Bella ~tesoros ocultos~

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Summary

Me parecía tenerlo todo al alcance de la mano, tan cerca, tan fácil, que jamás llegue a pensar que todo lo que conocía era efímero, frágil. Pero un simple papel firmado, y un anillo me hicieron entender que nada estaba bajo mi decisión. Nada, menos huir de todo aquello que conocía. Nada, menos la distancia. Nada, menos el mar que me separaba de todo. Nada, menos aquel capitán de ojos verdes que parecía querer enredar un poco más mi vida. °•○●°•○●°•○●°•○●°•○●°•○●°•○●°•○●°•○●

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1 • Condena

Amor. Una palabra repetida por la eternidad. Escrita hasta la saciedad.

Amor.

Quizás sea un invento del ser humano, quizás sea tan solo una sensación atrapada entre las páginas o entre las palabras de una gran historia de amor. De un libro. De historias perdidas en el tiempo.

Me parecía algo tan lejano, tan intangible que me costaba imaginar que pudiera llegar a tocar mi puerta, aunque lo hubiera deseado con tanta fuerza; me costaba imaginar que el amor fuera real.

Aunque deseaba que me quisieran con un amor puro, como el de los libros, lo seguía viendo tan lejano, que poco a poco fui perdiendo la esperanza.


Así que, sentada en el borde de la ventana del comedor, ignorando al mundo que me rodeaba, me fui perdiendo entre las hojas de una historia que poco a poco fue atrapándome entre sus palabras y sus enredos. Todo me parecía tan real, tantos sentimientos acumulados en la boca de mi estómago, tantas sensaciones cosquilleando alrededor de cada centímetro de mi piel como si necesitaran desesperadamente seguir pasando páginas, seguir la historia; todo me parecía tan real que de un momento para otro me replantee cómo era posible que un libro pudiera hacerme sentir más viva que todo lo que me rodeaba, haciendo que lo odiara y lo amara a partes iguales, por darme el sentimiento más puro y real que mi corazón había sentido, y a su misma vez, por recordarme, cuando la historia se acababa, que no había sido real y que nunca lo había sido.

Pero supongo que nada es para siempre, y mi teoría es confirmada cuando oigo el grito de Mary, mi cuidadora desde que soy pequeña, sacándome de entre las letras del libro.

¡Isabella! oí que gritaba desde el piso de abajo.

Mierda, había usado mi nombre completo. Nunca lo usaba, siempre me llamaba por mi apodo.


¡Isabella Backer!


Cerré el libro sin poner atención en que página me había quedado. Ya la encontraría; ahora prefería mantener mi vida a salvo.

Con cuidado de no hacer ruido salté por la ventana, pero todos mis esfuerzos se vieron truncados cuando mis botas pisaron el suelo y crearon un gran estruendo que estaba segura de que Mary había oído.

¡Espero que no estés de nuevo en la ventana jovencita! advirtió subiendo las escaleras.

Cuando ya había alcanzado el último escalón a mí tan solo me había dado tiempo a colocarme de forma rápida el vestido y a alejarme un par de pasos de la ventana, todavía abierta.


Hola saludé con toda la inocencia que conseguí reunir, con una sonrisa que declaraba de forma abierta todas mis esperanzas de que no me gritara. Odiaba que me gritara.

Entonces puso los ojos en blanco y bajó sus brazos que estaban colocados sobre sus caderas, de forma amenazante. Con tan solo ese gesto mi sonrisa inocente se volvió genuina y me acerqué sabiendo que no iba a gritarme. La conocía tan bien como ella a mí.

Su padre la está buscando dijo explicando el motivo de su presencia, sin mirarme a los ojos, y sin tutearme como normalmente hacía, algo que me pareció extraño, pero que mi mente rápidamente justificó con ideas varias. Dejé de sonreír cuando sus ojos se clavaron en mi vestido arrugado ¿qué le has hecho al vestido?

Lo examiné buscando alguna catástrofe, una mancha, algún agujero, pero no encontré nada.

¿Qué?

Está todo arrugado, ¿dónde te has metido niña?

La volví a mirar con una sonrisa cuando, sin éxito, intentó quitar las arrugas del vestido. Me pareció entrañable la escena. Me recordaba a cuando era niña y me ayudaba a vestirme. Siempre decía que me vería como una princesa si no fuera tan inquieta. Sonreí discretamente.

¿Sabes qué quiere? pregunté refiriéndome a mi padre. Llevaba una semana sin dirigirme la palabra, había estado ocupado con temas del negocio, por lo que me parecía curioso que ahora quisiera hablar conmigo.

No expresó con sencillez aún alisando la falda de mi vestido está abajo, en su despacho.

Fue entonces cuando su mirada se chocó con la mía y me pareció, tras su mirada de ojos marrones, que se guardaba decirme algo. Y aunque me extrañó no dije nada y deposité un dulce y delicado beso en su frente, antes de bajar las escaleras sin mucha prisa.

No quería hablar con mi padre. Nunca habíamos estado muy unidos, siempre nos había distanciado nuestro carácter, su trabajo, su obsesión por la imagen que los demás tenían de él, el poder, la fama y el dinero. Nos habían distanciado tantas cosas que en estos momentos me parecía que lo único que nos mantenía unidos era nuestro apellido.

Backer.

Lo que nos identificaba como una de las familias más ricas del país. Una familia noble.

Alejé mis pensamientos apenas mis pies se situaron enfrente de la puerta del despacho. No esperé un momento indicado para llamar, y tampoco esperé una respuesta para abrir la puerta, algo de lo que me arrepentí cuando me di cuenta de que mi padre no estaba solo. Peter Dayton estaba con él.

El señor Dayton me miraba desde su asiento, con una sonrisa en los labios que hacía que se retorcieran todos mis órganos y mi sistema hiciera sonar todas las alarmas posibles. Aquel hombre nunca me había traído buenas sensaciones. Nunca. Y siempre estaba por aquí, mirándome desde lejos.

Padre saludé inclinando levemente la cabeza señor Dayton dije repitiendo el procedimiento antes de cerrar la puerta tras mi espalda, como me había enseñado desde pequeña. Y esperé a que se me ordenara hablar. Como me había enseñado. Porque tras esa puerta, pisando ese suelo, no podía hacer nada, este era su territorio, aquí no era su hija, tan solo Isabella, un negocio más.

Toma asiento indicó serio, señalando el asiento que había junto al del señor Dayton, que no había despegado su mirada de mí. Disimuladamente, antes de sentarme, alejé la silla unos centímetros de aquel hombre, sintiéndome algo más segura, aunque era solo una ilusión de mi cabeza.

¿Quería verme? pregunté de forma obvia para hacer romper por unos segundos la tensión y el silencio que se había formado en aquella sala.

prosiguió mi padre colocándose mejor en aquella silla vieja que siempre había recordado en aquel despacho. Todo en aquel lugar permanecía igual. Menos él. Mi padre, Charles Backer, que ya no era igual que antes, supongo que el tiempo castiga a todos, por mucho dinero que tengas; y aunque seguía manteniendo su semblante serio y su mirada fría, las canas se hacían presentes en su cabellera rubia y su barba recortada de manera cuidadosa Ya conoces a mi socio, el señor Dayton nombró haciendo que mi mirada se desviara momentáneamente hacia él. Era un hombre mucho mayor que yo, de cabello oscuro, y mirada seria, como la de mi padre, aunque sus ojos eran de color marrón, y los de mi padre dorados, como los míos.

Cuando sus ojos siguieron mirándome, desvié la mirada, incómoda . No me gustaba su mirada. No me gustaba como me miraba.

No me moleste en responder. Tras unos segundos, mi padre removió unos papeles que había encima del escritorio, en silencio, haciendo que los nervios de mi estómago comenzarán a moverse. Tras unos segundos de espera, colocó un documento enfrente de mí.

Ambos me miraron. No me quitaron sus ojos de encima. Intenté esconder mi inquietud y disimular mi nerviosismo cuando me concentré en sujetar el papel y que no me temblará la mano.

Pero todo a mi alrededor se quedó en silencio cuando leí la primera línea del documento.


Certificado de matrimonio

¿Qué?

Mi cabeza iba a toda velocidad intentando entender la situación, intentando comprender algo que en realidad ya sabía desde hace mucho tiempo.

Y todas mis pesadillas comenzaron a hacerse realidad cuando aquel hombre se arrodilló bajo mis pies y abrió una pequeña caja con un anillo en el interior.

Isabella Backer pronunció mi nombre y mi nombre me pareció tan distante cuando sonó entre sus labios. Como si entre sus labios todo lo que escondía mi nombre se quedará encerrado en una jaula, sin salida, sin escapatoria. Como si no lo conociera y llamara a un extraño ¿serás mi esposa? y aunque la tonalidad fue la de una pregunta, sus ojos y los de mi padre me aseguraban que no lo era. Era una afirmación.

Una afirmación que rompió mi corazón.

Una condena.