongi apenas pudo reprimir un suspiro. Jennie nunca decía lo que pensaba en tanto que Yoongi casi siempre lo hacía, y tal alarde de sinceridad molestaba a su madrastra. Pero Yoongi no era capaz de actuar con hipocresía. Tal vez fuera porque eso era lo único que sus padres tenían en común.

Dirigió una mirada furtiva a su nuevo marido y se preguntó cuánto le habría pagado su padre para que se casara con él. La parte más irreverente de Yoongi se moría por saber cómo se había efectuado la transacción. ¿Dinero en efectivo? ¿Un cheque? «Perdón, Jungkook Markov, ¿acepta American Express?» Mientras observaba al novio declinar una mimosa de la bandeja que le había tendido Min Soon, intentó imaginar lo que él estaría pensando.

«¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de poder sacar al mocoso de aquí?»

Jungkook Markov echó un vistazo a su reloj. Otros cinco minutos más, decidió. Observó cómo elsirviente que pasaba con la bandeja de bebidas se paraba a adularlo.

«Disfrútalo, señor. Pasará mucho tiempo antes de que puedas volver a hacerlo.»

Mientras Heechul le mostraba al juez un samovar antiguo, Jungkook contempló las piernas de su nuevo esposo, expuestas ante todo el mundo gracias a eso que él llamaba traje de novio. Eran delgadas y bien proporcionadas, lo cual le hizo preguntarse si el resto de ese cuerpo femenino, oculto a medias por la chaqueta, sería igual de tentador. Pero ni siquiera el cuerpo de una sirena lo compensaría de tener que casarse a la fuerza.

Recordó la última conversación que mantuvo con el padre de Yoongi.

—Es maleducado, atrevido e irresponsable —había dicho Heechul Petroff. —Su madre fue una mala influencia para él. No creo que Yoongi sepa hacer algo útil. Por supuesto, no es todo culpa suya. Yoongi estuvo pegado a las faldas de su madre hasta que murió. Es un milagro que no estuviera a bordo del barco la noche que se incendió. Tienes que tener mano dura con mi hijo, Jungkook, o te volverá loco.

Lo poco que Jungkook había visto de Yoongi Deveraux hasta ahora no le habían hecho dudar de las palabras de Heechul. La madre, Yoonah Deveraux, había sido una modelo británica famosa hacía treinta años. Como los polos opuestos se atraen, Yoonah y Heechul Petroff habían tenido una aventura amorosa cuando él comenzaba a destacar como experto en política exterior; Yoongi era el resultado.

Heechul le había asegurado a Jungkook que le había propuesto matrimonio a Yoonah cuando ésta se quedó embarazada inesperadamente, pero ella se había negado a sentar cabeza. No obstante, Heechul había insistido en que siempre había cumplido con su deber de padre hacia su hijo ilegítimo.

Sin embargo, todo indicaba lo contrario. Cuando la carrera de Yoonah había comenzado a desvanecerse, se había convertido en asidua de fiestas y saraos. Y donde quiera que Yoonah fuera, Yoongi la acompañaba. Al menos Yoonah había tenido una profesión, pensó Jungkook, pero Yoongi no parecía haber hecho nada útil en la vida.

Mientras miraba a su nuevo esposo con más atención, observó algún parecido con Yoonah. Tenían el mismo color de pelo, oscuro como el ébano, y sólo las personas que no salían de casa podían tener esa tez tan pálida. Sus ojos eran de un azul inusual, casi como las violetas púrpuras que crecían a los lados de las carreteras. Pero Yoongi era más menudo —también parecía más frágil— y no tenía los rasgos tan marcados. Por lo que recordaba de viejas fotos, el perfil de Yoonah había sido casi masculino, mientras que el de su hijo era mucho más suave, especialmente en la pequeña nariz respingona y en aquella boca absurdamente dulce.

Según Heechul, Yoonah tenía un carácter fuerte, pero era corta de entendederas, otra cualidad que el pequeño cabeza hueca con el que se había casado parecía haber heredado. No era exactamente el típico chico bonito y tonto —era demasiado culto para eso, —pero a él no le costaba imaginárselo como el caro juguete sexual de un hombre rico.

Jungkook siempre había elegido con cuidado a sus compañeros de cama, y aunque le atraía ese pequeño cuerpo, prefería otro tipo, uno que fuera algo más que un buen par de piernas. Le gustaban los hombres que fueran inteligentes, ambiciosos e independientes y que no se guardaran nada para sí mismos. Podía respetar a un hombre que lo mandara a la mierda, pero no tenía paciencia con lloriqueos y pataletas. El mero hecho de pensar en eso hacía que le rechinasen los dientes.

Al menos tenerlo bajo control no sería un problema. Miró a su esposo y curvó una de las comisuras de la boca en una sonrisita sardónica. «La vida tiene maneras de poner a los pequeños chicos ricos y mimados en el lugar que les corresponde. Y, nene, eso es lo que te acaba de pasar.»

Al otro lado de la habitación, Yoongi se detuvo delante de un espejo antiguo para mirarse. Lo hacía por costumbre, no por vanidad. Para Yoonah, la apariencia lo era todo. Consideraba que llevar el rímel corrido era peor que un holocausto nuclear.

El nuevo corte de pelo de Yoongi, a la altura de la barbilla y un poco más largo por detrás, era ligero, juvenil y delicado. A él le había encantado desde el principio, pero le había gustado aún más esa mañana, cuando Jennie había protestado sobre lo inadecuado que era ese estilo para una boda.

Yoongi vio acercarse a su novio por el reflejo del espejo. Compuso una sonrisa educada y se dijo a sí mismo que todo saldría bien. Tenía que ser así.

—Coge tus cosas, cara de ángel. Nos vamos.

A él no le gustó ni un ápice aquel tono de voz, pero había desarrollado un talento especial para tratar con personas difíciles y lo pasó por alto.

—María está haciendo un soufflé Grand Marnier para el convite de bodas, pero no está listo aún, así que tendremos que esperar.

—Me temo que no. Tenemos que coger un avión. Tu equipaje ya está en el coche. Necesitaba más tiempo. No estaba preparada para estar a solas con él.

—¿No podemos coger un vuelo más tarde, Jungkook? Odio decepcionar a María. Es una joya y hace unos desayunos maravillosos.

Aunque la boca del hombre se había curvado en una sonrisa, los ojos parecieron taladrarlo. Eran de un inusual color ámbar pálido que le recordaba a algo vagamente estremecedor. Aunque no podía recordar lo que era, ciertamente le inquietaba.

—Mi nombre es Jungkook, y tienes un minuto para llevar ese dulce culito tuyo hasta la puerta.

A Yoongi le dio un vuelco el corazón, pero antes de que pudiera reaccionar, él le dio la espalda y se dirigió a los otros tres ocupantes de la habitación con voz tranquila pero autoritaria.

—Espero que nos disculpéis, pero tenemos que coger un avión. Jennie dio un paso adelante y le dirigió a Yoongi una maliciosa sonrisa.

—Vaya, vaya. Alguien está impaciente por celebrar la noche de bodas. Nuestro Yoongi es un bocadito apetecible, ¿verdad?

De repente, a Yoongi se le fueron las ganas de tomar el soufflé de María.

—Me cambiaré de ropa —dijo.

—No tienes tiempo. Estás bien así.

—Pero...

La firme mano de Jungkook se posó en su espalda y la empujó resueltamente hacia el vestíbulo.

—Supongo que éste es tu bolso. —Ante el asentimiento de Yoongi cogió el bolsito de Chanel de la mesita dorada y se lo tendió. Justo entonces, el padre y la madrastra de Yoongi se acercaron para despedirse.

Si bien él no pensaba llegar más allá del aeropuerto, quiso escapar del contacto de Jungkook que la conducía hacia la puerta. Se volvió hacia su padre y se odió a sí mismo por el leve tono de pánico en la voz.

—Tal vez tú podrías convencer a Jungkook de que nos quedemos un poco más, papá. Apenas hemos tenido tiempo de hablar.

—Obedécele, Yoongi. Y recuerda que ésta es tu última oportunidad. Si me fallas ahora, me lavo las manos. Espero que hagas algo bien por una vez en tu vida.

Hasta ahora, siempre había soportado las humillaciones de su padre en público, pero ser humillado delante de su nuevo marido era demasiado vergonzoso y Yoongi apenas consiguió enderezar los hombros. Levantando la barbilla, dio un paso delante de Jungkook y salió por la puerta.

Se negó a sostener la mirada de su esposo mientras esperaban en silencio el ascensor que los llevaría al vestíbulo. Segundos después, entraron. Las puertas se cerraron sólo para abrirse en la planta siguiente y dar paso a una mujer mayor con un pequinés color café claro.

De inmediato, Yoongi se encogió contra el caro panelado de teca del ascensor, pero el perro la divisó. Enderezó las orejas, emitió un ladrido furioso y saltó. Yoongi chilló mientras el perro se abalanzaba sobre sus piernas y le desgarraba las medias.

—¡Quieto!

El perro continuó arañándole. Yoongi gritó y se agarró al pasamanos de latón del ascensor. Jungkook lo miró con curiosidad y luego apartó al animal de un empujón con la punta del zapato.

—¡Mira que eres travieso, Mitzi! —La mujer tomó a su mascota en brazos y le dirigió a Yoongi una mirada de reproche. —No entiendo lo que le pasa. Mitzi quiere a todo el mundo.

Yoongi había comenzado a sudar. Continuó aferrada al pasamanos de latón como si le fuera la vida en ello mientras miraba cómo aquella pequeña bestia cruel ladraba hasta que el ascensor se detuvo en el vestíbulo.

—Parecíais conoceros —dijo Jungkook cuando salieron.

—Nunca... nunca he visto a ese perro en mi vida.

—No lo creo. Ese perro te odia.

—No es eso... —ella tragó saliva, —es que me pasa una cosa extraña con los animales.

—¿Una cosa extraña con los animales? Dime que eso no quiere decir que les tienes miedo. Yoongi asintió con la cabeza e intentó respirar con normalidad.

—Genial —masculló él atravesando el vestíbulo. —Simplemente genial.

La mañana de finales de abril era húmeda y fría. No había papeles pegados en la limusina que los esperaba junto a la acera, ni latas, ni letreros de RECIÉN CASADOS, ninguna de esas cosas maravillosas reservadas a las personas que se aman. Yoongi se dijo a sí mismo que tenía que dejar de ser tan sentimental. Yoonah se había metido con él durante años por ser exasperadamente anticuada, pero todo lo que Yoongi había querido era una vida convencional. No era tan extraño, supuso, para alguien que había sido educado con tan poco convencionalismo.

Se subió a la limusina y vio que el cristal opaco que separaba al conductor de los pasajeros estaba cerrado. Al menos tendría la intimidad que necesitaba para contarle a Jungkook Markov cuál era su plan antes de llegar al aeropuerto.

«Hiciste unos votos, Yoongi. Unos votos sagrados.» Ahuyentó a la inequívoca voz de su conciencia diciéndose que no tenía otra opción.

Jungkook se sentó junto a él y el espacioso interior pareció volverse pequeño repentinamente. Si él no fuera tan físicamente abrumador, no estaría tan nervioso.

Aunque no era tan musculoso como un fisicoculturista, Jungkook tenía el cuerpo fibroso y fornido de alguien en muy buenas condiciones físicas. Tenía los hombros anchos y las caderas estrechas. Las manos que descansaban sobre los pantalones eran firmes y bronceadas, con los dedos largos y delgados. Yoongi sintió un ligero estremecimiento que le inquietó.

Apenas se habían apartado del bordillo cuando él comenzó a tirar de la corbata. Se la quitó bruscamente y la metió en el bolsillo del abrigo; después se desabrochó el botón del cuello de la camisa con un movimiento rápido de muñeca. Yoongi se puso rígido, esperando que no siguiera. En una de sus fantasías eróticas favoritas, él y un hombre sin rostro hacían el amor apasionadamente en el asiento trasero de una limusina blanca que recorría Manhattan mientras Michael Bolton cantaba de fondo Cuando un hombre ama a una mujer, pero había una gran diferencia entre la fantasía y la realidad.

La limusina se incorporó al tráfico. Yoongi respiró hondo, intentando tranquilizarse, y olió el intenso perfume a gardenia en su pelo. Vio que Jungkook había dejado de quitarse la ropa, pero cuando él estiró las piernas y comenzó a estudiarla, Yoongi se removió en el asiento con nerviosismo. No importaba lo mucho que lo intentara, nunca sería tan bello como su madre, y cuando la gente le miraba demasiado tiempo, se sentía como un patito feo. Los agujeros de las medias doradas, tras el encuentro con el pequinés, no contribuían a reforzar su confianza en sí mismo.

Abrió el bolso para buscar el cigarrillo que tanto necesitaba. Era un vicio horrible, lo sabía de sobra y no estaba orgulloso de haber sucumbido a él. Aunque Yoonah siempre había fumado, Yoongi no solía fumar más que un cigarrillo de vez en cuando con una copa de vino. Pero en aquellos primeros meses después de la muerte de su madre se había dado cuenta de que los cigarrillos la relajaban y se había convertido en un verdadero adicto a ellos. Después de una larga calada, decidió que estaba lo suficientemente calmada como para exponerle el plan al señor Markov.

—Apágalo, cara de ángel.

Ella le dirigió una mirada de disculpa.

—Sé que es un vicio terrible y le prometo que no le echaré el humo, pero ahora mismo lo necesito.

Jungkook alargó la mano detrás de el para bajar la ventanilla. Sin previo aviso, el cigarrillo comenzó a arder.

Yoongi gritó y lo soltó. Las chispas volaron por todas partes. Él sacó un pañuelo del bolsillo del traje y de alguna manera logró apagar todas las ascuas.

Respirando agitadamente, ella se miró el regazo y vio la marca diminuta de una quemadura en el traje de raso dorado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin aliento.

—Creo que estaba defectuoso.

—¿Un cigarrillo defectuoso? Nunca he visto nada así.

—Será mejor que tires la cajetilla por si todos los demás están igual.

—Sí. Por supuesto.

Se la entregó con rapidez y él se metió el paquete en el bolsillo de los pantalones. Aunque Yoongi todavía se estremecía del susto, él parecía perfectamente relajado. Reclinándose en el asiento de la esquina, él cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos.

Tenían que hablar —tenía que exponerle el plan para poner fin a ese bochornoso matrimonio,

—pero él no parecía estar de humor para conversar y temía meter la pata si no iba con

cuidado. El último año había sido un desastre total y Yoongi se había acostumbrado a animarse con pequeñas cosas a fin de no dejarse llevar totalmente por la desesperación.

Se recordó a sí mismo que, aunque su educación podía haber sido poco ortodoxa, desde luego sí había sido completa. Y a pesar de lo que su padre pensaba, había heredado el cerebro de Heechul y no el de Yoonah. También poseía un gran sentido del humor y era optimista por naturaleza, cualidad que ni siquiera el último año había podido destruir por completo. Hablaba cuatro idiomas, era capaz de identificar al diseñador de casi cualquier modelo de alta costura y era toda un experto en calmar a mujeres histéricas. Por desgracia, no poseía ni el más mínimo sentido común.

¿Por qué no había hecho caso del abogado parisino de Yoonah, cuando le dejó claro que no le quedaría ni un centavo una vez que pagara las deudas que ésta había dejado? Ahora sospechaba que había sido el sentimiento de culpa lo que la había impulsado a asistir a todas aquellas fiestas durante los desastrosos meses que siguieron al funeral. Llevaba muchos años queriendo liberarse del chantaje emocional al que su madre la había sometido en su interminable búsqueda del placer. Pero no había querido que Yoonah muriera. Eso no.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Había querido muchísimo a su madre y, a pesar de su egoísmo, de sus interminables exigencias y de su constante necesidad de reafirmarse en la belleza, Yoongi sabía que Yoonah lo había querido.

Se había sentido culpable ante la inesperada libertad que el dinero y la muerte de Yoonah le habían proporcionado. Se había gastado toda la fortuna, no sólo en sí misma sino en cualquiera de los viejos amigos de Yoonah que estuviera en apuros. Cuando las amenazas de los acreedores habían subido de tono, había extendido cheques para mantenerlos callados, sin saber ni importarle si tenía dinero para cubrirlos.

Heechul descubrió el derroche de Yoongi el mismo día que emitieron una orden de arresto contra él. Fue entonces cuando se dio cuenta de la realidad y del alcance de lo que había hecho. Tuvo que rogarle a su padre que le prestara dinero para mantener alejados a los acreedores, prometiendo devolvérselo en cuanto pudiera.

Heechul había recurrido al chantaje. Era hora de que madurara, le había dicho, y si no quería ir a la cárcel debería poner fin a todas esas extravagancias y seguir sus órdenes sin rechistar.

En un tono brusco e inflexible, él había dictado sus términos. Se casaría con el hombre que él escogiera tan pronto como pudiera arreglarlo. Y no sólo eso, tendría que permanecer casado durante seis meses, ejerciendo de esposo obediente durante ese tiempo. Sólo al final de esos seis meses podría divorciarse y beneficiarse de un fondo fiduciario que él establecería para ella, un fondo fiduciario que él controlaría. Si era frugal, podría vivir con relativa comodidad el resto de su vida.

—¡No puedes hablar en serio! —exclamó cuando finalmente había recobrado el habla. —Ya no existen los matrimonios de conveniencia.

—Nunca he hablado más en serio. Si no aceptas casarte, irás a la cárcel. Y si no permaneces casado durante seis meses, nunca volverás a ver un penique más de mi bolsillo.

Tres días más tarde, le había presentado al futuro novio sin mencionar qué estudios poseía ni a qué se dedicaba, y sólo le había hecho una advertencia:

—Él te enseñará algo sobre la vida. Por ahora, es todo lo que necesitas saber.

Cruzaron el Triborough Bridge y se dio cuenta de que muy pronto llegarían a La Guardia, por lo cual no podía esperar más para sacar a colación el tema sobre el que tenían que hablar. Por

costumbre, Yoongi sacó un espejo dorado del bolso para cerciorarse de que todo estaba como tenía que estar. Ya más seguro, lo cerró con un golpe seco.

—Disculpe, señor Markov. Él no respondió.

Se aclaró la garganta.

—¿Señor Markov? ¿Jungkook? Creo que tenemos que hablar.

Él abrió los párpados que ocultaban aquellos ojos color ámbar líquido.

—¿De qué?

A pesar de los nervios, sonrió.

—Somos unos completos desconocidos que acaban de contraer matrimonio. Creo que eso nos da tema más que suficiente para hablar.

—Si quieres escoger los nombres de nuestros hijos, cara de ángel, creo que paso. Así que tenía sentido del humor después de todo, aunque fuera algo cínico.

—Quiero decir que deberíamos hablar de cómo vamos a pasar los próximos seis meses antes de poder solicitar el divorcio.

—Creo que será mejor que vayamos paso a paso, día a día —hizo una pausa. —Noche a noche.

A Yoongi se le puso la piel de gallina y se dijo a sí mismo que no fuera estúpida. Él había hecho un comentario perfectamente inocente y el sólo había imaginado la connotación sexual en aquel tono bajo y ronco. Forzó una brillante sonrisa.

—Tengo un plan, un plan muy simple en realidad.

—¿Sí?

—Si me da la mitad de lo que le pagó mi padre por casarse conmigo, y creo que estará de acuerdo conmigo en que es lo más justo, podremos irnos cada cual por su lado y acabar con este lío.

Una expresión divertida asomó en esos rasgos de acero.

—¿De qué lío hablas?

Yoongi debería haber sabido, por la experiencia adquirida gracias a los amantes de su madre, que un hombre así de guapo no rebosaría materia gris.

—El lío de encontrarnos casados con un desconocido.

—Pues creo que llegaremos a conocernos bastante bien. —De nuevo esa voz ronca. —Y eso de ir cada uno por su lado no era lo que Heechul tenía en mente. Tal y como lo recuerdo, se supone que tenemos que vivir juntos como marido y esposo.

—Eso pretende mi padre. Es un poco tirano en lo que se refiere a las vidas de otras personas. Lo mejor de mi plan consiste en que él nunca sabrá que nos hemos separado. Mientras no vivamos en su casa de Manhattan, donde puede vernos, no tendrá ni idea de dónde estamos.

—Definitivamente no viviremos en su casa de Manhattan.

Él parecía no estar tan dispuesto a cooperar como había esperado, pero Yoongi era lo suficientemente optimista como para creer que sólo necesitaba un poco más de persuasión.

—Sé que mi plan funcionará.

—A ver si nos entendemos. ¿Quieres que te dé la mitad de lo que Heechul me dio por casarme contigo?

—Ya que lo menciona, ¿cuánto fue?

—No fue ni mucho menos suficiente —masculló él.

Yoongi nunca había tenido que discutir las condiciones y no le gustaba tener que hacerlo ahora, pero al parecer no tenía alternativa.

—Si lo piensa un poco, verá que es lo justo. Después de todo, si no fuera por mí, no tendría nada.

—¿Quieres decir que planeas darme la mitad del fondo fiduciario que tu padre ha prometido establecer para ti?

—Oh, no, no pienso hacer eso. Él soltó una breve carcajada.

—Me lo imaginaba.

—No lo entiende. Le pagaré la deuda tan pronto como tenga acceso a mi dinero. Sólo le estoy pidiendo un préstamo.

—Y yo me niego.

Yoongi comprendió que le había vuelto a pasar lo de siempre. Tenía la mala costumbre de asumir lo que otras personas harían o lo que haría el en su lugar. Por ejemplo, si fuera Jungkook Markov, se prestaría a darle la mitad del dinero simplemente por deshacerse de el.

Necesitaba fumar. Aquello no pintaba bien.

—¿Puede devolverme los cigarrillos? Estoy segura de que no todos estaban defectuosos.

Él sacó el arrugado paquete del bolsillo de los pantalones y se lo entregó. Yoongi encendió uno con rapidez, cerró los ojos y se llenó los pulmones de humo.

Se escuchó un estallido y cuando abrió los ojos de golpe, el cigarrillo estaba en llamas. Con un grito ahogado, lo dejó caer. De nuevo, Jungkook apagó la colilla y las ascuas con el pañuelo.

—Deberías denunciarlos —dijo él con suavidad. Yoongi se llevó la mano a la garganta, demasiado aturdido para hablar.

Jungkook se acercó y le tocó un pecho. El sintió el roce de ese dedo en la parte interior del pecho y se estremeció, lo mismo que la piel sensible debajo del raso. Alzó la mirada de golpe a esos insondables ojos dorados. —Un poco de ceniza —dijo él. Yoongi puso la mano donde él le había tocado y sintió el martilleo del corazón bajo los dedos. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que una mano que no fuera la suya la había tocado allí? Dos años, recordó, cuando se había hecho la última revisión médica.

Yoongi vio que habían llegado al aeropuerto y se armó de valor.

—Señor Markov, tiene que entender que no podemos vivir juntos como marido y esposo. Somos unos completos desconocidos. Toda esta idea es ridícula y tendré que insistir en que coopere más conmigo.

—¿Insistir? —dijo Jungkook suavemente. —No creo que tengas derecho a insistir sobre nada. Yoongi tensó la espalda.

—No voy a permitir que me intimide, señor Markov.

Él suspiró y sacudió la cabeza, mirándolo con una expresión de pesar que Yoongi dudaba que fuera sincera.

—Esperaba no tener que hacer esto, cara de ángel, pero debería haber imaginado que no ibas a ser fácil. Será mejor que te explique las reglas básicas ahora mismo, así sabrás a qué atenerte. Para bien o para mal, vamos a permanecer casados durante seis meses a partir de hoy. Puedes irte cuando quieras, pero tendrás que hacerlo solo. Y por si todavía no te has dado cuenta, éste no va a ser uno de esos matrimonios modernos de los que se habla en las revistas. Éste va a ser un matrimonio tradicional. —Repentinamente, su voz se volvió más tierna y suave. —Lo que quiero decir, cara de ángel, es que yo mando y tú harás lo que diga. Si no lo haces, sufrirás algunas consecuencias bastante desagradables. La buena noticia es que, pasado el tiempo estipulado, podrás hacer lo que quieras. Sinceramente, me importará un bledo.

El pánico se apoderó de Yoongi, que luchó por no perder los nervios.

—No me gusta que me amenacen. Será mejor que hable claro y me diga cuáles son esas consecuencias que penden sobre mi cabeza.

Él se reclinó en el asiento y torció la boca en una mueca tan dura que Yoongi sintió un escalofrío en la espalda.

—Verás, cara de ángel, no pienso decirte nada. Tú mismo lo descubrirás todo esta noche.